lunes, 5 de junio de 2017

La esclavitud en el Mar Rojo

    


 Lino Novás Calvo

 Todo el que ha seguido este problema a través de libros y relatos de viajeros sabe que la esclavitud persiste en varias regiones de África y de Asia con todos sus rasgos seculares. Y no sólo la esclavitud: la trata de esclavos, el mercado de esclavos también. Los viajeros, sin embargo, disimulan o evaden por lo general este hecho. Por dos causas: o por no herir el prestigio de los países europeos que pretenden haber terminado con la esclavitud en todas las partes del mundo, o porque no le conceden importancia.  Existen misioneros y trásfugas europeos por los países independientes del Asia occidental y del África oriental que han llegado a aclimatarse de tal modo que se sienten identificados con el viejo espíritu del país en que habitan y no experimentan la menor sublevación de conciencia al ver que la esclavitud se perpetúa allí como en la época de los descubrimientos.
 Esa esclavitud se opera, disfrazada, hasta en varias colonias europeas, y sin disfraz en las regiones independientes. En Liberia mismo, país formado por negros libertos de América, la mayor parte de los repatriados ha retrogradado al salvajismo, y la condición de la masa pobre es económicamente la misma que antes de que los portugueses dieran la vuelta al cabo Bojador.
 Pero donde la esclavitud y la trata se hallan en toda su pujanza es en las dos orillas del mar Rojo. La caza, compra, venta y trasporte de esclavos se hace allí abierta o subrepticiamente, pero se hace. Una misión particular francesa, encabezada por el escritor J. Kessel y apoyada por "Le Matin", ha hecho a este respecto descubrimientos terminantes, contenidos en el libro de Kessel "Marches d'Esclaves", acabado de publicar.


 El hecho fundamental es éste: en Abisinia, país independiente, representado en la Sociedad de las Naciones, se cazan o compran cantidades de esclavos que luego son trasportados clandestinamente a la costa de Arabia a través del mar Rojo.
 Siempre ha sido Abisinia, o Etiopia, una copiosa fuente de esclavos. Cuando la trata era libre, los cazadores árabes desembarcaban en la costa de Somalia y emprendían tempestuosas expediciones al interior, regresando con interminables caravanas de cautivos que seguían luego por el golfo de Adén hacia las plantaciones de América.  Cuando estas plantaciones se cerraron a la esclavitud, las "razzias" disminuyeron; sólo les quedaban los mercados árabes, que persisten aún, en menor escala, desde Siria al golfo de Adén. Gradualmente, los países europeos se fueron apoderando de la costa africana del mar Rojo, y adoptaron medidas de represión contra la trata. Inglaterra ocupó el Sudán; Francia, una parte de la Somalia; Italia, la Eritrea. Los cruceros comenzaron a recorrer el mar Rojo. Detrás de estas posesiones costeñas, hacia el interior, quedó encerrada Abisinia, país independiente, con su trata. El país, dominado por señores tribales, sostenido sobre el sistema de la esclavitud por muchos siglos, se resistió a toda reforma de ese sistema, y las medidas del negus resultaron fallidas. La esclavitud persistió en el interior con todos sus caracteres. Los delegados europeos reciben aún hoy con frecuencia esclavos en calidad de regalos. La región, dominada por una raza mestiza de árabe y negro, está poblada a trechos por razas negras primitivas rudimentarias —los chancalla, los sidamo, los oulano— que llevan sobre sí el estigma atávico de la esclavitud. Se les reconoce a simple vista. Son razas resistentes para el trabajo, cobardes para la lucha, incapaces para la organización. El hombre más fuerte o más capaz somete al más débil o inepto. Los tribunales de justicia no escuchan las quejas de los esclavos; un acuerdo tácito entre los jueces hace nula la orden de liberación promulgada por el negus.


