lunes, 27 de abril de 2026
domingo, 26 de abril de 2026
Una encrucijada del mundo
Robert Desnos
«Yo no tumbo Caña» *
¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam..., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.
Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:
«Yo no tumbo caña,
¡Que la tumbe el viento!... »
Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.
Los tesoros de Cuba
El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.
Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.
El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.
«Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»
«... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»
Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.
Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.
El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.
La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.
Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.
La cuestión del azúcar en 1928
Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!
El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.
Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.
La explotación del azúcar en Cuba
El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.
Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.
El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.
Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.
Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.
La mano de obra
El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.
Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.
Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.
Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:
«Yo no tumbo caña.»
(De Le Soir.)
*En castellano en el original.
Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928, donde conoce a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano. En abril de ese año publica en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo” es uno de ellos y fue traducido -probablemente por Carpentier- para Cuba en 1928, volumen que recoge abundante información sobre el mencionado Congreso y sobre la isla en general.
miércoles, 22 de abril de 2026
Pompon
Blaise Cendrars, “Pompon” (fragmento), traducción René Méndez Capote, Revista de Avance, año 3, tomo 4, n. 34, 15 de mayo de 1929, pp. 144-47.
martes, 21 de abril de 2026
Baños públicos
Paul Morand
En Maintenon, en el Eure adornado de falsas ensaladas,
en Hossegor, en las cremas de fósforo,
en Stanberd, donde hay visitas el viernes a las máquinas
para hacer olas,
en Woolwich, de donde se sale con un collar de hollín
en el Mar Muerto donde uno no puede zambullirse,
en el Lido, donde la marquesa se bañaba desnuda,
en Key-West, entre los centelleos de las doradas,
en Royan, donde las madres esperan con una bata
y vino
Mariani,
en Bath, con una sombrilla y un sombrero,
en Caen, y entre los juncos cuando pasa el oficial,
La Habana, en pleno ponche, bajo la luna,
en Dieppe, en la espuma del barco correo inglés,
en Budapest, entre los cadáveres de Judíos,
en Hendaya, hasta el agua más fría del Bidasoa,
en Schwabing, donde Giraudoux nada bajo el agua,
en Tamarís, el mar tiembla
bajo los disparos de la
escuadra,
en Deva, flotan escapularios perdidos por los buzos,
en Hong Kong, dimos la vuelta a los acorazados
sentados
en su nafta,
en el Bósforo, entre las rajas de sandía,
¡que corriente!
en Franzesbad, en los lodos radioactivos,
en Windermere, ¡que insípido!
y hacemos pie en esta
elegía,
en Palma de Mallorca, donde el cuerpo,
bajo el agua, es
azul,
en Therapia, frente a depósitos de la Standard Oil,
donde
pintaron falsos bosques, en Chiemsee, en la tinta helada,
en Algeciras, donde el mar arrastra dioses fenicios,
en Barcelona, a la sombra de los astilleros Vulcan,
en él Phalere, bajo los excéntricos bordados de
lentejuelas
que bailan en la cuerda (se ve la acrópolis
a través de
los mástiles metálicos del Averoff)
en Tánger, donde los buceadores tienen blanca
la planta
de los pies,
en Tremezzo, en el agua sonora,
en Leith, donde verdaderamente hace falta tener ganas,
en Segovia, en el torrente donde se seca la ropa,
en París, donde se le llama hidroterapia.
Traducción: Marie Christine Castillo
lunes, 20 de abril de 2026
domingo, 19 de abril de 2026
sábado, 18 de abril de 2026
Una gran mancha de tinta
jueves, 16 de abril de 2026
Lo interior de lo exterior: Cendrars x Morand
miércoles, 15 de abril de 2026
Torre
Blaise Cendrars
Castellamare
Yo comía una naranja a la sombra de un naranjo.
Cuando de improviso...
no era la
explosión del Vesubio,
no era la nube de langostas, una de las diez plagas
de Egipto ni Pompeya.
No eran los gritos resucitados de los mastodontes
gigantes.
No era la trompeta anunciada
Ni la rana de Pierre Brisset
Cuando de súbito
Fuegos
Choques
Rebotamientos
Chispa de los horizontes simultáneos
Mi sexo.
¡Oh Torre
Eiffel!
