martes, 14 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
José Carlos Mariátegui: Blaise Cendrars
BLAISE
CENDRARS
José Carlos Mariátegui
(…) En el equipo de los
"internacionales", Blaise Cendrars es uno de los que más me interesa.
Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de Paul Morand. En la composición
de los libros de Cendrars no entra ningún ingrediente mórbido. Cendrars no se
empeña nunca en demostrarnos que viaja en wagón-cama. En Cendrars no se
respiran aromas afrodisíacos. En sus libros no hay languidez, no hay laxitud.
Cendrars es sano, violentamente sano, alegremente sano. (Oliverio Girondo no
dejaría de anotar este dato, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman
negativa).
Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra
en las ciudades sin ceremonia. Se comporta siempre como un pillete, como un
gavroche que viaja por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos
viajan para hacerse operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o
en Karlsbad la dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Moran en la
bolsa de Nueva York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes
ingleses, un automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja
por viajar: Tiene siempre, en el wagón-restaurant de un expreso, o en el puente
de un transatlántico, el ademán despreocupado del «flaneur». Miradlo arribar a
Sao Paulo:
«Enfin
on entre en gare
Saint-Paul
Je
crois étre en gare de Nice
Ou débarquer a
Charing-Cross a Londres
Je trouve tons mes amis
Bonjour
C'est moi»
No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que
llega a Sao Paulo. No puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde
que pisa el umbral de una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es
improbable que algún día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del
Callao. Traerá, como siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha
descrito una vez su equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57
kilos). Una vez en las calles de Lima se cogerá del brazo de don Alberto
Carranza. Y se marchará de Lima sin despedirse burlando una recepción del
Ateneo y un reportaje de El Comercio (Vegas García conseguirá una
instantánea para Variedades). Y, finalmente, Blaise Cendrars no nos
defraudará como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen
tercero o cuarto de sus Feuilles de route, su visita a Lima, al Cuzco y
a Chanchamayo.
Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars
es su buena salud. Los libros de Cendrars respiran por todos sus poros.
Cendrars representa una gaya y joven bohemia que reacciona contra la bohemia
sucia y vieja del siglo diecinueve. Y, en una época de decadentismos bizarros,
de libídines turbias y de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de
salud cabal. Es un hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin
artificios juglarescos y sin neurosis perversas:
Escuchadlo:
«Le monde entier est tonjonr lá
La
vie pleine de choses suiprenantes
Je
sors de la pharmacie
Je
desecads fuste de la bascule
Je
pese mes 80 kilos
Je t'aime.»
La
poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más ortográfica.
Blaise
Cendrars ha publicado los siguientes libros: La légende de Novgorod
(1909), Séquences (1913), La Guerre au Luxembourg (1916), Profond
aujourd'hui (1917), Anthologie negre (1919), La fin du Monde
(1919), Dix-neuf poemes élastiques (1919), Du Monde entier (1919),
J'ai tué (1919), Feuilles de route (1924), Kodak (1924) y L'Or
(1925).
Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros,
una Antología Azteca, Inca, Maya.
El último libro de Cendrars, El Oro, es
una novela. Cendrars nos cuenta en El Oro la maravillosa historia de
Johan August Suter. La historia de Suter es el reverso de la historia del oro
de California.
En 1834, Johan August Suter, suizo-alemán,
hijo de un fabricante de papel de Basilea, deja su patria, su mujer y sus
hijos, arruinado y deshonrado por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega
a París. En el camino desvalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con
una letra de crédito falsa a un cliente de su padre. Luego, en El Havre se
embarca para Nueva York.
Cendrars, explicándonos el Nueva York de 1834,
nos dice en una sola página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una
íntegra fase de la formación de los Estados Unidos:
«El puerto de Nueva York.
«Es ahí donde desembarcan todos los náufragos
del Viejo Mundo. Los náufragos, los desgraciados, los descontentos, los hombres
libres, los insumisos. Aquéllos que han tenido reveses de fortuna; aquéllos que
han arriesgado todo sobre una sola carta; aquéllos a quienes una pasión
romántica ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primeros
místicos rusos. Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la
reacción arroja. Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria
en formación. Los falansterianos franceses, los carbonarios, los últimos
discípulos de Saint Martin, el filósofo desconocido, y de los escoceses.
Espíritus generosos, cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos.
Los campesinos de Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos víctimas de
las guerras napoleónicas y sacrificadas por los Congresos Diplomáticos. Los
carlistas, los polacos, los "partidarios de Hungría. Los iluminados de
todas las revoluciones de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria
para unirse a la gran República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de
todos los países; hasta sudamericanos, cómplices de Bolívar. Desde la
Revolución Francesa, desde la Declaración de la Independencia, en pleno
crecimiento, en pleno desarrollo, no ha visto jamás Nueva York sus muelles tan
continuamente invadidos. Los inmigrantes desembarcan día y noche y en cada
barco, en cada cargamento humano, hay por lo menos un representante de la
fuerte raza de los aventureros».
Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos
relata así su entrada en Nueva York: «Johan Auguste Suter desembarca el 7 de
julio, en martes. Ha hecho un voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de
la milicia, abraza de una mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y
vacía una botella de vino del Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación
negra de un velero. Después rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad
desconocida, como alguien que tiene prisa y a quien se espera».