 La trata es el corolario de esos hechos. Los comerciantes árabes organizan una expedición a Abisinia. Hay en práctica dos medios de adquirir cautivos: o comprándolos a sus señores —que los venden para pagar impuestos, acumular fortuna o porque les sobran por haberlos conquistado en acción de guerra con otras tribus—, o enviando partidas a los alrededores de las aldeas de agricultores o pastores a cazarlos. Este último procedimiento se aplica sobre todo en los niños. El ladrón de niños se embosca a la orilla de un vericueto por donde sabe ha de pasar su víctima. En el momento oportuno salta sobre su presa como un gavilán, la envuelve en una tela y huye con ella a cuestas hacia donde le aguardan otros raptores con otras presas. La partida se pone entonces en marcha hacia el depósito, centrado en alguna población de agricultores aragoubas, donde los cautivos permanecen encerrados en sótanos hasta que se forma la caravana. Esta se pone entonces en movimiento hacia la costa por parajes desiertos.
 Para llegar a la costa, las caravanas tienen que pasar por el Sudán inglés, la Somalia francesa o la Eritrea italiana, "donde los niños salvajes saludan a lo fascista". Aun suponiendo que los tratantes operen alguna vez en complicidad con las autoridades europeas, siempre les quedará el peligro de ser sorprendidos por algún crucero de guerra en el mar. Pero en la tierra, las caravanas, conocedoras de las regiones salvajes, hallan medio fácil de esquivar las autoridades y de llegar a los embarcaderos secretos de la costa. Además, van bien armadas, y sus winchesters disparan a la menor sospecha contra el que trate de atravesárseles en el camino. La provincia de Harrar es un centro importante de esclavitud. Pero en la misma Adidis-Abeba, capital de Abisinia, la compra, venta y posesión de esclavos se hace regularmente a ojos de las delegaciones europeas. En el mismo Sudán, posesión inglesa, perdura la esclavitud. ¿Qué se le ha de hacer? Sería necesario todo el Ejército y la Marina británicos para vigilar y contener cada una de esas pequeñas y furtivas transacciones. En cuanto a la posesión de esclavos, ¿quién puede probarle a un jefe de tribu o señor feudal que los seres que tiene a su servicio no lo están voluntariamente en calidad de sirvientes, con la complicidad de todo el ambiente en su favor?
  Una vez en la costa, el mercader o cazador de esclavos los cede a un intermediario, encargado de trasportarlos en pequeños y rápidos veleros a la costa de Arabia. Este viaje es peligroso. Los cruceros de guerra corren más que los veleros, y las tormentas son frecuentes. Contra los cruceros sólo tienen el recurso de lanzarse a pasajes estrechos o poco profundos por donde los vapores no puedan navegar, escapando así a sus garras. Si éstos los sorprenden en alta mar, sólo algún ardid ingenioso puede salvarlos. Kessel cita las palabras de uno de esos marinos traficantes que fue arropando esclavos al agua, para que los del crucero que le daba caza se detuvieran a recogerlos y le dieran tiempo de escapar. "¿Por qué —dice— los extranjeros aman tanto a los esclavos, que por salvar uno dejan escapar un velero tan precioso como el mío?"


 Estos cargamentos de esclavos pasan a Yemen, Asir o Hedjaz, Estados árabes independientes, desde donde se extienden hasta Siria y Persia. Todo jefe árabe, nómada o agricultor, tiene sus, esclavos domésticos o en forma de guardias o como guerreros. Contra este estado de cosas han querido adoptar medidas los soberanos de esos países, pero el resultado ha sido idéntico al obtenido por el negus de Abisinia: la acción de la ley se rompe contra la resistencia de la tradición. El Corán autoriza la esclavitud. ¿Quién ha de atreverse a desautorizar al Corán?
 De los Estados árabes compradores de esclavos, Yemen parece ser el más propicio, y en el que desembarcan la mayoría de los cautivos trasportados de Abisinia. Yemen está hoy sometido al poder teocrático del imán lahya, que no ha admitido jamás en su país Delegaciones oficiales de las potencias. Sin embargo, parece ser que Yemen, país pobre y superpoblado, es más bien un puente que un centro de trata. Los esclavos pasan al interior o suben hacia el norte. Algunos suben hasta Siria. Otros se quedan en la Meca.
 Las peregrinaciones a la Meca es otro de los instrumentos que aprovechan los tratantes de esclavos. Existen en el mar Rojo vapores de carga que trasportan anualmente grandes masas de peregrinos a Chedda. Esos peregrinos van de Etiopia, de Egipto, de las Somalias, de Eritrea. Son negros o mestizos africanos mahometanos; señores feudales y grandes dignatarios que viajan con sus servidumbres. Entre éstas, ¿quién puede distinguir los esclavos de los que no lo son? Claro que se distinguen. Se les conoce por las facciones, que delatan la tribu a que pertenecen (he dicho ya que hay tribus condenadas a la esclavitud por una fatalidad orgánica); se les conoce por el modo de mirar, de andar, de reaccionar frente a lo que les rodea. Pero eso no es una prueba; a lo sumo, es una convicción. Los calmosos marinos ingleses que los trasportan fuman tranquilamente sus pipas y beben su whisky sin preocuparse mucho de su llevan un cargamento de esclavos o de peregrinos. En el fondo viene a ser la misma cosa.


