sábado, 30 de abril de 2011

Informe acerca del sexo a que pertenece un individuo





Tomás Plasencia

  
  Sr. Presidente y Sres. Académicos: En la sesión pasada se dio cuenta aquí de un caso de hemafrodismo, que, si bien raro en nuestros anales, implicaba una cuestión de medicina legal, pues se pedía á la Academia se sirviese emitir su voto respecto al sexo verdadero. Esta Corporación aceptó el encargo, y para resolver con mejor acierto, pues se necesitaba de un examen con el cloroformo, nombró una Comisión, compuesta de los Dres. Casuso, Lavín y el que suscribe.
  Esta, cumpliendo con su cometido, viene hoy a dar cuenta del resultado obtenido. Pues bien, como recordareis se trata de un individuo de dos años y medio, fruto del matrimonio de D. E. R. y de D. M. del C. C., el cual nació en la estancia el Monterito, barrio del Calvario, de esta jurisdicción, el 19 de Marzo de 1890, y se bautizó a los ocho días con el nombre de María Josefa.
  El Licenciado D. Domingo Cabrera, médico, ha proporcionado los datos siguientes: los padres son primos hermanos; menor que ésta, que no presentan imperfección alguna; no obstante, ella ha tenido solamente coqueluche, pues goza de buena salud; está bastante desarrollada en comparación del hermano mayor, que le lleva veinte meses; es más cariñosa, dócil y humilde que éste; de color trigueño claro; su altura y grueso proporcionado; su carácter es alegre, muy vivaracho, y según el padre, por la agilidad y soltura de los movimientos, característicos de las mujeres, ella debía ser hembra.
  Reunidos en casa del Licenciado Cabrera, Calzada del Cerro, número 463, donde se hallaba esperando María Josefa, para ser reconocida se recogieron los datos correspondientes a la topografía de la región, y son: como órganos genitales externos, un monte de Venus bien desenvuelto, y una vulva incompleta, que presenta el clítoris muy desarrollado, de dos centímetros de largo, cubierto por la piel, y debajo de éste y en su base el meato urinario oculto por aquél, tanto que es preciso levantarle para que se divise éste. La vulva está formada de dos grandes labios, que desaparecen en el tercio inferior, dejando ver una gran extensión sin cubrir, de cuatro centímetros de largo, que se extiende desde el clítoris hasta el ano, no interrumpida dicha superficie más que por el meato, siendo en la parte superior mucosa, y el recto perteneciente al periné, el cual ofrece su safe liso, nada saliente. No existen las ninfas.
  Levantando el clítoris se divisa el meato urinario, como se lleva dicho, y corresponde a una uretra corta y recta, que se dirige directamente atrás, pudiendo introducirse una sonda fácilmente, y extraerse orina; mas dirigiendo un estilete explorador de arriba abajo y de delante atrás, hacia el recto, se halla un conducto de dos y medio centímetros, que termina en un fondo de saco, que puede ser una vagina rudimentaria o poco desenvuelta.
  Después se colocó sobre una mesa, se le dio el cloroformo, y durante el sueño se practicó el tacto bimanual, introduciéndole el dedo índice de la mano derecha por el ano, la otra se colocó sobre el hipogastrio, resultando de la exploración rectal, que existen hacia la línea media un cuerpo ovoideo, de la forma y dimensiones de una almendra, de poca resistencia, de dirección vertical, y situado por encima de la sínfisis pubiana, y otro colocado a la izquierda de María Josefa, a mayor altura, de más consistencia y volumen que el anterior, movible, y que por la forma es la de un útero de párvula.
 Con tales datos, y no encontrándose los órganos correspondientes al sexo masculino, la Comisión cree que no debe quedar duda respecto al sexo verdadero de la citada niña.
 Señores académicos; esta niña fue denunciada como varón por un médico, que tuvo que asistirla por una ligera afección; expidió un certificado, y el padre, con este documento recurrió a su Juzgado, para que se modificase el asiento del Registro Civil, y partida bautismal, lo cual no pudo realizarse por faltarle fondos al interesado para pagar los derechos. El repetido Cabrera sostenía que no debía hacerse nada sobre el particular, pues creía que era hembra María Josefa, y en tal virtud ha querido oír a la Academia.
 Quien recuerde los diversos casos de hemafrodismo, como el de Justina Jumas, de Adelaida Pieville, María Margarita, María Lefort, María Droctec Denier y Carlos Droge Huben Juan Pedro, María Josefina y Adelaida Herculina o Alexina, no podrá por menos que aceptar lo difícil que ha sido resolver tales casos con solo la apreciación de los órganos exteriores, necesitándose ya de la mano del tiempo, ya de la losa anatómica para discernir querellas, que se habían suscitado con motivo del hemafrodismo, y al mismo tiempo notar lo singular, que se venía haciendo esas celebridades como las que han servido para refrescar la memoria.
  Es cierto que el verdadero hemafrodismo no existe en la especie humana, ni en los animales mayores, así es que se bautiza con tal nombre el seudo-hemafrodismo, o sea a la persona que, siendo de un sexo, aparece ser del opuesto, o bien como en el caso actual, que tanto podía ser del uno o del otro, en virtud de la disposición de los órganos exteriores y que la exploración interna ha puesto fuera de duda.
  Por tanto, si se fuese a ser severo, tal término debiera desaparecer, porque encierra una idea falsa o errónea, pues no hay más que hombres o mujeres con un organismo más o menos bien conformado. Y, por último, extraña mucho que no se haya apelado al reconocimiento rectal, que si se hizo, no se menciona; si bien hay que tener presente que algunos de dichos casos se refieren al año veinte y la admiración desaparecerá. 
  Por todo lo expuesto, la Comisión cree que puede informar a la Academia, que el caso de que se trata, o sea el de María Josefa R. C., pertenece al sexo femenino.


Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana, vol. 29, 1892-1893, pp. 224-27 (Sesión del 28 de Agosto de 1892.)

viernes, 29 de abril de 2011

...Y éso que soñé grande, cómo fue diminuto!





Pedro Marqués de Armas


Síndrome de Marfan:
dejamos un claroscuro en vez de imágenes de colegio
(cosa de vivos aproximándose a la catástrofe)
cuando lo que queríamos era escapar por la tangente
Señora, no hacia el ojo del trípode
más bien al brazo largo de la ley
Y aunque nos llevaran a los estudios Armand
uno se transforma
Survey óseo: nuestros versos
son nuestra única radiografía. 


Descripción de un hermafrodita





Tomás Romay


Habiendo comprehendido que el Dr. D. Bernardo Cózar, ayudante director de la marina nacional de este apostadero, había reconocido el 28 del pasado abril un marinero hermafrodita, quise examinar un fenómeno que aún no había visto en la especie humana. Entre los brutos observé esta monstruosidad hace 20 años, en dos caballos que traxeron de un lugar de esta isla al Excmo. Sr. D. Gabriel de Aristizábal. Posteriormente tuve una cabra hermafrodita que me regaló el farmacéutico D. Agustín Hernándes. En los caballos los órganos de ambos sexos estaban igualmente caracterizados, aunque con imperfección; en la cabra ambos eran desproporcionados a su tamaño: el masculino demasiado pequeño, y el femenino excesivamente grande, presentándose siempre como en estado de calor. Por ese motivo y porque á cualquiera objeto le acometía en la aptitud que los cabrones más ardientes, la saqué prontamente de mi casa.

Conducido pues, por el Dr. Cózar y en consorcio del Dr. D. Juan Pérez Carrillo, pasamos a la habitación destinada a los Sres. Comandantes de la marina de este puerto, y sabiendo que en uno de sus cuartos baxos estaba el hermafrodita, le distinguí entre otros cinco marineros que allí estaban; no porque sus facciones sean hermosas, sino porque advertí en ellas, y en sus modales y en la voz ciertos rasgos de terneza femenil, aunque con bozo y vellos en la barba. No los tiene en ninguna otra parte del rostro ni en todo su cuerpo, únicamente baxo  de los brazos y el empeine. Su estatura es mediana, las carnes proporcionadas, la musculación y los contornos de su cuerpo semejantes a los de muger. Los pechos son iguales en tamaño, figura y perfección a los de una doncella de su edad, no les falta areola ni pezón. En la parte inferior del pubis, donde es natural a todos los hombres, se descubre un pene de dos pulgadas de longitud, con prepucio y glande imperforada; por lo cual careciendo de uréter, y no habiendo experimentado ninguna erección, no puede orinar por él ni exercer  actos viriles.

Conservándose siempre este pene dentro de los dos labios, que caracterizan el sexo femenino, hace las veces de clítoris, aunque de una magnitud excesiva. El labio izquierdo se presenta más abultado que el opuesto, porque dentro de él está contenido y pendiente de su cordón uno de los testículos, poco menor que el huevo de una paloma casera. El derecho es testicondo, situado sobre el anillo inguinal del mismo lado; más comprimiéndolo hacia baxo, desciende hasta la parte superior del labio y vuelve a contraerse por su cordón.

Baxo el pene clítoris se percibe el esfínter uréter por donde orina, y el orificio de la vagina, tan estrecho que intentando el Dr. Cózar introducirle el dedo índice, no pudo conseguirlo; y el hermafrodita se quexó como que sentía dolor: lo que acredita no haberse violado ese conducto: aseguró que nunca había menstruado, ni sentido jamás estímulos venéreos, ni inclinación a alguno de los dos sexos. Reconocido posteriormente y repreguntando el 2 del presente en la imprenta de los Sres. Arazosa y Soler, en presencia del Conde de O´Reilly, de D. Antonio del Valle Hernández y varios otros sugetos, confesó que se inclinaba con preferencia a los hombres, por lo cual había tomado su trage, aún participando más del sexo femenino.

Llámase Antonio Martínez, natural de Chiclana, su edad 19 años; pero representa más. Fue bautizado como muger, porque entonces sólo tenía los órganos de aquel sexo. A los seis meses de nacida se descubrió el pene, y creyendo sus padres fuese alguna enfermedad, la hicieron curar mucho tiempo, hasta que se convencieron que eran ineficaces todos los remedios. Siendo ya adulto se vistió de hombre, y tomó plaza de marinero en uno de los buques que hacen el comercio de levante. Hace siete años fue reconocido en Cádiz por el cirujano mayor de aquel departamento. Se embarcó después para Montevideo, donde también lo reconocieron cuatro años después. De ese puerto llegó a éste con la misma plaza de marinero en un barco mercante. La noche del 27 último lo aprehendió la partida de marina, y temiendo lo destinasen a la armada nacional, expuso la excepción de ser hermafrodita. Esto dio ocasión al reconocimiento al Dr. Cózar, y a que se divulgase por la ciudad un fenómeno tan raro.

