Páginas

lunes, 27 de abril de 2026

Alejo Carpentier: Robert Desnos, el hombre-poeta



Tientos, diferencias y otros ensayos, Plaza & Janés Editores, S. A., 1987, pp. 58-61. 


domingo, 26 de abril de 2026

Una encrucijada del mundo

 

 Robert Desnos

                    «Yo no tumbo Caña» *


 ¡Puros de La Habana, café de las Islas, azúcar de las colonias!... La comida se termina. Un hombrazo rojizo... se parece al Tío Sam..., digiere sin discreción, mientras que su respiración hace estremecerse la pesada cadena de oro que cuelga de los bolsillos de su chaleco. Está ahíto. Una sangre demasiado espesa corre por las venas, que se divisan en sus sienes. Es lo que suele llamarse un hombre feliz, ya que no envidiable, y las horas pasan, entre el humo oloroso del tabaco y el perfume del café. Una gota de vino enrojece el fondo de un vaso, y, puesto como pisapapel sobre unas cotizaciones de bolsa, un trozo de azúcar semeja una piedra preciosa.

 Más lejos, entre las olas tibias de los mares del Trópico, Cuba brinda al cielo sus plantíos de caña, de tabaco y de café. El colono se sume en sus meditaciones, mientras que, a lo lejos, el ingenio norte-americano hace mugir todas sus calderas, en un calor de infierno. Acurrucado al pie de una palmera, un negro tararea el son popular:

                     «Yo no tumbo caña,

                 ¡Que la tumbe el viento!... »

 Dos paisajes, dos cuadros: todo el drama del azúcar en Cuba.

 Los tesoros de Cuba

 El azúcar es, en efecto, la principal riqueza de Cuba, antes que el tabaco y el café. Cuba no posee diamantes; sus pozos de petróleo, son de escasa importancia; el oro no corre por sus ríos. Pero el azúcar era un tesoro que parecía seguro. Nada, en su cultivo, estaba confiado al acaso, y, a cada cosecha, las altas cañas brindaban pródigamente el zumo preciado. Sin duda, como ahora, el negro de los sembrados no podía trabajar más que cuatro o cinco meses al año, de enero a abril, y, como ahora, también tenía qué ofrendar doce horas de trabajo al día durante ese periodo, fuera bajo el ardiente sol o en la atmósfera densa del ingenio. Pero, si vivía sin riqueza, al menos desconocía la miseria.

 Llegó la Guerra. La producción mundial del azúcar disminuyó. Las fábricas de azúcar de remolacha del Norte dejaron de funcionar, y esa industria, nacida bajo el signo de las guerras de Napoleón y del bloqueo continental, desapareció de Francia durante los cinco años que duró la nueva hecatombe. Cuba conoció entonces momentos de una prosperidad sin paralelo.

 El azúcar era un nuevo diamante, y todos, desde el colono y el dueño de ingenio, hasta el humilde cortador de caña, conocieron la ilusión de la riqueza. Me contaron que ciertos estibadores de la Habana descargaban, por aquellos tiempos, fardos de camisas seda y sacos de joyas. Fue la «danza de los millones», ilustrada por una anécdota caricaturesca, publicada entonces en un periódico festivo.

 «Volviendo a su casa, el colono encuentra a sus dos hijas tocando un trozo a cuatro manos en el piano.»

 «... ¿Qué es eso?, pregunta.... ¡No quiero economías en casa! ¡Mañana compro otro piano!»

 Esa era de prosperidad duró desde el 1916 hasta el final de 1921, en que el crack de varios bancos anunció el ocaso de los años dorados. Pero, por velocidad acumulada, la locura de la fortuna duró hasta el año 1923, aproximadamente.

 Hoy Cuba contempla las riquezas despreciadas de sus sembrados, como una mujer bonita, que conservará estuches de joyas, vaciados por alguna catástrofe repentina.

 El azúcar de caña, en 1928, vale doce veces menos que en 1920.

 La razón actual del daño está en el exceso de producción, y esto combate de modo ejemplar, el famoso prejuicio de «la oferta y la demanda», y del libre juego de las competencias, considerado como la llave de la felicidad de los pueblos.

 Cuba no ha encontrado aún nuevos mercados para su azúcar, y los Estados Unidos siguen siendo sus principales clientes.

 La cuestión del azúcar en 1928

 Los Estados Unidos poseen refinerías de azúcar de remolacha, y sus leyes arancelarias protegen esa industria. El único azúcar que percibe los beneficios de tarifas especiales, es el azúcar sin refinar destinado a las refinerías norteamericanas. ¡Más oro para los insaciables industriales yankees!

