domingo, 14 de junio de 2026

Las ratas

 

  Surama Ferrer


 Sentado en un rincón de la habitación contempló ávidamente la entrada de una rata de oscura pelambre y nervioso andar a saltos cortos. La siguió con los ojos, por el piso de ladrillos desajustados; olisqueando hacia el otro rincón, donde la cuna permanecía inmóvil. La rata dio vueltas en torno a los balancines del pequeño mueble y emitió chillidos penetrantes, como para darse valor y escalarlos... A sus chillidos contestaron, de la habitación contigua, otros... El corazón le latió apresurado.

  -Van a venir más -se dijo-. Y esperó anhelante.

 Dos animales grisáceos, enflaquecidos, asomaron sus ojillos relucientes, interrogantes, temerosos de imprevistos peligros. El permaneció inmóvil, diciéndose:

  -Si me muevo, huirán... Me estaré quieto, para darles confianza y que entren... ¡que entren!

 Contuvo la respiración sin quitar la vista de los ojillos inquisitivos. Entró una rata y se detuvo, Chilló y echó a andar... Él contó:

  -Una.

  -Dos, tres, cuatro... Se animan, vienen más...

  -Cinco, seis, siete, ocho. ¡Ocho! Qué flacas están...

  -Nueve... ¿Nueve fieras hambrientas!

 La plaga de roedores atravesó desordenadamente la habitación distrayendo a cada paso el olfato, la vista y el apetito con alguna migaja o alguna pieza de ropa tirada bajo los muebles.

  Él pensó:

  -Qué despacio van, para estar tan hambrientas... Se distraen con cualquier cosa. Es que tienen miedo, ¡cobardes! ¡asquerosas! Lo huelen todo... Y mira aquella, todavía rondando la cuna, sin atreverse a subir... ¡cochinos ratones!

  En un montón de ropas se detuvo una de ellas... Chilló fuerte. Acudieron las otras y se metieron por los repliegues de las telas. Revisaban meticulosamente cada oquedad, asegurándose la salida. Desenvolvían las telas, se enredaban, tiraban de sus extremos. Una roía una tira y se alejaba de las otras...

 ¡Animales! Entretenerse con los trapos de ella, llenos de sangre. Reflexionó: -Le metieron muchos y todos se empaparon de sangre. Cuanto más crecía la tonga de trapos ensangrentados, más se me moría ella...

  Olvidó las ratas adueñándose de la habitación en penumbras y revivió a su mujer, desfigurada por el dolor, desfalleciendo encima de la mesa, y él con las manos inútiles, sin poder hacer nada. ¿Qué sabía un hombre de partos y de dolores de las mujeres? Sólo veía que ella estaba mal. Se lo veía en los ojos, cuando sus dos pupilas negras, tan redondas y luminosas, se opacaban y daban vueltas y más vueltas por el globo del ojo, hasta que se quedaron fijas definitivamente. Fijas y cristalinas, perdiendo la luz y el color.

   -Yo quisiera hacer algo. Yo le dije a la Comadre:

  -Comadre, ella está muy extraña ¿qué le pasa? ¿no le puede hacer algo? -Y ella me dijo, haciendo que se encolerizaba:

  -Los hombres no saben de ésto... Yo sí. Aquí en la Ciénaga todos los que han nacido en los últimos diez años, los he sacado yo...

  -Pero se demora mucho, y ella es débil y está sufriendo... ¡Óigala como grita! ¡No puedo soportar sus gritos! ¡Déjeme acercarme a la mesa!... Me horroriza esa sangre, pero déjeme acercarme a ella.

  -No. ¡Salga, salga! La va a poner nerviosa... Yo sé lo que hago...

  -Pero ella no puede más, lo sé...

  -De todos modos yo le saco el muchacho... Es cuestión de tiempo. ¿Si habré sacado yo muchachos en esta Ciénaga! ¡Si sabré yo como se ponen los hombres furiosos cuando pierden el hijo, y les queda la mujer!... Primero el chiquito, el chiquito, me gritaban. ¡Puah!

  Él se calló y estuvo muy quieto mirándola, desde allí, desde la misma puerta por donde entraron las ratas... ¡Las ratas!... Miró alrededor y las vio en círculo, rodeando la cuna, chillando y chocando unas con otras, sin decidirse a subir. Retornó a sus recuerdos... Ella seguía gritando y su voz era un sonido horripilante en la quietud de la madrugada... Los gritos salían por todas las puertas de la casucha miserable y volvían a entrar y se llenaba la casa de gritos que le helaban el sudor en los poros... La voz se debilitaba. Sonó uno de hembra herida, desgarrada. Fue el último... Entró en el cuarto y vio a la Comadre afanosa, con algo rojizo entre las manos.

