domingo, 14 de marzo de 2021
sábado, 13 de marzo de 2021
En el centenario de Darío
Carlos Pellicer
Creo que este Encuentro tiene la importancia de un recuerdo necesario, ya que los poetas más jóvenes a veces parecen o desconocer a Darío o despreciarlo o depreciarlo. Yo creo que el modernismo inició un nacionalismo superior en toda América, y también un continentalismo que antes no habíamos tenido. El nacionalismo aparece cuando todavía algunos de los mayores poetas del movimiento eran jóvenes. El caso típico es el caso de Lugones. Después de Los crepúsculos del jardín, casi toda su obra es de inspiración argentina. En Darío encontramos la gran voz continental; probablemente si en la oda “A Roosevelt ” no se hablara de Netzahualcoyotl o de Cuauhtemoc, los iberoamericanos —me refiero a la mayoría— no sabrían nada de estos tipos geniales del mundo prehispánico de México.
El Canto
a la Argentina y sus homenajes a España, le dan a Darío un sitio único en
la poesía castellana, porque son testimonio apasionado de amor hacia hermanos
de un lado y otro del mar.
El afrancesamiento del autor de Prosas profanas cada día me parece más relativo. Su parte decorativa, que en el poema “Divagación” es más aparente que real, a través del tema del amor femenino, nos entrega una vez más a un poeta de aliento universal. Este extraordinario poema no ha sido completamente entendido a causa del esplendor que del uso de la palabra hizo este príncipe –entendiendo esta palabra como principal–, este príncipe del idioma.
Los malhablantes de Rubén Darío o desconocen
no sólo al poeta, sino al hombre de América que en gran medida fue él. Poemas importantísimos
y casi completamente olvidados como el dedicado a Colón, en el que retrata de
forma de tan terrible la situación casi permanente de los gobiernos criminales
de nuestra pobre América, y en el que las cosas se dicen, qué maravilla, con
tanta crudeza como belleza.
La oda "A Roosevelt”, otro testimonio de
su conciencia continental y de su protesta contra el ahora decadente
imperialismo norteamericano (creo que Vietnam está diciendo las primeras
últimas palabras); el prodigioso poema con que se inicia la serie de “Los
cisnes” en Cantos de vida y esperanza, poema que tal vez no tiene par en toda
la lírica del mundo, y en el que se nos recuerda que si ya no hay gente valiente
“tantos millones de hombres, hablaremos inglés”… Ojalá que este centenario,
pienso yo, sirva fundamentalmente para conocer en toda su importancia la obra
de aliento humano que tal vez muy pocos jueces y menos lectores han apreciado como
verdaderamente merece.
No creo exagerar si afirmo que el modernismo es el punto inicial de toda una liberación literaria entre nosotros, en todos sus aspectos. Y si hoy en términos generales la narrativa en nuestros países está, indudablemente, por encima de la poética y esa narrativa tiene ya importancia internacional –además, esto no lo digo en forma peyorativa, pero es mucho más fácil traducir un cuento o una novela que un poema–, por lo que significa como testimonio de libertad de expresión en todos los ámbitos, esta libertad de expresión es necesariamente –creo yo– una consecuencia de la voz liberadora de Rubén Darío.
Está en Darío también la voz cristiana y muy honda. No podría yo entender sus sinfonías sin ese instrumento. El trópico es pagano con cierto desnivelado cristianismo informal, pero que nubla los ojos. Para mí, cristiano, las cristiandades de Rubén Darío me conmueven por sinceras. Como se ve, Darío fue y será siempre voz de América. Para mí, la más alta de Nuestra América –como lo aprendimos a decir en Martí–, y el encuentro con tan gran poeta, su encuentro total no podía ser en la Nicaragua donde el asesinato de Sandino es la negra condecoración que los delfines heredaron –esos que son los detentadores del poder político en la ahora tan desdichada Nicaragua.