No te he calzado de oro
No te hecho danzar sobre lozas de cristal
No te he dedicado a Python como una virgen de Cartago
No te he revestido con el peplum de Grecia
No te he hecho divagar en el recinto de los menhires
No te he llamado nunca Caña de David, ni Leño de la Cruz
Lignum Crucis
¡Oh, Torre
Eiffel!
Fuego artificial gigante de la Exposición Universal.
Sobre el Ganges
en Bernarés
entre los trompos onanistas de los templos hindúes
y los gritos coloreados de las multitudes de Oriente
tú te inclinas, ¡graciosa palmera!
Eres tú la que en la época legendaria del pueblo hebreo
confundiste la lengua de los hombres
¡Oh, Babel!
Y algunos miles de años más tarde eres tú
la que descendiste en lenguas de fuego
sobre los apóstoles reunidos en tu iglesia.
En pleno mar tú eres un mástil
y en el Polo Norte
resplandeces con toda la magnificencia
de la aurora boreal
de la telegrafía sin hilos.
Las lianas se enredan en los eucaliptos
y tú flotas viejo tronco sobre el Missisippi,
cuando tu hocico se abre
y un caimán coge el muslo de un negro.
En Europa tú eres como una horca
(Yo quisiera ser la torre, pender de la Torre Eiffel)
Y cuando el Sol se acuesta detrás de ti
la cabeza de Bonnot rueda bajo la guillotina.
En el corazón de África eres tú la que corres.
Jirafa.
Avestruz.
Boa.
Ecuador.
Monzones.
En Australia, tú siempre has sido tabú.
Eres el bichero que el capitán Cook empleaba
para dirigir su barco de aventureros.
¡Oh, sonda celeste!
Para el simultáneo Delaunay a quien dedico este poema
eres el pincel que él empapa en la luz
Gong tam-tam zanzibar bestia de la jungla
rayos X expreso bisturí, sinfonía.
Tú eres todo.
Torre.
Dios antiguo.
Bestia moderna.
Espectro solar.
Tema de mi poema.
Torre.
Torre del mundo.
Torre en movimiento.
Traducción de Ángel Cruchaga Santamaría
Revista Letras, Santiago de Chile, 1940. Poesía
universal traducida por poetas chilenos, selección de Jorge Teillier,
Editorial Universitaria, Universidad de Chile, 1996. Tomado del blog Otra iglesia
es imposible.
martes, 14 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
José Carlos Mariátegui: Blaise Cendrars
BLAISE
CENDRARS
José Carlos Mariátegui
(…) En el equipo de los
"internacionales", Blaise Cendrars es uno de los que más me interesa.
Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de Paul Morand. En la composición
de los libros de Cendrars no entra ningún ingrediente mórbido. Cendrars no se
empeña nunca en demostrarnos que viaja en wagón-cama. En Cendrars no se
respiran aromas afrodisíacos. En sus libros no hay languidez, no hay laxitud.
Cendrars es sano, violentamente sano, alegremente sano. (Oliverio Girondo no
dejaría de anotar este dato, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman
negativa).
Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra
en las ciudades sin ceremonia. Se comporta siempre como un pillete, como un
gavroche que viaja por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos
viajan para hacerse operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o
en Karlsbad la dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Moran en la
bolsa de Nueva York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes
ingleses, un automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja
por viajar: Tiene siempre, en el wagón-restaurant de un expreso, o en el puente
de un transatlántico, el ademán despreocupado del «flaneur». Miradlo arribar a
Sao Paulo:
«Enfin
on entre en gare
Saint-Paul
Je
crois étre en gare de Nice
Ou débarquer a
Charing-Cross a Londres
Je trouve tons mes amis
Bonjour
C'est moi»
No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que
llega a Sao Paulo. No puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde
que pisa el umbral de una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es
improbable que algún día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del
Callao. Traerá, como siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha
descrito una vez su equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57
kilos). Una vez en las calles de Lima se cogerá del brazo de don Alberto
Carranza. Y se marchará de Lima sin despedirse burlando una recepción del
Ateneo y un reportaje de El Comercio (Vegas García conseguirá una
instantánea para Variedades). Y, finalmente, Blaise Cendrars no nos
defraudará como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen
tercero o cuarto de sus Feuilles de route, su visita a Lima, al Cuzco y
a Chanchamayo.
Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars
es su buena salud. Los libros de Cendrars respiran por todos sus poros.