Sin embargo de su autenticidad, varias personas poco instruidas en la física y en la historia, juzgan imposible reunirse en un mismo individuo los órganos que distinguen los dos sexos, aún con la imperfección que hemos advertido en el caso presente. Pero es demostrado que en la mayor parte de los vegetales se encuentran aquellas partes tan perfectas, que una misma planta se fecunda a sí misma y reproduce, a las cuales clasificó Lineo. Entre los irracionales, especialmente en las ostras, es muy frecuente hallarse en un propio individuo los caracteres de ambos sexos; pero por mas perfectos que aparezcan, no se fecundan a sí mismo. Cuanto mas perfecto es el animal, tanto más imperfecto son los órganos de algunos de los dos sexos y por consiguiente tanto menos posible es la propagación unipersonal. De aquí es, que no sólo ningún animal perfecto ha podido fecundarse a sí mismo, pero ni tampoco ha exercido alternativamente las funciones de varón o hembra; y aún añade Valmont de Bomare, que los individuos de la especie humana llamados hermafroditas o andróginos, lejos de ser hombres y mugeres al mismo tiempo, no son ni lo uno ni lo otro con perfección.

Tal es hasta ahora Antonio Martínez. No puede exercer las funciones viriles, porque careciendo su pene de úreter, es incapaz de seminar, aún cuando poseyera los órganos destinados a la preparación de ese líquido. ¿Y podrán concebir faltando la perfección necesaria a las partes que contribuyen á esta operación? Carece de ninfas, de carúnculas mirthiformes y por consiguiente de rima menor; y el no haber menstruado a los 19 años teniendo suficiente vigor acredita la imperfección del útero y demás órganos internos. Si este hecho no fuere bastante para probar la existencia de los hermafroditas, lo esforzaré con otros muy semejantes. Dos refiere Valmont de Bomare. El primero observado en París, el año de 1751; el segundo mucho más extraordinario, se presentó en la misma ciudad en 1765. Llamábase este hermafrodita Grand Jean y se bautizó en Grenoble como mujer en el año 1732, conservándose con su trage y con todas sus inclinaciones hasta los 14 años. Empezó entonces a mirar con un placer desconocido a las mismas jóvenes que había tratado antes con la mayor indiferencia, sintiendo ciertas pasiones que le persuadieron no pertenecer al sexo que había simulado. Varió de trage, y engañado por su estímulos y deseos, se casó como hombre, juzgándose capaz de exercer todas sus funciones. No sucedió así, y delatado a los magistrados de León, fue declarado infame, condenado como profanador de un sacramento a ser azotado, á un calabozo cargado de prisiones y últimamente a perpetuo destierro. Elevada la causa al parlamento de París, sus jueces mas ilustrados en la fisica y el derecho, pusieron en libertad a ese iluso, declararon nulo su matrimonio, y le previnieron se vistiese y comportase como mujer, pues era ese su sexo dominante.

Lo acreditó el reconocimiento que se hizo de su persona. Aunque lampiño, estaban las piernas cubiertas de vellos. Los pechos mayores que los del hombre, pero no eran delicados ni sensibles al tacto como los de la muger; los pezones gruesos y sin areola; la voz semejante a la de un joven adolescente. El clítoris que salía de los grandes labios sobre el meato urinario, tenía 5 dedos de longitud y uno de grueso, capaz de erección y permanecía firme en el acto del coito; en su parte inferior se distinguían dos testículos, y en la superior prepucio y glande; mas como era imperforada no podía expeler por ella ni orina ni materia prolífica. El orificio de la vagina tan estrecho, que no arrojaba sangre menstruo, ni algún otro líquido.

Aun fué más ruidoso en toda España, y más digno de la contemplación de un naturalista, lo sucedido en Granada el siglo anterior. El año de 55 nació en Zujar, pueblo de la abadía de Baza, obispado de Guadiz, una niña que se llamó Fernanda Fernandez. Educada por unos padres honrados y cristianos, y teniendo ella las mas piadosas inclinaciones tomó el hábito de religiosa capuchina en un Monasterio de Granada el 10 de abril de 1774 a los 18 años de edad, y profesó al siguiente. Desde el principio de su juventud advirtió que cuando estornudaba, tosía, o hacía algún esfuerzo estraordinario, se le desprendía por entre los labios sexuales un cuerpo carnoso de una pulgada o poco mas de longitud, el que prontamente volvía a ocultarse sin causarle alguna incomodidad. Su pudor no le permitió reflexionar sobre este fenómeno, ni menos comunicarlo a sus compañeras. Así permaneció hasta la edad de 32 años en que empezó a sentir inclinaciones al bello sexo, frecuentes desprendimientos de aquel cuerpo extraño y propulsiones involuntarias.

Informó entonces al confesor de los nuevos afectos y movimientos que notaba, suplicándole la extrajese de aquel monasterio donde juzgaba no debía permanecer siendo de otro sexo. Mas aquel director y los demás que tuvo en el espacio de cinco años, despreciaron su instancia, atribuyendo a un fuerte histerismo los estímulos carnales que sentía, y a la relaxación del útero o de la vagina el cuerpo extraño que se presentaba en ella. Mas, su último confesor el padre Fray Esteban Garrido luego que fue informado de todo lo que padecía, reflexionando detenidamente y consultando a los mejores teólogos y físicos, previno a la superiora del monasterio, separase a Sor Fernanda de las demás religiosas y la custodiase baxo de llave, hasta la resolución del Illmo. Sr. Arzobispo de aquella diócesis, D. Juan Manuel Moscoso y Peralta.

