domingo, 27 de marzo de 2016

José Ángel Malberti, la institución






  Pedro Marqués de Armas


 Figura clave en la organización de la medicina, la psiquiatría y la higiene en Cuba a inicios del siglo XX. Como tantos otros médicos formados en la colonia ocupó, tras la independencia, cargos políticos que influyeron en la consolidación del orden sanitario en la isla. Miembro de la Cámara de Representantes, de la que fue presidente y vicepresidente, elaboró el proyecto de ley que conduciría al establecimiento de la Secretaria de Sanidad y Beneficencia (1909), el cuerpo médico institucional más poderoso de la República.

 José Ángel Malberti Delgado nació en Baracoa el 5 de mayo de 1854. Emigró a España a los doce años. En 1875 obtuvo el título de Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Barcelona y, ya de regreso a Cuba, se enrola en los preparativos de la Guerra Chiquita. Fue delatado y tuvo que escapar en una goleta que lo dejaría en New York. En 1885, en plena paz, obtiene su doctorado por la Universidad de La Habana, con una tesis que tituló ¿Cuál de las teorías patogénicas de la diabetes sacarina es hoy más admisible?

 Llevaba entonces un lustro vinculado a la Casa General de Dementes, donde se desempeñara como médico tercero, siendo promovido en 1885, previo concurso, a médico segundo, plaza que ocupó hasta su partida al exilio a comienzos de 1896. En Mazorra, hacia esos años, sostuvo frecuentes altercados con las autoridades administrativas, hasta que se le separó de su cargo de director interino por un Real Decreto.

 Malberti abrió cierta perspectiva psicogenética dentro de la psiquiatría, al promover la hipnosis y la psicoterapia, y al advertir de la existencia de “trastornos del carácter” que demandaban alternativas institucionales al margen del manicomio. En el marco del Primer Congreso Médico Regional, celebrado en La Habana en 1890, presentó la ponencia “El hipnotismo y sus aplicaciones a la terapéutica de las enfermedades mentales”. Se inserta, pues, junto a Manuel Moreno de la Torre, José López Villalonga y Eduardo Díaz, entre los iniciadores de la psicoterapia en Cuba. Este grupo de alienistas opta, ya en las dos últimas décadas del XIX, por el uso de la hipnosis y la sugestión en pacientes donde no era evidente un sustrato orgánico como causa de los síntomas. En su tesis de 1896 “Tratamiento sugestivo de la locura”, con la que ratificó su título en la Universidad de México, escribió: “La sugestión mental es un agente terapéutico al cual debe recurrirse en todos los casos de locuras. Es superior a otros tratamientos ahí donde no aparezca lesión orgánica e incluso en estos casos puede modificar el carácter del paciente y propiciarles una relativa mejoría”.

 Influido inicialmente por Jules Baillarger, cuyo Tratado de Alienación Mental (1863) conoce en la traducción que realiza José Joaquín Muñoz, y por los trabajos de Henry Maudsley, fue, como todos los alienistas de la época, inevitable seguidor de las tesis degeneracionistas, si bien su posición no sería de las más radicales. Se destaca, en este sentido, cierta crítica a algunos postulados de Lombroso y su oposición a los manicomios judiciales. Propuso, a tono con el momento, que se sustituyeran los conceptos de loco criminal y criminal loco por los de locos peligrosos y no peligrosos. En lugar del manicomio judicial, proponía crear departamentos de seguridad dentro de los asilos, y evitar su masificación. No obstante, consideraba que la reincorporación del enfermo a la sociedad debía determinarla no el médico sino las autoridades judiciales.

 Por otra parte intentó establecer, ya en 1892, la primera cátedra de “neuropatología y enfermedades mentales”. El plan de estudios de la época daba potestad al Gobernador General, previo informe del Rector de la Universidad y de la Junta Superior de Instrucción Pública, para establecer nuevas asignaturas, si así lo permitía el presupuesto del gobierno. Se trataba de “cursos libres” de especialidades no obligatorias, con plazas vacantes de profesores. Un informe de Malberti al Gobierno General, solicitando la ejecución de los cursos y la organización de la asignatura, fue rechazado. Esteban Borrero, en su artículo “Organización médica de la Isla de Cuba”, daba cuenta de que tales cursos no se habían llevado a efecto, no por carencias presupuestarias, sino debido a las exigencias del reglamento, que imponía, para desempeñarlos, “servicios especiales que nuestros médicos no tienen ni pueden tener”. Por ejemplo, que los profesores llevaran más de diez años de licenciados, y no menos de cinco como médicos con práctica hospitalaria en el campo correspondiente.

 Radicado en México durante la contienda del 95, fue médico principal de la Compañía Inglesa de Veracruz, organizó el Club Patriótico “Bartolomé Masó”, publicó el mencionado estudio sobre hipnosis, y participó en el Segundo Congreso Médico Pan-Americano (noviembre de 1896), para el cual fue elegido secretario de la sección de enfermedades mentales.  

 De regreso a Cuba al término de la guerra, Malberti fue designado Secretario de Salubridad y presidente de la Junta de Patronos que tendría a su cargo la administración de Mazorra. Presenta así el primer informe dirigido al General Brook, a partir del cual se elaboró el proyecto de reformas del Hospital de Dementes. A sus gestiones se debe la construcción de nuevos pabellones, de la llamada colonia agrícola y del departamento de hidroterapia y, en general, las mejoras higiénicas de los primeros años republicanos, cuando el asilo recibió una cantidad de enfermos y desamparados sin precedentes.

