sábado, 28 de febrero de 2026

Después de muerto



Pedro Marqués de Armas


                                     A Julio Ramos


En avícola granja de Isla de Pinos

donde por mal comportamiento

te destinaron –oh música mala–

las gallinas cacareaban tu nombre

al amanecer


Oh Nicolás

            Oh Nicolás

                         Oh Nicol

                                      hazzz


Y se quedaban tan panchas


Por eso te dio por quemar(las)

con querosene del que engorda

el pico


Te desquiciaron, sí,

te demolieron, sin miramiento

–tramoyistas, simples asistentes,

gente de cine, en fin, los blanqui-

renegridos

enfermeros de Mazorra


Solo el sol matérico picando duro,

sonando seco sobre los del baile,

cegando (a los deslumbrados

metalúrgicos)

redime un

tan


Aunque mirar(lo)

de frente

nadie pueda

(La Rochefoucauld)


Sol extensible de un cabo al otro

de la Rampa hasta Buey Arriba

hasta el Tao (sic) y la Liga

contra la Ceguera


Sol portátil sobre los “umbracos”

en la ciudad invadida de café y paja

el año de la Gran Derrota


A la propaganda opusiste

la vieja publicidad, ironía y orgullo

a destiempo con lo que se volvía

más que nunca

cuestión de Estado


Pero ya suena el cencerro

y el punzón

en la lápida


Que no hay sintaxis ¡no!

como no hubo sino un regreso

tardo al Moloch (de la Barba)

escoltado (aún) por la tonada boba

que casi lo deja

lampiño


Captaste el movimiento del gentío:

baile rápido para conjurar la milicia

y lento, para calar cuán enfermo

estamos


Eros así, jamás se bailó


Por si te quieres

por el pico

divertir


                             2017


 Publicado en la antología bilingüe (ver aquí): Make It True Meets Medusario, Edited by José Kozer, Paul E. Nelson & Thomas Walton, (y acá): Pleasure Boat Studio: A Literary Press, 2019. 


miércoles, 25 de febrero de 2026

El cine visto por Guillermo Cabrera Infante





Enfoque, núm. 4, Santiago de Chine, Verano-Otoño 1985, pp. 61-69. Tomado de Biblioteca Nacional Digital de Chile. 

martes, 24 de febrero de 2026

La ficción es el crimen que paga Poe

                                        



Cuadernos del Norte, núm. 19, 1983. 


domingo, 22 de febrero de 2026

Prólogo a Cosecha roja

 

   Luis Cernuda

  El novelista Dashieli Hammett acaba de morir en Nueva York. Después de haber gustado a tantos lectores, me parece, aunque carezco de noticia bastante como para permitirme afirmarlo, ha debido morir en medio de ese olvido que, tras unos años de éxito ruidoso, desciende de pronto y sin razón visible sobre tantas figuras aparentemente queridas y admiradas por el público norteamericano. Porque, admitámoslo prontamente, se trata de un escritor de gran público, no uno de aquellos que entre nosotros acostumbraba a llamárseles, con expresión bien cursi, y precisamente por los mismos años cuando Hammett gozaba de más éxito, un escritor para «minorías selectas». El propio Dashiell Hammett no dejaría de reírse si pudiera oír eso de ser o de no ser un escritor para «minorías selectas», porque en él se reconoció, al mismo tiempo que a un best-seller, a un escritor para escritores, a un técnico agudo en el arte de la novela y a un estilista.

  Nacido en St. Mary's County, Maryland, en 1894, tuvo adolescencia y juventud bien agitadas y variadas, lo mismo que no pocos otros escritores compatriotas suyos, comenzando a trabajar a los catorce años como recadista de una compañía ferroviaria, para pasar luego por diversos oficios hasta emplearse como detective privado, tarea que interrumpe la primera guerra mundial. Dañada su salud en ésta, recluido en hospitales varios, vuelve después al menester detectivesco, en medio del cual comienza a escribir. El éxito llega para él tras un período largo de trabajo duro y de incertidumbre.

  Entonces, ¿es Dashiell Hammett un escritor de valor pasajero o un escritor de los que sobreviven a su tiempo? Lo de sobrevivir a su tiempo es cuestión espinosa y no corresponde a nosotros decidirla. En sus momentos mejores nos parece superior a otros escritores que pasan por estar destinados a sobrevivir a su tiempo, como por ejemplo Hemingway y hasta Faulkner, tan aburridos ambos en mi experiencia de lector, aun admitiendo la diferencia de valor que, a favor del segundo, hay entre él y Hemingway. Es interesante la indicación de que el parecer de André Gide, nada fácil en sus preferencias, era favorable a Dashiell Hammett, y en su Journal de 1942­1949 hace varias referencias al mismo, que vamos a citar.

  El 12 de junio de 1942, dice: «He podido leer..., con asombro considerable bien cercano a la admiración, Cosecha Roja, de Dashiell Hammett (a falta de la Llave de Cristal, libro tan recomendado por Malraux, pero que no puedo encontrar por ningún lado).» El 16 de marzo del año siguiente, insiste: «Leído con vivísimo interés (y ¿por qué no atreverme a decir que con admiración?) The Maltese Falcon, de Dashiell Hammett, del cual hasta el verano pasado no había leído, y en traducción francesa, sino la asombrosa Cosecha Roja, muy superior al Falcon, al Thin Man y a una cuarta novela, evidentemente escrita por encargo, de cuyo título no me acuerdo. En lengua inglesa o, por lo menos, norteamericana, mucha de la sutileza en los diálogos me pasa desapercibida; pero en Cosecha Roja esos diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway y hasta con Faulkner; todo el relato mismo de una habilidad y cinismo implacables... En ese género particular es lo más notable que he leído, según creo. Curioso por leer la inencontrable Llave de Cristal, que tanto me recomendaba Malraux.»

  El 22 de marzo del mismo año indicado, alude otra vez a Hammett: «Avanzo con dificultad en Chance; el libro menos bueno de Conrad que yo conozca (y conozco gran número de ellos). Esa lentitud minuciosa parece aún más cansada tras el paso vivo de Dashiell Hammett.»

  Gide casi admira, sin atreverse a reconocerlo, la novela Red Harvest, bien que admita que, entre una novela como ésa y otra de un novelista «artista», como la indicada de Conrad, ésta semeja lenta, pesada diríamos, para hablar francamente. En efecto, una novela como Red Harvest deja atrás, caduca a una cantidad de novelas que parecen o, mejor, parecían tener valor superior, pero que encontramos aburridas, y una cualidad esencial en el novelista es la de entretener al lector.

  The Glass Key y Red Harvest sí nos entretienen y reconocemos que lo consiguen pulcra y seriamente, sin concesiones mercenarias al gusto vulgar: a la facilidad, a la superficialidad, al efectismo. Mas una vez leídas, y admitida la honestidad y el talento de su autor, acaso aún nos parezca que su lectura no ha alcanzado a despertar nuestra simpatía honda ni nuestra admiración indudable. Leemos para divertirnos o para aprender, quiero decir para nuestro aprendizaje intelectual, y poco podríamos aprender de una lectura cuando ésta, además de entretenernos, no consiga asociarnos íntimamente con ella, no despierte en nosotros la emoción de compartir una experiencia excepcional, tanto intelectual como humanamente.

  Para conseguir eso, la visión de la realidad debe ir entreverada de afecto y de ironía, lo cual, desde Cervantes acá, ha sido meta del arte novelesco. Un novelista actual como Lawrence Durrell, por ejemplo, la alcanza en ocasiones; para comprobarlo léase ese episodio, en Bitter Lemons, sobre la compra de una casa en Chipre. Mas no basta, sin embargo, para proporcionarnos la entera emoción de hallarnos ante una honda verdad artística. En la vida ordinaria no vemos sino lo visible de ella y de los seres humanos; para verlos enteramente, para calar hasta esa zona invisible que ni ellos alcanzan a penetrar en sí mismos, donde la trivialidad e insignificancia aparentes pueden realzarse con un viso mágico, alternativamente poético, dramático o trágico, es necesario que el novelista, aliado con el poeta, nos dé vislumbre de esa otra dimensión humana que, desde Shakespeare acá, nos fuera revelada para siempre. (Y perdóneseme que saque a colación tan grandes nombres como los de Cervantes y Shakespeare.) No es necesario, ni fácilmente posible, que el novelista alcance adonde Cervantes y Shakespeare alcan­zaron (aunque Dostoiewsky y Galdós sí alcanzaran), ya basta con un acercamiento mayor o menor a esta meta ideal.