 Además de estos esclavos de importación existe en los distintos señoríos de Arabia la cría de esclavos. El hijo de una esclava lo es desde que nace y pertenece a su dueño. Así el nieto, el bisnieto. De aquí que se aliente y fomente la maternidad, ofreciendo premios a las esclavas cada vez que dan un nuevo esclavo a su señor. Un esclavo nacido en casa equivale a ochenta libras que puede costar un esclavo importado de África.
 En este continente el problema del trabajador ofrece hoy tres aspectos bien definidos, que son tres problemas arduos de resolver. En algunas colonias donde se ha establecido un salario libre razonable, se ha creado una masa migratoria, desprendida de la familia, compuesta de seres desmoralizados, errantes, borrachos. En aquellas en que el trabajo se efectúa por contrato con los jefes del país el trabajador es de hecho esclavo, no de los blancos, sino de sus propios jefes. En los países independientes, como Abisinia, ya se ha visto lo que pasa. Una sola ventaja parece haber tenido para los naturales la conquista de África por los europeos: la exterminación de los ritos sangrientos de algunos pueblos, como los achantis y los dahomeyes.
 En todo lo demás las cosas siguen, socialmente, poco más o menos que hace tres siglos.


 “Trata de negros. La esclavitud en el Mar Rojo”, Luz, Madrid, 4 de agosto 1933, p. 8.

sábado, 3 de junio de 2017

La caravana sin camellos



  Ramón Vasconcelos

 Cuando Roland Dorgelés trajo de Oriente ese título pintoresco, se creyó que tras él no había más que un tema literario. Pero ahora una expedición científica organizada por el Instituto Internacional de Antropología va a demostrar que el asunto tiene gran importancia especulativa para el sistema colonial francés.
 Dentro de pocos días la caravana sin camellos partirá de Marsella, llegará a Argel y atravesará el África del norte a sur, hasta el lago Tchat; después volverá hacia el norte de Túnez, con material para tres o cuatro pabellones de la exposición colonial que patrocina el viaje.
 Al frente de los exploradores va el comandante Bernard Le Pontois, africanista de autoridad, y lo acompañan meteorologistas, geógrafos, filmadores de películas, delegados del Instituto Pasteur, de Instrucción Pública, de la Escuela del Louvre, de la Cruz Roja y del Ministerio de la Guerra, periodistas y técnicos, cada cual con una inquietud y un instrumento de trabajo distintos.  ¡Lo que se ha andado desde el tiempo de Livingstone y Stanley, pioners del africanismo británico, y del general Laperrine y el padre Foucold (sic), muertos en servicio de la penetración francesa!
  