Instruido este prelado por el padre Garrido, dispuso entrara en el Monasterio una comadre, reconociese la expresada monja y expusiera su dictamen. Practicóse el examen, y habiendo certificado ser varón la persona reconocida, se extraxo del monasterio el 21 de enero de 1792 con trage de mujer seglar. Depositada en lugar seguro, fue nuevamente reconocida por dos médicos, dos cirujanos y una partera, y unánimes atestaron entre otras particularidades las siguientes:

Descubríanse baxo la región hipogástrica dos labios unidos en la parte superior al monte de Venus, y en la inferior al perineo, formando la rima mayor. Separados los labios no se encontraron ninfas ni clítoris; pero en el sitio que debía ocupar éste, se manifestó el conducto urinario, por donde salía ese líquido. Dos líneas más abaxo no se halló el orificio externo de la vagina, y en su lugar estaba un perfecto pene demarcado su balano en la parte superior por una línea membranosa, que lo circunscribía, y terminaba con el uréter por donde deponía mensualmente desde los 14 a los 15 años una corta cantidad de sangre, expeliendo también por el mismo conducto un líquido seminal, cuando experimentaba alguna erección o estímulos venéreos. El pene carecía de prepucio; cuando se observó tendría pulgada y media de longitud, y en su erección aseguró llegar a tres pulgadas. En la base de ese miembro se encontraron dos eminencias colaterales redondas y pequeñas en forma de testículos, cubiertos por la misma túnica que interiormente cubre las partes carnosas de los labios.

En virtud de lo expuesto atestaron unánimemente los expresados facultativos, que prevaleciendo en esta persona los órganos principales, que caracterizan el sexo masculino, debía reputarse por verdadero hombre, y como tal usar el correspondiente trage. Conformándose con este dictamen el prelado diocesano, anuló la profesión de Sor Fernanda Fernández, la hizo vestir de hombre, y el 11 de febrero de 1792 la remitió a sus padres al pueblo de Zújar; todo lo cual consta del expediente archivado en el curia eclesiástica de Granada.

Para ilustrar más la historia natural en un punto incierto todavía aún al mismo conde Buffon, convendría haber observado si este sugeto fue capaz de fecundar alguna muger. Sin un dato tan decisivo, estoy persuadido que si este ilustre filósofo se hubiera instruido de todas las circunstancias tan autorizadas en el caso referido, no habría dicho: “que no tenemos ningún hecho bien comprobado en orden a los hermafroditas, porque la mayor parte de las personas que han creído hallarse en ese caso, no eran sino mugeres en quienes cierta parte sexual había tomado demasiado incremento”. No dudo que Hipócrates y Plinio han dado ocasión para dudar de la existencia de los hermafroditas, refiriendo unas transmutaciones de hombres en mugeres y de éstas en varones que sólo pudieron verificarse en el cerebro del autor de las Metamorfosis. Para que sucediera lo que atestan esos autores, era preciso trastornar y aún destruir la organización peculiar de cada sexo. Mas como para merecer el nombre de hermafrodita, no se ha exigido nunca la perfección absoluta ni en uno solo de los órganos que distinguen los sexos, sino que ha bastado la reunión imperfecta y monstruosa de ambos; de aquí es que han sido reconocidos desde los siglos más remotos, y aún castigados muy injustamente por las naciones más ilustradas y cultas. Las leyes de Grecia y Roma los condenaban a ser precipitados en el mar o en los ríos; cuyo suplicio se executó despiadadamente con Tiresias, sin embargo, de la energía con que ella misma sustuvo en el Aeropago el privilegio con que la había distinguido la naturaleza, entre todos los individuos de su especie. Es muy digno de leerse este juicio en el tomo 5 de la Filosofía de la Naturaleza. También pueden verse las historias de varios hermafroditas en Pablo Zaquías, Pignatelli, Clericato y Venette en su Tableau de l´amour conjugal. Pero nada es tan fácil ni tan convincente como reconocer a Antonio Martínez: todavía existe en esta ciudad, y en el propio lugar donde yo le examiné. Habana y mayo 8 de 1813.

                                           
        
Diario del Gobierno de la Habana, Mayo 8 de 1813. Tomás Romay: Obras Completas. Habana, 1965. Tomo I, pp. 27-31.           

martes, 26 de abril de 2011

Freud (Primer borrador)



Anne Carson



Freud pasó el verano de 1876 en Trieste
estudiando el hermafroditismo en las anguilas.
En el laboratorio del zoológo Karl Klaus

diseccionó
más de mil para averiguar si tenían testículos.

"Todas las anguilas que he analizado son sexo débil",
informó después de abrir las primeras cuatrocientas.
Entretanto

las "jóvenes diosas" de Trieste se mostraban
inaccesibles.
"Dado que

no se me permite
diseccionar seres humanos
no tengo de hecho ningún trato con ellos",
confeso en una carta.