Nueva York no retiene por mucho tiempo a
Suter. Suter se siente atraído por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo
desconocido. En Honolulu forma la Suter's Pacific Trade Co. Tiene un plan
vasto. Con mano de obra canaca explotará las tierras de California. No las
conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de ellas. Sus socios de Honolulu
lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan se cumple puntual y
magníficamente. Suter se instala con sus canacos en California. Funda una
descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus posesiones, sus riquezas
crecen prodigiosamente. El pionner12 suizo deviene uno de los hombres más ricos
de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el descubrimiento del oro. Un
obrero de Suter encuentra en los dominios de Suter las primeras pepitas. La
noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas de oro. Suter ve partir a
sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega. Invaden el país los
buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte en una de las más
grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las tierras de Suter. Se
instalan en sus posesiones. El gran pionner se cruza de brazos. Podría
luchar: pero, desdeñosamente, prefiere no participar en esta batalla de
lavadores de oro y de destiladores de alcohol, en la cual se mezclan
aventureros y bandidos de las más torpes y sucias especies. El oro lo ha
arruinado. Suter se retira, decepcionado, a uno de sus dominios. Mas la
voluntad de trabajo y de potencia renace pronto en él. Sus viñas, sus huertas,
sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una fortuna. San Francisco tiene
buen apetito. Y Suter le vende caros los frutos de sus alquerías. Pero no está
contento. No olvida el golpe; no perdona al oro. Y el demonio le aconseja la
más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales una demanda por daños y
perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el cual se ha edificado San
Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando doscientos
millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a 17,221
particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones. Reclama
veinticinco millones dé dólares del Estado de California, por haberse apropiado
de sus rutas, canales, puentes, esclusas y molinos; y cincuenta millones de
dólares del gobierno de Washington, por no haber sabido mantener el orden en la
época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una parte del oro
extraído desde el principio de la explotación. El fantástico proceso consume
todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un ejército de
abogados, de peritos y de escribanos. Los Municipios y los particulares
enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. «Es un nuevo rush, una
mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del Pleito Suter». San Francisco
odia al pionner testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y puritana,
juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las plantaciones,
los establo; los molinos, las fábricas de Suter son devastados, arrasados,
incendiados. Suter esta vez pierde todo. Más ni aun este golpe lo decide a
renunciar a su proceso. Lo continúa, en Washington. En Washington envejece y
enloquece. Y muere en las gradas del Palacio del Congreso, aguardando y
reclamando, obstinadamente, justicia.
Tal la maravillosa historia de Johan August
Suter. Su argumento parece una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha
escrito, al mismo tiempo que una novela de aventuras, una sátira sobre el
destino maldito del oro. El oro del Rhin y el oro de California se equivalen.
Cendrars no lo dice: pero lo dice su novela. Lo dice la maravillosa historia de
Johan August Suter, arruinado por el descubrimiento de las minas de California.
La técnica de El Oro es, más bien que
la de una novela, la de un film. Cendrars nos ofrece la historia de Suter en
setenta y cuatro cuadros cinematográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro
aburre. Ningún cuadro es pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de
que tiene en las manos un libro. En vez de las letras y de las palabras,
dispuestas en rasgos, empieza a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que,
en Blaise Cendrars, es sólo un decorado esquemático.
Variedades, Lima, 26 de setiembre de 1925, pp. 2194-96.
sábado, 11 de abril de 2026
Paul Morand
Xavier Villaurrutia
¿Recordáis el prefacio de Anatole France a Los placeres y los días,
el libro primero de Proust? Anatole France parece reconocer únicamente en el
Proust de entonces, en vez de las cualidades originales que formaron más tarde
una rama de la literatura actual y ensombrecieron el limitado prado ameno del
mismo autor de El crimen de Silvestre Bonnard, virtudes refinadas.
Cualidades, virtudes. Para France, Marcel Proust era un virtuoso lo cual en
arte -¿en música, quien lo ignora?- no es, en modo alguno, diverso de un
vicioso.
¿Recordáis, en cambio, el prefacio de Marcel
Proust a Tendres Stocks de Paul Morand?
La respiración es otra: da tiempo para
escribir y, en seguida, leer en voz alta una frase larga. Proust tuvo la
conciencia clara de cómo el tiempo se impone a los escritores y de qué modo
aparecen nuevos escritores que imponen, al tiempo, su tiempo. Hablando del
minotauro Morand, supo afirmar que lo cierto es que, de cuando en cuando, surge
un nuevo escritor y este escritor tiene que aparecer a los ojos egoístas de la
generación precedente y a los ojos de vidrio que esta generación ha logrado
mantener enfrente a modo de público, un escritor difícil. Como en una delicada
venganza y dirigiéndose al mismo Anatole France, escribe Proust: «Podemos
seguirlo hasta la mitad de la frase, pero allí desistimos».
Nosotros imaginamos que Anatole France no pudo ir más allá de la mitad
de una frase del Proust que hacía decir a Paul Morand: «vuestra voz, también
blanca, traza una frase tan larga...»
Frente a un espejo de dos lunas -Morand ha
dibujado en La Europa galante uno delicioso, donde las lunas son tres-
tenemos los perfiles diversos de un mismo rostro. ¿Quién no es asimétrico,
aunque sea ligeramente? Uno de los perfiles de Morand parece hecho para mirar a
las mujeres; otro, para mirar a las ciudades.
En un principio, las mujeres de Morand
-Clarisa, Delfina, Aurora- eran a un solo tiempo la figura y el ambiente. De
este modo, el aire engendraba la figura sin pretender ahogarla, y la figura
creaba el paisaje con sólo un movimiento, con una frase o, simplemente, con un
silencio. En un principio también, al recordar estas tres figuras de Morand
pensábamos en las muñecas grises y delgadas que aun de frente parecen enseñar
sólo el perfil, de Marie Laurencin. Ahora, la asociación nos parece impropia, a
favor de Morand.
Clarisa es rubia, aficionada a las
antigüedades, pero, «más que el objeto, le seduce la imitación». Delfina tiene
unos negros ojos líquidos. Aurora, de aficiones salvajes, danza desnuda,
«dejando en nuestras retinas una imagen hindú con brazos y piernas múltiples».
Más tarde, las cosas que forman la tela de
Morand pueden verse y palparse por separado, al punto que casi podríamos decir
que el segundo término habitual de un cuadro cualquiera pasa a ser aquí,
victoriosamente, el primero. Sus breves novelas ya no se titulan, no podrían
titularse, con nombres de mujeres. El tiempo y el espacio intervienen como un
convidado cuya presencia no nos asombra sino en vista de nuestra falta de
previsión. Aparecen la «noche» y la «tierra». La noche catalana, la noche
turca, la noche nórdica no se llaman ya, simplemente: Remedios, Ana, Aino.
Las mujeres y las ciudades. El plano de una
mujer, el sexo de una ciudad. Los perfiles de Morand desaparecen. Ahora,
compuesto su rostro de frente, mira, indistintamente, a las mujeres y a las
ciudades. Para conocer a las mujeres es necesario recorrerlas. Para conocer las
ciudades es preciso palparlas. Y las ciudades y las mujeres de Paul Morand no
pueden ser una sola. Viajero obligado, su vida es la vida cosmopolita. Tiene
ya, detenido en libros, su Occidente, su Pre-Oriente, su Oriente. Parece
conocer una parte de Norteamérica; y, además, de los Estados Unidos ha sabido
decir que los viejos automóviles Ford son sus únicas ruinas.
