miércoles, 11 de febrero de 2015

Clases de meretrices





 Matías Duque 


 Aquí en Cuba se puede estudiar distintos tipos de mujeres que ejercen la prostitución en forma diversa:

 La meretriz de tapadillo
 La meretriz fletera
 La meretriz clandestina
 La meretriz reglamentada
 La meretriz menor de edad
 La meretriz viajera

 La meretriz de tapadillo es la mujer de conducta social casi irreprochable. Su vida pública es honesta; sus vestidos y su andar por las calles, por las tiendas y por los teatros son morigerados. Vive acompañada por alguna mujer de edad madura o vieja, que da cierta respetabilidad al llorar. Uno o varios hombres ricos subvienen a las necesidades del hogar y de la vida, y ellas buscan lo demás, concurriendo muy ocultamente a casas de cita de gran seriedad y respeto, como dicen ellas. Estas son las más buscadas por los hombres, las más deseadas y las mejor pagadas.

 La meretriz fletera es la que por calles, paseos públicos y teatros, va en busca de los hombres: sus trajes son llamativos; exageran todas las modas; sus perfumes son de gran penetración; su mirar es vivo y alegre; su cara es sonriente y atrevida, y su andar descocado. Sus movimientos y la manera de recocer los vestidos la denuncian a distancia. Concurren a la casa de cita más próxima, a la primera indicación del primer hombre que de ellas momentáneamente se enamore. En esta clase de meretrices existen ricas y pobres. Estas últimas, como no pueden brindar belleza ni enseñar riqueza alguna en sus vestidos y en sus esencias, se las contempla en los lugares concurridos de la ciudad, implorando del transeúnte el uso de sus cuerpos por cualquier cantidad de dinero, y anunciando de antemano que "saben hacer de todo" y "a todo se prestan". A veces aceptan una pequeña moneda de plata o cobre para que concurran a un lugar oscuro de un jardín de las ciudades, para practicar el onanismo, bien usando sus manos o bien usando su boca.

 La meretriz clandestina es aquella que no se quiere someter a la reglamentación de la prostitución. Indiscutiblemente que los tipos de meretrices descritos son también clandestinos. Pero, como se verá más adelante, hay diferencias, si no ante la ley de la reglamentación, por lo menos entre la manera de vivir, de este tipo de mujer y las mencionadas anteriormente.

 La meretriz clandestina concurre a las casas de lenocinio, donde pasa días y muchas veces. Ella no tiene lugar fijo para ejercer la prostitución, y va de una casa de lenocinio a otra y concurre a las casas de cita. Tiene fuera de las zonas de tolerancia un domicilio que consiste en una habitación o casa pequeña, alquilada a su nombre, donde recibe a los "marchantes". En ese domicilio, y según los marchantes que consigue, intenta pasar como mujer divorciada o separada momentáneamente de su esposo, que, por las necesidades de la vida, ha tenido que marcharse de la ciudad. Otras veces aparenta ser viuda y empleada en las oficinas del Gobierno o en el comercio; trata de mostrar un amor inmenso por el hombre que engaña; le jura y le llora la pasión que siente por él, tratando de probarle que él es el único culpable de su deshonra. Todo esto excita la vanidad del "marchante", y logra que éste sea más dadivoso con ella.

 Al mismo tiempo que concurre a las casas de cita y hace de mujer "honrada", concurre a los paseos y a los teatros, haciendo papel de fletera. Este tipo de mujer meretriz es considerado por los demás seres que pululan en el mundo de la prostitución, por la verdadera clandestina. Indiscutiblemente su poliformia le da un carácter esencial, que la aparta de los otros tipos de meretrices clandestinas.