Traducción de Jordi Doce

lunes, 25 de abril de 2011

Casas-mataderos de La Habana






por el Sr. D. Joaquín Ramírez. (1)


  Para la matanza del ganado que se destina en esta capital al abasto público, hay dos casas mataderos: una para el ganado lanar, cabrío y de cerda, y la otra para el vacuno.
  El primer matadero está situado en el barrio del Peñalver, como a doscientos metros del vértice del ángulo que forman la calzada del Príncipe Alfonso y la de Belascoain. Su extensión es un cuadrado como de cuarenta metros de norte a sur y de este a oeste. Su construcción es de mampostería y convenientemente techado, terreno consistente y a buena altura.
  El expresado local está provisto de todos los enseres necesarios para las faenas de la matanza; hay mucha limpieza y buena disposición en el sitio donde efectúan la matanza, como en los chiqueros o encerraderos; pero el paraje destinado para que se enjuguen las carnes no lo considero muy á propósito en atención a hallarse muy próximo al sitio donde se hacen las fogatas para calentar la piel de los cerdos; existir por consiguiente una atmósfera caliente y húmeda, la cual acelera la putrefacción, y no ser un local separado con sus competentes ventanas o ventiladeros para que, entornando un poco sus puertas, se facilite la salida de las moscas que tanto daño hacen a la carne, deponiendo en ella sus huevecillos, que es una de las causas porque se acelera la putrefacción.
  La matanza de los cerdos se hace, en este matadero, a las doce del día, o poco antes; hora muy calorosa en que los cerdos gordos han de estar agitados, la circulación de la sangre más activa, el sistema capilar mas pictórico; y por consiguiente, en el degüello la carne no puede quedar completamente desangrada: todo lo cual influye también en la calidad de la carne, pues en la cocción pierde mucho de su peso por la evaporación que experimenta y es menor la parte alimenticia; por lo cual considero que la matanza de los cerdos la deberían hacer por las mañanas temprano.
  El modo como algunos matarifes hacen en dicho matadero el desuello o separación de las pieles, lo considero muy perjudicial, pues lo efectúan por la insuflación del tejido celular subcutáneo. Los matarifes hacen en la piel del carnero una pequeña incisión, por la cual introducen un tubo de metal y después soplan con la boca. Este modo de separar las pieles se debería prohibir, porque algún matarife pudiera tener en la boca, laringe o faringe alguna enfermedad venérea, carcinomatosa, escrofulosa, tisis laríngea o pulmonar, o cualquiera otra enfermedad en que puedan desprenderse algunas partículas e inficionar la carne.
  La casa matadero para el ganado vacuno está situada en el barrio del Horcón, entre los cuartones de Chavez y del Pilar, como a distancia de ciento cincuenta metros de la calzada del Monte. Se halla en terreno cenagoso que se inunda de agua en las grandes lluvias, es excesivamente calorosa, forma un cuadrilongo como de cincuenta metros de longitud y treinta de latitud. Está formado de pilares o columnas de madera que sostienen el techo de tejas a dos declives. El pavimento está embaldosado, y los costados del local cerrados con una cerca de madera. Por la parte media del pavimento atraviesa una corriente de agua en la cual degüellan las reses, a fin de que la corriente conduzca la sangre; no hay los competentes sumideros para recoger la sangre, y en los días en que no hay la corriente de agua, como sucede frecuentemente, por bien que ejecuten la limpieza, siempre queda un olor fétido que trasciende y molesta a bastante distancia; por lo cual, es mi parecer que es preferible la construcción de unos sumideros a la corriente de agua que actualmente existe, porque además de que el agua casi siempre está sucia, con el excesivo calor, da lugar á una atmósfera caliente y húmeda que contribuye a que se acelere la putrefacción de la carne; y para recoger el agua que se necesite para la limpieza del matadero, lavar las herramientas etc., se deben construir fuentes que den agua limpia.
 El local destinado para el oreo de la carne debería estar provisto de ventanas con puertas, a fin de que entrecerrándolas se pueda producir alguna oscuridad sin impedir la ventilación, para que se facilite la salida de las moscas cuando las agiten con un mosqueador.
 La matanza del ganado, en general, se hace a las doce del día, hora muy calorosa, cuya influencia unida al prolongado tiempo de diez y ocho horas que trascurren hasta la mañana del día siguiente en que pueden cocer la carne para su uso doméstico, y unido esto a que en algunas casillas destinadas á la venta de la carne no hay ventiladeros o ventanas, quedando la carne toda la noche encerrada, aparece podrida al día siguiente.
 Para evitar este mal, convendría que la matanza del ganado se hiciera con parte del número del ganado a las tres de la madrugada y lo restante a las cuatro de la tarde, y que todas las casillas destinadas para expender la carne tuviesen la puerta principal como las de las ventanas de enrejado, a fin de facilitar las corrientes de aire y disminuir el excesivo calor que tanto perjudica a la carne.
 Otra de las cosas que llama la atención es que cuando se desecha alguna res por enferma, cuya dolencia no exige que se queme, ya porque pueda caminar la res por sus pies, o porque haya esperanza de la curación de su enfermedad, se obliga a que dicha res la saquen de la jurisdicción de la Habana; ¿pero quién estorba que vuelvan a introducir la misma res en la Habana y la maten de contrabando, o bien sea muerta en alguna población donde no exista perito reconocedor, pudiéndose producir un daños a los habitantes de aquel paraje?