Morand es el observador rapidísimo de gestos y
lugares, que en dos minutos levanta en un interior toda una ciudad o una raza.
Hombres y mujeres se mueven, gesticulan, callan, se frotan o se buscan. En Ouvert
la nuit, en Ferme la nuit, pasan nombres, vocablos y sitios que son
el universo internacional de este arquero que lanza tan certeras flechas sobre
todo cuanto mira, que, si tuviera tiempo de detenerse un momento frente a un
espejo, su imagen quedaría acribillada.
Paul Morand tiene treinta y ocho años y un
público internacional que lo busca por diversas razones, aun por aquellas que
no son estrictamente literarias. Esto último nada tiene de extraño: Chesterton
nos enseña que un impresor, leyendo la Biblia, no encuentra sino las erratas.
Sus asuntos sexuales y su lenguaje han
contribuido a imantarle lectores. Su más reciente libro se titula,
significativamente, Rien que la terre. Como todos los suyos, es el libro
de un sensual, de un hombre que pone en juego sus sentidos, alejándolos y
acercándolos como el fotógrafo el silencioso acordeón de su cámara de fuelle,
para conseguir la visión exacta.
A la inversa de Valéry Larbaud -a quien
recordamos por lo mucho que de Morand difiere-, más que el carácter le interesa
la manía del sujeto. El tic nervioso, la zozobra de un instante, el ademán que
descubre un vicio o un deseo, el laberinto psicológico cuya salida está en una
mirada. Por todo esto, su estilo es agudo y rápido. Quebrado estilo de hombre
que husmea, frota, espía... En pocas palabras, estilo de hombre sensual.
¿Pero no debe ser un lugar común, tan bello
como el verso de Racine más veces citado:
La
fille de Minos et de Pasiphaé
que la sensualidad es una forma de la inteligencia?
1927
Textos y pretextos: literatura, drama, pintura, La Casa de España en México, 1940; FCE, 2018.
viernes, 10 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La despedida de Anatole France
Pedro Henríquez Ureña
Sabe el artista, el grande artista de madurez
cuyo gradual desarrollo se cumple bajo la ley de “cultura” expresada por
Goethe, cuál es el momento en que la obra de su vida alcanza su término. El Parsifal
de Wagner, la Resurrección de Tolstoi, Cuando despertamos... de
lbsen, son altas cimas crepusculares: el artista deja atrás los torbellinos de
la pasión y abandona, como Próspero, los símbolos de su poder y su prestigio
para encaminarse al reino del silencio.
El gran
maestro de la ironía y de la sagesse alcanzó la región espiritual en que
la vida, sobre cuyas horas vigiló sin tregua el pensamiento, se torna clara y
define su perspectiva moral, como valle que dejamos atrás cubierto de nieblas
matinales y cuyas líneas puras contemplamos, en la tarde pacífica desde la
cumbre. Es más: alcanzó ya, en vida, la reacción que sobreviene contra toda
grande fama. Acatado como excepción (excepción entre los académicos, excepción
entre los realistas, excepción entre todos los de ayer) por generaciones más
jóvenes que la suya, Anatole France pareció poseer el secreto de la perpetua
juventud literaria. Pero fue ilusión: la juventud es implacable; la juventud
pide renovaciones, y no transige; cada generación trae nuevas interpretaciones
de la vida, sentido nuevo del arte, y los que fueron de ayer rara vez aciertan
a entrar íntimamente en el espíritu de la nueva hora. La reacción tardaba, pero
llegó al fin. Anatole France no podía ser el ídolo de 1914.
La literatura francesa de hoy, idealista,
sincera, ardiente, devota por igual de las ideas sutiles y de las emociones
“directas”, inmediatas, representa la realización de una estética radicalmente
distinta de la que imperaba hacia 1885, salvando excepciones como la inevitable
de Verlaine. Más aún: representa la realización de una estética distinta de la
que tradicionalmente se ha llamado francesa. Porque ésta, la novísima, es una
literatura idealista, en el sentido filosófico de la palabra, no en el de
espiritualismo más o menos religioso (aunque éste no falta) ni en el de
“irrealismo” más o menos insulso. Literatura en que ideas y emociones, fundidas
con íntimo enlace de que solo hallábamos ejemplo frecuente en Inglaterra y
Alemania, producen un ritmo amplio que aspira a tocar por una parte los
linderos de la música, por otra los del pensamiento filosófico. Literatura en
que cada asunto busca su forma propia, en vez de adoptar perezosamente uno de
los modelos acepta dos: el párrafo a la Bossuet, los pareados de la tragedia
siglo XVII, la “incisiva” prosa volteriana, la “tirada” de Hugo, la descripción
de los realistas.
Anatole France representa, y de modo supremo, muchas tendencias
contrarias; y si éstas son las realmente francesas, no se equivocan quienes la
consideran arquetipo de su pueblo. No es ideólogo por temperamento, ni menos
metafísico: conoce todas las filosofías, pero no le apasionan. Comparadlo con
Camille Mauclair y sentiréis, por contraste, la revelación del temperamento
metafísico, inquieto y hondo, en el arte contemporáneo. Escéptico, pues,
filosóficamente, pero escéptico activo (hasta en la crítica), dueño de todos
los recursos de sagesse que suele dar el escepticismo, vivió bajo el
peligro de la medio cridad esencial que tantas veces apunta en el escritor
francés, por debajo de las perfecciones del procedimiento: la mediocridad que
nace de la ausencia del sentido ideal, del concepto trascendental de la vida,
núcleo necesario del arte supremo, sin el cual no serían más que pintoresco
simulacro y brillante apariencia los poemas homéricos y la tragedia ática, la
obra de Dante y la de Shakespeare. Escéptico, irónico, sage, francés, en
suma; hasta gaulois, como que sabe dar a la sensualidad su papel en la
vida (por lo menos en la vida de Francia) y aun a las palabras fuertes su papel
en los libros, Anatole France representaba una actitud distinta de la que asume
la juventud de hoy, que abre ante el esplendor del mundo los grandes ojos
impresionables del Jean Christophe, de Romain Rolland.