  -¡Un macho! -le dijo por encima del hombro-... Toma, cógelo, y ponlo en la cuna... Después échame acá todos los trapos del armario... Le sale mucha sangre...

  -Sí... Sí, los trapos...

  Eran aquellos mismos trapos que las ratas revolvieron como si fueran golosinas. Los trapos con la sangre de ella. ¡Con toda la sangre de ella! Él quiso gemir, y los recuerdos se interpusieron a su necesidad de desahogarse...

 -¡Más trapos... más trapos! -jadeaba la Comadre-. ¡Pronto, que se desangra, la muy boba!... ¡Más!...

   El corrió de la mesa al armario. Lo vació; abrió después el baúl y sacó su ropa, sus vestidos ingenuos, con cintas descoloridas y un olor suave a sudor de mujercita desflorada...

  Así transcurrió mucho tiempo. El hurgando por todas partes y la Comadre pidiendo más y tirando al suelo los trapos rojos, pegajosos...

  -No más... ya no más, -oyó que le dijo a sus espaldas, y puesto en pie miró a la Comadre...

  -¿Qué?...

  -Que no mis trapos, ya no hacen falta...- ¿Por qué?...

  -Porque está muerta... Se desangró como un pollo... Sin remedio, sin remedio!

  Entonces, no supo lo que le sucedió. Se fue acercando a la mesa y le miró la carita blanca, afilándose por momentos... Blanca y larga como la hoja de una daga mora. Y los ojillos negros haciendo una cruz con la línea de la nariz... Estaba desnuda, con las manos crispadas en sus senos chiquitos, de mujercita recién desflorada... Y entre las piernas abiertas, aquel infierno rojo angular, hirviente... Tenía que taparla, y se le echó encima a llorar, cubriéndola toda...

  La Comadre le decía desde lejos:

 -No debes llorar. Los hombres de aquí de la Ciénaga no lloran... Ahora tienes que atender al crío. Yo le voy a dar leche, pero cuando me vaya, si grita, se la das en esta botella... ¡pobrecito! ¡mira como se le llena la boca con la chupeta! ¡y cómo se embarra! La mujer se reía, ¡se reía!, ¡con ella muerta encima de la mesa!

 ¡Ah! ¡Qué bestia era aquella Comadre! ¡Ocuparse del macho que la mató a ella! Y la mujer seguía hablando:

 -Este machito, necesita de una mujer que lo cuide... ¡si señor! Cuando se la lleven a ella al amanecer, cuando yo vaya y dé el aviso, te debes buscar otra enseguida... - pensó un momento: - ¡Ajá! ¡Ya sé: la hembrita del botero, la más chiquita, tiene catorce años, pero puede servir... ¡puede servir para los dos!

  Él se dijo: todavía se ríe, se ríe, la muy cínica, con ella muerta aquí arriba de la mesa...

  -Ya está. Se embuchó la leche... ¡Bueno! ¡Me voy! Te acompaño en el sentimiento... Cuando venga por la mañana las envuelves con algo y ellos se la llevan para la Ciénaga... Allí están enterrados todos los de aquí, en la tembladera del centro... Una piedra en los pies, y ya está...

  Él seguía llorando.

 -¡Ah! Antes que se me olvide... No te estés ahí tirado encima de ella, la pobre, déjala descansar... Júntale las piernas... Cuida al crío, que las ratas del cayo son unas fieras y se meten en las casas y le comen pedazos a la gente... Ten cuidado con el machito y esas ratas de manigua...

 Todo pasó tan rápido... Se la llevaron. Se quedó solo con el machito que dormía en la cuna... Dio unas vueltas por la casa y no quería acercarse a la cuna... Pasó el día y no hizo nada, sólo podía pensar en aquello mismo, oyendo sus gritos... El último, sobre todo, el último que fue la despedida. Se cansó de dar vueltas y se tiró en el rincón del cuarto, vigilando la cuna... Se dijo que no valía la pena estar toda la vida vigilando aquello, que le mató a la mujer... El machito era culpable, no debía cuidarlo. ¿Para qué?... De pronto se acordó de las ratas... Sí... allí estaban, revolviéndolo todo. Entraba poca luz, casi no las veía, pero escuchaba el ruidillo de sus uñas en los ladrillos... No se decidían a la faena... Porque, ¿qué se haría él con un crío? El hijo la mató a ella y debía morir también... Pero él no sabía matar. No podía matarlo... Las ratas sí sabían: roe que roe la carne blanda, las venitas débiles, los pulmones chiquitos, el corazón vivo. Ellas sabían. Y él tenía que esperar a que acabaran, para estar libre de aquello... Tenía que esperar. Se balanceó la cuna. Los chillidos de los roedores lo paralizaron. Oía atentamente.