  Nuestro escrúpulo excesivo nos está llevando a esperar de Dashiell Hammett cosas que él, probablemente, no pretendía ni buscaba; ya es bastante lo que nos da: realidad, consistencia, interés. Además, el ambiente intelectual de su país cuando él escribe sus libros no había llegado aún a la «sofisticación» literaria alcanzada en años posteriores, si no en general, al menos por un sector lo bastante fuerte como para imponer al resto sus opiniones como las adecuadas. Recuérdese que Joyce ha conseguido en Estados Unidos un reconocimiento y respeto más extensos que en otro país cualquiera; recuérdese el éxito reciente de un escritor tan exquisitamente real y poético como Truman Capote.

  Dashiell Hammett escribe en la época cuando la Ley Seca y las bandas de gansters daban a la vida norteamericana un carácter especial, y las obras de aquél, realistas como son, adquieren ese tono hard-boiled que sirvió luego para denominar genéricamente a tal clase de novelas. No sería justo exigirle, pues, que supo ver y expresar aquel ambiente con acuidad singular, dotándolo, por la reticencia y la aguda notación psicológica con que lo expone, de un valor novelesco indudable, que buscara también algo acaso extraño al mismo: la dimensión poética. Esta, de haber intentado darla, acaso le resultara falsa, tanto en lo puramente delicado como en lo dramático.

  Queda otra cuestión por aludir, concerniente al género novelesco que cultiva Dashiell Hammett: que ese género puede parecer a muchos secundario, por no decir mercenario. Gide tal vez lo insinúe, al hablar de «ese género tan particular», refiriéndose a la novela de detection. Dicho género novelesco, que Poe inaugura brillantemente con sus dos historias The Murders in the Rue Morgue y The Mystery of Maríe Roget, con su juego ingenioso de observación y deducción, tiene luego un largo y vario proceso en manos de unos y otros. Pues bien, a Hammett, aunque en no pocos de sus relatos y novelas el protagonista o agente es un detective (él crearía, con Samuel Spade, su personaje detectivesco), no me parece que se le pueda considerar estrictamente, al menos en sus libros mejores, como conforme al patrón del género. No hacemos la salvedad para excusarle de haber cultivado un género secundario o mercenario, sino porque, en efecto, no nos parece que The Glass Key y Red Harvest contengan propiamente misterio a descubrir ni trama siniestra a revelar.

  El detective que actúa en Red Harvest (1929), para romper el círculo de la sórdida y terrible historia que allí se desarrolla, es, por lo pronto, polo opuesto de aquellas figuras románticas de tantas historias detectivescas, y carece del halo con que ya Poe provee a su Auguste Dupin y Conan Doyle subraya y teatraliza aún más en su Sherlock Holmes. El detective que Hammett pone ahí en escena es de edad mediana, bajo y gordo, pero es igualmente eficaz que Dupin o Holmes en la tarea y, aunque su técnica sea bien distinta, realiza la hazaña de romper primero y exterminar después, gracias al procedimiento de enfrentar a unos gangsters con otros, la red con que aquéllos estrangulaban a Personville, donde fue llamado para asunto de su profesión y donde su olfato natural e incentivo profesional le obstinan en la tarea. Un juego de palabras al comienzo del libro, entre el nombre de ciudad, Personville, y como lo pronuncian algunos, Poisonville, nos encamina hacia la sátira y crítica del estado social del país en el momento que escribe, implícitas en la obra de Hammett.

  A este tipo de novela, donde apenas parecen concurrir las circunstancias del género detectivesco, algunos lo han llamado thriller, aunque tampoco en este caso la denominación nos parezca adecuada. Lo característico es la astucia extraordinaria con que la acción y el relato de la misma están conducidos. Ya dijimos que Hammett no hacía concesiones ningunas a la facilidad, superficialidad ni efectismo. En cuanto a crear personajes, muchos de los suyos son inolvidables, como esta Dinah Brand de Red Harvest. La perfección del diálogo y el paso ágil y alerta de la acción, son absorbentes, como siempre en los libros mejores del autor.

  En The Glass Key (1931), que Malraux con tanta razón recomendaba a Gide, el protagonista, Ned Beaumont, no es un detective, sino guardaespaldas y factótum del gangster Paul Madwig. La acción, tan viva como en Red Harvest, gira sobre el tema reticente de la lealtad en Ned para con Madwig, enamorados ambos (digamos enamorados, aunque sentimientos y pasiones sean aquí demasiado complejos como para designarlos con una sola palabra), de Janet Henry, hija de un personaje político corrupto. Ned Beaumont guarda el secreto de esa atracción, acaso hasta para consigo mismo, hasta bien avanzado el relato. Su amistad y lealtad para Madwig le lleva a emprender (acaso como compensación, ya que sabe cómo Janet está enamorada de él y no de Madwig) en el underworld de gangsters que regenta la ciudad, y para deshacer la amenaza contra el imperio de Madwig, una tarea equivalente a la del detective en Red Harvest.

  Ese sentimiento inconfesado de lealtad y de nobleza da al libro delicadeza recóndita, sin aludirse a él, dejando que el lector lo presienta si quiere y si puede. La acción es violenta en extremo: movida por la crueldad, la fuerza bruta y el instinto criminal, que se exhiben sin recato al sin recato alguno, contrasta en ella el pudor de los sentimientos nobles, de los actos desinteresados que, en cambio, quedan presentidos. Diálogo y relato se expresan con crudeza y sangre fría, con aparente insensibilidad que es en extremo curiosa: es una acción entre hombres, hombres fuertes y duros para quienes sería humillante y nada viril cualquier gesto de delicadeza. Por eso mismo resalta más la actitud noble de Ned Beaumont para con Paul Madvig. El amor apenas se exterioriza: lo presentimos latente en la acción. Ése es uno de los rasgos singulares en la novela de Dashiell Hammett: que los motivos de la acción quedan ocultos y el lector avanza por ella en una especie de niebla; hay que leer el libro con atención bien despierta para calar en la intriga y en los personajes. Lo cual es prueba de arte novelesco sutil y, ¿por qué no?, refinado bajo la crudeza y sarcasmo exteriores, los cuales no dejan de apuntar más o menos directamente, como ya dijimos, a la sociedad y al tiempo en que los personajes viven.

  The Thin Man (1934) responde mejor al patrón de la novela de detection. Tenemos ahí a un ex detective profesional que se ve casi obligado a investigar un misterio: dónde está el invisible Clyde Wynant. The Maltese Falcon (1930), que sigue a la anterior en mérito decreciente, tiene también como héroe a un detective, Samuel Spade, que aparece en otras novelas largas y cortas de Hammett, dedicado aquí a la doble tarea de hallar el halcón de oro y de esquivar los engaños e intrigas de Brigid O'Shaughnessy que, sin decírselo, lo quiere para ella. Esta es, en su egoísmo y codicia, personaje curioso: terrible y en apariencia de una dulzura inerme ante el hombre. Mas la búsqueda del halcón, siempre dilatada por medio de nuevas intrigas, resulta a la larga monótona. Blood Money (1927) recuerda algo a Red Harvest en la astucia para deshacer el grupo de gangsters (aquí asociados en un robo considerable) y el engaño y doblez enconados que éstos practican para deshacerse unos de otros. Entre ellos son memorables la atlética Big Flora y el aparentemente inocuo Papadopoulos, cobarde y traidor, mastermind en la maquinación del robo, y hacia el cual Big Flora parece experimentar una curiosa atracción medio maternal medio sexual. The Dain Curse (1929) acaso sea, entre las de su autor, la novela de menos valor.