Pero la ironía puede ser una forma de pensamiento filosófico, y la ironía
que corre a través de la obra de France, como río cada vez más caudaloso hacia
el cual fluyen todas las formas intelectuales, se convierte al cabo en una
filosofía de la historia humana. La obra adquiere, así, unidad original y
superior, y sabor que hace pensar en la literatura inglesa, como en otros
autores centrales de la francesa: Balzac, por ejemplo, o Flaubert. El Gulliver,
la Batalla de los libros, todo el Swift humorista ¿no anuncian aspectos de Bouvard
y Pécuchet, aspectos de la obra de France?
Además,
a su modo, France es idealista; quiero decir, tiene su ideal. Ideal no
filosófico, sino “social” -francés, por lo tanto-, pero ideal al fin. Ha
combatido por el pueblo, sobre todo por la libertad espiritual de su pueblo. No
todo fueron rosas y mirtos en su vida pública: sobre él ha lanzado piedras el
populacho fanático. Y su fe en la redención moral e intelectual de los hombres,
surgiendo de su filosofía irónica de la historia, es el motivo ideal que da a
su obra sentido superior. Sobre esta filosofía irónica, pero generosa en su
deseo del bien humano, acaba de tenderse melancólico manto de sombra. La
rebelión de los ángeles, la última novela de France, tiene, a la luz de los
acontecimientos actuales, el carácter de una despedida. Se piensa que el maestro,
agobiado ya, no volverá a la labor literaria después que pase la crisis que
agota a Francia. La perspectiva de la guerra inevitable, destructora e inútil,
la seguridad de que los esfuerzos de liberación espiritual quedarían
suspendidos, la tristeza de contemplar el trabajo de toda una vida amenazado de
esterilidad, cuando no por conflictos exteriores, por las mezquindades de la
política interna -tales son las notas finales del libro-. Y como quien renuncia
al esfuerzo público; como si un escepticismo amargo hubiera sustituido al
antiguo escepticismo irónico pero activo; como quien se refugia en un
individualismo triste porque se marchita su fe en la humanidad, Anatole France
cierra la visión del arcángel rebelde con el abandono de toda conquista de
poder. “No conquistemos el cielo: bástenos el ser capaces de conquistarlo. La
guerra engendra la guerra; la victoria engendra la derrota... Hemos destruido a
laldabaoth, nuestro tirano, si hemos destruido en nosotros la ignorancia y el
miedo... La victoria es espíritu. Es en nosotros, y solo en nosotros, donde hay
que atacar y destruir a laldabaoth.”
2 de diciembre de 1914.
El Heraldo de Cuba, 7 de
diciembre, 1914; como “Anatole France’s valedictory”, en The Forum, New
York, October 1915, vol. 54, núm. 4, pp. 479-481. También en Renacimiento,
núm. 22, Santo Domingo, febrero, 1916; La Nave, México, Núm. 1. mayo 1ro,
1916, pp. 49-52; Desde Washington (Minerva Salado), FCE, 2004; Obra
Completas, T. 5, (Miguel D. Mena), Santo Domingo, 2013.
miércoles, 8 de abril de 2026
El ocaso de los semidioses
El ocaso de los semidioses
Alejo Carpentier
La publicación de una reciente novela de
Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria
parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron
algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor
de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza
psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran
guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo
en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y
publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla
castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina,
entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de
pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas
para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos
tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un
conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le
elogiaba; se le compraba.
Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza
en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el
éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores,
sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las
costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el
"conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba
como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus
libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían
de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas
a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico
mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la
sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor
sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus
antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al
día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no
comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos
preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marcel Prevost?"
Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave,
para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan
profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho
más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente
para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores
como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una
envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy
un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor? ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que
constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo
que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.
Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a
ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que
fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor
que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en
el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me
refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos,
pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais,
y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los
poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta
entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones
acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido
resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."
Hace
poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos
libros de Anatole France se vendían al mes.
-Tres o cuatro -me respondió este librero
privilegiado.
Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de
semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda
sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir
este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará
siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer? No precisamente. Los hechos parecen demostrar
lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por
el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los
lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada
vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles
Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más
auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?
El problema tiene, a mi juicio, una
explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y
apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain
Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles
en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un
problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica
a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de
fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos,
sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos
que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que
necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y
recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa
irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría
de malhechor público.
Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales.
“El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión modificada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.
martes, 7 de abril de 2026
José Carlos Mariátegui: La revisión de la obra de Anatole France
LA REVISIÓN DE LA OBRA DE ANATOLE FRANCE
José Carlos Mariátegui
En los funerales de Anatole France, todos los
estratos sociales y todos los sectores políticos quisieron estar representados.
La derecha, el centro y la izquierda, saludaron la memoria del ilustre hombre
de letras. Los sobrevivientes del pasado, los artesanos del presente y los
precursores del porvenir coincidieron, casi unánimes, en este homenaje fúnebre.
La vieja guardia del partido comunista francés escoltó por las calles de París
los restos de Anatole France. Hubo pocas abstenciones. Pravda, órgano oficial
de Rusia sovietista, declaró que en la persona de Anatole France la vieja
cultura tendía la mano a la humanidad nueva.
Pero este casi armisticio que, en una época de
aguda beligerancia, colocaba la figura de Anatole France por encima de la
guerra de clases, no duró sino un segundo. Fue sólo la ilusión de un
armisticio. Algunos intelectuales de extrema derecha y de extrema izquierda
sintieron la necesidad de esclarecer y de liquidar el equívoco. La juventud
comunista francesa negó su voto a la gloria del maestro muerto. En un número
especial de Clarté, cuatro escritores clartistas definieron
agresivamente la posición antifrancista de su grupo. Y, por su parte, los
representantes ortodoxos de la ideología reaccionaria, católica y
tradicionalista, separándose de Charles Maurras, rehusaron su acatamiento a
Anatole France, a quien no podían perdonar, ni aún in extremis, el sentimiento
anticristiano y anticlerical que constituye la trama espiritual de todo su
arte.