Cendrars representa una gaya y joven bohemia que reacciona contra la bohemia
sucia y vieja del siglo diecinueve. Y, en una época de decadentismos bizarros,
de libídines turbias y de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de
salud cabal. Es un hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin
artificios juglarescos y sin neurosis perversas:
Escuchadlo:
«Le monde entier est tonjonr lá
La
vie pleine de choses suiprenantes
Je
sors de la pharmacie
Je
desecads fuste de la bascule
Je
pese mes 80 kilos
Je t'aime.»
La
poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más ortográfica.
Blaise
Cendrars ha publicado los siguientes libros: La légende de Novgorod
(1909), Séquences (1913), La Guerre au Luxembourg (1916), Profond
aujourd'hui (1917), Anthologie negre (1919), La fin du Monde
(1919), Dix-neuf poemes élastiques (1919), Du Monde entier (1919),
J'ai tué (1919), Feuilles de route (1924), Kodak (1924) y L'Or
(1925).
Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros,
una Antología Azteca, Inca, Maya.
El último libro de Cendrars, El Oro, es
una novela. Cendrars nos cuenta en El Oro la maravillosa historia de
Johan August Suter. La historia de Suter es el reverso de la historia del oro
de California.
En 1834, Johan August Suter, suizo-alemán,
hijo de un fabricante de papel de Basilea, deja su patria, su mujer y sus
hijos, arruinado y deshonrado por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega
a París. En el camino desvalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con
una letra de crédito falsa a un cliente de su padre. Luego, en El Havre se
embarca para Nueva York.
Cendrars, explicándonos el Nueva York de 1834,
nos dice en una sola página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una
íntegra fase de la formación de los Estados Unidos:
«El puerto de Nueva York.
«Es ahí donde desembarcan todos los náufragos
del Viejo Mundo. Los náufragos, los desgraciados, los descontentos, los hombres
libres, los insumisos. Aquéllos que han tenido reveses de fortuna; aquéllos que
han arriesgado todo sobre una sola carta; aquéllos a quienes una pasión
romántica ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primeros
místicos rusos. Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la
reacción arroja. Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria
en formación. Los falansterianos franceses, los carbonarios, los últimos
discípulos de Saint Martin, el filósofo desconocido, y de los escoceses.
Espíritus generosos, cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos.
Los campesinos de Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos víctimas de
las guerras napoleónicas y sacrificadas por los Congresos Diplomáticos. Los
carlistas, los polacos, los "partidarios de Hungría. Los iluminados de
todas las revoluciones de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria
para unirse a la gran República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de
todos los países; hasta sudamericanos, cómplices de Bolívar. Desde la
Revolución Francesa, desde la Declaración de la Independencia, en pleno
crecimiento, en pleno desarrollo, no ha visto jamás Nueva York sus muelles tan
continuamente invadidos. Los inmigrantes desembarcan día y noche y en cada
barco, en cada cargamento humano, hay por lo menos un representante de la
fuerte raza de los aventureros».
Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos
relata así su entrada en Nueva York: «Johan Auguste Suter desembarca el 7 de
julio, en martes. Ha hecho un voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de
la milicia, abraza de una mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y
vacía una botella de vino del Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación
negra de un velero. Después rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad
desconocida, como alguien que tiene prisa y a quien se espera».