 La meretriz viajera está formada por un núcleo de mujeres que van a prestar "servicio" en una población obrera. Dondequiera que, fuera de las ciudades y pueblos, se constituya un núcleo de obreros, en que la mayoría la componen hombres solteros, se establece ese tipo de meretriz, que se encuentra en los trenes y en las carreteras, cambiando de lugar a medida que el trabajo de aquellos obreros va terminando. Durante el periodo de la zafra azucarera en Cuba, concurren, si no a los mismos bateyes de los centrales azucareros, por lo menos a sus cercanías, donde alquilan una pequeña casa, o varias, si existen, y allí establecen su campamento. De ahí pasan a los centros tabacaleros, que bien en fincas o en pequeños poblados, establecen lo que se denomina "escogidas de tabaco". Dondequiera que en un lugar apartado se establezca una obra pública con un fuerte contingente de trabajadores, ellas se establecen en sus inmediaciones. A ellas se las encuentra en los centros mineros, y si se dirige una investigación sobre las obras del canal del Roque (canal de Cuba) o canal de Panamá, se encontrará allí a este tipo de meretriz, que viaja a retaguardia de esos ejércitos de obreros, de la misma manera que se les encuentra detrás de las fuerzas militares que vana campaña o que salen lejos de las ciudades a grandes maniobras militares.



 La meretriz menor de edad es el tipo más triste de todas las meretrices: niñas adolescentes, unas veces menores de esa edad, se encuentran en ese bajo y miserable peldaño de las sociedades humanas. He encontrado muchas veces niñas de esas edades sirviendo en las casas de lenocinio, y en el albor de la vida, a los 13 años, recibiendo hombres tras hombres, como si fueran expertas veteranas del amor. Cuando su debilidad física o sus menos años les impide recibir hombres, se prestan esas infelices a "jugar" con aquéllos. Se denomina "jugar" en el caló de la prostitución, el acostarse con un hombre para que la niña cubra su cuerpo con besos excitantes y ligeros mordiscos, terminando ese indigno "juego" por la eyaculación, producida por el frote de las manos o de la boca, o de las regiones interfemorales de la niña, con los órganos genitales de la bestia (…)

 Cuando se terminó la guerra de Cuba contra España, fueron inscriptas por la reglamentación de la prostitución más de 300 mujeres de 15 a 17 años. Esta es una prueba palpable de que en aquella heroica y gloriosa época se prostituyó la mujer cubana. Más de 100 niñas, menores, de 10 a 14 años, fueron recogidas por la policía de la ciudad y por la de la Sección de Higiene, y entregadas a sus padres, tutores o familiares, con el apercibimiento de que serían castigados como autores de delito de prostitución de menores si esas niñas eran nuevamente encontradas en el ejercicio de la prostitución, y se permitió a dichos tutores o familiares renunciar a su cuidado si ellos no tenían medios de vida o fuerza moral bastante para hacerlas cambiar y modificar su pervertida moral. Cuando esto sucedía, o cuando esas infelices niñas carecían de familiares o tutores, eran llevadas al asilo del "Buen Pastor", institución creada y mantenida en Francia por santas religiosas y por la sociedad francesa, y que se extiende hoy por toda la tierra civilizada.

 Más tarde fueron llevadas a un asilo que creó el Gobierno Militar Interventor, asilo que fue suprimido por el Gobierno cubano; también la intervención militar americana creó, con el nombre de Aldecoa, un asilo donde debían ser recluidas, para su reforma moral, las menores delincuentes, pero la Administración cubana, al suprimir el anterior asilo, entendió por delincuentes también a las menores prostitutas, y así como confundió estos términos, confundió en el mismo asilo a aquéllas y a las niñas prostitutas; y allá, en el último extremo de la calzada del Cerro, a su salida, se albergan en lastimosa confusión unas y otras.  Tal conducta de las administraciones cubanas parece hecha ex profeso para que las unas instruyan a las otras de los pecados que ambas desconocen. Si espanta, asombra y acongoja la contemplación de estas infelices, ángeles todavía por su edad, espanta más todavía y la acongoja se agiganta en proporciones indescriptibles, al saber que muchas de estas menores padecen de sífilis y de blenorragia, como huella de su corta y dolorosa vida.