De esta revisión de la obra de Anatole France,
únicamente las críticas de la extrema izquierda tienen verdadero interés
histórico. Que la Aristocracia y el Medioevo excomulguen a Anatole France, por
su paganismo y su nihilismo, no puede sorprender absolutamente a nadie. Anatole
France no fue nunca un literato en olor de santidad católica y conservadora. Su
filiación socialista situaba, normalmente, a France al lado del proletariado y
de la revolución. France era comúnmente designado como un patriarca de los
nuevos tiempos. La sola crítica nueva, la sola crítica iconoclasta que se
formula contra su personalidad literaria es, por consiguiente, la que le
discute y le cancela este título.
El documento más autorizado y característico
de esta crítica es el panfleto de Clarté. Anatole France, como es
notorio, dio su nombre y su adhesión al movimiento clartista. Suscribió con
Henri Barbusse los primeros manifiestos de la Internacional del Pensamiento. Se
enroló entre los defensores de la Revolución rusa. Se puso al flanco del
comunismo francés. Su vejez, su fatiga, su gloria y su arterioesclerosis no le
consintieron seguir a Clarté en su rápida trayectoria. Clarté
marchaba aprisa, por una vía demasiado ruda, hacia la revolución. La culpa no
era de Anatole France ni de Clarté. France pertenecía a una época que
concluía; Clarté a una época que comenzaba. La historia, en suma, tenía
que alejar a Clarté de Anatole France y de su obra.
La obra de France encuentra su más severo
tribunal en el grupo de intelectuales organizado o bosquejado bajo su auspicio.
Esta circunstancia confiere a la crítica de Clarté un valor singular.
Marcel Fourrier no cree que se pueda
establecer una distinción entre France hombre de letras y France hombre
político. Clarté no puede pronunciarse sobre una obra, cualquiera que
esta obra sea, sin examinarla desde un punto de vista social, "Sobre este
plano —escribe— y con pleno conocimiento de causa, nosotros repudiamos la obra
de France. Estamos animados en esta revista por una preocupación demasiado viva
de probidad intelectual para poder hablar diversamente a un público que aprecia
la nuestra franqueza. La obra de France niega toda la ideología proletaria de
la cual ha brotado la Revolución Rusa. Por su escepticismo superior y su
retórica untuosa, France se halla singularmente emparentado a todo el linaje de
socialistas burgueses". Luego estudia Fourrier los móviles y los estímulos
de la conducta de Franca den dos capítulos sustantivos de la historia francesa:
la cuestión Dreyfus y la gran guerra. En ambos instantes, France sostuvo la
política de la «unión sagrada». Su gaseoso pacifismo capituló ante el mito de
la guerra por la Democracia. A este pacifismo no tornó sino después de 1917
cuando Romain Rolland, Henri Barbusse y otros hombres habían suscitado ya una
corriente pacifista.
El oportunismo mundano de Anatole France es
acremente condenado por Jean Bernier. Con mordacidad y agudeza maltrata la
estética del maestro, que "ajusta sus frases, combina sus proporciones y
carda sus epítetos", perennemente fiel a un gusto mitad preciosista, mitad
parnasiano. "El hombre, sus instintos y sus pasiones, sus amores y sus
odios, sus sufrimientos y sus esfuerzos, todo esto resulta extraño a esta
obra". Bernier se opone, con tanta vehemencia como Fourrier, a toda
tentativa de anexar la literatura de Anatole France a la ideología de la
revolución.
Otro de los escritores de Clarté,
Edouard Berth, discípulo remarcable de Jorge Sorel, ve en Anatole France uno de
los representantes típicos del fin de una cultura. Piensa que las dos familias
espirituales, en que se ha dividido siempre la Francia burguesa, han tenido en
Barres y en Anatole France sus últimos representantes. La cultura burguesa
-dice- ha cantado en la obra de ambos escritores su canto del cisne. Observa
Berth que nadie ama tanto al maestro como "ciertas mujeres, judías
cerebrales, grandes burguesas blasées,2 a quienes el epicureismo, aliado a un
misticismo florido y perfumado y a un revolucionarismo distinguido, hace el
efecto de una caricia inédita; y ciertos curas en quienes el catolicismo eso
hijo del Renacimiento y de Horacio más que del Evangelio, prelados untuosos,
finos humanistas y diplomáticos consumados de la corte romana".
Anatole France ha, sido considerado siempre
como un griego de las letras francesas. Contra este equívoco insurge George
Michael, otro escritor, de Clarté, que desnuda la Grecia postiza de los
humanistas franceses. La Grecia, que estos helenistas admiran y conocen, es la
Grecia de la decadencia. Anatole France como todos ellos, se ha complacido y se
ha deleitado en la evocación voluptuosa de la hora decadente, retórica,
escéptica, crepuscular, de la civilización helénica.
Tales impresiones sobre el arte de Anatole
France venían madurando, desde hace algún tiempo en la conciencia de los
intelectuales nuevos. Ahora adquieren expresión y precisión. Pero, larvadas,
bosquejadas, se difundían en la inteligencia y en el espíritu contemporáneo,
especialmente en los sectores de vanguardia, desde el comienzo de la crisis
post-bélica. A medida que esta crisis progresaba se sentía en una forma más
categórica e intensa que Anatole France correspondía a un estado de ánimo
liquidada por la guerra. Malgrado su adhesión a Claridad y a la Revolución
rusa, Anatole France no Podía ser considerado como un artista o un pensador de
la humanidad nueva. Esa adhesión expresaba, a lo sumo, lo que Anatole France
quería ser; no lo que Anatole France era.
También de mi alma, como de otras, se borraba
poco a poco la primera imagen de Anatole France. Hace tres meses, en un
artículo escrito en ocasión de su muerte, no vacilé en clasificar a Anatole
France como un literato fin de siglo. "Pertenece —dije— a la época
indecisa, fatigada, de la decadencia burguesa".
Pienso, sin embargo, que la requisitoria de Clarté
es, en algunos puntos, como todas las requisitorias, excesiva y extremada. En
la obra de Anatole France es ciertamente, vano y absurdo buscar el espíritu de
una humanidad nueva. Pero lo mismo se puede decir de toda la literatura de su
tiempo. El arte revolucionario no precede a la Revolución. Alejandro Blok;
cantor de las jornadas bolcheviques, fue antes de 1917 un literato de
temperamento decadente y nihilista. Arte decadente también, hasta 1917, el de
Mayaskowski. La literatura contemporánea no se puede librar de la enfermiza
herencia que alimenta sus raíces. Es la literatura de una civilización que
tramonta. La obra de Anatole France no ha podido ser una aurora. Ha sido, por
eso, un crepúsculo.