  -Están subiendo por los balancines de la cuna... Se empujan... Se demoran... ¡animales!... No... ¡Llegan!

  La cuna se movió con rapidez. Ellas chillaban fuerte... Un grito inarticulado comenzó a invadir la cuna. Se fue dilatando, haciéndose continuo y desesperado... El respiró hondo desde el rincón:

  -Lo están mordiendo... ¡Cómo grita!

 El grito del recién nacido se ahogaba, para resonar con más intensidad... Las ratas se disputaban las porciones mis suculentas... La cuna saltaba sobre los balancines al empuje de las bestezuelas, rata devorando al infeliz ser humano indefenso. A medida que aumentaba la furia del ataque y arreciaba el grito animal del hijo, él comenzó a sentirse mejor:

   Qué alegría... Cómo trabajan estas ratas cochinas... Están locas con el olor a leche del crío y con las masitas blandas... Me están librando... En cuanto acaben me largo a la Ciénaga, a tocarle a ella los senos, debajo del fango... ¡Pobrecita! Me estará esperando... ¡Qué se lo coman de una vez! ¡asesino! Mató a su madre...

  El balanceo de la cuna disminuía. El grito enronquecido se ahogó definitivamente... Una rata saltó al suelo y huyó a la manigua... Le siguieron las otras... El cuarto se adormiló en un silencio roto a intervalos por una risa reposada... Se alzó y rio con más frecuencia... Alargando sus carcajadas en una a abierta, gutural... Se agarró los cabellos... Después abrió los brazos y riendo echó a correr por la manigua. Entró en el caserío sorteando las casas y las gentes que se quedaban mirándole boquiabiertas... Enfiló hacia el puente de tierra, que moría en la tembladera del centro... Un carbonero acertó a gritarle:

  -¡Por ahí no, animal, que te entierras en la tembladera...!

   Rio más y contestó:

  -¡Las ratas! Las ratas... ¡Ya voy...!

  Faltó la tierra apisonada del puente bajo sus pies... Saltó, y cayó rígido, como una saeta hendiendo la tersura de la Ciénaga... El regazo oscuro y corrompido del fangal acogió la risa loca del hombre suicida, y la devolvió lentamente a la superficie, en burbujas semiesféricas, de un gris opaco...



sábado, 6 de junio de 2026

La isla de los muertos

 

 Federico de Ibarzábal 

 

 No. Este es, seguramente, el Puerto de la Buena Arribada.

 El piloto decía:

 -¿Para qué ir más adelante?

 Y como todos tienen deseos de desembarcar...

 Echan el ancla.

 Si, es bello. Pues como florecen las rosas del otoño y hay sol dorado y azules transparencias en la atmósfera que ondula de brisas y esto es grato...

 Se viene de lejos.

 Llegar. A alguna parte, pero llegar. ¿No se ha perdido el camino.  

 Así es posible echar el ancla.

 Las islas maravillosas están ahí, en las páginas infantiles de los libros daneses. Aquí no. Estamos en rada, ahora que es tiempo de mediodía y va a zarpar una goleta con buen viento del este.

 -¡Eh, del barco!

 -¡Salud, marineros!

 Deja atrás la Isla de los Muertos. Deja atrás el dolor y la desesperanza. He ahí su proa hendiendo azules de crestas blancas en el golfo rizado y pequeño, y su casco frágil de quilla verde. Se va. Cuando alcance el mar libre...

 Ya está. El bauprés apunta directamente al norte.

 -¡Salud, marineros!

 Vosotros pasaréis sobre nuestras huellas. Es lo mismo. No se sabrá nunca. Nosotros ocupamos vuestro lugar en la rada.

 -Poco a poco, camaradas. Esto es muy pequeño.

 Junto a la baliza de fondeo borneamos suavemente y caemos proa a levante, acoderados y expectativos.

  No se sabe nada. Nadie sabe nade.

 -¡Tú, piloto!

  La Isla de los Muertos está ahí, toda blanca, y azul, y dorada, y no da miedo verla. ¿Y este no es el Puerto de la Buena Arribada?

  No lo parece. 

 -Entra, marinero. ¡Avante! Penetra bien toda esta isla y no mires atrás. Ahí queda tu mundo pequeñito, bien guardado, custodiado, vigilado. Sigue adelante y no te preocupes, hijo, que la salvación está en ti mismo. Todo, también, lo llevas en ti. Y ya te llamarán cuando hagas falta. Todo está en ti mismo.