Es aquí, sin duda alguna, en Cuba, ejemplo para todos nuestros pueblos, donde la gente ha comenzado ya a vivir de otro modo, dentro de la práctica inicial del socialismo, donde escuchamos –aquí sí– todo el aliento y toda la fuerza de la voz de Rubén Darío, en toda su plenitud humana, positiva —sí, aquí en Cuba–, y elevadamente humana; y no solamente para oírla, sino –creo yo hoy y lo creeré siempre– para tenerla en cuenta en todo momento.
Leído el 18 de enero de 1967.
Encuentro
con Rubén Darío, Casa de las Américas, 1967, pp. 15-17.
viernes, 12 de marzo de 2021
martes, 9 de marzo de 2021
Carlos Pellicer. Apuntes para un viaje iniciático
Hay un salto paralelo en Pellicer, siguiendo a Tablada. Así lo observó Gabriel Zaid, su crítico más certero, en un ensayo al que habrá siempre que volver. Ese salto es pronunciado en Tablada, que cae de pie en la vanguardia, mientras se produce de modo gradual en Pellicer. Salto hacia los elementos, fue también el resultado de un viaje que hermanó las experiencias de ambos poetas, con estaciones en Nueva York, donde se acercan; La Habana, que visitan por separado pero al mismo tiempo; y Bogotá y Caracas, a donde se dirigen el uno como secretario consular y el otro en su misión estudiantil.
Para Pellicer es la primera de sus innumerables giras por el mundo, y la primera de sus muchas estancias en Cuba. Un periplo que afianza su vocación, y cuyo efecto será Colores en el mar y otros poemas (1921), libro todavía modernista pero ya –como dice Zaid- con notables poemas de vanguardia.
Acotado entre 1915 y 1920, el orden que Pellicer le daría antes de publicarlo, haciendo visible su condición de cuaderno de viaje -es decir, su carácter diacrónico y referencial-, lo aproxima al modo vanguardista. Si un mar todavía simbólico y ciertas formas estróficas lo mantienen en órbita al modernismo, la secuencia de desplazamientos y, sobre todo, su variada articulación, lo convierten en un producto inédito. En este sentido, destaca esa prosa intercalada tras los versos iniciales que, como preludio a los poemas-"lugares" que singularizan al paisaje (Curazao, Los Andes, etc.), anuncia las diferentes "playas" de la travesía.
Todo una narrativa acompaña al descubrimiento que Pellicer hace del entorno. Se entreveran la mirada celebratoria de la Historia que, en su afán de ser también ella naturaleza, sobrepasa a menudo a la Geografía; y la simultánea capacidad para captar los elementos anímicos, más vívidos, del ambiente. En cualquier caso, tonos o rasgos que acaban por transferir el modus modernista y el peso de la tradición a las exigencias de las nuevas expresiones.
Oda y esquema, alabanza y dibujo, color y relieve. Para ello dispone de recursos que, si bien solo consigue plenamente a partir de Piedra de Sacrificios (1924), ya están presentes en Colores en el mar: la idea de escala, que permite ajustar el mapa a los detalles y accidentes; la idea del paisaje como juguetería, que invita a la alegría y el juego con sus componentes, a una cierta magia cubista que apenas violenta la sintaxis; o los panoramas aéreos con sus cambios de perspectiva.
Volcado al exterior, Pellicer hace del mundo su casa. Y del “entrañable trópico” al que vuelve una y otra vez, su espacio de creación. Construye una geopoética, motor de su poesía, que adquiere las más variadas formas del ánima: trópico-solar, trópico-abismo, trópico viajero, milagrosa extensión de un lugar llamado Tabasco.
“Gracias, ¡oh trópico!,
porque a la orilla caudalosa
y al ojo constelado
me traes de nuevo el pie del viaje…”
A su paso por Cuba en esa primera estancia, escribirá un poema que, aunque no califica de vanguardia contiene ya discreta dosis de los recursos referidos. Titulado “El sol! El sol! El sol…!”, apareció originalmente en El Maestro (Año I, Núm. 2, mayo de 1921, p. 204), con un calce que especifica el lugar y momento de su escritura: “La Habana, 1918”, y a continuación, sin título, entre los fragmentos iniciales de Colores en el mar.