Mundial, Año V, Núm. 243, 30 de enero de 1925; La escena
contemporánea, Editorial Minerva, Lima, 1925, pp. 217-22; Social (La
Habana), abril 1926, pp. 16 y 73.
sábado, 4 de abril de 2026
José Carlos Mariátegui: Anatole France
ANATOLE FRANCE
José Carlos Mariátegui
El
crepúsculo de Anatole France ha sido el de una vida clásica. Anatole France ha
muerto lenta y compuestamente, sin prisa y sin tormento, como él, acaso, se
propuso morir. El itinerario de su carrera fue siempre el de una carrera
ilustre. France llegó puntualmente a todas las estaciones de la inmortalidad.
No conoció nunca el retardo ni la anticipación. Su apoteosis ha sido perfecta,
cabal, exacta, como los períodos de su prosa. Ningún rito, ninguna ceremonia ha
dejado de cumplirse. A su gloria no le ha faltado nada: ni el sillón de la
Academia de Francia ni el Premio Nóbel.
Anatole France no era un agnóstico en la
guerra de clases. No era un escritor sin opiniones políticas, religiosas y
sociales. En el conflicto que desgarra la sociedad y la civilización
contemporáneas no se había inhibido de tornar parte. Anatole France estaba por
la revolución y con la revolución. "Desde el fondo de su biblioteca -como
decía una vez un periódico francés- bendecía las empresas de la gran
Virgen". Los jóvenes lo amábamos por eso.
Pero la adhesión a France, en estos tiempos
de acérrima beligerancia, va de la extrema derecha a la extrema izquierda.
Coinciden en el acatamiento al maestro reaccionario y revolucionario.
No han existido, sin embargo, dos Anatole
France, uno parte uso externo deja burguesía y del orden, otro para regalo de
la revolución y sus fautores: Acontece, más bien, que la personalidad de
Anatole France tiene diversos lados, diversas facetas, diversos matices y que
cada sector del público se consagra a la admiración de su escorzo predilecta.
La gente vieja, la gente moderada ha frecuentado, por ejemplo La Rotisserie
de la Reine Pedauque y ha paladeado luego, como un licor aristocrático, Les
opinions de Jerome Coignard. La gente nueva, en tanto, ha gustado de
encontrar a France en compañía de Jaurés o entre los admiradores de Lenin.
Anatole France nos aparece un poco más
complejo, un poco menos simple del France que nos ofrecen generalmente la
crítica y sus lugares comunes. France ha vivido siempre en un mismo clima,
aunque han pasado por su obra diversas influencias. Ha escrito durante más de
cincuenta años, en tiempos muy versátiles, veloces y tornadizos. Su producción,
por ende, corresponde a las distintas estaciones de su época heteróclita y
cosmopolita. Primero acusa un gusto parnasiano, ático, preciosista; en seguida
obedece una intención disolvente, nihilista, negativa; luego adquiere la
afición de la utopía y de la crítica social. Pero bajo la superficie ondulante
de estas manifestaciones, se advierte una línea persistente y duradera.
Pertenece Anatole France a la época indecisa,
fatigada, en que madura la decadencia burguesa. Sus libros denuncian un
temperamento educado clásicamente, nutrido de antigüedad; curado de
romanticismo, amanerado, elegante y burlón. No llega France al escepticismo y
al relativismo actual. Sus negaciones y sus dudas tienen matices benignos.
Están muy lejos de la desesperanza incurable y honda de Andreiev, del pesimismo
trágico de El Infierno de Barbusse y de la burla acre y dolorosa de Vestir
al desnudo y otras obras de Pirandello. Anatole France huía del dolor. Era
la suya un alma griega, enamorada de la serenidad y de la gracia. Su carne era
una carne sensual como la de aquellos pretéritos abates liberales, un poco
volterianos, que conocían a los griegos y los latinos más que el evangelio
cristiano y que amaban, sobre todas las cosas, la buena mesa. Anatole France
era sensible al dolor y a la injusticia. Pero le disgustaba que existieran y
trataba de ignorarlos. Ponía sobra la tragedia humana la frágil espuma de su
ironía. Su literatura es delicada, transparente y ática como el champagne. Es
el champagne melancólico, el vino capitoso y perfumado de la decadencia
burguesa; no es el amargo y áspero mosto de la revolución proletaria. Tiene
contornos exquisitos y aromas aristocráticos. Los títulos de sus libros son de
un gusto quintaesenciado y hasta decadente: El Estuche de Nácar, El
Jardín de Epicuro, El Anilla de Amatista, etc. ¿Qué importa que bajo
la carátula de El Anillo de Amatista se oculte una procaz intención
anticlerical? El fino título, el atildado estilo, bastan para ganar la simpatía
y el consenso de la opinión burguesa. La emoción social, el latido trágico de
la vida contemporánea quedan fuera de esta literatura. La pluma de France no
sabe aprehenderlos. No lo intenta siquiera. El ánima y las pasiones de la
muchedumbre se le escapan. "Sus finos ojos de elefante" no saben
penetrar en la entraña oscura del pueblo; sus manos pulidas juegan felinamente
con las cosas y los hombres de la superficie. France satiriza a la burguesía,
la roe, la muerde con sus agudos, blancos y maliciosos dientes; pero la
anestesia con el opio sutil de su estilo erudito y musical, para que no sienta
demasiado el tormento.
Se exagera mucho el nihilismo y el
escepticismo de France que, en verdad, son asaz leves y dulces. France no era
tan incrédulo como parecía. Impregnado de evolucionismo, creía en el progreso
casi ortodoxamente. El socialismo era para France una etapa, una estación del
Progreso. El valor científico del socialismo lo conmovía más que su prestigio
revolucionario: Pensaba France que la Revolución vendría. Pero que vendría casi
a plazo fijo. No sentía ningún deseo de acelerarla ni de precipitarla. La
revolución le inspiraba un respeto místico, una adhesión un poco religiosa.