 El único remedio práctico está en una política restrictiva de la producción, en espera de que los técnicos cubanos hayan logrado abrir nuevos mercados para el azúcar de caña.

 Ya algunos colonos optaron por reemplazar la caña por el café, y nuevas perspectivas se abren ante sus ojos. Después de haber sido el país del azúcar, Cuba será tal vez el país del café. En espera de esto, no se muele toda la cosecha, y los negros de los cortes chupan melancólicamente cañas inutilizadas.

                                      

  La explotación del azúcar en Cuba

 El azúcar de Cuba es explotado, en gran parte, por los Norteamericanos. No es por puro desinterés que han prestado su concurso a los revolucionarios del 98, y ahora es casi siempre a un ingenio yankee instalado en la isla al que el colono vende su cosecha.

 Una vez más, es el Norte-americano quien aprovecha el trabajo de los campos, como lo hace con el obrero, sometido diariamente a doce horas de trabajo, en la temperatura terrible de las calderas.

 El Gobierno cubano no ha titubeado en intervenir muchas veces, para reprimir abusos.

 Los ingenios se alzan lejos de las poblaciones. A sus alrededores se ha construido el caserío ocupado por los trabajadores. Y en ese caserío, la bodega, el restaurant y lo principal del comercio, pertenecen a la administración del ingenio que recupera, de este modo, el salario de sus obreros.

 Ha sido necesario, a veces, prohibir a algunos industriales que pagaban su mano de obra con vales canjeables por mercancía en los almacenes del ingenio.

 La mano de obra

 El Gobierno cubano no tiene que enfrentarse solamente con la política general del azúcar. Un problema interior se le plantea, al cual, menester es reconocerlo, trata valientemente de hallar una solución.

 Por el hecho de que el trabajo de los cortes no dura más que cuatro meses al año, la mano de obra cubana es insuficiente. Los colonos importan, pues, a la isla, en esa época, numerosos negros de Haití y Jamaica. Pero esos negros llevan una vida muy primitiva. Se alimentan por algunos centavos y no tienen grandes necesidades. Aceptan, por lo tanto, el trabajar a mitad de precio que el jornalero cubano, haciéndole así una terrible competencia.

 Es por todas estas circunstancias, por lo que este cultivo, tan rico y seguro, acabará tal vez por desaparecer de Cuba. Sobre esa tierra tan fértil, vive una población más trabajadora que nunca. En ella misma reside su salvación.

 Y dentro de algunas décadas, el azúcar se habrá reunido, posiblemente, en el país de las lunas idas, con las Habaneras de antaño, y en los nuevos cafetales, otros sones remplazarán al melancólico:

                    «Yo no tumbo caña.»


 (De Le Soir.)

 *En castellano en el original.


 Invitado al VII Congreso de la Prensa Latina, Robert Desnos visitó La Habana en marzo de 1928, donde conoce a Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el entorno musical y afrocubano. En abril de ese año publica en Le Soir cinco artículos sobre su breve experiencia cubana. “Una encrucijada del mundo” es uno de ellos y fue traducido -probablemente por Carpentier- para Cuba en 1928, volumen que recoge abundante información sobre el mencionado Congreso y sobre la isla en general.  


miércoles, 22 de abril de 2026

Pompon



 Blaise Cendrars, “Pompon” (fragmento), traducción René Méndez Capote, Revista de Avance, año 3, tomo 4, n. 34, 15 de mayo de 1929, pp. 144-47. 


martes, 21 de abril de 2026

Baños públicos


Paul Morand


En Maintenon, en el Eure adornado de falsas ensaladas,

en Hossegor, en las cremas de fósforo,

en Stanberd, donde hay visitas el viernes a las máquinas 

                         para hacer olas,

en Woolwich, de donde se sale con un collar de hollín

en el Mar Muerto donde uno no puede zambullirse,

en el Lido, donde la marquesa se bañaba desnuda,

en Key-West, entre los centelleos de las doradas,

en Royan, donde las madres esperan con una bata 

                                    y vino Mariani,

en Bath, con una sombrilla y un sombrero,

en Caen, y entre los juncos cuando pasa el oficial,

La Habana, en pleno ponche, bajo la luna,

en Dieppe, en la espuma del barco correo inglés,

en Budapest, entre los cadáveres de Judíos,

en Hendaya, hasta el agua más fría del Bidasoa,

en Schwabing, donde Giraudoux nada bajo el agua,

en Tamarís, el mar tiembla 

              bajo los disparos de la escuadra,

en Deva, flotan escapularios perdidos por los buzos,

en Hong Kong, dimos la vuelta a los acorazados 

                              sentados en su nafta,

en el Bósforo, entre las rajas de sandía,

¡que corriente!