 Por consiguiente, para precaver el mal que pudiera resultar, se debería sacrificar toda res que se considere con enfermedad contagiosa; y las que no tuviesen dicha circunstancia, pero que sin embargo haya motivo para que se la retire de la jurisdicción de la Habana, al remitirla a la jurisdicción donde pertenezca se dé cuenta a la autoridad local de la jurisdicción respectiva, a fin de que los comisionados de policía o guardias municipales vigilen lo que hagan con dicha res, e impidan se mate antes de que esté competentemente curada.
 Hemos dicho en otro lugar la influencia que la castración de los ganados tiene sobre la buena calidad de la carne. Desgraciadamente hasta ahora, de pocos días a esta parte, no ha llamado este punto la atención en los mataderos de la Habana; pues si los abastecedores han presentado alguna res castrada, ha sido algún buey viejo, fatigado del trabajo y por consiguiente de carne excesivamente dura, careciéndose en esta población de comer la carne sabrosa del rico cebón castrado, porque solamente se han matado los animales enteros tanto en el ganado mayor como en el menor.
  Considerándose fisiológicamente la vida y existencia del toro, se verá que es un animal fiero e irritable, que variando en él todos los caracteres físicos, varían también las propiedades de sus carnes, tanto en su sapidez, como en su pesantez y en la facilidad para que sea digerida.
  La carne de toro tiene más dureza que la del capón; por cuya razón aumenta su peso, se hace más resistente a la acción digestiva y por consiguiente puede producir enfermedades.
  Tomando esta cuestión como economía, se verá la pérdida que la carne de toro experimenta en la cocción, pues cada libra de carne magra del expresado animal, ha habido casos de mermar siete onzas, quedando solo para alimento nueve, pues tiene una evaporación sutil y acuosa que no es nada nutritiva, y carece del sabor agradable de las carnes de otras reses.
  Esta mala calidad de la carne se aumenta cuando antes de matar la res han hecho con ella un simulacro de corrida, y cuando es perseguida o mordida de perros, o matada a balazos.
 Con el fin de que no resultase perjuicio a los abastecedores o ganaderos, el Gobierno pudiera hacerles la prohibición de matar toros con un año de término, a fin de que empezaran a abastecer con reses castradas en el año siguiente; previniéndoseles que los toros han de ser castrados ocho meses antes de su muerte, con el objeto de que la operación haya podido producir en las carnes las cualidades convenientes.
 La actividad y el ilustrado celo de los Sres. Regidores D. Juan Crespo y D. Antonio González Bramosio por el bien del país, han dado los mejores resultados en todo cuanto ha sido posible remediar hasta ahora; tanto por haber sido dichos señores los motores para que se estableciera la plaza de perito reconocedor de las carnes, como por innumerables recomposiciones en el local de la matanza, a fin de que la lluvia ni el sol perjudiquen a las carnes.
  Por disposición de dichos señores se prohibió a las negras que manejan los menudos o mondongos, que los lavasen en la misma zanja que atraviesa el local del matadero, pues ensuciaban el agua que después se ponía en contacto con la carne de las reses que se hallaban en canal en el suelo.
  Se obligó a los matarifes a que tuviesen aseo en la ropa o traje de trabajo; los que en otro tiempo se hallaban muy asquerosos. Se ha remediado el que se escapen las reses, que era sumamente escandaloso el simulacro de corridas que con el ganado se hacía.
  Han prohibido que los matarifes hagan heridas a las reses en los corrales bajo el pretexto de marcarlas. Se ha construido un local provisto de fogones para la cocción y limpieza de los menudos; y por último, es esmerada la limpieza tanto en la localidad del matadero como en su circunferencia.
  Está en proyecto la prohibición de que presenten para la matanza toros enteros, y en su lugar traerán novillos castrados. Igualmente está en proyecto el que cese el mal y perjudicial sistema de conducir las carnes en carretas comunes, y se construirán carros más a propósito para dicho objeto.
  Las autoridades piensan mandar que los guardias municipales persigan y eviten que se mate ninguna res en otro sitio que no sea en los mataderos señalados por el Gobierno, con el fin de evitar que maten reses enfermas. Todo lo cual unido al proyecto de construir una nueva casa matadero, podrán tenerse estas disposiciones por muy sabias y conformes a las reglas de la prudencia.
  Dígnese la ilustraba corporación de esta Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales considerar este pequeño trabajo, aunque defectuoso, como impulsado por el laudable designio a que me dirijo -¡al bien de la humanidad!- y a que hallándome aún recluta en tan distinguidas filas, no tuve la gloria de contribuir a levantar el edificio que hoy completo descansa sobre los sabios esfuerzos de Sus Señorías: así es que un día vendrá en que la historia consagre sus ilustres nombres en la posteridad, y el mundo entero los bendecirá agradecido, tanto por el mérito que Sus Señorías han contraído para con la patria, como para con los hombres de bien que se interesen por la salud pública.