 De entonces acá el europeo ha ido avanzando en la selva, abriendo caminos y extendiendo sus dominios, aunque sin preocuparse más que de extraerle al suelo conquistado sus inmensos tesoros vírgenes por los medios más rudimentarios. El marfil, las pieles y las maderas preciosas los transportaba a la costa el pobre negro, más perseguido por el hombre civilizado que la misma fiera. Esto empieza a cambiar, no por razones de humanidad, sino por razones económicas. Al fin, la máquina libertará al esclavo.
 Aquel congo que afirmaba que el mejor invento del hombre era el buey, porque de haber existido éste él hubiera tenido que tirar de la carreta, hoy tendría motivos para regocijarse por los progresos de la mecánica. El camión será el verdadero civilizador del África. Hasta el Sahara misterioso será vencido esta vez. Sus diez millones de kilómetros cuadrados inútiles en el presente, quedarán bajo el control de la civilización y ni los terribles simunes, ni las fieras, ni las bandas de beduinos impedirán en lo adelante la marcha regular y rápida de las caravanas de camiones que irán desde la costa mediterránea hasta Tombuctú.
 Los topógrafos clavetearán de puntos de escala el inmenso arenal inseguro y darán orientaciones precisas en esa pista móvil; los higienistas indicarán las medidas que convenga adoptar en las distintas zonas del recorrido para librarse de la fiebre; los meteorologistas establecerán un cuadro de las condiciones climatéricas, magnéticas y eléctricas para que automovilistas y aviadores puedan aventurarse sin riesgos a través de la más inhospitalaria región de la tierra; los etnólogos darán informes exactos sobre la psicología de las tribus, con el fin de ganar su confianza y su amistad en vez de inspirarles sentimientos hostiles; los economistas y los ingenieros suministrarán datos concretos sobre la producción posible de ciertas fajas del desierto, y los técnicos del automovilismo aconsejarán las modificaciones que sea conveniente introducir en los vehículos que se utilicen.


 Por primera vez los camiones van a hacer la etapa In-Salah-Niger sin necesidad de renovar la provisión de gasolina y de agua escalonando caravanas en el camino. Y si los progresos no fallan, desaparecerán los peligros de incendios por combustión espontánea y las evaporaciones violentas; y las blancas osamentas humanas amontonadas en la arena no evocarán la tragedia del espejismo, la sed abrasadora y el viento de fuego. Y podrán descansar los lentos camellos que durante siglos han sido el
único medio de transporte sahariano. Esta expedición de sabios traerá del Africa tropical una documentación valiosísima sobre lugares casi inexplorados, como el Tanezrouft, llamado el Desierto de la Sed, horno infernal llano hasta la monotonía, sin vida, alucinante, que las caravanas atraviesan con terror; como los pantanos y lagunas del valle del Níger, de fauna y flora desconocidas, y como los macizos montañosos del Hoggar, llenos de grutas y tumbas, y del mítico recuerdo de Antinea, popularizada por La Atlántida de Fierre Benoit. 
 Nada escapará a su investigación. Ni los microbios, ni los dioses implacables de las tribus, ni el matriarcado de los tuaregs ni las huellas aisladas de la prehistoria. En una palabra, la expedición de Le Pontois va a descubrir el África.
 Dentro de tres meses sus colecciones zoológicas, fetiches y hallazgos pintorescos ocuparán su sitio en la exposición colonial, y un film sonoro revelará al mundo las costumbres medioevales de los tuaregs, sus torneos, sus bodas, y toda la emoción salvaje de una cacería de fieras en plena selva.
 ¿Y luego? Luego vendrán las empresas regulares de transportes y las compañías de turismo con los autocars, los ciceroni de megáfono y el paquete de tickets para todas las fondas y cabarets de los oasis del Sahara con cocktails caros y danzas del vientre... importadas de Marsella.



 Bulevar. Iluminaciones sobre el Sena, Cultural S.A, 1938, pp. 183-88. 


martes, 30 de mayo de 2017

En el Polo de Klondike





 El burro te persigue en el Circo, y el detective que no da pie con bola, y la risa del público que no entiende. Pero el león te respeta, ¿o te desdeña pensando que nada vale la pena? Estás solo, Charlie, solo en el Polo de Klondike, y en la ciudad confusa, y en el campo, solo con la gente sola, solo.
 
 Eres tal vez el hombre actual, en medio de las máquinas, trastabillando en la tierra de donde Dios emigró. Como él, tú ni lloras ni ríes, si acaso te sonríes a veces, con extraña sonrisa ingenua, asombrada, y cuando por amor, renuncias al amor, te sientas sobre una caja vacía, en el campo vacío, mientras se marcha el Circo, y te quedas allí, tú solo, como siempre estuviste.