en Franzesbad, en los lodos radioactivos,

en Windermere, ¡que insípido! 

                       y hacemos pie en esta elegía,

en Palma de Mallorca, donde el cuerpo, 

                               bajo el agua, es azul,

en Therapia, frente a depósitos de la Standard Oil, 

   donde pintaron falsos bosques, en Chiemsee, en la tinta helada,

en Algeciras, donde el mar arrastra dioses fenicios,

en Barcelona, a la sombra de los astilleros Vulcan,

en él Phalere, bajo los excéntricos bordados de lentejuelas

que bailan en la cuerda (se ve la acrópolis 

    a través de los mástiles metálicos del Averoff)

en Tánger, donde los buceadores tienen blanca 

                            la planta de los pies,

en Tremezzo, en el agua sonora,

en Leith, donde verdaderamente hace falta tener ganas,

en Segovia, en el torrente donde se seca la ropa,

en París, donde se le llama hidroterapia.

 

Traducción: Marie Christine Castillo


lunes, 20 de abril de 2026

Paul Morand en Río



Monterrey. Correo Literario de Alfonso Reyes, diciembre de 1931 , núm. 7 , p . 1-2. 



domingo, 19 de abril de 2026

sábado, 18 de abril de 2026

Una gran mancha de tinta




    Deslinde, Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, Vol. 12, No. 46-47, Enero-Junio, 1995, pp. 5-9. 


jueves, 16 de abril de 2026

Lo interior de lo exterior: Cendrars x Morand

 


 Deslinde, Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, Vol. 12, No 46-47, Enero-Junio, 1995. "Préface": Du monde entier au coeur du monde. Poèmes de Blaise Cendrars, Paris, Denoël, 1957. 

miércoles, 15 de abril de 2026

Torre

 

Blaise Cendrars


   Castellamare

Yo comía una naranja a la sombra de un naranjo.

Cuando de improviso...

   no era la explosión del Vesubio,

no era la nube de langostas, una de las diez plagas 

                                de Egipto ni Pompeya.

No eran los gritos resucitados de los mastodontes 

                                           gigantes.

No era la trompeta anunciada

Ni la rana de Pierre Brisset

Cuando de súbito

Fuegos

Choques

Rebotamientos

Chispa de los horizontes simultáneos

Mi sexo.

     ¡Oh Torre Eiffel!

No te he calzado de oro

No te hecho danzar sobre lozas de cristal

No te he dedicado a Python como una virgen de Cartago

No te he revestido con el peplum de Grecia

No te he hecho divagar en el recinto de los menhires

No te he llamado nunca Caña de David, ni Leño de la Cruz

 

   Lignum Crucis

¡Oh, Torre Eiffel!

Fuego artificial gigante de la Exposición Universal.

Sobre el Ganges

en Bernarés

entre los trompos onanistas de los templos hindúes

y los gritos coloreados de las multitudes de Oriente

tú te inclinas, ¡graciosa palmera!

Eres tú la que en la época legendaria del pueblo hebreo

confundiste la lengua de los hombres

¡Oh, Babel!

Y algunos miles de años más tarde eres tú 

         la que descendiste en lenguas de fuego 

         sobre los apóstoles reunidos en tu iglesia.

En pleno mar tú eres un mástil

y en el Polo Norte

resplandeces con toda la magnificencia 

                              de la aurora boreal 

                              de la telegrafía sin hilos.

Las lianas se enredan en los eucaliptos

y tú flotas viejo tronco sobre el Missisippi,

cuando tu hocico se abre

y un caimán coge el muslo de un negro.

En Europa tú eres como una horca

(Yo quisiera ser la torre, pender de la Torre Eiffel)

Y cuando el Sol se acuesta detrás de ti

la cabeza de Bonnot rueda bajo la guillotina.

En el corazón de África eres tú la que corres.

Jirafa.

Avestruz.

Boa.

Ecuador.

Monzones.

En Australia, tú siempre has sido tabú.

Eres el bichero que el capitán Cook empleaba 

                     para dirigir su barco de aventureros.

¡Oh, sonda celeste!

Para el simultáneo Delaunay a quien dedico este poema

eres el pincel que él empapa en la luz

Gong tam-tam zanzibar bestia de la jungla 

                rayos X expreso bisturí, sinfonía.

Tú eres todo.

Torre.

Dios antiguo.

Bestia moderna.

Espectro solar.

Tema de mi poema.

Torre.

Torre del mundo.