  Quedan sus novelas cortas y cuentos, los que al comenzar estas líneas no era nuestro propósito comentar suficientemente. De interés unos y otros, algunos de valor, por ejemplo, The Green Elephant, tienen un interés adicional: marcar más claramente que las novelas la frontera, en la obra de Hammett, entre lo novelesco literario y lo sensacional del thriller. Mas ya de un lado, ya de otro en esa frontera, la obra de Dashiell Hammett posee siempre la facultad de entretener poderosamente al lector. ¿Cuánto tiempo durará en ella dicha facultad? Nadie puede responder a eso. Los tiempos cambian y las diversiones humanas también; lo único que no cambia es la sempiterna necesidad humana de entretenimiento. Cervantes lo sabía, como indica el prólogo a sus Novelas Ejemplares: «Que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean: horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse».

  Y aunque la ocupación religiosa haya cedido algo en nuestro tiempo, según creo, y dejado por tanto horas desocupadas de un lado, que de otro ocupe la tan incrementada asistencia a los negocios, aún le quedan al hombre, aparte del tiempo que dedica a los entretenimientos del día, horas libres durante las que requiere materia para divertirse. Y ¿dónde mejor que en la lectura? Como no me figuro que le basten siempre a tal propósito libros como esos que se incluyen en tantas inefables listas de «diez mejores libros» (donde suelen incluirse no los libros que se han leído, sino los que se cree conveniente pretender como leídos), agradezcamos a Dashiell Hammett, que con tanta destreza y talento proporcionara a muchos, con sus obras, nueva y adecuada materia para satisfacer una necesidad humana vieja como el hombre.  

                                                           1961                                                                                                       

  Prólogo a Cosecha roja, Alianza Editorial, 1967.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Una hora con Freud

 

   Michael Ignatieff

 

  Aquel otoño Berlin hizo una visita al más famoso refugiado de la Europa nazi, Sigmund Freud. La mujer de Freud estaba emparentada con un amigo de la familia, Oscar Phillip. A través de este intermediario, Isaiah quedó en ir a la casa de Mansfield Gardens un viernes por la tarde en octubre de 1938. Le abrió la puerta el propio Freud, que le invitó a pasar a su célebre despacho con las estatuillas y figuritas egipcias y griegas dispuestas ya sobre cualquier espacio libre de su escritorio y en las vitrinas y estanterías. Cuando Freud le preguntó a Berlin a qué se dedicaba, e Isaiah le respondió en alemán que intentaba enseñar filosofía, Freud le respondió con sarcasmo: “Entonces pensará que soy un charlatán”. No estaba nada lejos de la verdad, pero Berlin protestó: “Doctor Freud, ¿cómo puede pensar una cosa así?” Freud entonces señaló hacia una figurilla que había sobre la chimenea. “¿Adivina de dónde es?” Cuando Berlin le dijo que no tenía ni idea, Freud contestó: “Es de Megara. Veo que no es usted pretencioso”. A continuación le explicó que había llegado hasta Londres gracias a la intercesión de la princesa Marie Bonaparte e inquirió si Isaiah tenía algún conocimiento sobre los miembros de la familia real griega. Cuando éste dijo que no, Freud respondió: “Veo que no es usted un esnob”.

 Concluida esta parte del interrogatorio, Freud empezó a reflexionar en voz alta sobre la posibilidad de establecerse profesionalmente en Oxford. Berlin dijo que con seguridad los servicios del doctor Freud estarían muy solicitados en un lugar como Oxford, y mentalmente imaginó una placa de latón discreta y bruñida en alguna puerta de Oxford que rezara “Dr. Freud, consulta de 2 a 4 de la tarde” y una fila de neuróticos de dos kilómetros de longitud.

 En ese momento la esposa de Freud, una mujer dulce de setenta y tantos años, entró con un gesto divertido e irónico en la cara y preguntó: “Usted conoce a mi primo Oscar. ¿Es un judío practicante?” Berlín dijo que lo era. Ella continuó: “Toda mujer judía desea encender las velas del Sabat los viernes por la noche, pero este monstruo”, y señaló a su marido, “lo prohíbe. Dice que es superstición”. Freud asistió gravedad burlona y dijo: “La religión es superstición”. Claramente, aquello era una broma entrelazada en el tejido mismo de su matrimonio.

 Después de esto, los Freud, su nieto Lucian y Berlin tomaron el té en el jardín, en una atmósfera que, según recordaba Berlin, era pura Viena circa 1912. El anciano Freud estaba en la etapa penúltima de su cáncer de mandíbula, pero no dio una sola muestra de dolor, malestar o lamentación. Cuando hubieron tomado el té, Berlin se marchó, con el sentimiento de haber pasado una hora en compañía no de un genio, pero sí de un viejo doctor judío, inteligente, malicioso y sabio.

 

 Traducción: Eva Rodríguez Halffter


 Isaiah Berlin. Su vida, Taurus, 1999, pp. 129-30.


martes, 17 de febrero de 2026

Balada del psicoanálisis

  

Lawrence Durrell

  

(Lunes)

Sueña que la persigue un negro presumido

Pero una caída de agua en el rostro de carbón 

                                      obstruye el sueño.

Algo largo y enjuto como un cable,

Lento como un glaciar, frío como cosmético,

Algo en su interior susurra: "¡Grita!"

 

(Martes)

Sueña que la persigue un hombre en camisón,

Lawrence de Arabia vestido con una sábana,

Luego la encierran los tripulantes de un barco Liberty con

Pilas y pilas y pilas de carne enfriada

Mientras las voces repiten: "Come".

 

(Miércoles)

Sueña que está esposada a un empresario de bailes,

Que la persiguen alrededor de una pista de patinaje:

Engulle el anillo de compromiso de su dedo,

Cae en un charco pero no puede hundirse

Aunque sus prendas íntimas comienzan a encoger.

 

(Jueves)

Sueña que es reina de una montaña de corcho,

Demasiado caliente para caminar sobre ella, 

                       demasiado fría para usarla.

Desnuda, pincha con un tenedor de tostadas

Una estatua de Venus recostada:

No se cobran extras por el deterioro natural.

 

(Viernes)

Sueña que es un equipo de perros que arrastra 

                                           al pobre Scott

De un tirón hasta los confines del polo,

Pero de súbito la nieve se vuelve ardiente,

y cuando llegan el polo es apenas un agujero vacío,

Un geyser que silba en una montaña de carbón.

 

(Sábado)

Sueña que es la reina de una civilización urbana,

Encantadora como Elena pero condenada a ajarse.

Bajo sus muslos fluyen los ríos capitales,

El Rin y el Valga mansos como aceite,

Hamlet le ofrece un florete embotado.

 

(Domingo)

¿Qué tiene ella, que nosotras no tenemos?

¿No es acaso feliz y además encantadora?

Sueña que su marido es un director de Banco

Encerrado en la jaula de los monos del Zoológico.

Éste es el cuadro clínico, pero ¿qué podemos hacer?

 

  Traducción: Celia García Terrés


 Versión de la Revista REUNIÓN, Buenos Aires, Verano/1949. Se reprodujo en Revista de la Universidad de México, Enero-Febrero, 1963. p. 48.


domingo, 15 de febrero de 2026

Sitiocampo

 

   Pedro Marqués de Armas 

 

  Aunque te empujara con mano maestra (aunque te empujara por los derriscaderos), esos huequitos no te los abrió la historia. Se dice fácil, pero a veces es necesario abrir la calota y, a ras de la duramadre, tirar hasta el fondo. Como si se tratara de sostenerse al filo de lo que no es lenguaje: el velo del amnios, el muladar con las momias, y lo que llaman “parte trasera” en una escuela rural. Solo allí comienza lo narrado: nacimiento y muerte en setos de Campeche, no en camas de hospitales suizos.

  Oh tú ajeno hasta el extrañamiento.

  Como Woyzeck, antes de salir a escena.



  De Óbitos (2015). 


sábado, 14 de febrero de 2026

El exilio invisible

 


  Guillermo Cabrera Infante

 

       "¡Es horrible! Pero ¿a qué arte diabólica debe someterse a un hombre para que lo vuelvan invisible!". "No es un arte diabólica. Es un proceso..." 

