Preludio de la libreta de abastecimiento, el censo de consumidores fue otra de las tareas de choque a comienzos de la revolución. En el dibujo de Adigio (Noticias de hoy, julio 1961), la mujer es representada como un perfecto andrógino. Mientras persigue la blandenguería y la homosexualidad, el nuevo régimen saca a la mujer de su rol -la desanida al modo mussoliniano- para androginizarla al estilo del macho rebelde y revolucionario.
Puede verse el peso que soporta, la disposición con que lo hace, al tiempo que le creen los brazos y la mandíbula.
Marcializada, robustecida, en la segunda imagen se la pretende cosmetizar.
El cuanto a la “criollita
de Wilson” (Palante, marzo de 1969), se exaltan los atributos femeninos, pero se la figura -y se la supone-
capaz de todo. Erótica y sacrificial, multiplicada y usada por el Estado y la familia, encorvada bajo el
peso de una sociedad que a la larga la abandona.
Desde luego, no es que lo quiere decir el dibujante, pero con solo mirar el dibujo puede entenderse el aumento del suicidio femenino durante la revolución.
Una historia de truco: de bala y cuchara, como en la charretera del andrógino. O de estudio, trabajo, fusil y escoba.