 En 1901 escribió el que tal vez sea su trabajo más influyente en esa época: “Necesidad de evitar en lo posible la propagación cada día más creciente de las enfermedades mentales”, presentado al III Congreso Médico Pan Americano de La Habana. Entonces era médico de visita de la sala de observación de presuntos enajenados del Hospital Número Uno, donde comenzara a ejercer la docencia. Ya como miembro de la Cámara de Representantes, promovería la Ley General de Sanidad, la creación del Cuerpo Médico Forense (cuyo reglamento elaboró), y, junto al también psiquiatra Américo de Feria, la cátedra de Patología y Clínica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales, finalmente instituida en 1906. 



 En marzo de ese mismo año inauguró su clínica privada “Malberti”, una edificación independiente en lo que fuera la Quinta del Rey, arrendada durante décadas por la Beneficencia Catalana, y donde ya existía la Clínica de Enajenados del Dr. Blanco, para la que Malberti trabajó. Allí se daría asistencia a los enfermos de clase alta y media, a los que se ofertaba “preferentemente” hipnosis, psicoterapia, hidroterapia, electroterapia, duchas y masajes. Una estadística del primer año de trabajo informaba que el 98 % de los pensionistas asistidos eran blancos y que el uso de celdas y camisas de fuerza había sido “restringido.”

 En el propio 1906, publicó el artículo “Estados morbosos transitorios del carácter”, en el que reconoce la existencia de padecimientos de menor intensidad que precisaban de atención fuera del manicomio. Estos trastornos debían ser atendidos a tiempo para evitar su cronicidad o trasformación en estados de locura propiamente dichos, y porque podían implicar problemas médico legales más complejos. Su gestión de ubica así, ahora más claramente, en el punto de separación entre la asistencia pública y la privada. A su juicio, la mayor parte de las locuras que se observaban en Cuba tenían por base la epilepsia, el histerismo y la intoxicación alcohólica, entidades  susceptibles de trasmitirse hereditariamente. Se hacía necesario, por tanto, una legislación que garantizara no sólo la atención de estos trastornos, sino que impidiera su trasmisión a otras generaciones, por lo que era imprescindible aplicar “medios coercitivos para limitar su propagación”.

 Alrededor de la Clínica Malberti, a la cual representaba y, en particular, gracias al apoyo del antropólogo y también psiquiatra Arístides Mestre, van a editarse desde 1910 los Archivos de Medicina Mental, publicación dedicada por entero a la disciplina. Serán ellos sus directores y la revista pasa, un año más tarde, a ser el órgano oficial de la Sociedad Cubana de Psiquiatría y Neurología, con Malberti como presidente. Archivos… daría a conocer textos de Enrique José Varona, y de los principales neuropsiquiatras de la  época: José A. Valdés Anciano, Gustavo López, Rafael Pérez Vento, Armando de Córdova, entre otros. Es visible ya, en esta publicación, la influencia de la psiquiatría norteamericana, en detrimento de la francesa. Las reformas institucionales impulsadas por Adolf Meyer son seguidas de cerca, al igual que sus teorías, y son frecuentes los extractos y reseñas de la American Medical Psychological Association.

 Adscrito al partido liberal, Malberti había estado encarcelado en 1906 junto a José Miguel Gómez, a raíz de la guerrita de agosto. Gómez lo designó Inspector General de Dementes, cargo del que fue depuesto 1913, al ocupar Menocal la presidencia del país. Como inspector se destacan sus informes de 5 de enero de 1910 y 14 de enero de 1913. En el primero de ellos escribió: “El actual Hospital de Dementes de Cuba, triste es confesarlo, conserva aún lo característico de aquel asilo colonial que más de una vez calificamos de depósito de locos”. Denunciaba que desde 1900 a la fecha se habían invertido más de un millón de pesos, y acusaba de desvío de recursos y despilfarro no a los directores del asilo sino a las diferentes administraciones. 

 Volviendo a su tesis sobre hipnotismo, una pincelada. Malberti expone en ella no pocos casos de mujeres tratadas mediante esta técnica. Su concepción de la histeria femenina no difiere de la opinión entonces dominante según la cual su curación  dependía de la relación de poder que se urde entre el terapeuta y la paciente, una relación, como dice, riesgosa, ya que el médico "podrá curar el acceso, pero el marido es el único que debe modificar el carácter de su esposa”. De ahí que de ser efectiva la técnica, a menudo el médico se torne indispensable para la enferma. Para Malberti la histérica es una insumisa frente al poder paterno o conyugal, por lo que su terapia debía complementarse con cierto aislamiento en balnearios, electroterapia y, de ser posible, con un “marido vigoroso”.

 Malberti trató en su clínica al poeta modernista Darío Herrera, quien de paso por La Habana en 1907, padeció un cuadro de alucinaciones y delirios persecutorios. Los amigos cubanos del poeta panameño, Serafín Pichardo, René López y Ramón A. Catalá, se la agenciaron para invitarlo a un “paseo por la clínica” y allí lo dejaron. Otra versión apunta a que el propio psiquiatra, contactado por aquellos, o por Pedro Henríquez Ureña, lo condujo en su coche desde la redacción de El Fígaro. Al término de la estancia, Herrera escribió su crónica “Almas Dolientes” donde describe la mezcla de confort y decadencia del sanatorio. Pero no cuenta que allí quedara internado. La suya es una visita transfigurada, crepuscular, que lo devuelve de noche a la ciudad.

 Hasta su fallecimiento el 6 de marzo de 1927 Malberti se mantuvo al frente de la clínica que llevara su nombre, la cual, en estado de ruina, cerró al año siguiente.

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