                 H. G. Wells, en El hombre invisible

 A veces, me creo invisible. Sucede cuando me quito mi americana detweed, mi pull-over de lana, mis pantalones de pana y mis zapatos de vaqueta virada; luego, toda la ropa interior, y me miro al espejo ¡y no veo nada! ¿Seré como el extraño que llegó a una inn, lejana posada inglesa, un día de invierno, invisible de veras? Al menos, mucha gente me lo hace creer, como si yo fuera una versión del rey que iba en cueros y nadie se atrevía a confesar lo que veía. Soy el revés del rey, por supuesto. Voy vestido, pero el efecto es como si fuera disfrazado, aunque me quede desnudo: si me quito toda mi ropa inglesa, nadie ve nada. Soy (lo sabe hasta el proverbial niño de cinco años) un exiliado cubano. Existo, pero no en exilio. Mi hábito me hace inglés, pero mi desnudez me aniquila. Sólo soy yo gracias a mi vestimenta.

 Hasta la palabra que podría designar mi status es diferente para mí ahora. En Cuba, antes, por ejemplo, los republicanos refugiados de la guerra civil, llámense Casona o El Campesino, era exilados. Ahora todos los desterrados que hablan español por el mundo en diáspora son exiliados (menos los cubanos). Debemos recordar a esos judíos que venían huyendo de Hitler que tampoco eran exiliados: eran judíos, casi intocables. Lo mismo pasa con los exiliados cubanos, judíos de Castro. No somos marranos, pero somos gusanos (apelativo castrista). Goebbels inventó un mote parecido para los judíos: ungeziefer (alimañas). Es fácil eliminar a un hombre cuando no es ya un hombre, sino una alimaña o un gusano; pero siempre hay sangre, cadáveres: un embarro. Es más limpio hacerlo invisible. Mi invisibilidad recuerda, a ese escamoteo verbal que practicaba la Real Academia de la Lengua para eliminar lo indeseable. Así, el Diccionario manual (ilustrado) olvida la palabra exilio, y en la página 711, columna A, salta de exiguo a eximio, con arte de birlibirloque, pero en medio (¿para pedir perdón o cubrir la vacante?) pone eximente. ¡Presto! El exilio desapareció y los exiliados o exilados se esfumaron hacia el limbo lingüístico o legal. ¿Busionismo o mera ilusión? Para Franco (mi edición es la de Espasa Calpe de 1950) no había exilio: había sólo una roja desbandada. Los exiliados no existían, españoles o no. Como decía ese otro tirano grotesco, el rey Ubú: "Si no hay Polonia, entonces no habrá polacos" (como para que medite Jaruzelski sobre su problema polaco y una posible solución rusa). Si no hay exiliados, no hay exilio: es una simple proposición lógica. En Cuba, donde todos los emigrantes españoles eran gallegos (como si los cubanos no sólo presintieran a Franco, gallego epónimo, sino que Fidel Castro, gallego anónimo entonces, también sería posible: cosa curiosa, la taxonomía tiene más de magia que la astrología), los judíos eran para nosotros polacos todos, Así, el cubano de la calle fue más efectivo que Hitler y pudo encontrar la solución final desde el principio (desde antes, es más). Para los que creen que todo mañana será siempre mejor (como si acortaran la palabra futuro a mero fruto), el gran Diccionario de la Real, edición de Espasa-Calpe de 1956, admite el exilio, pero no los exiliados.

 La Limpia y Fija puede ser, sin embargo, en su progreso retrógrado (sí que existe este movimiento: no en física, pero en política), más resueltamente avanzada que muchos escritores llamados progresistas simplemente porque no quieren confesarse comunistas. Un conocido crítico literario uruguayo escribe un largo y sesudo ensayo sobre el exilio en América, y no encuentra más que un cubano exiliado o exiliable: José Martí. ¿Habrá que recordar al lector español que Martí murió, no de naturaleza, en 1895? Un escritor suramericano, laureado, hace un discurso ante una academia, pero no sobre literatura, sino sobre exilios, y escoge a Chile -¿arbitrario?- como el país más dado al exilio. Un millón de chilenos ha abandonado a Pinochet a su soledad de los Andes, asegura auténtico. ¡Es un diezmo!", terminó el informe para académicos, sin una sola mención a Cuba, país modelo en cuanto a la forma de tratar a sus disidentes y descontentos, como se sabe. La exquisitez de Fidel Castro en estas cosas es ejemplar.

 Pero la verdad desnuda es boyante y siempre sube a flote en todo medio espeso. Hay cerca de un millón y medio de cubanos viviendo en el exilio desde 1959 (algunos miles eran batistianos, cierto; pero entre ellos estaba también -¿casualmente?- el primer presidente castrista), y es sólo ahora que la población de la isla rebasa los 10 millones de habitantes. Se trata, como es obvio, de algo más que un diezmo. Es, de hecho, diezmo y medio, pero inmencionable, tabú. Como al olmo, al futuro se le piden peras, no peros.

 Un escritor porteño pasea melancólico por las bibliotecas de Europa su largo exilio apolítico y, tras haber asumido la frase francesa "nada mata tanto a un hombre como verse obligado a representar su país", se permite los riesgos del inmortal y no sólo representa a otro país, y a otro, y a otro, sino hasta un continente y una causa. Su exilio se había hecho apocalíptico. Este escritor, que había abandonado Argentina en 1952, odiando a Perón hasta la náusea física, pero aún más a Evita, aparentemente sufrió el síndrome que su maestro argentino diagnostica como hecho de "sucesivas y encontradas lealtades". Así, fue exiliado antiperonista; luego, peronista; después, antimilitares antiperonistas, y ahora, generalizante militante d'apres des iles Malvinas. Pero, preguntado por un periodista mexicano por los escritores cubanos exiliados, declaró, con énfasis en sus erres todavía francesas: "No hay escritores exiliados de la Revolución. No hay más que gusanos". Lo que, por supuesto, niega la posibilidad de alfabetizarse a toda larva analfabeta y, de paso, el acceso a la escritura a cada gusano que quiera brillar ilustrado como mariposa literaria. Este escritor será materialista, pero naturalista no es. Estará cerca de Marx, pero lejos de Linneo.

 Un grupo de refugiados políticos antiguos y actuales se reúne en Madrid para intercambiar memorias del exilio. Los hay de todas partes de España y de América (menos de Cuba). Nadie -está de más decirlo- echó de menos a los cubanos, los exiliados americanos que llevan más tiempo en España. ¡Curioso y curioso!, diría Alicia, furiosa. Había en este simposio neoplatónico hasta un inusitado diplomático mexicano en funciones, que debía ser un exiliado oficial o un observador de la ONU. Pero los cubanos, visibles en todas partes, ya innombrables, eran allí invisibles. Es cierto que la reunión era más frívola que seria, a pesar de la edad respetable de los reunidos. Era como una cana al aire político. Se llegó incluso a hacer el elogio del exilio como si fuera un gusto adquirido. Pruebe, por favor, un poco más de ostracismo. ¡Ummm! ¡Qué delicia! Parecía, de veras, cierta nostalgia de Franco invertida (como Vizcaíno Casas, pero con comicidad más espontánea). Este elixir de exilio era español en la memoria colectiva y -¿por qué no decirlo?- festiva. Pero recuerdo hasta exiliados andaluces que, como no eran gitanos, eran infelices. Conocí, por ejemplo, al más triste de todos los poetas españoles exiliados, Luis Cernuda, y me pareció un hombre calmo, pero desesperado: una especie de suicida tan correcto que no se pegaba un tiro por temor de herir a sus amigos. Cernuda, ciertamente, no habría estado en este convivió.