 Siendo Secretario de Gobernación del Gabinete del honorable general L. Wood (hombre éste que ha hecho por la civilización y el progreso de Cuba más que ningún otro hombre) el Sr. Tamayo logró que se limitara para poder ser escrita como meretriz, el mínimum de 18 años de edad; y desde entonces a la fecha, toda mujer menor de esa edad y que se prostituya es recluida en el asilo de Aldecoa, de donde no puede salir hasta que cumpla los 21 años. En ese asilo acabado de mencionar permanece durante cinco, seis, siete u ocho años la infancia prostituida, donde se intenta corregir a la infeliz niña. Ese asilo está administrado y dirigido por piadosas hermanas de la cristiana asociación del Buen Pastor. El Estado cubano paga los gastos que ocasiona el cuidado de las menores, y, ellas no reciben más remuneración por los servicios que prestan que el alimento y el albergue (…)

 Cada vez que tengo ocasión de hablar de estas cosas, señalo ese mal con franqueza ruda, para intentar algo que sacuda el marasmo y la indiferencia que se siente por el mal, no ignorado, sino aislado de la sociedad. Afirmo esta vez, como otras, que el trabajo en pro de los infelices que la intervención militar americana realizó en Cuba, tuvo su punto, ¡y parece final!, desde que el noble Wood entregó al gran rebelde Tomás Estrada Palma el gobierno de la República de Cuba.

 El que pretenda corregir niñas delincuentes y prostituidas en el mismo local y en una incomprensible convivencia; el que pretenda que de esos correccionales salgan las niñas corregidas y reformadas, no ha leído un solo libro sobre ese difícil problema social, ni tampoco se ha detenido a meditar un momento sobre lo que el libro abierto de la vida real enseña a cualquier observador.

 Aquí en Cuba se confunden lastimosamente los términos de escuela reformatoria y de escuela correccional. Se creen términos iguales y se cree que las funciones de una y otra son las mismas. ¡Y son tan diferentes! Es de desear que la sociedad sana y moral de esta colectividad cubana se sienta conmovida intensamente, y con una actividad y persistencia asombrosa, intervenga en el auxilio de esos infelices menores, tan abandonados y tan olvidados por todos, aun por el mismo gobierno, y ampare a tanta desdicha, hambrienta de piedad cristiana (…)


 La meretriz reglamentada es la que, obediente y humilde, cumple con los reglamentos y la ley. Ellas concurren habitualmente y con exactitud al llamado Dispensario de Higiene, situado, en la Habana, en la calle de Paula, número 77. Ellas pagan su tributo al sacar la cartilla que les exige el Reglamento de Higiene. Resignadas, se dejan conducir al Hospital de Higiene, situado en el barrio del Cerro, cuando se enferman; ellas no concurren, y si concurren, lo hacen ocultamente, a los lugares públicos, cosa que la ley de la reglamentación de la prostitución les veda; y ellas se resignan, con cierta conformidad alegre, a ir a vivir en las llamadas zonas de tolerancia.

 Zonas de tolerancia son aquellos lugares de muchas ciudades y de muchos pueblos de algunas naciones que se les señala como recinto, donde las meretrices deben vivir, dedicadas al comercio de su cuerpo. Aunque la ley señala la decencia pública, que naturalmente debe existir en dichos lugares, aquí, la costumbre, la policía, el público y hasta la misma sociedad, ha sido y es tolerante, quizás por encontrarse dentro de la zona de tolerancia, y permiten en esa zona cierta relajación, cierta inmoralidad pública intolerantes.

 En ese recinto habanero hay casas grandes, ocupadas por varias meretrices; otras más pequeñas, ocupadas solamente por dos, y otras, más pequeñas aún, las denominadas accesorias, ocupadas por una sola mujer. Las ventanas y las puertas del 99 por 100 de esas casas y accesorias están abiertas y se contempla desde la calle a las mujeres en muy ligeros trajes, muchas veces en camisón, con las piernas levantadas, fumando, charlando con el transeúnte, cantando coplas y canciones de un subido color, a la altura naturalmente de sus trajes y posiciones. Allí, detienen al visitante de esos lugares y lo invitan al coito, valiéndose de todos los medios posibles, para provocar la excitación del hombre y hacerlo entrar.

 Ese espectáculo se contempla igual de día que de noche; y si familias decentes se ven obligadas a ir a lugares próximos de esa zona de tolerancia y toman un coche, y el cochero, por maldad o por descuido, transita por aquellos lugares, ellas contemplan ese rincón nauseabundo de la sociedad.