Nueva York no retiene por mucho tiempo a
Suter. Suter se siente atraído por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo
desconocido. En Honolulu forma la Suter's Pacific Trade Co. Tiene un plan
vasto. Con mano de obra canaca explotará las tierras de California. No las
conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de ellas. Sus socios de Honolulu
lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan se cumple puntual y
magníficamente. Suter se instala con sus canacos en California. Funda una
descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus posesiones, sus riquezas
crecen prodigiosamente. El pionner12 suizo deviene uno de los hombres más ricos
de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el descubrimiento del oro. Un
obrero de Suter encuentra en los dominios de Suter las primeras pepitas. La
noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas de oro. Suter ve partir a
sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega. Invaden el país los
buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte en una de las más
grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las tierras de Suter. Se
instalan en sus posesiones. El gran pionner se cruza de brazos. Podría
luchar: pero, desdeñosamente, prefiere no participar en esta batalla de
lavadores de oro y de destiladores de alcohol, en la cual se mezclan
aventureros y bandidos de las más torpes y sucias especies. El oro lo ha
arruinado. Suter se retira, decepcionado, a uno de sus dominios. Mas la
voluntad de trabajo y de potencia renace pronto en él. Sus viñas, sus huertas,
sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una fortuna. San Francisco tiene
buen apetito. Y Suter le vende caros los frutos de sus alquerías. Pero no está
contento. No olvida el golpe; no perdona al oro. Y el demonio le aconseja la
más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales una demanda por daños y
perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el cual se ha edificado San
Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando doscientos
millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a 17,221
particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones. Reclama
veinticinco millones dé dólares del Estado de California, por haberse apropiado
de sus rutas, canales, puentes, esclusas y molinos; y cincuenta millones de
dólares del gobierno de Washington, por no haber sabido mantener el orden en la
época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una parte del oro
extraído desde el principio de la explotación. El fantástico proceso consume
todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un ejército de
abogados, de peritos y de escribanos. Los Municipios y los particulares
enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. «Es un nuevo rush, una
mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del Pleito Suter». San Francisco
odia al pionner testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y puritana,
juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las plantaciones,
los establo; los molinos, las fábricas de Suter son devastados, arrasados,
incendiados. Suter esta vez pierde todo. Más ni aun este golpe lo decide a
renunciar a su proceso. Lo continúa, en Washington. En Washington envejece y
enloquece. Y muere en las gradas del Palacio del Congreso, aguardando y
reclamando, obstinadamente, justicia.
Tal la maravillosa historia de Johan August
Suter. Su argumento parece una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha
escrito, al mismo tiempo que una novela de aventuras, una sátira sobre el
destino maldito del oro. El oro del Rhin y el oro de California se equivalen.
Cendrars no lo dice: pero lo dice su novela. Lo dice la maravillosa historia de
Johan August Suter, arruinado por el descubrimiento de las minas de California.
La técnica de El Oro es, más bien que
la de una novela, la de un film. Cendrars nos ofrece la historia de Suter en
setenta y cuatro cuadros cinematográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro
aburre. Ningún cuadro es pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de
que tiene en las manos un libro. En vez de las letras y de las palabras,
dispuestas en rasgos, empieza a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que,
en Blaise Cendrars, es sólo un decorado esquemático.
Variedades, Lima, 26 de setiembre de 1925, pp. 2194-96.
sábado, 11 de abril de 2026
Paul Morand
Xavier Villaurrutia
¿Recordáis el prefacio de Anatole France a Los placeres y los días,
el libro primero de Proust? Anatole France parece reconocer únicamente en el
Proust de entonces, en vez de las cualidades originales que formaron más tarde
una rama de la literatura actual y ensombrecieron el limitado prado ameno del
mismo autor de El crimen de Silvestre Bonnard, virtudes refinadas.
Cualidades, virtudes. Para France, Marcel Proust era un virtuoso lo cual en
arte -¿en música, quien lo ignora?- no es, en modo alguno, diverso de un
vicioso.
¿Recordáis, en cambio, el prefacio de Marcel
Proust a Tendres Stocks de Paul Morand?
La respiración es otra: da tiempo para
escribir y, en seguida, leer en voz alta una frase larga. Proust tuvo la
conciencia clara de cómo el tiempo se impone a los escritores y de qué modo
aparecen nuevos escritores que imponen, al tiempo, su tiempo. Hablando del
minotauro Morand, supo afirmar que lo cierto es que, de cuando en cuando, surge
un nuevo escritor y este escritor tiene que aparecer a los ojos egoístas de la
generación precedente y a los ojos de vidrio que esta generación ha logrado
mantener enfrente a modo de público, un escritor difícil. Como en una delicada
venganza y dirigiéndose al mismo Anatole France, escribe Proust: «Podemos
seguirlo hasta la mitad de la frase, pero allí desistimos».
Nosotros imaginamos que Anatole France no pudo ir más allá de la mitad
de una frase del Proust que hacía decir a Paul Morand: «vuestra voz, también
blanca, traza una frase tan larga...»
Frente a un espejo de dos lunas -Morand ha
dibujado en La Europa galante uno delicioso, donde las lunas son tres-
tenemos los perfiles diversos de un mismo rostro. ¿Quién no es asimétrico,
aunque sea ligeramente? Uno de los perfiles de Morand parece hecho para mirar a
las mujeres; otro, para mirar a las ciudades.
