sábado, 19 de marzo de 2016

La ciudad muerta de Korad




Oscar Hurtado


La ciudad muerta refleja el frío de mi piel.
Su puerta, de verde bilis pintada,
es cadáver insepulto en tierra feroz de sonrisas.
Voy entre los grandes vientos de Marte
hacia la ciudad muerta de Korad.
La soledad del aire no responde a mi soliloquio.
Sabor de serrín y lengua hinchada.
Paso por el abismo de sus calles
con mi boca seca y mi inútil oficio de árbol grande.
Ellos quieren podarle su corona
a la hora en que sube la marea en los canales;
ahora y en la hora en que mi voz justa
te busca en esa torre
donde mi eco te nombra, Dejah Thoris.
Sirena de crepúsculos y de noches,
yo quiero engendrar en tu belleza
el fruto largo tiempo retenido;
y en la tibia medianoche de un estío
derretir el frío que siempre te devora.
Voy hacia ti, trenzando mis dedos en tu cabellera.
La mano se detiene suave en su seda;
pues más suave que el agua es tu cabello.
Me duermo y me abandono.
Blanco cementerio de guerreros
matados en noche de dos lunas
por vampiros hinchados como arañas.
Se alegran después del banquete y cantan:
"Somos la vieja secta del Cosmos
que con celo de vestales a la inversa
vigila el surgir de la llama votiva.
Aparecemos con nuevo nombre
en busca de la misma sangre.
No podemos vivir de nosotros mismos;
no producimos obras ni arrojamos sombra.
Incapaces de crear, destruimos con la lengua.
La lengua es nuestro prepucio a circuncidar."
Dos lunas, dos ojos tiene la noche de Marte.
Voy a luchar contra los vampiros que despiertan;
los vampiros de metano llegados de Júpiter.
Señorean la ciudad muerta de Korad;
ciudad suave de sombras y de frías colinas,
donde mi princesa refugia su soledad.
Mi memoria me lleva a los planetas.
Mientras recorro ciudades marcianas
al encuentro del rey de los vampiros
al encuentro de la noche y mi princesa
que aguarda en el centro de la cúpula
que se levanta en el centro de la torre 
que está en el centro del laberinto.