Torre en movimiento.

 

 Traducción de Ángel Cruchaga Santamaría

 

 Revista Letras, Santiago de Chile, 1940. Poesía universal traducida por poetas chilenos, selección de Jorge Teillier, Editorial Universitaria, Universidad de Chile, 1996. Tomado del blog Otra iglesia es imposible.


martes, 14 de abril de 2026

Poetas franceses modernos


La pluma. Revista mensual de ciencias, artes y letras (Montevideo), Año I, Vol. 3, noviembre, 1927.

domingo, 12 de abril de 2026

José Carlos Mariátegui: Blaise Cendrars


 BLAISE CENDRARS

 José Carlos Mariátegui

 (…) En el equipo de los "internacionales", Blaise Cendrars es uno de los que más me interesa. Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de Paul Morand. En la composición de los libros de Cendrars no entra ningún ingrediente mórbido. Cendrars no se empeña nunca en demostrarnos que viaja en wagón-cama. En Cendrars no se respiran aromas afrodisíacos. En sus libros no hay languidez, no hay laxitud. Cendrars es sano, violentamente sano, alegremente sano. (Oliverio Girondo no dejaría de anotar este dato, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman negativa).

 Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra en las ciudades sin ceremonia. Se comporta siempre como un pillete, como un gavroche que viaja por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos viajan para hacerse operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o en Karlsbad la dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Moran en la bolsa de Nueva York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes ingleses, un automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja por viajar: Tiene siempre, en el wagón-restaurant de un expreso, o en el puente de un transatlántico, el ademán despreocupado del «flaneur». Miradlo arribar a Sao Paulo:

«Enfin on entre en gare

Saint-Paul

Je crois étre en gare de Nice

Ou débarquer a Charing-Cross a Londres

Je trouve tons mes amis

Bonjour

C'est moi»

 No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que llega a Sao Paulo. No puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde que pisa el umbral de una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es improbable que algún día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del Callao. Traerá, como siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha descrito una vez su equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57 kilos). Una vez en las calles de Lima se cogerá del brazo de don Alberto Carranza. Y se marchará de Lima sin despedirse burlando una recepción del Ateneo y un reportaje de El Comercio (Vegas García conseguirá una instantánea para Variedades). Y, finalmente, Blaise Cendrars no nos defraudará como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen tercero o cuarto de sus Feuilles de route, su visita a Lima, al Cuzco y a Chanchamayo.

 Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars es su buena salud. Los libros de Cendrars respiran por todos sus poros. Cendrars representa una gaya y joven bohemia que reacciona contra la bohemia sucia y vieja del siglo diecinueve. Y, en una época de decadentismos bizarros, de libídines turbias y de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de salud cabal. Es un hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin artificios juglarescos y sin neurosis perversas:

 Escuchadlo:

 «Le monde entier est tonjonr lá

La vie pleine de choses suiprenantes

Je sors de la pharmacie

Je desecads fuste de la bascule

Je pese mes 80 kilos

Je t'aime.» 

La poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más ortográfica.

Blaise Cendrars ha publicado los siguientes libros: La légende de Novgorod (1909), Séquences (1913), La Guerre au Luxembourg (1916), Profond aujourd'hui (1917), Anthologie negre (1919), La fin du Monde (1919), Dix-neuf poemes élastiques (1919), Du Monde entier (1919), J'ai tué (1919), Feuilles de route (1924), Kodak (1924) y L'Or (1925).

 Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros, una Antología Azteca, Inca, Maya.

 El último libro de Cendrars, El Oro, es una novela. Cendrars nos cuenta en El Oro la maravillosa historia de Johan August Suter. La historia de Suter es el reverso de la historia del oro de California.

 En 1834, Johan August Suter, suizo-alemán, hijo de un fabricante de papel de Basilea, deja su patria, su mujer y sus hijos, arruinado y deshonrado por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega a París. En el camino desvalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con una letra de crédito falsa a un cliente de su padre. Luego, en El Havre se embarca para Nueva York.

 Cendrars, explicándonos el Nueva York de 1834, nos dice en una sola página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una íntegra fase de la formación de los Estados Unidos:

 «El puerto de Nueva York.