(1) No queriendo retardar más tiempo la publicación de una memoria interesante del Sr. Ramírez sobre Medicina Veterinaria, y vista la extensión de dicha memoria, así como los estrechos límites de nuestro periódico, nos hemos al fin resignado a no insertar por hoy sino la 3ra parte, o sea la que se refiere a las casas mataderos que existen en la Habana. —En el tomo V do los "Anales", págs, 180, 214 y 262, se ha dado una idea de todo el trabajo, y allí puede verse también la discusión suscitada en el seno de la Academia.— Los DD.

Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, 1869, vol. VI, pp. 90-95. Sesiones del 12 y 26 de julio; y 13 de septiembre de 1868.



martes, 19 de abril de 2011

El matadero




 Cansado de recorrer la población, buscando algo nuevo que admirar; de sentir la nostalgia de un museo en el que los espíritus contemplativos pueden tomar largos baños de antigüedad; de no conocer un pintor que tenga un estudio suntuoso, sugestivo, alocador; de viajar por los países floridos de las quimeras, adonde nadie me quiera seguir; y de presenciar el contagioso e incesante descontento de la humanidad, descontento que se manifiesta generalmente en los niños por majaderías, en los jóvenes por insolencia y en los viejos por intolerancias; resolví marcharme ayer a uno de los sitios más repugnantes de la capital, al Matadero, donde la contemplación del sangriento espectáculo de las bestias incesantemente degolladas, a la par que una sensación inexperimentada, pudiera proporcionarme asunto para una de esas crónicas que me reclaman algunos de mis lectores.

 Embutido en el tranvía que conduce, en pocos minutos, al lugar mencionado, pero que, como sucede en tales casos, tardó más del tiempo calculado por mi impaciencia, ya para dejar libre el paso a innumerables vehículos, ya para recoger o vaciar pasajeros; llegué algo tarde al término de la excursión, es decir, una hora después de comenzada la matanza, pero sin que la demora me privara de algún rasgo característico de ese espectáculo diario, repugnante, feroz.

 Atravesando un callejón anchuroso, quemado por los rayos de un sol de fuego, con los pies hundidos en blanda alfombra de polvo, pude contemplar varias cosas. A la derecha, una cuadrilla de presidiarios, con la pica en movimiento y el grillete a lo largo de la pierna, aprendían el oficio de picapedreros, triturando enormes bloques, que al partirse, disparaban una granizada alrededor. A la izquierda, bajo portales mugrientos, agujereados y apestosos, varios hombres robustos, cuchillo en mano y ensangrentadas las ropas, abrían, vaciaban y sumergían miembros de animales en altas latas de metal, de las que emanaba ese olor salado de la carne fresca, que atraía ruidoso enjambre de moscas. Un poco más lejos a la orilla del río, se alineaban las barracas habitadas por las gentes del lugar, semejantes a islotes negruzcos en que han venido a refugiarse los supervivientes del naufragio social.

 Frente al callejón está el Matadero. Visto desde el exterior, presenta el aspecto de una plaza de toros, de forma cuadrangular, donde pueden cobijarse unas mil almas. Está dividido en tres partes. Las de los extremos son iguales. Ambas están separadas por gruesos troncos de madera humedecida, jaspeados de placas verdosas y salpicados de sangre, de los cuales penden las ropas manchadas de los matadores. Por el centro se desliza la corriente de la zanja, amarillenta por un lado y enrojecida por el otro, refrenando su impulso el dique formado por los cuerpos amontonados de las bestias agonizantes. Alrededor del anfiteatro, se levantan las gradas superpuestas, donde se sitúan las gentes que, ya por gusto, ya por ociosidad, acuden a presenciar la matanza, extasiándose con el espectáculo, trabando amistad con los sacrificadores y enardeciéndolos con sus gritos de entusiasmo.

 Arrastradas por medio de larga cuerda, salen las bestias del corral inmediato, siendo luego atadas a los postes de tal manera que no pueden defenderse con los cuernos, ni descargar un golpe con las patas. Entonces, los matadores medio desnudos y enardecidos por el olor de la sangre, hunden acertadamente los cuchillos puntiagudos en el cuello del animal, con tal destreza que éste se desploma al suelo inmediatamente sin lanzar un gemido, ni revelar sus sufrimientos. Tan pronto como la víctima empieza a desangrar, se abalanza sobre ella, blandiendo el hacha en la diestra, una turba de hombres que la dividen en innumerables fragmentos, esparciéndolos por diversos puntos.

  Durante las horas de matanza, allí no se respira más que el olor de la sangre, mezclado al de los excrementos de los animales y al del agua del río, los cuales forman una atmósfera extraña, donde resuenan los golpes de las hachas, el rumor de las ondas y los gritos de los matadores.

  Y es tal la sensación que produce el espectáculo, que todavía, al escribir estas líneas, me parece hacerlo con sangre, entre sangre y con manos sanguinarias.

                                    
   Hernani

                                                                                                
 La Discusión, jueves 12 de junio de 1890, año II, No 297.

La tragedia de los hermanos siameses




José Manuel Poveda


 Nacieron juntos, deformemente juntos. Estaban unidos por el vientre, y tenían un solo estómago e intestinos comunes; pero cada uno tenía su corazón y su pensamiento. El padre extraño y la madre oscura que los engendraron, quisieron separarlos; pero al comprender que un hermano no viviría sin el otro, esperaron a que muriera por sí mismo aquel doble hijo único. Sin embargo, el monstruo logró sobrevivir a su propio absurdo, y los hermanos siameses fueron creciendo juntos, monstruosamente juntos. Durante años, los dos hermanos no tuvieron concepto sino de una sola existencia.