 Con tu bastoncito ridículo, con tu sombrerito ridículo; solo, y después sales andando, sin rumbo (porque todos los rumbos son en el fondo iguales), sin palabras, sin gestos, sin risas ni llanto. Hablan en ti tan sólo tus zapatos, torcidos hacia arriba, vueltos desesperadamente hacia arriba, como las catedrales.


 L.R.E

Evocación de Luis Rodríguez Embil



 José María Chacón y Calvo

 ... Mi primer recuerdo de Luis Rodríguez Embil es de hace 37 años. Ya era un escritor de vasto renombre. Había publicado dos novelas: "Gil Luna, artista" (de carácter ensayístico) y "La Insurrección", de acento histórico y exaltadora de nuestra última Guerra de Independencia. Había publicado también ensayos, novelas cortas, cuentos y muchos versos en revistas de Cuba y del extranjero. Trabajaba yo entonces en un puesto de abogado en la Secretaría de Justicia. Era en un departamento que tenía una bella vista sobre el mar. Nunca encontré después en ml no corta vida burocrática un lugar que fuera, como ese tan "cobdiciadero para orne cansado".
 Luis Rodríguez Embil me llevaba su cordial adhesión para un homenaje que rendíamos en esos días a Alfonso Hernández Catá, el gran cuentista de "Los frutos ácidos". Pudo haber sido aquella una de tantas visitas corteses y gratas. Pero al hablar con el amigo que conocía en esos momentos y que sentía, sin embargo, como una vieja y segura amistad, encontré en sus palabras no sé qué inusitado acento, qué tono transido de pura espiritualidad, que aquella tarde de la primavera de 1917 fue una fecha esencial en mi vida.
 Me hablaba de Bergson, me hablaba de su filosofía espiritualista, y todo tenía en su conversación el tono de serenidad, de sosiego, de paz, y a un tiempo de honda vida interior, que yo me sentí unido al nuevo amigo por algo tan profundo, tan entrañable que sentí desde entonces aquella amistad como lo que no puede quebrantarse ni aminorarse, cualesquiera que sean las contingencias de la vida.
 No volví a ver a Rodríguez Embil en muchos años, pero cuando pensaba en la pura amistad, la imagen del autor de "El soñar de Segimundo" se levantaba en lo íntimo de mí. Por eso uno de mis primeros ensayos sentimentales, el de "Castilla y Lanuza", publicado en 1920, tuve necesidad de dedicarlo al amigo, cuya muerte reciente es un hondo duelo de las letras cubanas.
 En 1930 volvimos a vernos. Había publicado nuevos libros: "El imperio mundo", con el nítido recuerdo de la primera guerra mundial que mereció altos elogios de don Enrique José Varona; "La mentira vital", una preciosa colección de cuentos, muchos con raíz filosófica, que Blanco Fombona llevó a una de sus colecciones de Madrid, la que llevaba el gran nombre de Andrés Bello.
 Ya había sentido Rodríguez Embil ese dolor profundo, que en los espíritus que propenden al misticismo, tiene una transcendencia imponderable... Y fue entonces cuando me habló de su más íntimo libro: "Las poesías de Asoka-Anansar".
 Volvimos a separarnos. El volvía a su Consulado de Hamburgo; yo a un puesto subalterno en nuestra Embajada en Madrid.
 A poco vivía Cuba una de sus crisis políticas. Al término de una, o en uno de sus paréntesis más propiamente, el gran cubano don Cosme de la Torriente, a la sazón Ministro de Estado, ascendió a Rodríguez Embil a Ministro Plenipotenciario y le confirió nuestra regentación en el Uruguay.