 -¿Hasta la esperanza?

  El contramaestre sonríe.

  Sabe que no hay lugar a la esperanza. Todo lo ocupa el olvido en la Isla de los Muertos. ¿Cargada de qué, pues, salió esta goleta?

 La calle es ancha y clara. Huye del muelle recta como un buen propósito, hacia el corazón de la ciudad. ¡Cuidado, marinero! El contramaestre va derecho, por el medio de la calle, Si no oyes el canto de las sirenas, ¡oh, marinero!... De todos modos te agarrarán por un brazo...

 Todos aquí están muertos, sin embargo. No saben que marchan por la calle de la Buenaventura. No saben que la calle no conduce a ninguna parte, sino al corazón de la ciudad. Que es como decir...

 Y las sirenas, en sus grutas de papel pintado, duermen la siesta.

 -¿Es verdad que están muertos? -dice el marinero.

 Los ve pasar. Cruzan por su lado y junto al contramaestre, sin verlos, sin cuidarse de ellos, ingrávidos y tristes como si los acabaran de desenterrar tras largos años de experiencia subterránea. No lo cree el marinero y va a tocar a uno de ellos. El ciudadano le oculta a aquel extraño su condición de muerto. Muerto, muerto, esquiva rápido y huye lejos, evasivo y ligero como si se quisiera muerto hace muchos años. ¿Y este no será a lo mejor, y tal vez y probablemente, un enterrador? El marinero ve otra vez la sonrisa del contramaestre. Una sonrisa ciertamente estúpida y que no tiene razón de ser. Porque no debe el marinero reírse de los muertos -y menos cuando se está en la Isla de los Muertos- él, que viaja en un féretro flotante, por encima de montañas de muertos. A veces, junto a barcos que llevan una tripulación de cadáveres. Y con pasajeros que han muerto hace muchísimo tiempo.

 El marinero es rubio y noruego, de Oslo. El contramaestre, danés y supersticioso.

 -Entonces, ¿de qué te ríes? -le dice el marinero.

 -Es que esto no nos importa a nosotros, camarada marinero. Y es verdad que ven cosas extrañas, que sólo hacen reír a los que llegan de fuera, del mar lejano y turbio, o gris o verdoso o de azul absoluto. La risa no es más que una presunción del contramaestre, porque cree saberlo todo. Así lo interpreta el marinero: -¿Y esos, también están muertos?

 Cruza un pelotón de soldados.

 El contramaestre calla. Ve la punta de los rifles y él no sabe lo que puede pasar. Luego dice:

 -Debe ser una patrulla de relevo.

 Piensa si serán los soldados que cuidan de los cementerios de la isla para que no se les vaya ningún muerto.

 -Todos, todos, están muertos, dice pensativo el marinero.

 -¿Tú no recuerdas, Olsen? En la rada no hay ningún barco.

 -Es que aquí no entran barcos. Es la Isla de los Muertos, Bergen.

 Hace rato que ven cruzar junto a ellos innumerables siluetas. Algunas se detienen, vacilan un momento -¿se irán a caer?-, reinician su camino. No se quieren mover de la esquina por temor a tropezar con algunas de estas siluetas pálidas y graves, y derribarlas. El contramaestre no hará nunca eso, ni por descuido. Quiere volver a Rotterdam... Dos sombras cruzan por su lado. Una dice:

 -¿Ves? Todo está muerto...

 Bergen mira a todas partes. Toca a Olsen con el codo:

 -“Todo está muerto.” ¿Oíste, Olsen?

 -Es terrible -dice la otra sombra, alejándose de su compañero.

 Por el cielo, de un azul pastel, cruza muy alto, un avión amarillo. Una esquina más adelante, encuentran una fila de automóviles, junto a la acera. Todos sus choferes, muertos seguramente, se han quedado como dormidos.

 -Mira -dice Olsen-. Parece que estuvieran durmiendo.

 Uno tiene un periódico entre las manos igual que si leyera.

 -A lo mejor es un diario de hace ocho años, Olsen.

 Se detiene para ver mejor.

 -¡Un diario de ocho años! Estábamos... -pensó un momento. Estábamos en Malasia.

 Acercándose, Bergen observa la fecha del día, estampada como una cifra de misterio en la primera página del diario.

 -No me explico, Olsen...

 Echan a andar.

 Frente al edificio de la Cámara de Comercio, ven que la casa está sombría, abandonada, como si desde hace mucho tiempo antes no se hablara allí de transacciones, ni de intercambios, ni de mercaderías de ninguna clase, ni de nada absolutamente.

