sábado, 13 de agosto de 2016

Más sobre una dictadura





  Antonio de Obregón


 "El terror en Cuba". Comité de jóvenes revolucionarios cubanos. Prefacio de Henry Barbusse. Edición española. Madrid 1933. 


 No hace mucho tiempo que, al comentar la biografía de José Martí aparecida recientemente en Espasa-Calpe, aludíamos al hecho fatal de Cuba, la Isla rica y pródiga, que no ha gozado nunca, no ya de una libertad instalada en sólidos principios democráticos, sino tampoco de los más mínimos retazos de independencia, a los que, por su nombre y posición en el mundo, tiene derecho.

 La historia de Cuba es la de una tiranía completa y permanente.

 Primero fuimos —doloroso es decirlo— los españoles los que la ejercimos en forma de un terror, que —no está de más, asimismo, el aclararlo— no fue el resultado de la táctica ni de la maldad, sino de lo que, desde un punto de vista moderno, quizás sea peor: de la inercia y del desgobierno tradicionales.

 Decíamos, al glosar el hecho —para nosotros, sus admiradores, penosísimo— de los sufrimientos experimentados por José Martí, adolescente, en los trabajos forzados de las canteras cubanas, que ni los Gobiernos de la Monarquía ni la República del 73 —al lado de cuyos hombres indecisos ningún joven de hoy puede estar— resolvieron el pleito cubano, que quizás intuyó mejor que nadie y anteriormente Prim; ni siquiera aliviaron la situación bochornosa de los presidios.

 Pero hoy los males de los hombres de España han sido de tal modo superados que, forzoso es reconocerlo como se consigna en el libro "El terror en Cuba", al lado de presente tan desastroso ya se han borrado nuestros malos recuerdos.

 El movimiento frente a España, decisivo, brotó tras la muerte de ocho estudiantes en 1881 (sic); hoy los fusilamientos de estudiantes pasan de ciento, y los asesinatos, según cálculos de un periodista, pasan de mil. Por eso podemos llamar a Martí el genial iluso y por eso aceptamos el argumento de que sucesos tan terribles pueden desarrollarse en un país civilizado por haber consentido, desde entonces acá, en dejar crecer una mala semilla, semilla que hoy florece en una planta sangrienta.

 Tomás Estrada Palma, el presidente honrado y amigo de la cultura, provocó una revolución, que terminó con una intervención americana. Le sucedió José Miguel Gómez, el comerciante sin escrúpulos. Después vino Menocal, el autor de las primeras represiones, que cayó en errores análogos a los de sus predecesores. Y luego Alfredo Zayas, el doctor, el intelectual, que fracasó en el Poder, ya que durante su mandato aumentó considerablemente la deuda pública y sus condiciones no sirvieron de nada.

 Por último, el desconcierto de Cuba desembocó, como un río tumultuoso, en Machado, el cuidadoso arquitecto de la tiranía perfectamente organizada y el que se elevó al Poder haciendo promesas de probidad ante la estatua de uno de sus antecesores... 

 Los jóvenes revolucionarios cubanos que editan libros en diversos idiomas sobre la situación de su país publican ahora la presente obra, ayudados por algunos diputados de las Cortes y por Asociaciones diversas de estudiantes, así como por grupos de escritores caracterizados por sus campañas de izquierda, entre los que se destaca el infatigable Alberto Ghiraldo, tan unido a las letras españolas.

 El libro comienza con un prefacio de Barbusse (el cual, en la enumeración que hace de las dictaduras americanas y europeas, se olvida, naturalmente, de citar la rusa) y está dedicado, principalmente, a relatar el asesinato de los hermanos Guillermo y Gonzalo Freyre de Andrade, víctimas de la Policía del Gobierno, uno de cuyos diarios publicó la noticia del crimen —según testimonio de los narradores— una hora antes de producirse... Este suceso odioso, acaecido recientemente, ha contribuido a desatar contra aquel régimen el pensamiento de muchos hombres de letras europeos.

 El libro va acompañado de algunas adhesiones españolas y extranjeras. Frases de Marañón, Jiménez de Asúa, Espina, Arderíus, Tapia, Roces, Jiménez Díaz, Río-Hortega, y de Romain Rolland, Beals, etc.

 Cuba gime bajo dos opresiones. La personal del dictador y la legislativa. Esta última , la de la llamada "enmienda Platt", incorporada a la Constitución del país el 1 de julio de 1902, y merced a la cual se autoriza a los norteamericanos a intervenir en la isla cada vez que consideren que la seguridad de ella o la suya propia está en peligro...

 ¡Grave merma de libertades y de nacionales alientos! 


 Luz, 16 de junio de 1933.