 Entonces viene una de sus etapas más fecundas. Publica primero, "El soñar de Segismundo", un ensayo filosófico sobre la finalidad de la vida, con muy puras esencias poéticas. Algunos años después, su biografía de José Martí. "El Santo de América", obtiene la más alta recompensa en el concurso internacional, convocado oficialmente en Cuba en 1939.
 Regresa entonces a Cuba, acompañado de su esposa, a la que amó con indecible ternura. Y fuera de tres años en que tuvo nuestra representación en Venezuela, ya vivió siempre en Cuba, en medio de un casi total apartamiento, como desasido en todo lo que le es dable al hombre de la terrestre ligadura, desde la muerte de Helen, su esposa amadísima.
 Fue en esta última década cuando pude conocer en su más pura luz el corazón magnánimo, forjado en la bondad, del amigo entrañable.
 En su discurso de ingreso en la Academia de Artes y Letras, leído en marzo de 1945 y que versa sobre Jesús Castellanos, hay una expresión incidental que define al escritor, Habla de la generación del insigne novelista de "La Conjura" y del agudo exégeta de José Enrique Rodó y afirma "que vivía desorientada".
 ¿Cómo vivía desorientada una generación que tenía maestros de la calidad de un Enrique José Varona? ¿Qué quería decir Rodríguez Embil con esta expresión negativa?
 Aquí está la vida interior profunda del poeta ¿traductor?... creador de Asoka-Anansar. Estaba desorientada esta generación, por qué con raras notorias excepciones, vivía bajo el signo exclusivo del positivismo. Es decir, que no tenía un criterio orientador acerca de la vida perdurable del hombre, de su final destino, de su razón íntima de ser.
 Se ilumina con esta sola frase la vida noble, generosa y austera del gran meditativo de "El soñar de Segismundo".
   Tuve mucho tiempo un libro -inédito aún- del fraternal amigo que esclarece esta fase de la obra y la vida de Rodríguez Embil. Me hablaba no sólo de un maestro de las letras, vino de un hombre de bondad creadora y de serenidad resplandeciente. Una de sus poesías con su místico fulgor, quedó en mi memoria. La decía para mí mismo mientras velaba el sueño postrero de mi amigo. Me iluminaba y me hacía pensar que la infinita misericordia del Señor abriría su reino a quien con humildad acataba el mandato divino. Siéntala conmigo el lector:
 "Para la hora de la muerte y de la vida: -Heme aquí. Haz de mí lo que plazca a tu Santa Voluntad -concédeme humildad- para que pueda-si oso algo pedirte- a un tiempo obedecerte y bendecirte- Si puedo hacer Tu voluntad la mía- será mi gratitud y mi alegría- cual los ángeles pura-claras cual del amanecer la albura. Cielo es ser sólo en Ti, que sólo eres infierno en no querer lo mismo que Tú quieres- y saber que eres Tú, y en lo ilusorio- viviendo en continuar el Purgatorio... -Largo tiempo vagué lejos de Ti-y pequé, y aprendí- que cualquier senda que mi vida emprenda- a Ti ha de conducirme toda senda. Morir o vivir hazme: será justa tu decisión augusta- Conmigo haz lo que quieras, y de mí- 'Heme aquí...'
 Y en otra parte del libro leemos:
 "¿Fuera esta vida, oscura tolerable, -sin la claridad del misterio- que irradia de su centro oscuro?".
 "Claridad del misterio", ¿no sentimos traspasada de luz la vida del amigo inolvidable? 'Que lo haya acompañado, ahora que está tan cerca de esa "misteriosa claridad", y que él sintió tan profundamente a lo largo de su vida, generosa, austera, fecunda'.