 He oído a extranjeros hablar escandalizados de lo que han contemplado en ese bazar de carne humana. Indiscutiblemente que el ver las calles de las zonas de tolerancia, llenas de hombres de todas clases, gritando, gesticulando, sin más frases que las de una pornografía grosera y sucia, da materia para hablar, y no bien por cierto, de tales costumbres y de tal tolerancia.

 Las llamadas zonas de tolerancia no pueden ni deben ser suprimidas, al menos en Cuba. No puede autorizarse a estas mujeres depravadas y relajadas hasta el máximum, a quien el escándalo con personas decentes les da cartel, a que vivan en cualquier calle o en cualquier casa de los pueblos o ciudades. No; la costumbre y la educación de ellas no puede adaptarse a la costumbre y a la educación de los medios decentes.

 Todo el que gana, en cualquier sentido, con la práctica de una cosa cualquiera, la estimula, la busca y la produce; y si el escándalo en estas desgraciadas, que inspiran lástima profunda, les produce de algún modo algo que aumente o mantenga sus productos a buena altura, es natural y lógico que ellas busquen la producción del escándalo. Aunque no fuera nada más que por lo acabado de decir, las zonas de tolerancia, y menos en la ciudad de la Habana, no pueden ser suprimidas.

 Pero si a ese mal del escándalo, en cualquier forma que se produzca, se le agrega el ejemplo que ellas dan con sus gestos, con sus palabras y con sus actos, a la sociedad sana donde ellas establezcan sus guaridas, se hace más incomprensible todavía la supresión de la zona de tolerancia; y si todavía se le agrega el eterno compañero de la prostitución, ese gusano de basurero inmundo que se denomina "chulo", entonces se ve mejor la imposibilidad de gritar a ese ejército de meretrices: "¡Rompan filas!" y darles derecho de establecerse en accesorias o en varias casas contiguas en una calle habitada por familias decentes.

 No hay quien me pueda probar, no hay argumento posible que me convenza de que no tengo la razón en lo que acabo de mantener.

 No se me diga por nadie que las familias no deben ser curiosas al pararse en las ventanas de las casas e investigar lo que pasa a su alrededor. No; no tienen necesidad de ser curiosas para oír lo que dicen los vecinos del frente o los de al lado.

 Ni tampoco van a vivir encerradas en medio de estos tórridos calores, para darles el derecho de libertad individual a las meretrices y a los chulos, con la alcahueta y toda la corte que acompaña siempre a la prostitución; ni tampoco se diga que porque en la ciudad de la Habana existan cien o más casas de lenocinio que no pueden ser llevadas a las zonas de tolerancia, por muchas razones fútiles y cobardes, se comete una injusticia llevando sólo a las que bondadosamente se prestan a fijar su domicilio en las zonas de tolerancia.

 Ahora bien; convengo en que la zona de tolerancia de la Habana debía ser trasladada a un lugar menos céntrico de la ciudad, a un extremo más apartado. Igualmente el Hospital de Higiene, que se encuentra en la calzada del Cerro, debe ser también transportado a un lugar próximo e inmediato, a donde se sitúe el nuevo recinto de la zona de tolerancia. 


 La prostitución en Cuba: sus causas, sus males, su higiene, La Habana, 1914; Capítulo V (fragmentos), pp. 145-164.