En un principio, las mujeres de Morand
-Clarisa, Delfina, Aurora- eran a un solo tiempo la figura y el ambiente. De
este modo, el aire engendraba la figura sin pretender ahogarla, y la figura
creaba el paisaje con sólo un movimiento, con una frase o, simplemente, con un
silencio. En un principio también, al recordar estas tres figuras de Morand
pensábamos en las muñecas grises y delgadas que aun de frente parecen enseñar
sólo el perfil, de Marie Laurencin. Ahora, la asociación nos parece impropia, a
favor de Morand.
Clarisa es rubia, aficionada a las
antigüedades, pero, «más que el objeto, le seduce la imitación». Delfina tiene
unos negros ojos líquidos. Aurora, de aficiones salvajes, danza desnuda,
«dejando en nuestras retinas una imagen hindú con brazos y piernas múltiples».
Más tarde, las cosas que forman la tela de
Morand pueden verse y palparse por separado, al punto que casi podríamos decir
que el segundo término habitual de un cuadro cualquiera pasa a ser aquí,
victoriosamente, el primero. Sus breves novelas ya no se titulan, no podrían
titularse, con nombres de mujeres. El tiempo y el espacio intervienen como un
convidado cuya presencia no nos asombra sino en vista de nuestra falta de
previsión. Aparecen la «noche» y la «tierra». La noche catalana, la noche
turca, la noche nórdica no se llaman ya, simplemente: Remedios, Ana, Aino.
Las mujeres y las ciudades. El plano de una
mujer, el sexo de una ciudad. Los perfiles de Morand desaparecen. Ahora,
compuesto su rostro de frente, mira, indistintamente, a las mujeres y a las
ciudades. Para conocer a las mujeres es necesario recorrerlas. Para conocer las
ciudades es preciso palparlas. Y las ciudades y las mujeres de Paul Morand no
pueden ser una sola. Viajero obligado, su vida es la vida cosmopolita. Tiene
ya, detenido en libros, su Occidente, su Pre-Oriente, su Oriente. Parece
conocer una parte de Norteamérica; y, además, de los Estados Unidos ha sabido
decir que los viejos automóviles Ford son sus únicas ruinas.
Morand es el observador rapidísimo de gestos y
lugares, que en dos minutos levanta en un interior toda una ciudad o una raza.
Hombres y mujeres se mueven, gesticulan, callan, se frotan o se buscan. En Ouvert
la nuit, en Ferme la nuit, pasan nombres, vocablos y sitios que son
el universo internacional de este arquero que lanza tan certeras flechas sobre
todo cuanto mira, que, si tuviera tiempo de detenerse un momento frente a un
espejo, su imagen quedaría acribillada.
Paul Morand tiene treinta y ocho años y un
público internacional que lo busca por diversas razones, aun por aquellas que
no son estrictamente literarias. Esto último nada tiene de extraño: Chesterton
nos enseña que un impresor, leyendo la Biblia, no encuentra sino las erratas.
Sus asuntos sexuales y su lenguaje han
contribuido a imantarle lectores. Su más reciente libro se titula,
significativamente, Rien que la terre. Como todos los suyos, es el libro
de un sensual, de un hombre que pone en juego sus sentidos, alejándolos y
acercándolos como el fotógrafo el silencioso acordeón de su cámara de fuelle,
para conseguir la visión exacta.
A la inversa de Valéry Larbaud -a quien
recordamos por lo mucho que de Morand difiere-, más que el carácter le interesa
la manía del sujeto. El tic nervioso, la zozobra de un instante, el ademán que
descubre un vicio o un deseo, el laberinto psicológico cuya salida está en una
mirada. Por todo esto, su estilo es agudo y rápido. Quebrado estilo de hombre
que husmea, frota, espía... En pocas palabras, estilo de hombre sensual.
¿Pero no debe ser un lugar común, tan bello
como el verso de Racine más veces citado:
La
fille de Minos et de Pasiphaé
que la sensualidad es una forma de la inteligencia?
