domingo, 16 de abril de 2023

Heberto Padilla al vuelo


  Jorge Edwards 


 Padilla era nervioso, eufórico, incisivo, alcanzaba en la conversación momentos de brillo insuperable. Nunca parecía cansarse de analizar situaciones y de saltar de una conclusión a otra, sin perder el hilo conductor. Amaba toda la poesía del mundo, pero sobre todo la del romanticismo inglés —John Keats, Shelley, Byron—, que conocía a fondo y que recitaba con gusto, a voz en cuello; y la de algunos latinoamericanos. Tenía un espíritu provocador, que no bajaba la guardia en ningún momento, incluso en circunstancias peligrosas, y practicaba con verdadero exceso los hábitos de la confesión a gritos y del arrepentimiento. No es extraño que en un momento dramático haya hecho una autocrítica difícil de creer. Siempre ponía gran atención en las autocríticas más célebres del mundo comunista y es probable que se hubiese imaginado la suya desde mucho antes.

 A pesar de la distancia, tenía un conocimiento sensible, curioso, de los universos mentales de la Rusia posestalinista, conocimiento enriquecido por la lectura de los clásicos rusos del siglo XIX y de comienzos de la era soviética. En otras palabras, desde Gogol y Dostoievski hasta Vladimir Maiakovski, sin olvidar a su contemporáneo y amigo Eugenio Evtuchenko. Emir Rodríguez Monegal, el gran crítico uruguayo, a propósito de mi retrato de Padilla en Persona non grata, escribió que le había parecido un "Stravrogin del Trópico", un personaje de Los endemoniados de Dostoievski.

 El problema de Padilla en su famoso "caso" consistió en que calculó mal. Creyó que su prestigio internacional, sus amistades con escritores conocidos, su falta de toda influencia política, lo protegerían de cualquier acción clara y decidida en su contra. Pero en el caso suyo intervino un factor imprevisto, nuevo, que ninguno de nosotros supo medir a tiempo. Fue la relación del régimen castrista con la Unidad Popular de Salvador Allende, fenómeno que sacaba al castrismo de su sofocante aislamiento en América Latina. Padilla fue acusado de darme datos y comentarios negativos sobre lo que sucedía en el interior de Cuba, datos que yo, en mi calidad de representante diplomático, naturalmente transmitía a las autoridades allendistas. Ya no se trataba de un pecado de simple frivolidad intelectual. Era, en los tiempos que corrían, en la dimensión policial que había alcanzado esa atmósfera, en su incesante delirio, un delito de alta traición. El caso Padilla, por ese motivo, estuvo a punto de ser mi propio caso. Fui acusado con severidad y con furia por el régimen de Castro ante el gobierno chileno. Pero las costumbres políticas de Chile, hasta entonces por lo menos, eran muy diferentes. Las acusaciones cubanas fueron recibidas con indiferencia, con algo de sorna, y pude seguir viaje a París y reanudar mi trabajo en la embajada chilena, junto a Pablo Neruda, con una relativa calma. Insisto en lo de relativa. Mi idea actual es que Chile, en contacto con la versión caribeña de la Guerra Fría, cambió para siempre, y creo por desgracia que para mal.
      

 Ahora recuerdo a Heberto Padilla en mangas de camisa, fumándose un "tabaco" enorme, bebiendo un "extraseco en las rocas" y hablando, con asombro, con burla, con lucidez implacable, de la Historia con mayúscula. Su poesía me parece una prolongación de aquellas conversaciones y de esa incesante reflexión. Sus versos adoptaban un tono coloquial reflexivo que venía de la mejor tradición moderna: de Cavafis, de T. S. Eliot, de César Vallejo, y hasta de nuestro Nicanor Parra. En sociedades más cultas, menos atormentadas, menos castigadas por sus inflexibles y celosos caudillos, habría obtenido el reconocimiento debido y ocupado un lugar de honor. Pero estamos muy lejos de todo aquello. Por eso murió solo, en su oficina de profesor universitario, en algún campus del fondo de los Estados Unidos, mundo para él, como para nosotros, vasto, ancho y ajeno. A nosotros, los que hemos conseguido sobrevivir, nos toca recordar con emoción, con tristeza, con el asombro admirativo de los comienzos, y dar testimonio.