viernes, 6 de febrero de 2015

Fisonomía interior de la prostitución





 Ramón M. Alfonso


 El extranjero recién llegado a esta ciudad, a quien se lleve a la caída de la tarde por los barrios de Paula y San Isidro, será testigo de un cuadro singular desarrollado ante su vista que contribuyendo a que forme triste idea de nuestra cultura, le hará pensar sin duda hallarse en un barrio de cualquier población Marroquí, trasplantado al seno de una ciudad civilizada de América por anómala reversión de las leyes naturales que rigen nuestro planeta; y al ver en ciertas calles de esos barrios legiones africanas sentadas junto a la puerta en hierática contemplación, desgreñadas y malolientes, mirándoles con ojos embrutecidos y provocadores y cubiertas con trajes de color chillón, se confirmará en su creencia pareciéndole ver ante sí una banda de Aissáuas o de Cafres, entregadas a no se sabe que amenazador e inquietante soliloquio.  
 Sin embargo, nada hay más lejos que esa visión que le asalta. El risueño cielo de Cuba tendido sobre tantas miserias mostrándole sus vivos tonos crepusculares; el tranvía eléctrico que circula a pocos pasos y cuyo automático rodar le recuerda la civilización que pasa, cambiarán el rumbo de sus ideas, y le harán entonces preguntarse si esa puesta espléndida de sol no le hace víctima de algún caprichoso espejismo, análogo a los mirajes engañadores que producen las arenas candentes del Sahara.
 Su asombro cesará tan pronto se le diga que aquella es la zona destinada en la ciudad para que habiten las prostitutas, y evocando recuerdos de otros países encontrará analogías, aunque vagas, en el aspecto de ciertos barrios de ciudades populosas de Europa como Hyde Market de Londres o el Quartier Latín de la brillante y progresiva Lutecia.
 Pero nada más que vagas analogías. Las construcciones de este barrio dedicado al tráfico de Venus presentan un singular y heterogéneo conjunto; o casuchas pequeñas, como celdillas de un avispero, en la parte que mira a la antigua y derruida muralla o por el lado próximo a los muelles caserones vetustos, amplios y sólidos, que tienen el aspecto de casas solariegas y lo han sido un tiempo de muchas familias cubanas, que alcanzaron alto renombre desde antaño en el movimiento intelectual de su país.
 Salpicadas entre unos y otros edificios, se ven algunas casas de construcción moderna; antiguos cuarteles, iglesias y prisiones —los tres puntales del viejo régimen fenecido— y el murallón del Arsenal y los muelles cerrando en sus extremos los límites del barrio. Dentro de este circuito, recorriendo sus calles mal adoquinadas y estrechas, se podrá ver a un lado y otro las rameras dentro de sus cubiles, lavando a cada rato el quicio de su puerta o barriéndola, no por culto al aseo sino por supersticiosa creencia de que así alejan la mala suerte; vestidas con traje llamativo, sentadas en mecedores al centro de la sala o junto a las persianas, que más que vedar incitan la mirada, mostrando allá en el fondo en punto bien saliente de la cuartería, la silueta del lecho como aguijón impuesto al apetito sensual del rondador.  
 Desde la caída de la tarde fórmase un cordón de gente que va y viene por la acera devorando con lúbrica mirada el interior de las casas. La bestia humana se detiene de puerta en puerta, como una piara de cerdos en marcha que hociquea con estupidez ante los pantanos del camino. Indiferente a la curiosidad que despierta, la mujer canta, bosteza, habla con su vecina o compañera, atisba a su lenón que la acecha en el Café de la esquina próxima y muchas veces se queda dormida en su poltrona.  Sus actos todos revelan el hastío o el interés. Hasta hace un lustro sus apodos favoritos eran provinciales españoles, sus cantos también. La jota, la petenera, la malagueña, los aires típicos de allende el mar, rasgaban el espacio en las calles en que vivían; de cierto tiempo acá sus canciones preferentes son las del país, la rumba criolla, el punto guajiro se entonan por doquier, pero con monótono y africano estribillo que hace pierdan su fisonomía local al vibrar en ese ambiente. Diríase de una anacreóntica de Virgilio al ser vertida a través de la boca trágica de Medusa. Pasan así las horas hasta la de recogerse en medio de una monotonía desesperante, interrumpida por algún escándalo en la calle o el acceso dentro del local de cualquier transeúnte, cuya llegada despierta el júbilo en tres personas: la sirena que lo atrajo y mira la ganancia, el proxeneste que acecha a esta desde el Café para explotarla y el ama o el Cafetero de la esquina, que se encargan después de estrujar lo que queda a la victimaría.
 Hemos empleado esta palabra para designar a la mujer que comercia con su cuerpo y bien visto comprendemos no estar bien aplicada. La infeliz tiene más de víctima que de verdugo. Aparte de la consideración moral de que debe ser harto repugnante entregarse a quien no se conozca, y que tal vez inspire asco o aversión, es lo cierto que la prostituta tiene una serie de parásitos que la rodean y explotan sin tregua ni descanso. Si es colegiada, esto es, si se encuentra bajo la férula de un ama o matrona, tiene a ésta y al proxeneste o querido; y al dueño de la accesoria en que habita por lo regular, además del querido, en el caso de vivir independiente o aislada. La palabra dueño aquí es sinónima de arrendatario principal, porque al amparo de la prostitución se ha creado una industria sui géneris, que consiste en alquilar casas, a veces cuadras, por el bodeguero o dueño de Café de la esquina inmediata y sub-arrendarla a las meretrices, cobrándolas el alquiler generalmente por día.
 A las doce de la noche, cuando estas desgraciadas cierran su comercio, cae sobre ellas la tribu famélica de sus arrendatarios y queridos que desde la esquina están a la mira de la presa, calculando sus ganancias y disputándose el botín a la hora de retirada. En concepto de riesgo por la moratoria del pago, esos alquileres se cobran bien caros; dos pesos, dos pesos y medio diarios por el más inmundo cuchitril, que aumenta en cincuenta centavos más los sábados y domingos, por alojamiento y muebles y sube de punto en ochenta centavos o un peso diario más, si a la vez que el local y mobiliario se da la manutención a la inquilina. Se comprende lo pingüe de un negocio que consiste en tomar una casa de 3 o 4 habitaciones que son muy baratas en aquel barrio, quitarle las rejas transformando la sala en 3 o 4 accesorias y sub-arrendarlas después cada una por separado. Se imponen cuatro o cinco centenes mensuales en una casa, y se le saca de utilidad más de veinte pesos diarios. Cuando por cualquier disposición gubernativa varía la zona o lugar en que deben residir las prostitutas, todos esos impuros intereses particulares se levantan formando altísimo clamoreo, como si se lesionaron los más elevados intereses sociales. Este es un grave mal que puede remediarse. 