Por su forma y ubicación, obedece sin duda al intento de denotar las etapas del viaje. Si la prosa introductoria preludia pero también resume todo el trayecto, “El sol…” remite a la huella de su paso por La Habana, acaso al umbral de esos poemas que se acercarían cada vez más a los lugares precisos y siempre más vigiles de la experiencia.
Así como la prosa enumera las diversas playas (“Playas de México, playas de Colombia, de Venezuela —repúblicas inolvidables a donde llevé durante dos años la representación de los estudiantes mexicanos—, playas de Cuba, sonoras playas del Atlántico…”), el poema revela la condición solar de esa incipiente aventura:
El Sol! El Sol! El sol!...
Detrás de un arrebol
llegó aquel joven sol.
Y el alba al encender
el gran faro del día
en la noche del tiempo,
todo lo desoía;
y yo volví a nacer.
Nubes en sol mayor y olas en la menor.
La vida era tan bella como
el amanecer.
Pareció que en el mar
se bañasen mil niños;
así las olas eran
infantiles y claras de gritar.
Y una mujer pasaba
toda dominical.
En el Metropolitan Museum, a Pellicer le deslumbran los cuadros del pintor valenciano, concibiendo el soneto “Paisaje de Joaquín Sorolla”. No lo incluye en el libro, pues escribe otras estrofas inspiradas en sus pinturas que acaso consideró mejor logradas. Estas se ubican a continuación de “El sol”, recalcando una visión marina (edénica) que, en cierto modo, fusiona el Mediterráneo y el Caribe:
“Es un mar levantisco que ni con malecones
ha podido aquietarse: es un mar muy latino” (…)
“Las chiquillas son Evas y los niños Adanes,
pero ellos no lo saben. Delira el carmesí.”
En Cuba pasó Pellicer una larga semana. Había partido de su país el 3 de octubre de 1918, y tras casi dos meses mayormente en Nueva York, desembarca en La Habana procedente de Key West el 29 de noviembre. Su observación de la ciudad no rezumará alegría, salvo en relación al encuentro con su admirado Salvador Díaz Mirón, entonces en su exilio cubano. En carta a su madre, escrita a solo tres días de haberse marchado, le expresa:
“En la Habana me divertí muy poco, pero tuve la gran dicha de conocer y hablar largamente con el gran poeta Salvador Díaz Mirón. Lo busqué inmediatamente, me trató con mucha cordialidad y pasé en su regia compañía, ratos que nunca se borrarán de mi espíritu. El poeta está muy abatido. Tuvo la gran bondad de recitarme algunos de sus poemas soberbios, y yo le prometí enviarle mis marinas, que desde que existen están dedicadas a él; no le recité mis versos, por respeto, pero sobre todo por timidez... Los aguiluchos no debemos ascender hasta los cóndores.”
Vuelve a resumir su experiencia, medio año más tarde, en misiva a Antonio Castro Leal:
“Ciudad ambigua y escotada, llena de peripecias vulgares, así como de inteligencias indiscutibles. Allí tuve la dicha insigne de conocer y tratar al poeta colosal y maravilloso Salvador Díaz Mirón. De su conversación torrencial y deslumbrante, guardo un recuerdo cenital. Me recitó varios poemas nuevos, que me hicieron afirmar mi creencia de que Díaz Mirón es un poeta sin decadencia, a pesar de sus sesenta y cinco años.”
¿Cuáles pudieran ser esas peripecias que tilda de prosaicas? ¿De qué ambigüedad nos habla? Es difícil saberlo. No lo atrapa, como sí a Tablada días más tarde, la huelga general en apoyo a los ferroviarios, sino la fundación del Coney Island Park que tanta gente arrastró hacia las playas. ¿O alude acaso a lo que estos versos –escritos alrededor de 1923- insinúan?:
“En Cuba bailé un danzón
—impresión de baño de mar—,
adivinad: punto y guion.