 -Esto también está muerto, Bergen.

 -¿Y esto? -dice Olsen más adelante.

 -¡Oh! La Bolsa. También muerto. Aquí no se cotizan valores lo menos desde que nosotros andábamos capeando aquel tifón del mar de la China.

 Olsen está más rojo ahora y más rubio bajo el sol del mediodía, que enciende la calle con chorros de oro vivo.

 Unos álamos perecen bajo el polvo, a lo largo de la avenida. Las casas, despintadas y sucias, parecen próximas a derrumbarse bajo el peso de su abandono. Casi todas están desocupadas. En sus puertas hay clavados letreros iguales, como lápidas.

 -Nichos vacíos, Bergen.

 Son casas desalquiladas. Sus moradores, probablemente, ya están en el otro mundo. Los carteles tienen polvo de muchos años. Algunos están rotos por la lluvia y el viento. De su interior llega olor a humedad, a moho.

 -Deben de ser interiores desolados y oscuros, Olsen.

 Trata de mirar por una ventana que tiene las persianas rotas. Se echa otra vez al centro de la calle, tapándose la nariz. Por poco lo atropella un automóvil. No se indigna.

 -Los pobres, como no ven.

 Se refiere al chofer.

 El driver, efectivamente, aunque quisiera disimularlo hábilmente, no puede negar que es un cadáver. Hasta huele mal. Además, no hay sino que ver su cara amarilla, sus pómulos casi descubiertos bajo la piel arrugada y muerta.

 -Debe ser un muerto de hace poco tiempo, Olsen.

 -Te lo conocemos, amiguito -dice Bergen al chofer.

 Mira el reloj.

 -Las doce y treinta, Olsen.

 No hay un solo almacén abierto. Desde luego, ¿para qué? En una tienda de extranjeros encuentran unos cuantos hombres vivos.

 -Survivors, Olsen. *

 Entran. No huele a cadáver. Ni a tumba recién abierta. Sino a vino, a aceites y a arenque ahumado. Sentados a la mesa, con la cara hacia el norte, y en un pedazo del edificio del Congreso. Un largo merengue con una cúpula de natilla que se tuesta al sol. Enfrente, otra fila de automóviles con sus cadáveres al timón, inmóviles como sus vehículos. La fonda está llena de moscas y de silencio. En una vitrina que llega hasta el techo, un techo bajo, abovedado, detrás del mostrador carcomido, se ahílan botellas con marbetes inscriptos en todos los idiomas del mundo. Olsen y Bergen piden vino, señalando una botella con un letrero que dice: “Rioja”, y que ellos conocen perfectamente desde su reciente recalada en Veracruz. Se les da hielo, que rechazan prontamente. No se explican que no se tome el vino caliente. Salen luego, después de dejar sobre la mesa de tabla un dólar, la moneda internacional en América. Es la una de la tarde.

 Por la calle abajo, observan que los escaparates de todos los comercios están agujereados de proyectiles. Algunos cristales han desaparecido y se les ha sustituido con tablas. Muchas calles están así. Algunas parecen una valla interminable, donde no se anuncia nadie. Ni la virtud de ningún específico ni los milagros de las panaceas locales. No es extraño. ¿Qué aplicación han de tener estas cosas en la Isla de los Muertos?

 Hay cosas curiosas. Por ejemplo: aquel tendero inclinado sobre una carpeta, con una pluma en la mano y los ojos a medio cerrar... Cualquiera diría que está escribiendo, y fatigado de sueño... ¡Un muerto! Y cosas espantosas: junto al quicio de una puerta, una mujer sentada en el suelo, con la espalda pegada a la pared, como si acabaran de fusilarla. Todavía tiene los ojos abiertos. Pero ya no miran a ninguna parte. A su lado, cuatro chiquillos envueltos en andrajos, sin carne alrededor de los huesos. El pellejo -se advierte por los claros del churre- es amarillo como el de los niños en Amoy o en Nangking. Por sus cráneos rapados pululan caravanas de insectos internacionales. Uno de esos chiquillos, que no está bien muerto todavía, al ver pasar a Bergen y Olsen, se alza de su pudridero. Con enorme sorpresa de Bergen, el pequeño se mueve, tiende las manos y dice en un slang desmañado:

 -Mister, one cent!

 Le dan algunos centavos.

 La mujer fusilada se mueve un poco, y Bergen cree que una ráfaga de aire la va a derribar al suelo. No lo quiere ver y se marcha.