 
 En París por ejemplo, la administración no consiente que sean arrendadas por hombres casas en que vivan mujeres dedicadas a la prostitución. Teniendo en cuenta esta idea, pero sin que la Administración Pública tuviera una injerencia semejante en el asunto, pues no se lo permiten nuestras leyes, en el orden particular pudieran ponerse de acuerdo el Servicio de Higiene y los propietarios, bien por una Comisión de vecinos que lo sean, bien por el «Centro de la Propiedad Urbana» que representa autorizadamente a los dueños de fincas urbanas, celebrando inteligencias entre sí para llegar a una solución semejante. No se lesiona con ella el derecho del propietario a alquilar su casa a cualquiera, sino al contrario se garantizan sus intereses, toda vez que como las casas destinadas a lenocinio pierden algo de su valor pues han de seguir alquilándose dentro de ese tráfico o se corre el riesgo de que pase larga tiempo antes de que las alquilen familias honradas, en previsión de esto se suele cobrar más crecido alquiler a las prostitutas y parece lógico que ya que ha de sufrirse el perjuicio en las épocas en que no esté alquilada la casa, sea el propietario directamente y no un tercero, el que se beneficie con las utilidades de la finca mientras ésta se halle en usufructo.
 La limitación a quien se le hace es al inquilino y si bien éste pudiera decir que tiene el derecho de sub-arrendar a quien le agrade la finca que alquila, mientras en el contrato no exista cláusula prohibitoria, también es verdad que nadie tiene el derecho de lucrar con los vicios ajenos en provecho propio, pues esto constituye una inmoralidad.
 De ese modo se garantizarían los intereses materiales del propietario, los morales del Servicio, hasta el interés de la mujer pública que no por serlo merece que se haga de ella fuente de explotación, y se pone a la vez un dique a las bastardas combinaciones de unos cuantos aprovechados industriales, que a la sombra de las que hacen vida crapulosa viven y medran, haciéndole odiar a la mujer la vida reglamentada, para precipitarla en la pendiente del clandestinage con el cual se lesionan de un modo grave la salud y la moral pública.
 Las dueñas de casas o matronas, son otro de los parásitos que tienen este desventurado oficio. Toda mujer colegiada paga a la dueña la mitad bruta de lo que produce su comercio, en concepto de alojamiento y manutención. Lo que gasta en lujo, adornos, vestidos, paseos y otros extras similares, corren por cuenta de su peculio. Como la mayor parte de las pupilas, por la índole de su oficio, no tienen crédito en los establecimientos para vestirse, calzarse, lavarse su ropa, la matrona garantiza los encargos que haga pagando sus cuentas directamente al refaccionista, que es por lo regular un lavandero, una peinadora, un peletero, o una modista con quienes está en combinación, y que se encargan de redactar los recibos dejando un margen de regular ganancia a la fiadora, la cual después lo descuenta a su pupila de la mitad líquida que le queda. Algunas de estas liquidaciones dejarían asombrado al mismo Shyllock de Shakespeare. Las meretrices que vienen importadas, se obligan muchas de ellas por tiempo además de hacerlo por cantidades, y como tienen que habilitarse de ropa y otros accesorios y en los primeros meses no hay quien las instruya sobre las maquinaciones de que son objeto, trabajan por largo tiempo solo para la dueña. Estas se encargan de suplirlas con habilidad ciertos gastos para tenerlas gratas y procuran por todos los medio alejarlas del contacto de los proxenestes (Chulos), fomentando como compensación contra natura el amor lésbico entre esas desdichadas.
 Como se ve, el oficio de matrona es bien socorrido para que haya quien gustoso lo desempeñe, algunas de las amas son casadas y trafican con consentimiento del marido, tal vez por el falso pudor de que el ama no ejerce con el público que acude a las casas. Muchas hacen cuantiosas fortunas, retirándose al cabo de algún tiempo como el mercader que con una labor honorable se ha creado una posición independiente.