La Habana
con su abanico suave
y su mujer imposibilitada
para ser Beatriz”.
En fin, no será en este, sino en viajes posteriores que su simpatía despierte. Como traslucen otras referencias, disfrutó de los mejores hoteles y en su ruta a Sudamérica -hacia la que sigue rumbo el 6 de diciembre- lo acompaña un grupo de monjas mexicanas que, tras algún tiempo en la isla, se dirigen a donde él.
(El Fígaro, 24 diciembre 1922)
En todo caso, tiempo y memoria hacen lo suyo y ya en 1924 -mientras tanto ha hecho otra breve escala en diciembre de 1922- escribe aquel poema todo él dedicado a Cuba: el fragmento 19 de Piedra de Sacrificios. Aún más visiblemente biográfico, compuesto por poemas-viajes que constituyen estaciones-género –cantos, baladas, elegías, variaciones, etc.-, asistimos en este cuaderno a la misma tensión Historia/Geografía que, entretanto, había alcanzado una decidida proyección moderna.
La estación “Cuba”, sin embargo, no es de las más incitantes, dominada como aparece por los habituales estereotipos poscoloniales. A diferencia de “Impresión de La Habana”, donde los tópicos dan paso –sin solución de continuidad- a la osadía de un experimento de por sí irónico, naufragamos acá en lugares comunes:
Cuba divina,
tierra naval y bailarina.
Bajo las noches del Atlántico
tu azúcar endulzó mi sed marina.
Mi sed amarga que alzó gritos
sobre el amado Sur
y halló solamente un dolor infinito
bajo una cínica quietud.
Galeón de atesoradas maravillas,
de tu alta proa sale el sol.
Bello navío pirateado
por un pacífico ladrón.
Cálido buque de los trópicos,
tórrido signo de pasión,
en tus palmeras inflamadas
que un sol de ocaso abanderó
grabé a crecer mi santa cólera
y mi soberbia maldición.
Te estranguló con mano higiénica
el yanqui cínico y brutal.
Civilizáronte y perdiste
tifo, alegría y libertad.
Cuba divina, tierra naval y bailarina,
entre el danzón de tu apogeo
corre la sombra de tu ruina.
El conjunto adolece de complejidad, lo que no puede decirse de otros fragmentos de Piedra de Sacrificios, aun cuando los presida la misma oposición a los “gustos yanquis”, y los recorra, por tanto, un acusado pathos identitario. Al punto que versos como los ya indicados sobre el “suave abanico” de La Habana (ciudad “escotada”, decía en la misiva) y su mujer “imposibilitada” para ser Beatriz, señalan al menos un repliegue interior: el de la prostitución. Tal vez –si seguimos leyendo- un deslizamiento hacia ese “otro” que era el lugar del trópico dentro de la vertiente exotista del modernismo:
(Allí han estado Cleopatra Faraona y Teodora Emperatriz.)
El que de Roma va pierde su Roma.
Cigarro y hembra viva; madrigal de Hafiz.
En un poema de 1932 conseguirá una imagen más elusiva y resuelta:
“Campo de espigas
por todas partes,
siempre.
En Groenlandia y en Cuba,
en lo actual invariable,
por ti.”
(“Tres recuerdos”)
Para entonces las escalas se habían sucedido. En una de ellas (septiembre de 1929) da a conocer “Poema pródigo” y “Grupo de palmeras”, sin dudas dos de sus grandes creaciones. Dedica el primero a Luis Cardoza y Aragón, todavía en La Habana, y lo entrega a los amigos de Revista de Avance, quienes en esas escasas horas en la ciudad lo agasajan con un almuerzo en el restaurante “La Isla”:
La hora oblicua se bisela a fondo.
Y yo surjo en el codo del camino
y canto en mí el principio de mi canto
y llego hasta mis labios y soy mío.
Jocunda fe del trópico, ojo dodecaedro,
¡justísimo sudor de no hacer nada!