 Unos camiones enormes, de altas paredes metálicas, cruzan con terrible estrépito. A Olsen le parecen carros para la basura, pero Bergen insiste en que son grandes depósitos de cadáveres que van a ser precipitados al mar. No está muy seguro. Pero debe de ser así, dado que despiden tan mal olor. El estruendo se apaga en una calle lejana. El hedor se confunde en la atmósfera con los otros hedores de la ciudad muerta. La putrefacción es general, y Bergen -tan amigo de hacer observaciones- apunta que en el ambiente enrarecido deben flotar cómodamente y sin miedo a descender a ras de tierra, las almas de aquellos que habitaron un día las casas lapidadas.

 La ciudad es hostil y punteada de fealdades por todas partes. Un rincón de ella, no muy lejos del centro, por cierto, huele a estiércol. Es el barrio asiático. El sol es su único desinfectante. Todo aparece ahí lamentable, corrupto y purulento. Gacho, inconcluso y nonato. Un asco. Bergen y Olsen pasan rápidamente.

 -Eh, boys! Coming!

 Está semidesnuda, a la puerta de un prostíbulo. Pintarrajada por todas partes, parece una máscara. ¡Una sirena!

 -No, chica -dijo Bergen-. Que no tenemos inyecciones a bordo.

 Las residencias vacías, las siluetas enclenques de las sombras que cruzan dando la impresión de que van a deshacerse, y comercios abandonados, se suceden hasta el extremo de la ciudad muerta, triste en su silencio inmutable.

 Pasan aun frente a dos clubes, que tienen las puertas cerradas. No se atreven a hablar a nadie, pues temen oír respuestas de ultratumba, o sonidos inarticulados que no expresan nada.

 Continúan su marcha.

 Por todas partes no se ven sino edificios incendiados, casas abandonadas por sus moradores - muertos ya seguramente-, edificios saqueados. Apenas hay transeúntes. Ni vendedores. No se pregonan periódicos. No hay el menor síntoma de vida en ese sector de la ciudad.

 Atraviesan la ciudad.

 Sobre el bastión de una vieja fortaleza, un grupo de marineros mira al horizonte con vago gesto de cansancio. Otros reposan a la sombra de una casamata. La bayoneta de un centinela refleja el sol siniestramente.

 Por una calle, que no es ciertamente la de Buenaventura, ven los últimos estertores de la ciudad y las postreras miserias de la Isla de los Muertos. Hay, en las esquinas, hombres con las manos extendidas y rígidas, como queriendo comprobar si llueve. Hay muchos así por las calles. Bergen se imagina que son limosneros. Por la calle vuelan papeles sucios, amarillos de tiempo. Seguramente han muerto todos los basureros y las calles no han sido barridas desde ese tiempo. Lo único que parece conservar aún un poco de vida, son algunos álamos del parque. Pues hasta las banderas cuelgan fláccidas en sus mástiles endomingados.

 En una pequeña plaza, llena toda de siluetas amarillas, de escombros y de silencio, han visto humear un edificio de dos plantas, con su exterior cerrado. Las ventanas altas, de cristales, están perforadas por las balas. Mirando hacia el interior, Bergen ve los restos de una imprenta deshecha, con las maquinarias rotas, llenas de cenizas. Olsen comprueba que se trata de las oficinas de un periódico que el gobierno ha hecho quemar para hacerlo callar por la fuerza.

 Bergen sabe que, una tarde, la plebe que moría le dio fuego. Y como los soldados ya no tenían a quien fusilar, porque la ciudad no contenía sino una población de cadáveres, fusilaron el edificio del periódico. Cuatro horas después, los enterradores vigilaban, descaradamente, con el fusil al brazo, el enorme cadáver del periódico que había perecido entre las llamas. La pequeña plaza está salpicada de manchas de sangre y de comentarios vergonzantes.

 A uno de esos soldados, que ha evolucionado lo suficiente para emplear el acento humano al expresarse, se acerca Bergen:

 -¿Muchos muertos?

 -Hoy, siete -dice el mílite mirándolo fríamente.

 -¡Bah! -exclama.

 El soldado comprende:

 -Esto no duró más que diez minutos -dice-. Otros días hemos trabajado más...

 ¿Cuántos? -dice Olsen impaciente.

 -¡Oh!, otros días... Hasta cuatrocientos.

  Se ríe y vuelve la espalda.

 Los dos quedan clavados en el suelo. Cuando el soldado pasa otra vez junto a ellos, Bergen está recordando una vieja historia de sangre:

 -Hace un año, un marinero de Oslo, Nilsen, dio una puñalada, en esta misma ciudad muerta de ahora, a un fogonero italiano, durante una riña de taberna. Había sido condenado. ¿Qué será de él? ¿Cómo estarán los presos de la cárcel?