 
 En cuanto al proxeneste, que es otro de los más inmundos parásitos de ese oficio, es un tipo especial que tiene fisonomía propia y con ninguno puede confundirse. Los demás son la sarna, el proxeneste es la lepra. El laborioso cuanto modesto Dr. Matías Duque, Director de la Quinta de Higiene, lo ha definido en su Memoria de 1901 con estas gráficas palabras: «el hombre que se hace amar de una mujer con la intención no sólo de poseer su cuerpo, sino también su bolsa», y hace del mismo una descripción tan exacta que no podemos resistir la tentación de trasladarla a estas páginas. Dice así el Dr. Duque: «Se parece a los de otros países o tiene de común dos puntos cardinales: la explotación y el mal trato de la meretriz; tanto el uno como el otro son degenerados hasta el sumun, pero el nuestro es atrevido y soez, no le preocupa el que conozcan su vida; por el contrario hace alarde de ella; se viste con traje especial, y declara a voz en cuello su ciencia en el arte de amar que le hace irresistible, no habiendo meretriz que no se rinda a sus deseos. El traje que ellos usan es por lo general el siguiente: sombrero de castor o de paja, dándole la preferencia al primero, de color carmelita obscuro con la copa poca hendida y una abolladura en la parte anterior y central de la copa, el saco de dril blanco o casimir a rayas, no usa chaleco, la camisa es de color prefiriendo los colores vivos y a rayas, los pantalones son negros o a rayas, los zapatos amarillos. El peinado es especial: usa melena recortada y partida al lado izquierdo, dejando caer sobre el derecho de la frente un mechón de pelo encrespado, su barba siempre bien rasurada, con bigote muy rizado, lleno de polvo el rostro, usa esencia ordinaria pero de olor fuerte y penetrante, camina como si arrastrase los pies, tal parece que son hombres de débiles piernas, y cuando se encuentran, cambian entre sí saludos especiales, siendo más bien gritos que palabras los que emiten.  
 Su vida es muy sencilla, por el día juega y frecuenta los cafés cercanos a la casa de la pieza, (nombre que dan a la querida en su caló) allí bebe a veces hasta embriagarse, y por la noche se retira con la amante y toma el dinero que diariamente tiene la obligación de entregarle; cuando la pieza ha tenido un mal día, que la ganancia no llega a cubrir la dieta, la pega brutalmente, lo mismo hace cuando él presume que va a ser suplantado por otro; y hasta redobla entonces la crueldad de su castigo, como manera de hacer renacer el amor que parece perdido". 
 Estos proxenestes o lenones no se limitan a actuar dentro del bajo fondo social de la prostitución que parece su apropiado caldo de cultivo, sino que aprovechando sus relaciones con las «Celestinas» —nombre con que se conoce a las mujeres que se encargan de seducir a otras para que se precipiten por el camino del vicio—averiguan, como la hiena que olfatea carne descompuesta, quienes son aquellas mujeres que habiendo dado un mal paso o sufriendo el brutal asedio de la miseria se encuentran en los límites de la desesperación y melosamente procuran seducirlas llevándolas después a las casas de citas, donde explotan sus gracias vendiéndolas al mejor postor.
 Ocurre con frecuencia respecto a este inmundo tipo un hecho singular. Por execrable que parezca a toda persona que tenga la más rudimentaria noción de sentido moral, su ejemplo es imitado por otros que no viven habitualmente dentro del medio social en que aquél medra y se sostiene. No es solo el jovenzuelo inexperto que frecuenta los teatros por horas en que tan abyecto tipo se exalta y diviniza, que creyendo hacer una hombrada paga con tales actos su tributo a las locuras de la edad irreflexiva, sino al contrario hombres maduros que no viven entre las prostitutas, no vacilan en vivir de las prostitutas.
 Estos homónimos del lenón clásico de burdel no pertenecen a una clase social determinada, pero el observador curioso que en ciertas horas de la noche se estacione por algunos parajes de la ciudad, bien distantes de la zona en que habitan las meretrices y muy cerca por el contrario de nuestros paseos más concurridos, verá cuadros inequívocos que confirman nuestro aserto.
 El remedio que tiene esa lepra no es la labor de un día, tal vez ni la de una generación. Donde quiera que haya meretrices, habrá proxenestes. Mirada aquella con desprecio por una sociedad que la rechaza, sintiendo a su vez el asco que le inspira el hombre que la solicita como máquina voluptuosa de placer, y que en los espasmos lúbricos de su apetito sensual le muestra siempre el aspecto inmundo de la bestia humana al satisfacer su deseo; explotada por todos los que la rodean, viviendo en una atmósfera de rebajamiento, ha de sentir alguna inclinación a un ser por despreciable y abyecto que este sea, que revele algún interés por ella, que la cuide en sus enfermedades, que la complazca en sus pequeños caprichos, que dé la cara en su defensa con impulso de macho en celo, cada vez que alguien quiera vejarla u oprimirla. Sus mismas brutalidades, sus mismos golpes, son la expresión del vigor, de la fuerza en que se apoya amparando su debilidad de mujer, fuerza que nadie le brinda y que allí está a su servicio cada vez que la necesita. El dinero que gana a tan poco costo material, y que todo el mundo tiende a arrebatarle como hambrienta jauría, es lo menos que puede sacrificar en obsequio de ese galán tenebroso que la ronda y acaricia con su zarpa de fiera, que aun desgarrándola la carne, en las aberraciones de su estado mental juzga esto como celosa expresión del amor, sentimiento que eleva y dignifica a aquel por quien se siente y que no conoce dentro de la atmósfera de rebajamiento moral que la circunda.