Y el sabor de la vida de los siglos
y la orilla gentil y el pie del baño
y el poema.
lunes, 8 de marzo de 2021
Un nuevo poeta de América
Gabriela Mistral
Una adolescencia como de hijo de Plutarco, sombreada de
grandes ejemplos. Una juventud sin alcohol y sin tabacos, casi vivida en la
palestra. Limpio pulmón para el canto, boca firme para el canto y la curtidura
del buen sol azteca en la cara.
Cada día la pasión de lo heroico alimentándose de carne del
pasado y del presente. Dijo “padre” a Bolívar a los veinte años, y tanto le
pidió confortación, que un día le ha aparecido en su propio suelo “padre” vivo
que lo acompañe y lo reconforte en Vasconcelos.
Amando mucho a Darío y
volviendo la cara atenta a cada estrofa grande de este tiempo, su pasión
verdadera, sin embargo, se detiene en los héroes y con ellos se queda. No me sé
yo mejor el Padrenuestro de lo que él se sabe biografías americanas. El
venezolano mayor le ha llenado el corazón de nacionalismos y le ha dado su
pasión de la América toda. Como se sabe las anécdotas, las cabalgatas y las penas
de Bolívar, se sabe la tierra nuestra, y podría caminarla hasta la Patagonia,
solo, en un buen caballo pampero.
En su biblioteca
Europa cuenta poco y el Asia menos: pero es difícil que le falten las canciones
mayas o colombianas del
pueblo, su Humboldt, su catecismo yucateco y su Horacio Quiroga.
Tanto miró hacia el
sur con deseo de estuario del Plata y de la cordillera, que, con suerte de
Aladino, se ha encontrado caminando despierto todo lo que caminó dormido y ya
conoce su Colombia y su Iguazú y su montaña chilena.
Pero esta religión de
lo heroico lo hubiese ensombrecido de gravedad prematura si la adolescencia no
se desquitara en él con juegos repentinos, gracias a los cuales la frente no se
le madura de entrecejo. Con dos tercios del alma anda por los caminos de piedra
de la historia; con el otro salta sobre el árbol grotesco del estridentismo a
cortar sus manzanas geométricas, sus flores cuadradas; así ha aguardado su
contento.
No quiere aceptar las
fealdades de la raza; de tanto andar por la tierra pintada del trópico, la
América, que más parece una pitahaya magullada, es para él la jícara de
Uruápam. Le sobra ímpetu para dar el salto de doscientos años y ver el continente
limpio y salvo, vuelto sobre la tierra más bendita del mundo. Algunas quejas
suyas sobre las miserias americanas andan por ahí en sus libros, no son serias;
lo verdadero es su optimismo, de puro generoso, desenfrenado.
La Gracia entró en su
casa, y su madre debió hallarla alguna vez sentada a su cabecera. Es ella quien
le pone en la mano dormida las más bellas metáforas. Tiene el ritmo cuando lo
quiere y acepta la rima tardíamente, pero a la metáfora magnífica anda
abrazado, como a una novia.
Como lo más legítimo
en él es, bajo apariencias burlonas, la nuez roja de lo trascendente, aquí
pongo sus estrofas graves mejor que sus juegos.
“Estrofas al viento del otoño”
Suele aparecer en el
continente enloquecido de contrastes, un mozo como éste, de limpios pulmones,
de aliento entero, magnífico galopador del verso, genuino mozo de América sin
becquerianas y sin ajenjos.
Nació en el trópico y
en región de lindas mariposas; se le ha quedado esa encandiladura de los ojos
que lo hará andar triste toda su vida por el boulevard de París. Sus sentidos
fieles andan preguntando por la luz a cada cosa con que se encuentran, como por
una madre. Para vengarse de cuanto se le queda sordo bajo este cielo pesado, él
se encerrará en su cuarto de París a poner metáforas azafranadas y rojas en las
hojas de un cuaderno.
Repertorio Americano, 25 de junio de 1927.