 Y dice al soldado:

 -¿Y en la cárcel?

 -¡Psh! Esos son muertos.

 El soldado lo dice despreciativamente. Piensa Bergen: “Pobre Nilsen! Se imagina que los han fusilado a todos.”

 Siguen. Ven los colegios cerrados, las escuelas abandonadas, los comercios abandonados. Muchos, tras inútiles barricadas. Cafés vacíos. Bares en silencio. Hasta las iglesias sufren de soledad y sus campanas están mudas. La policía ha muerto también, seguramente, porque no ven agentes por la calle. Casi junto a Bergen cruza rápido un camión militar erizado de fusiles. Piensa que, desalojada de cadáveres la ciudad -¿los habrán tirado al mar?-, las tropas han ocupado este último reducto de la vida en la Isla de los Muertos.

 Ahora van en silencio hacia los malecones desiertos.

 -¡Al puerto! -dice Bergen.

 El contramaestre se orienta. Siempre por el medio de la calle, llegan a la rada. El “Norgens”, en bahía, luce, desde el muelle, más pequeño y más insignificante en las aguas sin barcos. Humea como el Fusi Yama. Los fogoneros -se advierte enseguida- levantan presión, allá abajo, en el vientre oscuro de la embarcación, inmóvil como si estuviera dormida en las aguas sucias del puerto.

 No. Este no es el Puerto de la Buena Arribada.

 El piloto:

 -¡Eh, Olsen! ¡Bergen! ¿Qué hacéis ahí, como muertos, que no os movéis desde hace una hora?

 Los dos están amarillos, tirados a popa, bajo un sol que les derrite los sesos.

 El barco gana el mar libre. A popa queda la isla, en la desolación de su destino, como un enorme catafalco que se va agrisando en la distancia...

 

                                        1934

 

 *Supervivientes no traduce bien la palabra (survivors). Podría decirse mejor supervivess, es decir, hombres que han sobrevivido a sí mismos. (N.del autor.)

 


 La isla de los muertos y otros relatos, Selección y prólogo de Enrique Saínz, Letras Cubanas, 1983. Fotografía: Carteles, 1923. 


sábado, 30 de mayo de 2026

Dos bananas & el bananero

 


Joao Cabral de Melo Neto                                         

 

                       A Rodolpho G. de Souza Dantas

  

Entre la catinga tullida y raquítica,

entre una vegetación ruin, de orfanato:

en lo más alto, el cardenal se construye

su torre gigante y de brazo levantado;

quien lo topa, en esas tierras atróficas,

piensa que nació allí por casualidad;

pero es nativo del lugar, y de ahí que se haga

así de alto y con el brazo para arriba.

 

Para que, por encima del monte anémico,

desde el país eugénico más allá de las tierras,

se vea la banana que él, el cardenal,

ofrece a la catinga enana y hermana.

 

*

 

El bananero se da, lustroso de contento,

al fondo de los patios, entre deshechos,

entre montones de basura: hoguera fría

y sin humo, pero humeando mal olor;

y se daría mejor si el diccionario omitiese,

banana, gesto de rebeldía e indecente;

si, más allá de la banana fruta, registrase

banana cosa sin espinazo solamente.

De ahí que el bananero doble como impotente,

la erección de la malanguita, de crudo macho;

y de ahí que se conciba a las bananas sin hueso,

fáciles de desnudar, con carne de ramera.

 

  

Duas bananas & a bananeira

 

                      A Rodolpho G. de Souza Dantas

 

Entre a caatinga tolhida e raquítica,

entre uma vegetação ruim, de orfanato:

no mais alto, o mandacaru se edifica

a torre gigante e de braço levantado;

quem o depara, nessas chãs atrofiadas,

pensa que ele nasceu ali por acaso;

mas ele dá nativo ali, e daí fazer-se

assim alto e com o braço para o alto;

Para que, por encima no mato anêmico,

desde o país eugênico além das chãs,

se veja a banana que ele, mandacaru,

dá em nome da caatinga anã e irmã.

 

*

 

A bananeira dá, luzidia de contente

nos fundos de quintal, com despejos,

Com monturos de lixo: fogueira fria

 

e sem fumo, mas fumegando mau cheiro;

e mais daria se o dicionário omitisse,

banana, gesto de rebeldia e indecente;

se além da banana fruta, registrasse

banana coisa sem espinhaço somente.

Daí a bananeira dobrar como impotente

a ereção do mangará, de crua macheza;

e daí conceber as bananas sem caroço,

fácil de despir, com carne de rameira.


