lunes, 13 de marzo de 2017

Honores tributados en el sepulcro...





 Habana, 21 de abril de 1846

 El poeta cubano, el primero que aquí levantó su voz dulce y armoniosa para cantar de un modo digno del hombre y de la sociedad, había dejado de existir, en la mañana del domingo 18, y sus deudos, sus amigos y mil personas amantes de las letras acompañaban su cadáver a la parroquia del Espíritu-Santo.
 La religión elevaba en el templo sus cánticos de consuelo hacia el Supremo Hacedor del mundo; la milicia rindió el último homenaje a su anciano jefe, y pocos instantes después la poesía, lloraba sobre la tumba al ilustre vate que en sus mejores años cultivó las musas, inspirado por el sol de Cuba que inflamó su espíritu en raudales de armonía.
La juventud doliente rodeaba su cadáver, el anciano poeta descansaba la cabeza en la tumba, abatida la frente que jamás turbó ningún pensamiento torpe, y apagada la lumbre de sus ojos en que se habían reflejado los divinos destellos de la inteligencia. Sequeira cantó cuando entre nosotros aún no se había despertado el gusto por la poesía, y los cantos de Zequeira nunca ofendieron ni al hombre ni a la sociedad; emanaciones de su alma no podían envolver la crueldad de una amargura que las más veces se preconiza sin las punzantes espinas del sentimiento, y que solo hace bastardear las letras apartándolas del objeto a que están llamadas por su poderosa influencia. Zequeira cantó y sus cantos resonaron en los campos de Cuba con la armonía de sus palmas, con la dulzura de sus brisas, con el blando arrullo de sus aguas, y cuando el infortunio convirtió en tinieblas tanta luz, tantas y tan bellas esperanzas, cuando la razón abandonó aquel cerebro y los extravíos de la mente sustituyeron los triunfos que el talento le hizo alcanzar, la humanidad lanzó un gemido porque había perdido a un hombre, las letras porque veían morir a uno de sus aventajados cultivadores.
 Los versos de Zequeira se conservan entre nosotros como un recuerdo glorioso aunque triste; ellos son las inspiraciones del poeta, y a la vez la memoria acerca de su infortunio. La juventud cubana que cual reliquia los conserva, tributó a Zequeira el justo homenaje que sus talentos y sus desgracias merecían, y decimos la juventud cubana, porque no creemos que haya un solo amante de las letras que no adoptara como suyos los conceptos que en su tumba se expresaron, los sentimientos que allí le rindieron.
 Penetrados de dolor y en estrofas que inspiró el sentimiento, tributó una ofrenda al anciano bardo, nuestro amigo Güell y Renté, y a su fúnebre demostración de aprecio, siguieron en bellos y armoniosos versos los apreciables amigos D. Miguel de Cárdenas y Chávez, D. José S. Bobadilla y D. José Carcases y Guerrero.
 Estos honores tributados espontáneamente al mérito y a la desgracia son un consuelo para el hombre, un estímulo, y una lección de moralidad para la juventud. ¡Pueda esta por sus talentos y virtudes merecerlos y no profanar nunca la mansión santa del sepulcro!

 Manuel Costales


Poesías del Coronel Don Manuel de Zequeira y Arango, La Habana, 1852, pp. 14-15.