 
 ¿Puede desaparecer en lo absoluto el tipo social del proxeneste? Creemos que no pero puede modificarse haciéndolo menos dañino. Para ello se necesita variar a la vez la condición moral de la prostituta y modificar no poco nuestras costumbres públicas. Socialmente el pueblo cubano conserva una serie de hábitos y de tradiciones adquiridas por herencia, de las que unas son brillantes y nos causan legítimo orgullo, otras, oscuras, proceden del arrastre de un sistema de colonización defectuoso que hemos tenido hasta hace poco. Al desaparecer este por el esfuerzo de la Revolución, conviene no olvidar que los vicios y la ignorancia son los medios seguros de mantener la esclavitud política y social de un pueblo; que ellas fueron las armas que más se esgrimieron en contra nuestra, y si no se quiere perder la fisonomía latina que nos caracteriza y aspiramos a regenerarnos haciéndonos dignos de la libertad alcanzada, se necesitan dos cosas fundamentales: difundir la Escuela por doquier y mejorar, combatiendo los vicios, nuestras costumbres públicas. Con esto se reducirá o hará menos frecuente el tipo social del proxeneste.


 La prostitución en Cuba y especialmente en La Habana. Memoria de la Comisión de Higiene Especial de la Isla de Cuba, 1902, La Habana, Imprenta P. Fernández y Ca, 58-64.