Julio Camba
Un día, hará cosa de dos años, yo
tenía un asiento de imperial en un ómnibus Odeón Clichy para trasladarme
desde Montmartre al Barrio Latino. Al llegar a los grandes bulevares, el
ómnibus se detuvo y subieron varias personas. Los pocos sitios que había
vacantes se ocuparon enseguida, y quedaron en pie una muchacha muy bonita, un
señor con aspecto de teniente de la Guardia Civil y un joven de largos
cabellos, sombrero flexible y corbata lavalière.
Yo me apresuré a levantarme y le ofrecí mi
asiento a la muchacha.
-¿Es usted artista? -me preguntó entonces el
joven de la lavalière.
-Tal vez. ¿Por qué?
-Porque si usted supiera quién es este señor,
en vez de ofrecerle el asiento a esa señorita se lo hubiera ofrecido usted a
él.
-¿Este señor? -exclamé yo señalando al
presunto teniente de la Guardia Civil-. ¿Y quién es este señor?
-Es monsieur Anatole France -me
contestó el joven con mucho orgullo-. ¿Verdad que si lo hubiera conocido le
habría usted dejado su asiento?
-No, señor -le contesté. Yo admiro mucho a
monsieur Anatole France, pero también soy un gran admirador de esta señorita.
-Pues entonces usted no es un
artista -me dijo el joven.
-¡Oh, sí! -interrumpió Anatole
France-. El señor «se conoce» en obras de arte. Esa señorita es un chef-d'oeuvre.
-¡Le vieux polisson! -dijo la muchacha.
Anatole France no tuvo un gran éxito aquel día
en el ómnibus y, sin embargo, ha continuado siendo un gran partidario de los
ómnibus. A pesar de su aristocratismo, al maestro le gusta confundirse con el
pueblo. Su aristocratismo le impide asistir a las reuniones de la Academia o
hacerse diputado, pero no ir en los ómnibus ni meterse en los tranvías. Anatole
France adora estas dos cosas tan democráticas que son el periódico y el
ómnibus. Ahora ya casi no hay ómnibus en París. Se han suprimido las imperiales
en la mayoría de las líneas, y esto es una pena.
-¿Por qué no hace usted alguna interviú con
literatos franceses? -me preguntaba el otro día mi director.
-¡Hombre, sí! -me dije yo-. Iré a ver a
Anatole France y le pediré su opinión sobre la supresión de imperial en los
ómnibus de París.
Busqué en el Botin las señas del
ilustre escritor -5, Villa Saïd-, y aunque iba a interrogarle sobre los ómnibus,
tomé un coche para dirigirme a su casa. Anatole France vive pasada la Etoile,
en las cercanías el Bosque de Bolonia. Tiré de la campanilla y salió a criada.
-¿Monsieur Anatole France?
-¿Monsieur Anatole France?
-repitió la criada-.¡Pero si está en Argelia! ?No lee usted los periódicos?
-Muy poco, señora. ¿Y usted?
-Yo sí. Desde que estoy al servicio del señor
me he aficionado a la literatura. Yo comencé leyendo los periódicos para ver
qué decían del señor, y ahora los leo para ver lo que dicen de mí.
-¿De usted?
-Sí, señor. ¡Qué quiere usted! Cuando se está
al servicio de un hombre como monsieur France...
Y la buena mujer hizo un gesto como diciendo: «¡Inconvenientes
de la popularidad!».
-Pero ¿qué pueden decir de usted
los periódicos, señora?
-Calumnias. Injusticias...
-Envidias tal vez.
-Sí, señor. Envidias.
-No me extraña. Esas malas pasiones son muy
fuertes en los medios literarios.
-Mire usted el Gil Blas. Parece que el
señor había dicho que se iba a Argelia para sustraerse a los ennuis
domestiques. Pues el Gil Blas pone: /«Nous croyons qu'il s'en va pour se
soustraire aux domestiques, tout simplement». Yo quiero mucho al señor, pero
cuando vuelva le voy a exigir una aclaración.
La pobre mujer estaba muy sofocada.