 Ahora, el ministro de Cultura de Castro (que existe, porque lo he visto en fotos, bien visible en su traje oscuro a rayas blancas verticales: todo, hasta el chaleco, lo hacía indiscernible de un capo secundario en El padrino) declara a EL PAÍS, con su gerundio atropellado, que no hay escritores de alta "escala intelectual" que hayan abandonado el país (queriendo decir Cuba), y nombra a Juan Marinello (a quien llama Marinero, ¿en tierra?), a Fernando Ortiz, a Carpentier y a Lezama Lima con el mismo ceceo ansioso. Pero olvidó decir que todos los mencionados están en Cuba ¡porque están muertos! Hace tiempo que todos ellos (y ahora incluyo yo a Virgilio Piñera, el mejor teatrista cubano de todos los tiempos, que también se quedó en Cuba para vivir de miedo y morir de un susto sostenido) están bajo tierra, y si no los secuestran los gusanos de Hamlet, polític worms, no veo cómo podrán dejar la isla, cruzar los mares o los aires, emigrar (para devenir ellos también cadáveres invisibles). Pero sucede que, siempre desafortunado, el primer ministro de Cultura y Luces de Cuba castrista hace hincapié en Lezama, sobre cuya eminencia nos ilumina con el esplendor de una noticia: antes que perseguir a Lezama, ahora en Cuba se le ezalta. Esta exaltación, naturalmente, tuvo que esperar a la infausta muerte del poeta. Todos los que saben leer (quiero incluir aquí a Armando Hart, sin desarmarlo) saben que de Paradiso, la obra maestra de Lezama, no se hizo más que una sola edición de cinco mil (5.000) ejemplares en 1966, que se agotó en seguida (para no reeditarse jamás). Aparentemente, por su exaltación del homo-zezual, la bestia negra con dos penes para Castro: obscena, contra natura, contrarrevolucionaria. A partir de 1971, cuando Lezama fue involucrado por la seguridad del Estado (que tiene los mejores lectores de Cuba: leen desde cartas hasta palmas de la mano) en el caso Padilla, no se volvió a publicar siquiera un ensayo suyo, como lo revela Lezama en sus cartas a su hermana. Es desde este más allá epistolar que el poeta proclama ahora su desmentida y su exilio, interiores ambos: "No es lo mismo estar fuera de Cuba que la conducta que uno se ve obligado a seguir cuando estamos aquí, metidos en el horno. Existen los cubanos que sufren fuera y los que sufren igualmente, quizá más, estando dentro de la quemazón y la pavorosa inquietud de un destino incierto...".

 Aparte de mis subrayados, ¿las repetidas menciones a horno y quemazón no declaran que el escritor oscuro habla claro, no del paraíso, sino del infierno, del poeta y de sí mismo como un Fausto condenado? Fue Lezama quien inventó la metáfora del creador como un poseso penetrado por un hacha suave. Pero ¿qué del poseso al que se le niega toda posesión: la esencia y la existencia y el mismo cuerpo sólido que contiene su conciencia? Me siento entonces como el extraño que llegó a la posada Coach and Horses, en un lugar remoto de Inglaterra, hace casi un siglo.

 Así describe su revelación un hombre que sabe de estas cosas: "Se puso una mano sobre la boca y, al retirarla, el centro de su cara se convirtió en un hueco vacío... Cuando, finalmente, se quitó las gafas, todos los presentes se quedaron atónitos: el forastero era invisible". Esa aparición era una desaparición.


  El País, mayo de 1983.

jueves, 12 de febrero de 2026

martes, 10 de febrero de 2026

Cursillo de orientación ideológica para García Márquez

 

 Fernando Vallejo


 Hombre Gabo: te voy a contar historias de Cuba porque aunque no me creas yo también he estado ahí: dos veces. Dos vececitas nomás, y separadas por diez años, pero que me dan el derecho a decir, a opinar, a pontificar, que es lo que me gusta a mí, aunque por lo pronto solo te voy a hablar ex cátedra, no como persona infalible que es lo que suelo ser. Así que podés hacerme caso o no, creerme o no, verme o no. Si bien el águila, como su nombre lo indica, tiene ojo de águila, cuando vuela alto se traiciona y no ve los gusanos de la tierra. Eso sí lo tengo yo muy claro.

  Llegué a Cuba la primera vez con inmunidad diplomática, en gira oficial arrimado a una compañía de cómicos mexicanos que protegía el presidente de México, protector a su vez de Cuba, Luis Echeverría. No sé si lo conocés. Con él nunca te he visto retratado. Retratado en el periódico te he visto con Fidelito Castro, Felipito González, Cesarito Gaviria, Miguelito de la Madrid, Carlitos Andrés Pérez, Carlitos Salinas de G., Ernestico Samper. Caballeros todos a carta cabal, sin cuentas en Suiza ni con la ley, por encima de toda duda. ¿Con el Papa también? Eso sí no sé, ya no me acuerdo, me está entrando el mal de Alzheimer. Sé que le tenías puesto el ojo, tu ojo de águila, a Luis Donaldo Colosio, pero te lo mataron. Me acuerdo muy bien de que cuando lo destaparon (cuando lo destapó tu pequeño amigo Carlitos Salinas de G. para que lo sucediera en su puesto, la presidencia de México, supremo bien) madrugaste a felicitarlo. Le diste, como quien dice (como se dice en México) “un madrugón”.

  –¿Y qué hace usted, Gabo, en casa del licenciado Colosio tan temprano? ¿Es que es amigo de él? –te preguntaban los reporteros curiosos.

 –No –les contestaste–. Pero voy a ser. Tenemos muchas afinidades los dos.

 –¿Como cuáles?

 –Como el gusto por las rancheras. Nos encantan a los dos. Por eso madrugué hoy a cantarle “Las mañanitas”.

 Gabo: estuviste genial. Me sentí en México tan orgulloso de vos y de ser colombiano...

  Donde sí no te vi fue en el entierro de Colosio cuando lo mataron (cuando lo mató el que lo destapó, vos ya sabés quién porque era tu amigacho). E hiciste bien. No hay que perder el tiempo con muertos. Que los muertos entierren a sus muertos, y que se los coman los gusanos, y que les canten “Las mañanitas” sus putas madres.

 ¿Pero por qué te estoy contando a vos esto, tu propia vida, que vos conocés tan bien? ¿Narrándole yo, un pobre autor de primera persona, a un narrador omnisciente de tercera persona su propia vida? ¿Eso no es el colmo de los colmos? No, Gabito: es que yo soy biógrafo de vocación, escarbador de vidas ajenas, y te vengo siguiendo la pista de periódico en periódico, de país en país y de foto en foto en el curso de todos estos largos años por devoción y admiración. Tu vida me la sé al dedillo, pero ay, desde fuera, no desde dentro porque no soy narrador de tercera persona y no leo, como vos, los pensamientos. Vos me llevás a mí en esto mucha ventaja desde que descubriste a Faulkner, la tercera persona, el hielo y el imán.

  Y a propósito de hielo. Ahora me acuerdo de que te vi también en el periódico con Clinton en una fiesta en palacio, en México, “rompiendo el hielo”, como les explicaste a los periodistas cuando te preguntaron y les contestaste con esa expresión genial. Vos de hielo sí sabés más que nadie y tenés autoridad para hablar. ¿En qué idioma hablaste con Clinton, Gabito? ¿En inglés? ¿O le hablaste en español cubano? Ese Clinton en mexicano es un verdadero “mamón”, que se traduce al colombiano como una persona “inmamable”. Ay, esta América Latina nuestra es una colcha de retazos lingüísticos. Por eso estamos como estamos. Por eso el imperialismo yanqui nos tiene puesta la bota encima, por nuestra desunión. Si vos vas de palacio en palacio –del de Nariño al de Miraflores, del de Miraflores a Los Pinos, de Los Pinos a La Moncloa–, lo que estás haciendo es unirnos. Vos en el fondo no sos más que un sueño bolivariano. Gracias, Gabo, te las doy muy efusivas en nombre de este continente y muy en especial de Colombia. Sé que ahora andás muy oficioso entre Pastrana y la guerrilla rompiendo el hielo. Vas a ver que lo vas a romper.

 Bueno, te decía que he estado dos veces en Cuba y que me fue muy bien. En la primera me conseguí un muchacho esplendoroso, y te paso a detallar enseguida una de las más grandes hazañas de mi vida: cómo lo metí al hotel. Pero te lo presento primero en la calle vestido para que le quitemos después la ropa prenda a prenda en la intimidad del cuarto: de dieciséis tiernos añitos, de ojos verdes, morenito, con una sexualidad que no le cabía en los pantalones, lo que se dice una alucinación. Sus ojos verdes deslumbrantes se fijaron en los pobres ojos míos apagados, y la chispa de sus ojos viéndome incendió el aire. ¡Uy, Gabo, qué incendio, qué inmenso incendio en Cuba, el incendio del amor! Menos mal que medio lo apagamos después en el cuarto, porque si no, les quemamos los cañaverales y listo, se acabó la zafra.

 –¿Cómo te llamas, niño? –le pregunté.

 –Jesús –me contestó.

  Se llamaba como el Redentor.