  Letras Libres, 30 de noviembre de 2000. Imagen: Bohemia, 14 de septiembre de 1962, p. 56.  


sábado, 8 de abril de 2023

Heberto Padilla: el poeta de la "prosadia"



 Miguel Cabrera: "Heberto Padilla el poeta de la "prosadia"", Nueva Estafeta, núm. 36, noviembre 1981, pp. 117-19. 

lunes, 3 de abril de 2023

En cuanto a Heberto Padilla

 



 "La autoridad de Cuba es la de haber hecho y seguir haciendo una revolución", Conferencia de prensa del ministro doctor Carlos Rafael Rodríguez, presidente de la delegación de Cuba al duodécimo período de sesiones de la CEPAL, Lima, Perú, 17 de abril de 1969, Bohemia, Suplemento, 2 de mayo de 1969. Discurso y entrevista.  


lunes, 27 de marzo de 2023

Fernando Ortiz sobre Isla de las Mujeres

 


 La Inquisición siguió en Cuba bregando contra la “herética pravedad” y con obispos y gobernadores; pero fue relativamente moderada. No había que entorpecer el pingue e ilícito comercio con los herejes, que prácticamente era el más provechoso y a veces el único, pues las naves de España se pasaban años sin llegar a Cuba y cuando venían no importaban los productos industriales que aquí se apetecían. En esta isla, que sepamos, no hubo ningún “auto de fe” contra tales herejes, pues el único del que tenemos noticias, celebrado a fines del siglo XVIII en la Plaza de Armas de La Habana, no fue de “marranos”, como entonces decían para escarnio a los judaizantes, sino de unos dieciocho “amujerados”, sacados de las flotas y armadas, que cuando las estadías se depositaban en un islote de de bahía, llamado Cayo Puto o Isla de las Mujeres, que duró hasta el presente siglo. Ese “pecado nefando” de Sodomía era también castigado por la Santa Inquisición con pena de muerte en la hoguera, así como lo fueron la “herética pravedad”, la brujería, el pacto con el demonio, la exportación de caballos, el contrabando de pólvora, etc.

 Historia de una pelea cubana contra los demonios, Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1959, p. 374.


 Según bien dice Hergueta Martín: “Esta gente afeminada que van vestidos a la última moda o la han exagerado, siempre han sido mirados despectivamente, pues han sido denominados de currutacos, pirracas, señoritos de ciento en boca y señoritas de nuevo cuño, saltimbanquis, chisgaravises, monuelos, monos, figurillas, liliputes, éticos, fletes, fletillos, pichones, sietemesinos, mosca en leche, perita en un plato, niños góticos, pisaverdes, petimetres, usías, señoritos, elegantes, toninos, dandys, de la high-life, gros, contragros, lechuginos, milflores, gomosos, pollos, pollos bien, pollos pera, etcétera.”

 El Capitán General de Cuba, escribiendo a Su Majestad a fines del siglo XVII, le decía que en La Habana él había mandado a quemar a unos veinte amujerados, y le pedía al rey que le dijera lo que hacía con los demás del mismo género. Es el único caso de quemazón que consta se consumó en Cuba.

 En el currutaco ya se halla un sentido de exageración de lo figurineado y se aproxima al concepto de lo afeminado por caer en gustos y costumbres mujeriles. Por eso, aunque derivado de curro, por la garbosidad y el atuendo alardoso, jamás a un negro curro podría llamársele currutaco, pues el acento de su personalidad estaba en el opuesto polo, o sea en el machismo.

 Los negros curros, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1986, p. 20.


 Además, castañuelas y panderetas eran instrumentos preferentemente femeninos para los bailes, y en las Indias Occidentales de aquellos tiempos pocas mujeres blancas vinieron de Andalucía que tuviesen gusto y costumbre de tañerlas; y en los puertos de mar, como la Habana, Cartagena de Indias, Veracruz, Nombre de Dios y otros , donde tenían jaleo y bullanga las gentes de las flotas y armadas, éstas eran casi exclusivamente hombres solos, galeotes, marineros y soldados, poco dados a tales instrumentos danzarios. Es cierto que entre los galeotes hubo copia de afeminados, que constituían una plaga, tanto que el único auto de fe de que tengamos noticias verificado en Cuba fue el de la ejecución en plena Plaza de Armas de la Habana, de una veintena de sodomitas, los cuales fueron quemados solemnemente en sendas hogueras, como ordenaba el Santo Oficio de la Inquisición, que entonces castigaba con ese horrible género de muerte “el pecado nefando”, ése que hoy se mira con tanta benevolencia. Y en la bahía de la Habana hubo un pequeño islote que en los mapas se conocía por el expresivo nombre de “Cayo Puto” o “de Putos”. Pero si estos amujerados de las naves pudieron quizás aficionarse a los pandereteos y castañuelas del rumbo sevillano, no eran ellos los más adecuados para estimular en América la difusión de esas aficiones musicales, ni entre los negros y negras, que gustaban la exuberancia sonora y percusiva de sus propios tambores, ni entre la gente blanca, que se remediaba con sus vihuelas, bandolas y guitarras, ayudadas en el campo urbano por el rústico guayo que les acentuaba los ritmos.

 Los instrumentos de la música afrocubana. Los membranófonos abiertos, Ñ a Z, los bimembranófonos y otros tambores especiales, La Habana, Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, 1954, p. 97.