 

Versión: Pedro Marqués de Armas



lunes, 25 de mayo de 2026

The Country of the Houyhnhnms



João Cabral de Melo Neto


Para hablar de los Yahoos, es necesario

que las palabras funcionen de piedra:

que de pronunciarse, se pronuncien

con la boca para pronunciar piedras;

que si escritas, se escriban en duro

en la página dura de un muro de piedra;

y más que pronunciadas o escritas,

que se tiren, como se tiran piedras.

Para hablar de los Yahoos se necesita

que las palabras funcionen de filo,

como en la sátira; o, como en la ironía,

se armen ambiguamente de dos filos;

y que la frase se arme de lo perforante

que tienen en el Pajeú las facas-de-punta:

faca sin dos filos y aun así ambigua,

por no verse en ella dónde no es punta.


2


O para cuando se hable de los Yahoos:

tratar de no oír hablar, como mínimo;

o bien oír en el silencio todo en puntas

del cactus espinoso, bien agreste;

apurar y azuzar, debajo del silencio,

al cactus que duerme en cualquier no;

avivar en el silencio las cien espinas

con que puede despertar el cactus no.

O para cuando se hable de los Yahoos:

no querer oír hablar, por lo menos,

o bien oír, pero engatillando la sonrisa

para dispararla en cualquier momento;

oír los planes-últimos para los Yahoos

con una sonrisa en la boca engatillada:

en la boca que no puede balas, pero puede

una sonrisa burlona, tiro claro.



The Country of the Houyhnhnms


Para falar dos Yahoos, se necessita

que as palavras funcionem de pedra:

se pronunciadas, que se pronunciem

com a boca para pronunciar pedras;

se escritas, que se escrevam em duro

na página dura de um muro de pedra;

e mais que pronunciadas ou escritas,

que se atirem, como se atiram pedras.

Para falar dos Yahoos se necessita

que as palavras se rearmem de gume,

como numa sátira; ou como na ironia,

se armem ambiguamente de dois gumes;

e que a frase se arme do perfurante

que tem no Pajeú as facas-de-ponta:

faca sem dois gumes e contudo ambígua,

por não se ver onde nela não é ponta.


2


Ou para quando falarem dos Yahoos:

furtar-se a ouvir falar, no mínimo;

ou ouvir no silêncio todo em pontas

do cacto espinhento, bem agrestino;

aviar e ativar, debaixo do silêncio,

o cacto que dorme em qualquer não;

avivar no silêncio os cem espinhos

com que pode despertar o cacto não.

Ou para quando falarem dos Yahoos:

não querer ouvir falar, pelo menos;

ou ouvir, mas engatilhando o sorriso,

para dispará-lo a qualquer momento;

ouvir os planos-afinal para os Yahoos

com um sorriso na boca engatilhado:

na boca que não pode balas, mas pode

um sorriso de zombaria, tiro claro.



Versión: Pedro Marqués de Armas


sábado, 23 de mayo de 2026

La humareda en el Sertón

 


João Cabral de Melo Neto

 

Donde la humareda apenas toma cuerpo;

donde ni puede el barroco festoneado 

de la manguera matriarcal, corpopulenta,

de la que en Mata el humo finge el gesto. 

Ni siquiera el barroco, más torcido pero rastrero, 

de cuando la humareda se hace en el anacardo. 

 

*

Donde tampoco la humareda toma cuerpo;

donde ni puede enarbolarse de tan rala,

tanto como el aire ralo por el que arbola 

el hilo del árbol que puede, deshilachado.

Donde sin embargo, porque no puede el barroco,

puede ella empinarse esencial, en su único tallo;

unicaule, pero muy distinta del cocotero,

incapaz de ir rectilíneo al enarbolarse;

tallo único más bien de palmera a plomada,

de una palmera-pilastra, sin follaje.

 

A fumaça no Sertão

 

Onde tampouco a fumaça encorpa muito;

onde nem pode o barroco mil folheiro

da mangueira matriarca, corpopulenta,

de que na Mata a fumaça finge o jeito.

Nem o barroco, mais torto mas rasteiro,

de quando a fumaça se faz em cajueiro.

 

*

Onde também a fumaça encorpa pouco;

onde nem pode encopar-se de tão rala,

tanto quanto o ar ralo por que arvora

o fio da árvore que pode, desfiapada.

Onde porém, porque não pode o barroco,

ela pode empinar-se essencial, unicaule;

unicaule, mas bem diversa do coqueiro,

incapaz de ir linheiro ao empinar-se;

unicaule mais bem de palmeira a prumo,

de uma palmeira coluna, sem folhagem.


 

Versión: Pedro Marqués de Armas