 –¿Y qué podemos hacer a estas alturas de mi vida y a estas horas de la noche? –le pregunté.

 –Hacemos lo que tú quieras –me contestó.

 –Entonces vamos a mi hotel.

 –Aquí los cubanos no podemos ir a ninguna playa ni entrar a ningún hotel –me explicó–. Pero caminemos que esos que vienen ahí son de la Seguridad del Estado, y además nos están viendo desde aquel Comité de Defensa de la Revolución.

 –¿Y de quién la están defendiendo?

 –No sé.

 La estarán defendiendo, Gabo, de los pájaros. Vos me entendés porque vos sos un águila.

 Los dos pájaros o maricas seguimos caminando, y caminando, caminando, llegamos a los prados del Hotel Nacional. Era el único sitio solitario en toda La Habana. A mi hotel, el Habana Libre, ex Hotel Hilton (que construyó Batista pues la revolución no ha construido nada), era imposible entrar con Jesús: el hall era un hervidero de ojos y oídos espiándonos. El estalinismo, ya sabés Gabito, que es lo que procede montar en estos casos: si al pueblo se le deja libre acaba hasta con el nido de la perra y de paso con la revolución.

 Ese Hotel Nacional de esa noche era irreal, alucinante, palpitaba como un espejismo del pasado. Ardiendo sus luces como debieron de haber ardido las luces de la mansión de El Cabrero, la que tenía Núñez en Cartagena, hace cien años, con su esposa doña Soledad. Pensé en Casablanca, la de Marruecos, y en el ladrón de Bagdad. Y entonces, de súbito, como si un relámpago en la inmensa noche oceánica me iluminara el alma, entendí que Castro, el tirano, había logrado lo que nadie, el milagro: había detenido el tiempo. En los marchitos barrios de Miramar y de El Vedado, en los ruinosos portales, en el malecón, el monstruo había detenido a Cuba en un instante exacto de la eternidad. Entonces pude volver a los años cincuenta y a ser un niño. Nos sentamos en un altico de los prados, cerca de unas luces fantasmagóricas y un matorral. El mar rugía abajo y las olas se rompían contra el malecón. Tomé la cara de Jesús en mis manos y él tomo la mía en las suyas y lo fui acercando y él me fue acercando y sus labios se juntaron con los míos y sentí sus dientes contra los míos y su saliva y la mía no alcanzaban a apagar el incendio que nos estaba quemando. Entonces surgió de detrás del matorral un soldadito apuntándonos con un fusil.

 –¿Qué hacés, niño, con ese juguete? –le increpé–. Apunté para otro lado, no se te vaya a soltar una bala y acabas de un solo tiro con la literatura colombiana.

 Fíjate, Gabo, que no le dije: “Qué haces, niño” o “Apunta para otro lado” sino “Qué hacés” y “Apuntá”, con el acento agudo del vos antioqueño que es el que me sale cuando yo soy más yo, cuando no miento, cuando soy absolutamente verdadero. ¡El susto que se pegó el soldadito oyéndome hablar antioqueño! Hacé de cuenta que hubiera visto a la Muerte en pelota. O que hubiera visto en pelota al hermano de Fidel, a Raúl, el maricón.

 –No te preocupes, que anotó mal mi apellido –me dijo Jesús.

  Y en efecto, el apellido de Jesús es más bien raro, y Jesús vio que el soldadito lo escribió equivocado.

 ¿Y cuál es el apellido de Jesús? Hombre Gabo, eso sí no te lo digo a vos porque estando como estamos en este artículo en Cuba desconfío de tu carácter. No te vaya a dar por ir a denunciar a mi muchachito ante la Seguridad del Estado o ante algún Comité de Defensa de la Revolución.

 Anotado que hubo el nombre de Jesús en la libretica con su arrevesada y sensual letra, como había aparecido, por la magia de Aladino, desapareció. ¿Pero sabés también qué pensé cuando el soldadito nos estaba apuntando? Pensé: ¿y si la misa de dos padres la concelebráramos los tres? Un ménage à troisune messe à trois pour la plus grande gloire du Créateur? Pero no, no se pudo, no pudo ser.

 Se fue pues el soldadito, se nos bajó la erección, y echó a correr otra vez el tiempo, la tibia noche habanera.

 –Jesús, esto no se queda así. Si no me acuesto contigo esta noche me puedo morir.

 –Yo también me puedo morir –me contestó.

 Estando pues como estábamos en grave riesgo de muerte los dos, determinamos irnos a mi hotel, al Habana Libre, a ver qué pasaba. Yo tenía una camisa rojita de cuadros y él una gris descolorida, hacé de cuenta como de la China de Mao. En el baño del hall del Habana Libre las intercambiamos: yo me puse la suya vieja, gastada, comunista; y él la mía nueva, reluciente, capitalista. Mi gafete del hotel se lo puse a Jesús en lo más visible, en el bolsillo de la camisa, y yo me quedé sin nada. Cruzamos el hall de los espías y entramos al ascensor de los esbirros. Dos esbirros del tirano operaban el ascensor y nos escrutaron con sus fríos ojos. Jesús con mi camisa reluciente de prestigios extranjeros y mi gafete no despertaba sospechas. Yo con mi camisa cubana y sin gafete era el que las despertaba. ¿Pues sabés, Gabito, qué me puse a hacer mientras subía el ascensor para despistarlos? ¡A cantar el himno nacional! El mío, el tuyo, el de Colombia, en Cuba. ¿Te imaginás? “Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya”. ¡Gloria y júbilo los míos, carajo, me volvió la erección! ¡Nos volvió la erección! Y así, impedidos, caminando a tropezones, recorrimos un pasillo atestado de visitantes rusos y de cancerberos cubanos. Los rusos cocinaban en unas hornillas de carbón, con las que habían vuelto al viejo Hilton un chiquero, un muladar. ¡Qué alfombras tan manchadas, tan quemadas, tan desastrosas! Ni las del Congreso de Colombia. ¡Y las cortinas, Gabo, las cortinas! La guía nuestra, una muchacha bonita, se había hecho un vestido de noche con un par de ellas. Pero para qué te cuento lo que ya sabés, vos que habés vivido allá tantos años y con tantas penurias.

 Con la erección formidable y al borde de la eyaculación entramos Jesús y yo a mi cuarto. Las cárceles a mí, y por lo visto también a Jesús, me despiertan los bajos instintos, y me desencadenan una libido jesuítica, frenética, salesiana. Pero pasá, Gabito, pasá con nosotros al cuarto que vos sos novelista omnisciente de tercera persona y podés entrar donde querás y ver lo que querás y saber lo que querás, vos sos como Dios Padre o la KGB. Pasá, pasá.

 Pasamos al cuarto, y sin alcanzar a llegar a la cama rodamos por el suelo, por la raída alfombra, como animales. ¡Uy, Gabito, qué frenesí! ¡Qué espectáculo para el Todopoderoso, qué porquerías no hicimos! Por la quinta eyaculación paramos el asunto y entramos en un delirio de amor. Salimos al balconcito, y con el mar abajo rompiéndose enfurecido contra el malecón, y con la noche enfrente ardiendo de cocuyos, y con el tiempo otra vez detenido por dondequiera, atascado, empantanado, nos pusimos a reírnos de los esbirros del tirano, y del tirano, y de sus putas barbas, y de su puta voz de energúmeno y de loco, y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos, y riéndonos, riéndonos de él, de vos, empezamos a llorar de dicha y luego a llorar de rabia y ahora que vuelvo a recordar a Jesús después de tantísimos años me vuelve a rebotar el corazón en el pecho dándome tumbos rabiosos como los que daban esa noche las olas rompiéndose contra el malecón.

 Pero te evito, Gabo, mi segundo viaje a La Habana, mi regreso por fin al cabo de diez años en los que no dejé nunca de soñar con él, con Jesús, mi niño, mi muchachito, y el desenlace: cómo la revolución lo había convertido en una ruina humana. Ya no te cuento más, no tiene caso, vos sos novelista omnisciente y de la Seguridad del Estado y todo lo sabés y lo ves, como veía la Santa Inquisición a los amantes copulando per angostam viam en la cama: los veía la susodicha en el lecho desde el techo por un huequito. 

