miércoles, 21 de febrero de 2024

Escrutadores de un escrutador

 

  Severo Sarduy

 

 El palacio Medici Riccardi, de Florencia, ha sido el escenario, del 26 al 28 de febrero, de un coloquio internacional de estudios sobre la obra de Ítalo Calvino. Organizado por el Ayuntamiento florentino, el encuentro se ha convertido en un homenaje de la ciudad al autor de Palomar, Las ciudades invisibles, Las cosmocómicas y Si una noche de invierno un viajero, entre otros títulos de su singular producción literaria. Un grupo de intelectuales europeos, entre los que se encuentra el autor de este artículo, ha analizado las múltiples facetas del escritor italiano.

 El plafón de Luca Giordano (y no de Giordano Bruno, por favor, como declaró extasiado uno de los asistentes) que cubre la sala donde se reúne el coloquio internacional de estudios sobre la obra de Italo Calvino no podía representar mejor la ficción del gran escritor italiano desaparecido en septiembre de 1985.

 Ni el plafón, con su mitología macarrónica en que entre un naufragio de utilería y carros de la aurora que parecen atravesar tifones se pasean faunos y guerreros que no son más que armaduras vacías. Ni el plafón, ni sobre todo los fabulosos espejos pintados, arrogancia del barroco toscano, que incluyen al espectador en lo representado, en la pintura. Uno de estos espejos, para llover sobre lo mojado o mejor dicho rizar el rizo de lo tautológico, es puramente calviniano, ya que representa a dos angelotes robustos que, con una gracia algo amanerada, levantan en el aire precisamente... otro espejo. Los espectadores reflejados son en este caso atildados profesores otoñales recién llegados por ejemplo de Sidney.

 Estas alegorías avant la lettre (datan del siglo XVII) resumen casi sin residuos la obra de Italo Calvino. Los estudiosos (Celati, Del Giudice, Fortini, Malerba, Manganelli y los franceses Jacqueline Risset, François Wahl y Mario Fusco, además de Panpalon¡, Roscioni, Falafchi, Nava), como es natural, abordarán la obra desde un ángulo mucho másperformance como no debe de decirse en castellano, por ejemplo, desde el punto de vista de la óptica. Así lo hace Ruggero Pierantoni partiendo de que Calvino es ante todo un iluminador, alguien que como los maestros holandeses del siglo XVII utiliza una cámara oscura del lenguaje. Se basa en el recorrido visual que va desde La giornata di uno scrutalore hasta Palomar, cuyo personaje y no por azar, se llama como un observatorio.

 Calvino no lo olvidemos, era hijo de botánicos, adoraba los microscopios y los telescopios y llevó esa pasión hasta la de las paradojas visuales, como la obra de Escher que situó como emblema de la suya. Es una lástima que en esta breve nota yo no pueda relacionar algunas de las Cosmicómicas con la obra de Escher y por ende... con la de Gödel y la de Bach, discreta alusión a Hoffstadter. Los profesores locales privilegian sistemáticamente al joven Calvino, sin duda por motivos políticos y porque pertenecen a la generación cositetta del compromiso, en detrimento del Calvino posterior, puramente fantástico y borgesco.

 Otro punto de vista que merece atención en la elucidación en las múltiples facetas de Italo Calvino (desde su colaboración en la Prensa del partido, en 1946, su paso por el neorrealismo, por el trabajo editorial, hasta sus canciones, sus jocosos retruécanos y sus libretos de óperas) es su participación en el Ulipo, ese taller de literatura potencial creado por Queneau que Calvino tradujo al italiano y que con sus códigos impuestos y sus reglas para suscitar la inspiración marcó a menudo su obra, aunque menos que el Nouveau Roman francés, relación que Mario Fusco analiza en su ponencia.

 François Wahl hablará de la escritura de Calvino frente al paisaje. Actitud doble: por una parte, se trata de la mirada de un fenomenólogo; por otra parte, la interpretación de un filósofo, aunque el problema esencial puede resumirse en esta pregunta: ¿un paisaje es algo que "está por escribir" en la conciencia de quien lo percibe, o es algo que "ya está y desde siempre ha estado escrito?” En fin, se sube a la sala Luca Giordano por un ascensor minúsculo de aluminio, inestable y chirrión. Un micrófono algo fañoso difunde las ponencias pero (nueva alegoría calviniana), minuciosas cámaras de televisión repercuten esa afiebrada retórica en múltiples salones, donde la absorben y memorizan señoras vestidas con pieles algo gastadas, seguramente princesas de algunos de los múltiples avatares heráldicos de este país, o bien estudiantes neo-algo, entre Mao y el pospunk.

 Olvidé lo esencial y, sobre todo, para alguien que como Calvino gustaba de las ciudades ideales como por ejemplo la pintada por Piero della Francesca, y hasta las ciudades invisibles que describió con la meticulosidad de un urbanista maniático: Florencia está completamente vacía. Es decir, que si una noche de invierno un viajero llega como yo a cumplir 50 años en ella y a recordar la obra de un gran amigo, no puede más que llorar de emoción estética, a menos que no adopte la actitud de Andy Warhol, quien declaró perentoriamente que "McDonalds es lo más bello que hay en Florencia. / McDonalds es también lo más bello que hay en París. / Ni Pekín ni Moscú tienen todavía nada bello".

 Qué imagen quedará de Italo Calvino. Sin duda la de un escritor como los verdaderos, particular y atípico. Uno de los raros en haber utilizado todos los registros del lenguaje con sus colores y sus texturas. Su último libró traducido al francés se llama Colección de arena y el personaje que lo inspiró es más que revelador: eso es el lenguaje calviniano, todo hecho de estratos, de granos, de fluidez. Pero arena más que las otras, sobre todo la del discurso científico. No se trata, hay que insistir en ello, de ninguna de las odiosas variantes de la ciencia ficción; no, se trata de ciencia transformada en escritura. Arena también semiológica: la del lenguaje que habla de sí mismo, la que analiza el propio lenguaje. Arena sobre todo, la del tiempo. El tiempo que pasa en un reloj vigilante, escéptico, algo irónico. Como la mirada de Italo en las fotos que hoy tapizan la ciudad.

 

 El País, 2 de marzo de 1987.


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