-Es muy enojoso esto de servir a la gente de
letras -decía.
-Sí. Yo he conocido en España a la criada de
un novelista que no había cobrado un céntimo en tres años.
-¡Oh! El señor me paga muy bien. Yo no quiero
que los periódicos españoles digan que no me paga.
Me paga puntualmente, y a mí me gusta servirle
porque siempre es mejor servir a un académico que no a un épicier. Ya ve
usted, con el nombre que yo me he hecho aquí, no me faltará nunca una buena
colocación. Pero, en cambio, ¡cuántos disgustos me proporciona la popularidad!
No. No se puede servir a la gente de letras. ¿Conoce usted al criado de
monsieur Tristán Bernard?
-No, señora.
-Pues el otro día, el criado de
monsieur Tristán Bernard dejó la casa y le pidió un certificado a su amo. ¿Y
sabe usted lo que le puso en el certificado monsieur Tristán Bernard? Pues
puso: «Yo certifico que el llamado Juan, mientras ha estado en mi casa, me ha
hecho menos servicios de los que me ha roto». Todo porque un día Juan le rompió
un servicio de té. Bien es verdad que monsieur Tristán Bernard no es un hombre
serio.
-¿Y monsieur France?
-¡Oh! ¡Monsieur France! Si se guiara por mí,
no haría muchas cosas de las que hace. Los días que hay reunión en la Academia
yo le cepillo la levita y la chistera, y se lo llevo todo a su cuarto. «¡Que
hoy es día de sesión -le digo-; a ver si se anima a ir!» Y no va nunca. Yo
pienso que el señor debería asistir a las reuniones de la Academia, y monsieur
Jules Lemaitre piensa como yo. En cambio, se va a los mítines con todos esos
anarquistas de la Guerre Sociale. ¡Un hombre que tiene una posición como
la suya!... ¿Y hace dos años? ¿Quiere usted creer que monsieur France, todo un
señor académico como monsieur France, se subió a un aeroplano? ¿Le parece a
usted serio?
¡A su edad!... Lo mismo que eso de los
banquetes rabelesianos. Ya sabe usted que el señor va a todos los banquetes de
los amigos de Rabelais. Yo no conozco a monsieur Rabelais; pero he oído decir
que en esos banquetes se come con exceso, y el señor está muy delicado del
estómago.
-Pues yo había venido -le digo a la buena
mujer- para hablar con monsieur France acerca de los ómnibus. Yo he conocido a
monsieur France en el ómnibus Odeón Clichy.
-También eso de los ómnibus es una manía. Un
señor que dispone de un automóvil magnífico. Monsieur Lemaitre, que es
realista, está muy contento cada vez que el señor le saca a pasear en
automóvil. A mí me parece muy bien que hayan suprimido las imperiales de los
ómnibus. Con eso, el señor no volverá a subirse a ellas. Ya no es un chico, y
algún día se podría caer.
He aquí la opinión que me han dado en casa de
Anatole France acerca de los ómnibus. Yo he ido allí a buscar una opinión sobre
los ómnibus, y como Anatole France no estaba, me la dio su criada. La criada de
Anatole France, por otro lado, es perfectamente conocida en los medios
literarios de París, y en el mundo tiene mucha más importancia ser criada de
Anatole France que pertenecer a la Academia Española de la Lengua. Es decir,
que a un lector de Berlín, de Londres o de Nueva York no le extrañaría ver en
su periódico este título: «Lo que dice la criada de Anatole France», mientras
que le extrañaría mucho ver este otro: «Lo que piensa Octavio Picón».
Publicada como «Anatole France» en el periódico La Tribuna,
16-IV-1912. Julio Camba la recoge, siempre con ese título, en Playas, ciudades y montañas, Renacimiento,
Madrid, 1916, pp. 178-84; reed., 1927,
pp. 168-70; en Alemania, Londres. Playas, ciudades y montañas…, 1948. También
recogida en Caricaturas y retratos, Fórcola, 2013, y Julio Camba;
Obras 1916-1923, 2020.