Como las necesidades eran las mismas; como la educación, las sensaciones, las percepciones eran idénticas; como su odiosa fraternidad abdominal los obligaba a estar de acuerdo perfecto en todo, a gritar con gritos simultáneos y a moverse con gestos complementarios, los hermanos siameses no pudieron imaginar, durante largos años, que fueran dos seres distintos. El dolor contraía a un mismo tiempo sus músculos; todas las necesidades bestiales los movían con isócronos movimientos. El monstruo ponía entonces en marcha sus cuatro piernas, o alzaba en desesperación los cuatro brazos, o lloraba con un llanto acorde por sus dos bocas abiertas. Sólo las sensaciones leves, aquellas que originan los deseos lentos, conocían un intervalo discriminativo; uno de los hermanos siameses la experimentaba primero, y el otro la recibía como un eco. Así, cuando en las tardes claras, sentados sobre sus piernas recíprocas, paseaban en cochecito, se les veía imitarse los gestos con suaves reflejos idiotas, sin observarse el uno al otro, pero tan íntimamente ligados como si fueran un solo espíritu. Y, no obstante, la infancia del monstruo fue triste. Repulsivo a causa de su grotesca anomalía, jamás logró ser acariciado. Siempre a distancia de todos, y capaz de despertar la curiosidad, pero incapaz de provocar las ternuras, el ser absurdo ignoró siempre todo amor, mimo, cariño, abrazo; y sólo tuvo en torno suyo el silencio y el desprecio.

Durante la infancia esa realidad le era sensible sólo por una vaga conciencia de su soledad; y en tales instantes el monstruo lloraba, sin saber por qué, sacudido por un cierto terror indefinible. Más tarde, cuando los hermanos siameses comprendieron ya el lenguaje de los hombres, y pudieron imaginar el sentido de algunas palabras abstractas, el sentimiento de soledad y de terror trocóse en un extraño impulso de rebelión, de protesta exasperada contra una injusticia cuya fuente no sabían ver en sí mismos. Y así llegaron a considerar a los hombres como un adversario enorme y lejano;  y entonces se abrazaron como para luchar estrechamente con el enemigo sin contorno que los perseguía a sonrisa y a desdén. Pero no en vano cada uno de los hermanos siameses tenía su corazón y su pensamiento. Las dos cabezas, unidas en una sola voluntad por las necesidades comunes, debieron llegar a pensar palabras, y hubieron de sentir diversamente, sobre el corazón, el eco de sus palabras. Iban comprendiendo, con lentitud, su vida y la vida; y a causa de que la iban comprendiendo de distinta manera, según sus facultades peculiares, al cabo se miraron en los ojos y quisieron formular en silencio una pregunta nueva. "Hermano", prorrumpieron simultáneamente, pero la palabra hermano se les heló en la boca, y ya después no se atrevieron a decirse lo que habían pensado.

Desde ese día, empero, comenzaron a distanciarse los hermanos inseparables. Uno era más bueno; otro era más fuerte. Uno era más simple; otro más soberbio. Uno era más un corazón; el otro era más un espíritu. Uno clavaba en el otro los ojos tristes; el otro miraba hacia lo lejos. Jamás se explicaron, ni discutieron nunca. El vientre común les conservaba el acuerdo supremo de los deseos bestiales, y del llanto y de la risa; y así conservaban una sola voluntad. Pero, un día tras otro, dejaron de amarse. El uno, el que era más corazón, recelaba y sufría. El otro, el que era más espíritu, despreciaba y soñaba. Llegaron a odiarse sin palabras cuando comprendieron, al fin, que su propia fraternidad monstruosa era la causa del dolor común; cuando supieron que eran desgraciados sencillamente porque eran inseparables. Así vivieron todavía mucho tiempo, y pasearon entre las multitudes su soledad colérica. Así, convertidos en un espectáculo, fueron lanzados a que ganaran su pan de las muchedumbres; y conocieron a todos los hombres, y aprendieron, en los propios rostros de los espectadores que salían, por millares, a su paso, toda su propia miseria y su esclavitud abominable. Fue en ese viaje por entre las turbas como precisaron los hermanos siameses la necesidad de estar solos, y el horror de no poder estarlo nunca.

Y al fin llegó a pesarles de tal modo su fraternidad sin nombre, que, al quedar entregados el uno al otro, el hermano soberbio volvía el rostro, para respirar; y el hermano simple cerraba los ojos, para dormir. Una noche, terminada la penosa jornada, los hermanos siameses se tendieron, rostro con rostro, sobre sus costados. El hermano bueno cerró los ojos. El hermano fuerte se le quedó mirando. Se quedó mirándolo con los ojos fijos, muy abiertos y muy fijos. Y quizás por tenerlos tan abiertos  y tan fijos, de pronto los ojos se le llenaron de lágrimas, y después se le llenaron de sangre. El hermano simple abrió los ojos, sobresaltado como por un alerta íntimo; pero ya el hermano soberbio se le había aferrado al cuello, y lo ahogaba, y, como la víctima lanzara un grito, el victimario le aplastó la boca con la boca, y le clavó los labios con los dientes. Y así, en silencio, continuó ahogando el hermano al hermano, loco, sublevado, en un frenesí de odio delirante, sin objeto y sin raciocinio; en un terrible temblor de crimen y de sacrificio,  hasta que el hermano dejó de moverse, exánime de la misma muerte que había perpetrado.

Así quedaron muertos los hermanos siameses; pero sus bocas cosidas parecían entonces besarse furiosamente; y el abrazo de agonía era más íntimo, más estrecho, más confiado, más amante que nunca, como si por primera vez se hubieran abrazado libremente.