sábado, 9 de febrero de 2013

Banalización del suicidio esclavo





 Pedro Marqués de Armas


 En Biathanatos, John Donne refería el caso de un hombre ilustre llamado Beza, que, fastidiándole los picores causados por la caspa, a punto estuvo de arrojarse al Sena desde el Pont des Meuniers. En Poesía y Verdad, Goethe habla de un inglés que decidió matarse, hastiado de tener que vestirse y desvestirse todos los días. Y así; gente que se va de este mundo al saber que sube el precio del tabaco, o mujeres que se inmolan al morir el artista de turno, como Jorge Negrete o Carlos Gardel.
 
 Semejante discurso precede y también rebasa el marco de la esclavitud. Sin embargo, fue la esclavitud su lugar emblemático, el más propicio para banalización del suicidio. La tesis civilizatoria que relaciona el fastidio burgués a cierta propensión por la muerte que deja en ridículo el utilitarismo, se adhiere ahora como tupida cortina sobre los sensibles, pero no siempre declarados resortes -antropológicos y económicos- que moviliza el negocio esclavista.

 Edgar Morin escribe: “En el extremo opuesto de la escala está el esclavo, que ni siquiera se pertenece a sí mismo. Con la libertad ha perdido el alma: no es nada, hasta tal punto que cuando Eurípides proclama que hasta el esclavo piensa en la muerte, resulta ser una verdad escandalosa. El señor, que no desea pensar en ella lo más mínimo, se pregunta cómo puede el esclavo tener la audacia de pensar en la muerte, él que ni siquiera existe.”

 No sólo eso; reyes y amos se asombran ante el hecho de que el esclavo sienta tristeza. Y es que el siervo no puede prescindir de su papel de bufón; debe hacer reír en todo momento. Tasada así, a la baja, una cierta psicología, no le incumbe el desafío del dolor y mucho menos el de la libertad. 

 Según Bruce, a quien Ortiz cita, ningún motivo oprimiría suficientemente a quienes carecen de “sangre fría”. Labat, que atribuía al esclavo la intención de vengar al amo con su acto, afectándolo económicamente, escribía en 1701: “Con frecuencia los negros se ahorcan o cortan el cuello por motivos futiles”. De un esclavo en particular cuenta que “se tomó el trabajo de colgarse de un balancín del molino, un día en que no se hacía azúcar. El motivo de su desesperación era que no podía soportar el dolor que sentía cuando le sacaban las niguas; el pretendía eximirse de ese dolor regresando a su país después de haberse ahorcado. Lo sorprendente es que se ahorcó con una liana del grueso de un pulgar, sin haber hecho ningún nudo corredizo”. 

 Labat confiesa que se enojó mucho porque, como era un recién llegado y no sabía la lengua, no se le había podido bautizar, “lo que sin duda hubiera impedido esa desdicha”.

 Se trata, en cada caso, de las proyecciones del discurso del amo. La intencionalidad atribuida al esclavo, en cada acto anti-normativo que realiza, se nutre, más que nada, de la mala conciencia del único y legítimo afectado: sólo puede matarse, por tanto, por motivos menores, sin razones de peso; se acoge a cualquier simpleza y actúa por pura venganza. Ni tan siquiera es capaz de hacerse un buen lazo.

 Típica proyección de quien pierde dinero, restándole trascendencia objetiva (invirtiendo la idea Ortiz) a aquellos móviles más profundos y duraderos que conducían a los siervos a quitarse la vida. La creencia recurrente en la trama discursiva de la esclavitud, de que el bautismo hubiera impedido ciertos suicidios, funcionó igualmente como recurso encaminado a la banalización del mal suicidario, siendo a la vez fuente de producción de estereotipos, como la explicación dada al mayor número de muertes entre los esclavos recién llegados.

 Otras veces la banalización apunta a una etnia en particular. El propio Labat escribe: “Los negros de la costa de Mina son muy propensos a la melancolía; se desesperan, se ahorcan, se deguellan sin ceremonia por motivos muy mediocres”. Desde luego, el esclavo es al mismo tiempo glotón, propenso a ataques de risa o a desquiciarse ante cualquier golosina; y hay etnias más indolentes o dormilonas que otras.

 En la banalización subyace el principio de descivilización, con la despersonalización como necesario complemento; no a falta, pues, de una “psicología impuesta” sino para que las categorizaciones encajen de modo preciso, y como un engrama más, en los dispositivos de trabajo/control.

 No siendo persona, propietario de sí, el esclavo queda atrapado en la lógica del Señor: es propiedad suya y al matarse lo ex-propia; la banalidad apunta a esa "psicología" cuyo modelo es el de la minoridad cultural, antropológica y legal, pero no de un grupo cualquiera, sino de quienes resultan de antemano muertos en prórroga. Sobre ese lapso de vida permitida para bien del Amo, o del Dueño, se elabora una subjetividad elemental, aquella que le acusa de incapaz, que le niega la elaboración racional, el sedimento afectivo y la resolución ante lo liminar de la muerte.  

 La sublime individualidad del Rey –y del Amo- fundada, como recuerda Morin, en la negación de las otras individualidades, equivale a la más brutal desindividualización de los otros. "La historia de la cultura se asienta en la barbarie más atroz”. 


  (Fragmentos...)




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