domingo, 12 de noviembre de 2017

A medio la décima


 Ibrilio

 Salamanca te va a arreglar

 Yo te lo digo, Gaspar
Salamanca es un portento
de valor y de talento
que a Cuba viene a arreglar;
así pues, tienes que andar
pero muy bien del cogote;
pues si te hace el zote
y con el civil tropiezas
vas a parar de cabeza
al banquillo del Garrote.

                (1889)

 El Polvorín

 De La Habana llegó el fin
cuando algo más de la una,
de una manera importuna
hizo –¡Pun!- el Polvorín.

                 (1884)

 Comiendo harina caliente

 En La Habana y en La Mocha
se mata el hambre la gente
comiendo harina caliente
y dulcito de melcocha.
La vieja se vuelve chocha
viendo cara la butuba;
pero aunque de precio suba,
mientras haya mango y caña,
del hambre la fiera saña
jamás sentirá mi Cuba.

                 (1898)


  Ibrilio fue un popular poeta callejero de finales del siglo XIX y principios del XX. Se expresaba sobre todo en décimas, algunas de las cuales prendieron en la memoria de las gentes.
 Extraordinariamente fecundo, se hacía eco de cualquier acontecimiento de relieve, fuera de orden político o criminal, o se tratase de catástrofes naturales, de explosiones e incendios, o de sonadas peleas.   
 Algunas de sus composiciones: “El mono de mi vecina”, “El polvorín”, “Chuchita se sacó un diente”, “El crimen de los Sañudos”, “El crimen de la Víbora”, “La caída de Machín”, “Salamanca te va arreglar”, y “Huye que viene el ciclón". 
 Era del barrio de Tallapiedra pero solía moverse por toda la Habana, recalando en bares y garitos de Montserrate o Zulueta, y sobre todo, en la cantina El Castillo de Águila y San José, de la que era asiduo.
 Se dice que vivía de la venta de su trabajo que anunciaba al grito de “¡A medio la décima!”. 
 Solía pasearse a su vez por las redacciones de los periódicos donde entregaba sus poemas y era conocido como Ibrilio el del Gran Mundo.
 Miguel Ángel Campa lo recuerda, en sus Cenizas Gloriosas, “enfundado en un chaquet ya verde, unos pantalones caídos, botines de elástico y un bombín de Semana Santa, al acecho de los "onomásticos" de los prohombres del alto comercio capitalino invitándose "de oficio” a su mesa”.  
 Durante la sobremesa improvisaba elogios en versos sobre las virtudes de la esposa, la belleza de las hijas o la inteligencia de los niños.  
 José Fernández Mora, su verdadero nombre, tildado por algunos de analfabeto, se graduó de Bachiller en el Instituto de La Habana.   
 Murió en Mazorra, donde pasó recluido sus últimos años. 


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