Esta adhesión no fue, ciertamente, un episodio de su vejez. France dudó durante
mucho tiempo; pero en el fondo de su duda y de su negación latía una ansia
imprecisa de fe. Ningún espíritu, que se siente vacío, desierto, deja de
tender, finalmente, hacia un mito, hacia una creencia. La duda es estéril y
ningún hombre se conforma estoicamente con la esterilidad. Anatole France nació
demasiado tarde para creer en los mitos burgueses; demasiado tempranos para
renegarlos plenamente. Lo sujetaban a una época que no amaba, el pesada lastre
del pasado, los sedimentos de su educación y su, cultura, cargados de
nostalgias estéticas. Su adhesión a la Revolución fue un acto intelectual más
bien que un acto espiritual.
Las izquierdas se han complacido siempre de
reconocer a Anatole France como una de sus figuras. Sólo con motivo de su
jubileo, festejado por toda Francia, casi unánimemente, los intelectuales de la
extrema izquierda sintieron la necesidad de diferenciarse netamente de él. Clarté,
negó "al nihilista sonriente, al escéptico florido", el derecho al
homenaje de la revolución. "Nacido bajo el signo de la democracia -decía Clarté-
Anatole France queda inseparablemente unido a la Tercera República".
Agregaba que "las pequeñas tempestades y las mediocres convulsiones de
ésta" componían uno de los principales materiales de su literatura y que
su escepticismo "pequeño truco al alcance de todas las bolsas y de todas
las almas, era en suma el efecto de la mediocridad circundante".
Pero, malgrado estas discrepancias y
oposiciones, nada más falso que la imagen de un Anatole France muy burgués, muy
patriota, muy académico, que nos aderezan y sirven las cocinas de la crítica
conservadora. No, Anatole France no era tan poca cosa. Nada le habría humillado
y afligido más en su vida que la previsión de merecer de la posteridad ese
juicio. La justicia de pobres, la utopía y la herejía de los rebeldes, tuvieron
siempre en France un defensor. Dreyfusista con Zolá hace muchos años, clartista
con Barbusse hace muy pocos años, el viejo y maravilloso escritor insurgió
siempre contra el viejo orden social. En todas las cruzadas del bien ocupó su
puesto de combate. Cuando el pueblo francés pidió la amnistía de Andrés Marty,
el marino del Mar Negro que no quiso atacar Odesa comunista, Anatole France
proclamó el heroísmo y el deber de la indisciplina y la desobediencia ante una
orden criminal. Varios de sus libros, Opiniones Sociales, Hacia los
Nuevos Tiempos, etc., señalan a la humanidad las vías del socialismo.
Otro de sus libros Sobre la Piedra Blanca,
que tiende el vuelo hacia el porvenir y la utopía, es uno de los mejores
documentos de su personalidad. Todos los, elementos de su arte se conciertan y
combinan en esas páginas admirables. Su pensamiento, alimentado de recuerdos de
la antigüedad clásica, explora el porvenir distante desde un anciano proscenio.
Las dratriatis personae de la novela, gente selecta, exquisita e
intelectual, de alma al mismo tiempo antigua y moderna, se mueven en un
ambiente grato a la literatura del maestro. Uno es un personaje auténticamente
real y contemporáneo, Giacomo Boni, el arqueólogo del Foro Romano, a quien más
de una vez he encontrado en alguna aula o en algún claustro de Roma. El
argumento de la novela es una plática erudita entre Giacomo Boni y sus
contertulios. El coloquio evoca a Galión, gobernador de Grecia, filósofo y
literato romano, que habiéndose encontrado con San Pablo, no supo entender su
extraño lenguaje ni presentir la revolución cristiana. Toda su sabiduría, todo
su talento fracasaban ante el intento, superior a sus fuerzas, de ver en San
Pablo algo más que un judío fanático, absurdo y sucio. Dos mundos estuvieron
en ese encuentro frente a frente sin conocerse y sin comprenderse. Galión,
desdeñó a San Pablo Como protagonista de la Historia; pero la Historia dio la
razón al mundo de San Pablo y condenó el mundo de Galión. ¡No hay en este
cuadro una anticipación de la nueva filosofía de la Historia? Luego, los
personajes de Anatole France se entretienen en una previsión de la futura
sociedad .proletaria. Calculan que la revolución llegará hacia el fin de
nuestro siglo.
La previsión ha resultado modesta y tímida. A
Giacomo Boni y a Anatole France les ha tocado asistir, en el tramonto dorado de
su vida, al orto sangriento de la revolución.
Variedades (Lima), Año XX, núm. 868, 18
de octubre, 1924, pp. 2589-92; La escena contemporánea, Minerva, 1925; Bohemia
(La Habana), 27 de septiembre, 1963, pp. 12-13.
viernes, 3 de abril de 2026
jueves, 2 de abril de 2026
La criada de Anatole France
Julio Camba
Un día, hará cosa de dos años, yo
tenía un asiento de imperial en un ómnibus Odeón Clichy para trasladarme
desde Montmartre al Barrio Latino. Al llegar a los grandes bulevares, el
ómnibus se detuvo y subieron varias personas. Los pocos sitios que había
vacantes se ocuparon enseguida, y quedaron en pie una muchacha muy bonita, un
señor con aspecto de teniente de la Guardia Civil y un joven de largos
cabellos, sombrero flexible y corbata lavalière.
Yo me apresuré a levantarme y le ofrecí mi
asiento a la muchacha.
-¿Es usted artista? -me preguntó entonces el
joven de la lavalière.
-Tal vez. ¿Por qué?
-Porque si usted supiera quién es este señor,
en vez de ofrecerle el asiento a esa señorita se lo hubiera ofrecido usted a
él.
-¿Este señor? -exclamé yo señalando al
presunto teniente de la Guardia Civil-. ¿Y quién es este señor?
-Es monsieur Anatole France -me
contestó el joven con mucho orgullo-. ¿Verdad que si lo hubiera conocido le
habría usted dejado su asiento?
-No, señor -le contesté. Yo admiro mucho a
monsieur Anatole France, pero también soy un gran admirador de esta señorita.
-Pues entonces usted no es un
artista -me dijo el joven.
-¡Oh, sí! -interrumpió Anatole
France-. El señor «se conoce» en obras de arte. Esa señorita es un chef-d'oeuvre.
-¡Le vieux polisson! -dijo la muchacha.