 

 Tomado de El Malpensante, noviembre-diciembre de 1988.


sábado, 7 de febrero de 2026

Mis encuentros con Vargas Llosa


  Guillermo Cabrera Infante


 El apartamento de Monique Lange y Juan Goytisolo en la Rue Poissonnière era centro de reunión de los escritores de España y de las Américas que visitaban París. Fue allí donde conocí a Mario Vargas Llosa, entonces ganador del prestigioso premio catalán Joan Petit-Biblioteca Breve. Mario (desde entonces lo llamé así) vino acompañado por su mujer Julia -más tarde, mucho más tarde, la protagonista de la novela de Mario La tía Julia y el escribidor, que vino a culminar su separación-. Pero entonces Julia y Mario no estaban separados. Al contrario: Mario mostraba una deferente ternura hacia ella y ella parecía muy enamorada de Mario. Pero esa noche ocurrió un incidente extraño. Al irme Mario se ofreció a llevarme hasta mi hotel, que no estaba lejos, y Julia comenzó a sentirse mal. Parecía una especie de alergia: algo le había caído mal, su cara se hinchaba cada vez más, hinchazón que aumentó en el elevador, y al entrar al pequeño auto se veía abofada. Mario me pidió que los acompañara hasta el primer hospital abierto a esa hora y luego me llevaría a mi hotel.

 Ya en el hospital, me quedé en el salón de espera, impaciente y preocupado: hay alergias que matan. De pronto, la puerta abierta, vi pasar a Julia corriendo sobre sus altos tacones seguida (o perseguida) por dos hombres de blanco. Me levanté y fui a la puerta y pude ver cómo los hombres de blanco alcanzaban a Julia y la aferraban por los brazos y luego casi la arrastraban hacia un punto no visible. A la zaga del grupo venía Mario. Tuve que ir hasta un teléfono cercano para llamar a Juan Goytisolo y pedirle que me asegurara que todo no era una pesadilla. Juan me aseguró de la realidad de lo que estaba ocurriendo ante mis ojos. Al cabo regresó Mario y me dijo que Julia no tenía nada con una tranquilidad de la que había sido ya testigo en el viaje al hospital. Durante el trayecto, Julia se quejaba y se revolvía en los asientos traseros, ya que Mario me había pedido que me sentara a su lado, mientras Mario le repetía a ella bajito que se calmara y con una mano libre le impedía que rodara de su asiento. La voz de Mario era sosegada para Julia -pero no para mí-. Todo parecía familiar a Mario mientras Julia se retorcía detrás de mí.

 En el hospital consiguieron calmarla sin ingresarla y regresó a la sala de espera bastante compuesta, pero sin sus seguidores, perseguidores. Solamente la acompañaba Mario. Juntos volvimos al pequeño automóvil. Julia iba calmada, también Mario pero nadie habló nada, nadie explicó nada. Me hubiera gustado volver a hablar con Juan Goytisolo para que me explicara por qué él también lo había acogido todo con tanta parsimonia. Fue entonces que comprendí que todo había pasado y todos estaban en paz con Julia porque su estado anterior tenía que ser tan habitual como su silencio ahora. Julia, era evidente, había sufrido un ataque de histeria. Luego supe que el matrimonio de Julia y Mario se acababa. Pronto se divorciarían. Esos ataques de histeria debían ser cosa habitual en Julia y resultado de la petición de divorcio. Julia era una mujer rubia, alta y atractiva y estaba muy enamorada de Mario, que llevaba un bigotico a lo Don Ameche y era tan bien parecido como un galán de cine. Fue en Bruselas que supe que finalmente se habían divorciado. En algún momento entre esta visión de pesadilla y nuestro próximo encuentro Mario se había afeitado el bigote y ya no se parecía a Don Ameche.

 La próxima vez que vi a Mario fue en la entrega del Premio Biblioteca Breve que me dieron en 1964 en Barcelona. Ya Mario era una leyenda de trabajo duro y aplicación mayor, con que asombró a todos los jurados del premio. Mientras sus amigos y su anfitrión Carlos Barral bebían en el bar, se soleaban en la playa y se reunían temprano para una cena tardía, Mario estaba encerrado en su cuarto: "Escribiendo, escribiendo" decía Carlos, mientras apuraba otro cóctel tal vez con ginebra.

 Después de la ceremonia volví inmediatamente a Bruselas para el fin de año con Míriam Gómez, y Mario y yo viajamos juntos rumbo a París, donde yo cambiaría de avión y Mario se bajaría. Hablamos poco: él con su problema y yo con los míos. El avión que me llevó a Bruselas no salió sino tres horas más tarde por culpa de la acumulación de hielo en las alas y nevaba en todo Orly. No lo volví a ver hasta dos años más tarde.

 Mientras tanto habían ocurrido demasiadas cosas en mi vida. Yo había dejado de ser agregado cultural de Cuba en Bélgica, había viajado a La Habana a los funerales de mi madre, había decidido exiliarme, había vivido en Madrid y ahora vivía en Londres, prestado en casa de amigos, enfrentando otra ciudad, otro país, otro invierno cuando supe que Mario y Patricia vivían en Londres. Lo llamé y nos invitaron a cenar en su casa. Era tan lejos de donde yo vivía que el viaje fue una travesía de trenes, taxis y búsqueda de la dirección. Al irnos yo tuve que pedir otro taxi que nos llevara a la estación del underground más próxima. Recuerdo que al colgar el teléfono Mario me felicitó por mi inglés: ellos no hablaban una palabra.

 Mi vida se organizó de una manera incierta. Vine a vivir en Trebovir Road detrás de la estación de Earls Court no en un apartamento lujoso como se me calumniaba en Cuba sino en un sótano no infecto sino infestado de cucarachas. Mario, que todavía apoyaba a Castro y su supuesto socialismo siguió su relación conmigo, lo que no hicieron mis supuestos amigos afectos. Un día supe que Mario, cosas de la casualidad, esa diosa caprichosa, se había mudado con su familia a la misma calle, sólo tres cuadras más arriba de la estación del subterráneo. Vivía en un apartamento modesto de los bajos pero no tan pobre como el nuestro. De las incontables anécdotas que tuvieron lugar por esos pagos sudamericanos estaba la vez que Míriam Gómez tuvo que ir a casa de los Vargas a matar a una rata que aterrorizaba a la muy joven y bella Patricia Llosa, recién casada con Mario. Ella, niña mimada, estaba muy poco preparada para vivir en lo que era casi un sótano. Allí Mario se encerraba a escribir desde temprano hasta terminada la tarde y había que dejarle el almuerzo (un sándwich o un plato ligero) en una bandeja a la puerta. Mario la abriría, almorzaba solo y seguía escribiendo, escribiendo.

 Fue en ese apartamento que Mario decidió reunir a García Márquez y a mí. Ya nosotros nos habíamos mudado de Earls Court para esta dirección y ahora íbamos a celebrar el año nuevo en casa de nuevos amigos del todavía pendular Swinging London. Íbamos vestidos para una fiesta: Miriam Gómez con su traje neo art decó de nuestro retrato que está en esta sala y yo con mi smoking recién comprado para la fiesta final del fin de la filmación de Wonder Wall, la película que se había filmado con un guion mío: una comedia nada cómica cuya única gracia estaba en la música incidental de George Harrison. No recuerdo cómo estaba vestida la mujer de García Márquez, pero sí recuerdo que el colombiano llevaba una camisa de leñador a cuadros negros y rojos.

 A pesar de que Mario era un anfitrión animoso, no teníamos absolutamente nada de qué hablar García Márquez y yo. De pronto él parecía encontrar su tema, que era el código de supersticiones de la pava, que era venezolano pero el colombiano se lo cogió como propio. Yo no tenía idea de lo que era lo pavoso, pero recuerdo que se trataba de no llevar calcetines con sandalias y cosas así. Miriam Gómez contribuyó con su arte de las flores, hablando de la buena suerte que daban las flores amarillas, puestas, dispuestas en tres en mi escritorio.

