viernes, 11 de noviembre de 2022

Catulle Mendès, el escritor a traducir. Breve dossier.




  Pedro Marqués de Armas


 Comenzando por Rubén Darío, que más de una vez reconoció su influencia, y siguiendo con Julián del Casal, Justo Sierra y Manuel Gutiérrez Nájera, Catulle Mendès fue uno de los autores franceses más leído y traducido por los poetas hispanoamericanos. Al punto que puede afirmarse que resultó esencial en la conformación de la prosa modernista en lengua española, y, en particular, en la generación del poema en prosa.

 Cuando en abril de 1891 la redacción de La Habana Elegante informó que se habían recibidos tres ejemplares de Azul (uno para Casal, otro para Raúl Cay y el tercero para Hernández Miyares), dando cuenta, de paso, del impacto que estaba teniendo en los predios literarios habaneros, no compararon a Rubén Darío con Théophile Gautier, sino con Catulle Mendès.  

 No se piensa, pues, en los modelos –Baudelaire, Banville o Leconte de Lisle, a los que el propio Rubén, como también Casal, venían asimilando– sino en una copia de éstos: el más prolífico de los decadentes, a quien Léon Bloy definió alguna vez como “el Aníbal de la imitación”.

 Cierto que basta adentrarse en las primeras páginas de Azul para reconocer, tanto por el esplendor de la prosa, como por ciertos topoi (el eros, la crueldad, los imperios caídos), más de una semejanza; pero resulta difícil admitir que los contemporáneos no antepusieran otras influencias.

 Sin embargo, ello tiene su explicación. En las dos últimas décadas del XIX el éxito de Catulle Mendès, a quien llegó a colocársele casi a la altura de Hugo y de Gautier, era enorme y había comenzado a rebasar las fronteras. 

 Como en el soneto de Darío, es el artista por excelencia, atlético y sensual, dómine en el arte y el amor, cuyo “triunfal laurel” hubiera cosechado lo mismo en Grecia que en Roma.

 Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la literatura, a menudo ciertos escritores de buen paladar eclipsan temporalmente a otros de más valía, si bien cumplen su rol como trasmisores de gustos o de una mentalidad que los convierte con más facilidad– en intermediarios entre una y otra época, una y otra tradición, etc.

  El fascinado redactor de La Habana Elegante lanzaba esta no menos fascinante observación: “ya corre de mano en mano entre nuestros compañeros en letras, que se extrañan –como D. Juan Valera– de que haya otro Catulle Mendès, con tanta fantasía y tal arte para encerrarla en forma brillantísima, acá, en el seno de un paisillo delicioso de América, en la hermosa Nicaragua, de la que nunca ha salido (el cuerpo, no el alma del poeta.)”

 Así que, reconocido de una vez por todas el tremendo poeta que era Darío (ciertamente hasta entonces poco conocido en la isla), lo definen como el “otro Catulle”. Otro tanto ocurre en México con Gutiérrez Nájera, al que un crítico define como “el Catulle de Ultramar”.


  Hay que reconocer que la copia no carecía de calidad y que, ya desde 1885, en ciudades diversas como Madrid, México, San Salvador, y La Habana, las revistas se pueblan de sus traducciones. Son tantas (al menos en Cuba lo fueron), que puede hablarse de un fenómeno propio: el de la traducibilidad.

 En buena medida, este se vio facilitado por ciertos rasgos de la prosa de Mendès, a medio camino entre la orfebrería y la magia, como su musicalidad y erotismo, pero, sobre todo, su legibilidad. Se suma a ello la brevedad de muchos de sus cuentos. No ocurría lo mismo con la poesía; como tampoco ante escrituras que demandaban mayor empeño.