Anatole France no tuvo un gran éxito aquel día
en el ómnibus y, sin embargo, ha continuado siendo un gran partidario de los
ómnibus. A pesar de su aristocratismo, al maestro le gusta confundirse con el
pueblo. Su aristocratismo le impide asistir a las reuniones de la Academia o
hacerse diputado, pero no ir en los ómnibus ni meterse en los tranvías. Anatole
France adora estas dos cosas tan democráticas que son el periódico y el
ómnibus. Ahora ya casi no hay ómnibus en París. Se han suprimido las imperiales
en la mayoría de las líneas, y esto es una pena.
-¿Por qué no hace usted alguna interviú con
literatos franceses? -me preguntaba el otro día mi director.
-¡Hombre, sí! -me dije yo-. Iré a ver a
Anatole France y le pediré su opinión sobre la supresión de imperial en los
ómnibus de París.
Busqué en el Botin las señas del
ilustre escritor -5, Villa Saïd-, y aunque iba a interrogarle sobre los ómnibus,
tomé un coche para dirigirme a su casa. Anatole France vive pasada la Etoile,
en las cercanías el Bosque de Bolonia. Tiré de la campanilla y salió a criada.
-¿Monsieur Anatole France?
-¿Monsieur Anatole France?
-repitió la criada-.¡Pero si está en Argelia! ?No lee usted los periódicos?
-Muy poco, señora. ¿Y usted?
-Yo sí. Desde que estoy al servicio del señor
me he aficionado a la literatura. Yo comencé leyendo los periódicos para ver
qué decían del señor, y ahora los leo para ver lo que dicen de mí.
-¿De usted?
-Sí, señor. ¡Qué quiere usted! Cuando se está
al servicio de un hombre como monsieur France...
Y la buena mujer hizo un gesto como diciendo: «¡Inconvenientes
de la popularidad!».
-Pero ¿qué pueden decir de usted
los periódicos, señora?
-Calumnias. Injusticias...
-Envidias tal vez.
-Sí, señor. Envidias.
-No me extraña. Esas malas pasiones son muy
fuertes en los medios literarios.
-Mire usted el Gil Blas. Parece que el
señor había dicho que se iba a Argelia para sustraerse a los ennuis
domestiques. Pues el Gil Blas pone: /«Nous croyons qu'il s'en va pour se
soustraire aux domestiques, tout simplement». Yo quiero mucho al señor, pero
cuando vuelva le voy a exigir una aclaración.
La pobre mujer estaba muy sofocada.
-Es muy enojoso esto de servir a la gente de
letras -decía.
-Sí. Yo he conocido en España a la criada de
un novelista que no había cobrado un céntimo en tres años.
-¡Oh! El señor me paga muy bien. Yo no quiero
que los periódicos españoles digan que no me paga.
Me paga puntualmente, y a mí me gusta servirle
porque siempre es mejor servir a un académico que no a un épicier. Ya ve
usted, con el nombre que yo me he hecho aquí, no me faltará nunca una buena
colocación. Pero, en cambio, ¡cuántos disgustos me proporciona la popularidad!
No. No se puede servir a la gente de letras. ¿Conoce usted al criado de
monsieur Tristán Bernard?
-No, señora.
-Pues el otro día, el criado de
monsieur Tristán Bernard dejó la casa y le pidió un certificado a su amo. ¿Y
sabe usted lo que le puso en el certificado monsieur Tristán Bernard? Pues
puso: «Yo certifico que el llamado Juan, mientras ha estado en mi casa, me ha
hecho menos servicios de los que me ha roto». Todo porque un día Juan le rompió
un servicio de té. Bien es verdad que monsieur Tristán Bernard no es un hombre
serio.
-¿Y monsieur France?
-¡Oh! ¡Monsieur France! Si se guiara por mí,
no haría muchas cosas de las que hace. Los días que hay reunión en la Academia
yo le cepillo la levita y la chistera, y se lo llevo todo a su cuarto. «¡Que
hoy es día de sesión -le digo-; a ver si se anima a ir!» Y no va nunca. Yo
pienso que el señor debería asistir a las reuniones de la Academia, y monsieur
Jules Lemaitre piensa como yo. En cambio, se va a los mítines con todos esos
anarquistas de la Guerre Sociale. ¡Un hombre que tiene una posición como
la suya!... ¿Y hace dos años? ¿Quiere usted creer que monsieur France, todo un
señor académico como monsieur France, se subió a un aeroplano? ¿Le parece a
usted serio?
¡A su edad!... Lo mismo que eso de los
banquetes rabelesianos. Ya sabe usted que el señor va a todos los banquetes de
los amigos de Rabelais. Yo no conozco a monsieur Rabelais; pero he oído decir
que en esos banquetes se come con exceso, y el señor está muy delicado del
estómago.
-Pues yo había venido -le digo a la buena
mujer- para hablar con monsieur France acerca de los ómnibus. Yo he conocido a
monsieur France en el ómnibus Odeón Clichy.
-También eso de los ómnibus es una manía. Un
señor que dispone de un automóvil magnífico. Monsieur Lemaitre, que es
realista, está muy contento cada vez que el señor le saca a pasear en
automóvil. A mí me parece muy bien que hayan suprimido las imperiales de los
ómnibus. Con eso, el señor no volverá a subirse a ellas. Ya no es un chico, y
algún día se podría caer.
He aquí la opinión que me han dado en casa de
Anatole France acerca de los ómnibus. Yo he ido allí a buscar una opinión sobre
los ómnibus, y como Anatole France no estaba, me la dio su criada. La criada de
Anatole France, por otro lado, es perfectamente conocida en los medios
literarios de París, y en el mundo tiene mucha más importancia ser criada de
Anatole France que pertenecer a la Academia Española de la Lengua. Es decir,
que a un lector de Berlín, de Londres o de Nueva York no le extrañaría ver en
su periódico este título: «Lo que dice la criada de Anatole France», mientras
que le extrañaría mucho ver este otro: «Lo que piensa Octavio Picón».
Publicada como «Anatole France» en el periódico La Tribuna,
16-IV-1912. Julio Camba la recoge, siempre con ese título, en Playas, ciudades y montañas, Renacimiento,
Madrid, 1916, pp. 178-84; reed., 1927,
pp. 168-70; en Alemania, Londres. Playas, ciudades y montañas…, 1948. También
recogida en Caricaturas y retratos, Fórcola, 2013, y Julio Camba;
Obras 1916-1923, 2020.