 Diario de la Marina, 7 de mayo 1954; y Revista de la Biblioteca Nacional, mayo-junio 1954. 


lunes, 29 de mayo de 2017

Luis Rodríguez Embil: Un alma



 Gastón Baquero

 Luis Rodríguez Embil, hombre de silencio, de meditación, de melancolía serena, cerró ayer los ojos a la luz externa del mundo.
 Un meditador, que es lo contrario de un gesticulador, deja una obra que con toda su luminosidad y sus pruebas de cultura, no da la medida de esa densidad e intensidad de espíritu que fueron características de Luis Rodríguez Embil. A la manera de los viejos sabios orientales, echaba al mundo una mínima parte de sus meditaciones, y conservaba para el lento e inacabable examen y encantamiento espiritual, las mejores y las más amplias conquistas de su inteligencia. Hay el autor volcado que arroja en el libro todo lo suyo y queda exhausto al final de cada obra; y hay el autor contenido, dosificado por sí mismo, que sólo se desprende de un poema, de un relato, de un ensayo, cuando lo ha gestado en forma tan intensa y durable, que entrega al exterior un fragmento del cuerpo espiritual morosamente alimentado. A los autores éstos les queda siempre un mundo por descubrir dentro de sí mismo, una zona de misterio, de contemplación, de ensimismamiento, que en realidad es el fermento y la raíz de la más depurada producción.
 Luis Rodríguez Embil fue, entre nosotros, un rarísimo modelo de escritor vivíparo, -meditaba lo suyo por años y años en suave silencio, en penumbra, y sólo salía a decir algo, a publicar una página cualquiera, luego de producirse en él ese "punto de saturación" que las ideas alcanzan igual que los seres vivos. Sólo publicaba lo que había elaborado sin precipitación, más en el taller del espíritu que en el arte de la estilística, porque al mencionarse el término "elaboración", tan peligroso y lleno de confusión junto a la manera productiva de Luis Rodríguez Embil, debe subrayarse que él elaboraba por dentro, calladamente, en ese diálogo mudo que el creador de vocación mística emplea para enseñorearse de su propio mundo. El recogimiento mental, la suprema ponderación, la discretísima entrega de sus frutos hacían de Luis Rodríguez Embil un aislado, un escritor que casi no parecía pertenecer a esta legión de trepidantes llamativos, exhibidores hombres que son los escritores hispanolatinos.
 Desde muchos años atrás, acaso siempre, vivió de espaldas a los feos quehaceres rutinarios de una "personalidad literaria"; retratos, bombos intercambiados, artículos elogiosos por compromiso que se traiciona en cuanto se contrae, difamación del colega, autovaloración cínica, formación de capillas para la oportuna "defensa de los intereses comunes" y demás martingalas que el escritor ambicioso de ese asco que llaman "posición pública y fama indiscutible" debe manejar un día tras otro. Rodríguez Embil era el revés del parlero y del suficiente; con profundo saber, parecía no saber casi nada. En él se realizaba a la perfección el porqué de ese dual valor de la palabra jocundia, jocundia es alegría, pero también es apacibilidad. Mesura, sentido del tiempo trascendente y del tiempo físico, ironía sin hiel para contemplar el frenesí de los cambios, de las novedades, de esas mutaciones que los hombres sin quicio cultural agitan como verdaderos mundos recién creados, y frecuentemente tienen... diez o doce siglos de olvido.
 Porque Luis Rodríguez Embil conocía a la perfección el "antes" de las cosas, permanecía inmutable, levemente sonreído, humanísimo y comprensivo, ante las más audaces pretensiones de descubrimiento y de supremacía. Era el criollo domado por la cultura, rehecho a una imagen alta y pura del humano, luego de cercenarse con el ver y el vivir de lo grande y lo hondo, los provincianismos, las pequeñeces, las tristes negaciones que a la personalidad no culta imprime el ancestro. Luis Rodríguez Embil se veía como un ido, como un soñador, en los tiempos negados a ese irse hacia lo alto que es el ido rilkeano. Soñar junto a los insomnes a fuerza de no tener sueños, es ya un heroísmo.
 Quien esto escribe le quería mucho a lo lejos, sin comunicárselo. Alguna vez, brevemente se hablaba de música, de la poesía oriental, de ésta o de aquella costumbre en país extranjero. Y siempre volvía su voz reposada, su exquisita consideración para el interlocutor, a sumirnos en el trascuerpo suyo, en la seguridad de que aquel hombre callado, aislado, ido, estaba lleno de una fuerza quieta, sosegada, apaciguadora. Si se nos preguntara por éste que ayer cerró sus ojos a la luz que no ilumina, responderíamos con un solo calificativo, con una denominación precisa, breve, humilde, desusada hoy y casi exótica: Luis Rodríguez Embil, diríamos, fue un alma, nada menos que un alma.
 Ya se ha ido, de una vez, a sus trasmundos, a sus ensueños infinitos. Vivió en paz con el mundo y consigo mismo. Desde la muerte, en la muerte, hará eterna ya su jocundia, su ensimismada y a ratos afligida jocundia, la que va más a lo apacible que a lo alegre, la que es exacto espejo de esa larga meditación aseída, de ese ensimismamiento inespacial e intemporal que es el Alma.


 Diario de la Marina, 30 abril 1954; y Revista de la Biblioteca Nacional, mayo-junio de 1954.