1927
Textos y pretextos: literatura, drama, pintura, La Casa de España en México, 1940; FCE, 2018.
viernes, 10 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La despedida de Anatole France
Pedro Henríquez Ureña
Sabe el artista, el grande artista de madurez
cuyo gradual desarrollo se cumple bajo la ley de “cultura” expresada por
Goethe, cuál es el momento en que la obra de su vida alcanza su término. El Parsifal
de Wagner, la Resurrección de Tolstoi, Cuando despertamos... de
lbsen, son altas cimas crepusculares: el artista deja atrás los torbellinos de
la pasión y abandona, como Próspero, los símbolos de su poder y su prestigio
para encaminarse al reino del silencio.
El gran
maestro de la ironía y de la sagesse alcanzó la región espiritual en que
la vida, sobre cuyas horas vigiló sin tregua el pensamiento, se torna clara y
define su perspectiva moral, como valle que dejamos atrás cubierto de nieblas
matinales y cuyas líneas puras contemplamos, en la tarde pacífica desde la
cumbre. Es más: alcanzó ya, en vida, la reacción que sobreviene contra toda
grande fama. Acatado como excepción (excepción entre los académicos, excepción
entre los realistas, excepción entre todos los de ayer) por generaciones más
jóvenes que la suya, Anatole France pareció poseer el secreto de la perpetua
juventud literaria. Pero fue ilusión: la juventud es implacable; la juventud
pide renovaciones, y no transige; cada generación trae nuevas interpretaciones
de la vida, sentido nuevo del arte, y los que fueron de ayer rara vez aciertan
a entrar íntimamente en el espíritu de la nueva hora. La reacción tardaba, pero
llegó al fin. Anatole France no podía ser el ídolo de 1914.
La literatura francesa de hoy, idealista,
sincera, ardiente, devota por igual de las ideas sutiles y de las emociones
“directas”, inmediatas, representa la realización de una estética radicalmente
distinta de la que imperaba hacia 1885, salvando excepciones como la inevitable
de Verlaine. Más aún: representa la realización de una estética distinta de la
que tradicionalmente se ha llamado francesa. Porque ésta, la novísima, es una
literatura idealista, en el sentido filosófico de la palabra, no en el de
espiritualismo más o menos religioso (aunque éste no falta) ni en el de
“irrealismo” más o menos insulso. Literatura en que ideas y emociones, fundidas
con íntimo enlace de que solo hallábamos ejemplo frecuente en Inglaterra y
Alemania, producen un ritmo amplio que aspira a tocar por una parte los
linderos de la música, por otra los del pensamiento filosófico. Literatura en
que cada asunto busca su forma propia, en vez de adoptar perezosamente uno de
los modelos acepta dos: el párrafo a la Bossuet, los pareados de la tragedia
siglo XVII, la “incisiva” prosa volteriana, la “tirada” de Hugo, la descripción
de los realistas.
Anatole France representa, y de modo supremo, muchas tendencias
contrarias; y si éstas son las realmente francesas, no se equivocan quienes la
consideran arquetipo de su pueblo. No es ideólogo por temperamento, ni menos
metafísico: conoce todas las filosofías, pero no le apasionan. Comparadlo con
Camille Mauclair y sentiréis, por contraste, la revelación del temperamento
metafísico, inquieto y hondo, en el arte contemporáneo. Escéptico, pues,
filosóficamente, pero escéptico activo (hasta en la crítica), dueño de todos
los recursos de sagesse que suele dar el escepticismo, vivió bajo el
peligro de la medio cridad esencial que tantas veces apunta en el escritor
francés, por debajo de las perfecciones del procedimiento: la mediocridad que
nace de la ausencia del sentido ideal, del concepto trascendental de la vida,
núcleo necesario del arte supremo, sin el cual no serían más que pintoresco
simulacro y brillante apariencia los poemas homéricos y la tragedia ática, la
obra de Dante y la de Shakespeare. Escéptico, irónico, sage, francés, en
suma; hasta gaulois, como que sabe dar a la sensualidad su papel en la
vida (por lo menos en la vida de Francia) y aun a las palabras fuertes su papel
en los libros, Anatole France representaba una actitud distinta de la que asume
la juventud de hoy, que abre ante el esplendor del mundo los grandes ojos
impresionables del Jean Christophe, de Romain Rolland.