 Si la imitación, el pastiche, la perífrasis y las traducciones –con o sin firma–, conforman, entonces, sin solución de continuidad, variantes de intercambio, una gama de apropiaciones que hace más porosos los trasvases de una a otra lengua, en el caso de Mendès estos se vieron favorecidos. En el bazar parnasiano, sus producciones cotizan al por mayor. Max Henríquez Ureña llega a decir, décadas después, que el suyo era "un parnasismo de café-cantante". 

 Más que fieles a un estilo particular al que devolver sus esencias, se le reproduce en sentido benjaminiano, acorde con un modo, un estándar, tanto en la serialidad de versiones, como al incorporarlo a las escrituras individuales, a las que los poetas traductores arrastran –con más o menos excelencia– sus frases, giros y tics. Todo ello al tiempo que procuran una identidad, una escritura igual de moderna en español.

 Por eso el redactor de La Habana Elegante (¿Hernández Miyares?), se solaza en la observación de que brote, como de la nada, en un “paisillo” de América Latina, “un depurado modernista parisiense”. Se destila, pues, un doble trasvase, a la vez físico e inmaterial. Un “cuerpo” que se materializa en traducción-escritura, y, alrededor, un “alma” –como la del niño monstruo de Metapa– que se realiza al viajar con la imaginación, al vampirizar a otros espíritus.

 En el lindero de la poesía, con sus frases sinuosas y enjoyadas, la prosa de Catulle Mendès constituyó, para muchos poetas hispanoamericanos, un espacio de trabajo en cierta manera confortable. Absorbieron no solo tópicos y mañas, sino también efluvios, y lo hicieron a través de ellos mismos, de la red que entretejían en una especie de continuado ejercicio.

 Darío recuerda que al principio lo lee “traducido” (sigue sin identificarse en qué revistas, traducido por quiénes), pues su francés era todavía precario. Casal lo devora por mediación de Aniceto Valdivia, el Conde Kostia, en fecha tan temprana como 1885, cuando aún no dominaba el francés, traduciéndolo luego, cuando ya lo domina.

 Viaja a Madrid tres años más tarde presumiblemente con un libro suyo, y al quedarse sin dinero, se busca unas pelas traduciéndolo y hasta (es probable) empeñando el ejemplar. Esas olvidadas traducciones madrileñas aparecieron en la revista La Monarquía y las dimos a conocer en este blog en octubre de 2020.

 Cierto que detrás, menos insinuados, están Gautier y Baudelaire, pero la pasión por Mendès no decae. En carta desde Madrid, de 24 de agosto de 1892, Darío le anunciaba a Casal que Salvador Rueda prometía enviarles –al Conde Kostia, que sigue rigiendo la biblioteca de parnasianos y decadentes, para uso de todos– lo último de Mendès: Le Soleil de Paris.  


 En fin, se le lee y usa. Martí, bien temprano, a su modo rápido. Augusto de Armas, dejando ver sus trazas. Y lo siguen traduciendo, más tarde, el disipado Alejandro Sawa, el amplio Gómez Carrillo y el modernista argentino Carlos Ortiz –en la línea de Darío.

 Entre sus muchos traductores cubanos, empezando por Valdivia, tal vez su introductor en la isla, destacan nombres hoy apenas recordados como Juan Miguel Ferrer y Nicolás Heredia (quien inicia una serie bajo el seudónimo Bibelot); Raúl Navarrete y Francisco Hermida, quienes lo imitan en sus escritos; o Luis R. Baralt y Francisco Javier Pichardo. Sin embargo, la mayoría de las traducciones aparece sin firma.

 A su muerte en 1909, lo recordará el Conde Kostia, su más fiel comentarista; Francisco G. Cisneros, que reportaba desde París; y Fray Candil, entonces de paso por Cuba. 

 Pocos escritores generaron tanta admiración o rechazo, se involucraron en tantas polémicas, y pocos, como él, estuvieron tan cerca de morir trágicamente. Tanto, que lo consiguió, al abrir medio dormido la puerta del tren en una falsa parada poco antes de su destino: la estación de Saint-Germain.


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