 En esa salita que de día era el estudio de Mario y de noche la sala de estar de Patricia, hubo otros encuentros con las supersticiones sudamericanas. Fue cuando Julio Cortázar vino a Londres con su mujer de entonces, Ugné Karvelis, de cara tan rara como su nombre. Patricia sirvió café y Ugné se encargó del azúcar, que repartió. Cuando llegó a mí la azucarera voló de su bandeja a mi regazo, bañándome, literalmente, en azúcar: blanca que hacía contrastar con mi traje oscuro. Ugné se volvió toda disculpas, con genuflexiones que detuvo Miriam Gómez diciendo: "No importa. Eso es considerado una señal de buena suerte en Cuba". Yo no sabía de semejante superstición ni siquiera si Miriam Gómez la había inventado ad hoc para la ocasión. Lo que sí supe luego es que éste era un numerito que había montado la Karvelis para destacarse y al mismo tiempo colocar a su blanco de azúcar blanca en una situación embarazosa. Me lo contó Mario que había sido testigo o blanco en situación similar. ¿Era ésta una versión de la Maga?

 Luego Mario y su aumentada familia dejaron el barrio, a Londres y a Inglaterra.  Mario viajaba y daba clases en universidades diversas. Hasta hubo un tiempo que dio clases en Cambridge y lo vi poco. Estaba contento con sus extrañas clases en Cambridge, donde tenía tan pocos alumnos que la clase podía trasladarse de la universidad a un pub cercano. Más tarde reapareció en Londres: Mario siempre vuelve a Londres.

 Después vino su incursión en la política activa. Una noche cenamos en su casa y pude augurarle el desastre que significaría su vida política. Pero sus constantes viajes a Lima (no era un regreso a Perú todavía) terminaron por atraparlo en una red de la que sólo se extricaría con su desastrosa aventura política -a la que siempre Patricia se opuso-. Patricia había devenido de una bella muchacha encantadora una mujer juiciosa y leal a Mario hasta que ella misma se vio envuelta en la fiebre política. Como antes, le había aconsejado yo que sus viajes a Lima terminarían por resultarle onerosos políticamente. En corto tiempo fue nominado candidato a la presidencia del Perú.

 Ahora estaba toda la familia instalada en su flamante apartamento de Knightsbridge, uno de los barrios ricos de Londres. Recuerdo que cenando una vez allí, rodeado por la decoración high-tech de su apartamento que incluía una creciente pinacoteca con cuadros modernos (había, central, un botero con su excesiva gordura que parecía un Oliver Hardy en busca de Stan Laurel, el Gordo detrás del Flaco en cualquier comedia del dúo), con portero y elevador. Vivían bastante cerca de nosotros, pero bien lejos de la modestia de los tiempos de Earls Court: Mario se había convertido en un escritor de éxito mundial. Pero ahora, de regreso al Perú, lo esperaba la derrota política.

 Fue una campaña electoral pero peligrosa físicamente -y aún más riesgosa políticamente-. Mario, como se sabe, fue derrotado por Alberto Fujimori, un desconocido total entonces. La derrota electoral fue tan estruendosa que muchos dudaban de que Mario se recobrara como figura pública. Pero Mario regresó a su escritorio y a sus novelas, y al poco tiempo estaba recobrado como escritor de éxito, de crítica y de ventas. Viviendo en su apartamento de Knightsbridge, pero escribiendo. Según una costumbre recientemente adoptada escribía por el día en un salón de lectura del British Museum, y por las noches los Vargas cenaban con amigos o solían salir a cenar con nuevos amigos. Mario y Patricia volvieron a ser una pareja perfecta. Los visitábamos a menudo invitados a comer comida peruana que cocinaba Patricia y vimos el apartamento lujoso crecer en otras cámaras y recámaras al expandirlo con otras propiedades vecinas. Pero seguían viajando mucho, a pesar de que la familia había crecido con dos hijos grandes, Álvaro y Gonzalo, y una niña que pronto se hizo mujer, la bella Morgana. Viajaron a todas partes. Mario más exitoso que nunca dando charlas dondequiera y visitando lugares remotos como los arrecifes de Australia, que le habían fascinado desde niño.

 Ahora vivían medio año en Londres y dos cuartos crecientes en París y Madrid, ciudad que encantaba a Patricia tanto como a Mario Barcelona. Dejamos de vernos bastante aunque siempre en uno de nuestros viajes a Madrid cenábamos y yo bromeaba con Patricia acerca de su fascinación que no cesa. Una de las últimas cenas la dio el editor Juan Cruz en uno de los restaurantes más de moda en Londres y allí Mario y Patricia se reían como una pareja feliz. Podían estarlo. Sus hijos habían crecido y cada uno tenía su parcela de acción. Gonzalo se dedicaba a una labor de caridad patrocinada por las Naciones Unidas. El otro hijo, Álvaro, era un periodista independiente y reconocido, y aunque muchos creían que se apoyaba en su doble apellido, en realidad se llamaba Vargas por su padre y Llosa por su madre, que de soltera se llamaba Patricia Llosa: ella y Mario eran primos.

 Luego ocurrieron dos ocasiones memorables que a mí me parecieron oficiales. Viajó a Londres el presidente Felipe González en su primer viaje a Inglaterra y nos invitó a Mario y a mí a almorzar en la Embajada de España. Yo no conocía personalmente a González, pero Mario lo trataba con la familiaridad de viejos amigos. Tal vez lo fueran. En todo caso González había venido con varios de sus ministros y Mario brillaba en su conversación con políticos profesionales. El almuerzo terminó con mi tête-à-tête con Felipe González, pero ésa es otra historia.

 Años más tarde se repitió una ocasión similar cuando el presidente José María Aznar nos invitó a Mario y a mí a visitarlo en La Moncloa. ¿Nos habíamos convertido en el dúo demócrata? No lo sé. Sólo sé que Mario se portó con más soltura que yo: ya conocía a Aznar. Yo había venido como fui al almuerzo con Felipe González: más por curiosidad de escritor que otra cosa. Hicimos el trayecto a La Moncloa en un auto fuertemente blindado. Regresamos Mario y yo al hotel en el mismo automóvil. Durante el viaje de regreso tuve una suerte de convencimiento iluminador. Los políticos no tienen convicciones, tienen conveniencias.

 En una de nuestras últimas cenas en Londres Mario acababa de publicar su última novela y parecía feliz con su destino recobrado. Recuerdo que lo felicité por el logro que significaba su nuevo libro y aceptó mi felicitación de buen grado. A Mario y a mí nos ocurría algo que no se puede llamar modestia -ni siquiera falsa modestia-. De la que, por ejemplo, Borges era un maestro consumado, con sus frases de rigor: "Usted ha enriquecido mi libro con su lectura", que sonaban casi tan formales como "Favor que usted me hace" o "Gracias por sus elogios, que no merezco". Esta vez tuve que atrapar a Mario en su esquina frente a Harrods para decirle cuánto me había gustado su última novela, que era una vuelta al libro bien contado de sus inicios, y le auguré una carrera feliz -que lo ha sido en extremo al recibir críticas excelentes de toda la crítica inglesa, siempre renuente a celebrar a escritores españoles, pero peor a autores hispanoamericanos. Fue escogido, por muchos críticos, como uno de los mejores libros del año.

 Tuvimos una última cena en Madrid. Mario ya no estaba preocupado por su hipertensión, sino por la tensión que se había creado con Álvaro con su campana solitaria en contra del presidente Toledo, que Mario había apoyado electoralmente, y aunque Patricia era el calmado centro materno de siempre, Mario parecía furioso, no con Álvaro, sino con las inesperadas vueltas que daba y da toda la política. Me alegré de estar presente porque supe lo profundos que eran sus sentimientos de ser un demócrata convencido -aun en lo que parecía una crisis familiar-.

 Como escritor, la crítica inglesa lo ha comparado con Conrad y ha dicho que desde Nostromo no había una novela sudamericana que planteara tan bien la dicotomía entre la novela y la política como tema central. Es que Mario se parece a Conrad hasta en sus dilemas. Pero su verdadera carrera, donde era un triunfador, era la literatura. A la que no ha tardado en volver con esta La fiesta del Chivo, que había tratado de escribir durante años, mientras en la vida es un verdadero, como Conrad, pater familias. Mario Vargas Llosa es un gran escritor. Pero, estoy seguro, prefiere ser un buen padre. Es posible que me equivoque, pero creo haber demostrado que lo conozco bastante. Nuestros encuentros nunca han producido un encontronazo.


  El País, diciembre 2002.