Pero la ironía puede ser una forma de pensamiento filosófico, y la ironía
que corre a través de la obra de France, como río cada vez más caudaloso hacia
el cual fluyen todas las formas intelectuales, se convierte al cabo en una
filosofía de la historia humana. La obra adquiere, así, unidad original y
superior, y sabor que hace pensar en la literatura inglesa, como en otros
autores centrales de la francesa: Balzac, por ejemplo, o Flaubert. El Gulliver,
la Batalla de los libros, todo el Swift humorista ¿no anuncian aspectos de Bouvard
y Pécuchet, aspectos de la obra de France?
Además,
a su modo, France es idealista; quiero decir, tiene su ideal. Ideal no
filosófico, sino “social” -francés, por lo tanto-, pero ideal al fin. Ha
combatido por el pueblo, sobre todo por la libertad espiritual de su pueblo. No
todo fueron rosas y mirtos en su vida pública: sobre él ha lanzado piedras el
populacho fanático. Y su fe en la redención moral e intelectual de los hombres,
surgiendo de su filosofía irónica de la historia, es el motivo ideal que da a
su obra sentido superior. Sobre esta filosofía irónica, pero generosa en su
deseo del bien humano, acaba de tenderse melancólico manto de sombra. La
rebelión de los ángeles, la última novela de France, tiene, a la luz de los
acontecimientos actuales, el carácter de una despedida. Se piensa que el maestro,
agobiado ya, no volverá a la labor literaria después que pase la crisis que
agota a Francia. La perspectiva de la guerra inevitable, destructora e inútil,
la seguridad de que los esfuerzos de liberación espiritual quedarían
suspendidos, la tristeza de contemplar el trabajo de toda una vida amenazado de
esterilidad, cuando no por conflictos exteriores, por las mezquindades de la
política interna -tales son las notas finales del libro-. Y como quien renuncia
al esfuerzo público; como si un escepticismo amargo hubiera sustituido al
antiguo escepticismo irónico pero activo; como quien se refugia en un
individualismo triste porque se marchita su fe en la humanidad, Anatole France
cierra la visión del arcángel rebelde con el abandono de toda conquista de
poder. “No conquistemos el cielo: bástenos el ser capaces de conquistarlo. La
guerra engendra la guerra; la victoria engendra la derrota... Hemos destruido a
laldabaoth, nuestro tirano, si hemos destruido en nosotros la ignorancia y el
miedo... La victoria es espíritu. Es en nosotros, y solo en nosotros, donde hay
que atacar y destruir a laldabaoth.”
2 de diciembre de 1914.
El Heraldo de Cuba, 7 de
diciembre, 1914; como “Anatole France’s valedictory”, en The Forum, New
York, October 1915, vol. 54, núm. 4, pp. 479-481. También en Renacimiento,
núm. 22, Santo Domingo, febrero, 1916; La Nave, México, Núm. 1. mayo 1ro,
1916, pp. 49-52; Desde Washington (Minerva Salado), FCE, 2004; Obra
Completas, T. 5, (Miguel D. Mena), Santo Domingo, 2013.
miércoles, 8 de abril de 2026
El ocaso de los semidioses
El ocaso de los semidioses
Alejo Carpentier
La publicación de una reciente novela de
Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria
parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron
algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor
de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza
psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran
guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo
en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y
publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla
castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina,
entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de
pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas
para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos
tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un
conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le
elogiaba; se le compraba.
Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza
en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el
éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores,
sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las
costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el
"conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba
como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus
libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían
de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas
a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico
mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la
sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor
sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus
antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al
día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no
comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos
preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marcel Prevost?"
Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave,
para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan
profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho
más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente
para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores
como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una
envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy
un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor? ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que
constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo
que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.
Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a
ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que
fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor
que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en
el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me
refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos,
pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais,
y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los
poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta
entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones
acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido
resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."
Hace
poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos
libros de Anatole France se vendían al mes.
-Tres o cuatro -me respondió este librero
privilegiado.
Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de
semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda
sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir
este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará
siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer? No precisamente. Los hechos parecen demostrar
lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por
el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los
lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada
vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles
Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más
auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?
El problema tiene, a mi juicio, una
explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y
apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain
Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles
en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un
problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica
a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de
fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos,
sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos
que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que
necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y
recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa
irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría
de malhechor público.
Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales.
“El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión modificada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.