 «Es ahí donde desembarcan todos los náufragos del Viejo Mundo. Los náufragos, los desgraciados, los descontentos, los hombres libres, los insumisos. Aquéllos que han tenido reveses de fortuna; aquéllos que han arriesgado todo sobre una sola carta; aquéllos a quienes una pasión romántica ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primeros místicos rusos. Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la reacción arroja. Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria en formación. Los falansterianos franceses, los carbonarios, los últimos discípulos de Saint Martin, el filósofo desconocido, y de los escoceses. Espíritus generosos, cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos. Los campesinos de Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos víctimas de las guerras napoleónicas y sacrificadas por los Congresos Diplomáticos. Los carlistas, los polacos, los "partidarios de Hungría. Los iluminados de todas las revoluciones de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria para unirse a la gran República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de todos los países; hasta sudamericanos, cómplices de Bolívar. Desde la Revolución Francesa, desde la Declaración de la Independencia, en pleno crecimiento, en pleno desarrollo, no ha visto jamás Nueva York sus muelles tan continuamente invadidos. Los inmigrantes desembarcan día y noche y en cada barco, en cada cargamento humano, hay por lo menos un representante de la fuerte raza de los aventureros».

 Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos relata así su entrada en Nueva York: «Johan Auguste Suter desembarca el 7 de julio, en martes. Ha hecho un voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de la milicia, abraza de una mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y vacía una botella de vino del Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación negra de un velero. Después rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad desconocida, como alguien que tiene prisa y a quien se espera».

 Nueva York no retiene por mucho tiempo a Suter. Suter se siente atraído por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo desconocido. En Honolulu forma la Suter's Pacific Trade Co. Tiene un plan vasto. Con mano de obra canaca explotará las tierras de California. No las conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de ellas. Sus socios de Honolulu lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan se cumple puntual y magníficamente. Suter se instala con sus canacos en California. Funda una descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus posesiones, sus riquezas crecen prodigiosamente. El pionner12 suizo deviene uno de los hombres más ricos de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el descubrimiento del oro. Un obrero de Suter encuentra en los dominios de Suter las primeras pepitas. La noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas de oro. Suter ve partir a sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega. Invaden el país los buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte en una de las más grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las tierras de Suter. Se instalan en sus posesiones. El gran pionner se cruza de brazos. Podría luchar: pero, desdeñosamente, prefiere no participar en esta batalla de lavadores de oro y de destiladores de alcohol, en la cual se mezclan aventureros y bandidos de las más torpes y sucias especies. El oro lo ha arruinado. Suter se retira, decepcionado, a uno de sus dominios. Mas la voluntad de trabajo y de potencia renace pronto en él. Sus viñas, sus huertas, sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una fortuna. San Francisco tiene buen apetito. Y Suter le vende caros los frutos de sus alquerías. Pero no está contento. No olvida el golpe; no perdona al oro. Y el demonio le aconseja la más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales una demanda por daños y perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el cual se ha edificado San Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando doscientos millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a 17,221 particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones. Reclama veinticinco millones dé dólares del Estado de California, por haberse apropiado de sus rutas, canales, puentes, esclusas y molinos; y cincuenta millones de dólares del gobierno de Washington, por no haber sabido mantener el orden en la época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una parte del oro extraído desde el principio de la explotación. El fantástico proceso consume todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un ejército de abogados, de peritos y de escribanos. Los Municipios y los particulares enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. «Es un nuevo rush, una mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del Pleito Suter». San Francisco odia al pionner testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y puritana, juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las plantaciones, los establo; los molinos, las fábricas de Suter son devastados, arrasados, incendiados. Suter esta vez pierde todo. Más ni aun este golpe lo decide a renunciar a su proceso. Lo continúa, en Washington. En Washington envejece y enloquece. Y muere en las gradas del Palacio del Congreso, aguardando y reclamando, obstinadamente, justicia.

 Tal la maravillosa historia de Johan August Suter. Su argumento parece una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha escrito, al mismo tiempo que una novela de aventuras, una sátira sobre el destino maldito del oro. El oro del Rhin y el oro de California se equivalen. Cendrars no lo dice: pero lo dice su novela. Lo dice la maravillosa historia de Johan August Suter, arruinado por el descubrimiento de las minas de California.

 La técnica de El Oro es, más bien que la de una novela, la de un film. Cendrars nos ofrece la historia de Suter en setenta y cuatro cuadros cinematográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro aburre. Ningún cuadro es pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de que tiene en las manos un libro. En vez de las letras y de las palabras, dispuestas en rasgos, empieza a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que, en Blaise Cendrars, es sólo un decorado esquemático.


 Variedades, Lima, 26 de setiembre de 1925, pp. 2194-96. 


sábado, 11 de abril de 2026

Paul Morand

 

    Xavier Villaurrutia 

  ¿Recordáis el prefacio de Anatole France a Los placeres y los días, el libro primero de Proust? Anatole France parece reconocer únicamente en el Proust de entonces, en vez de las cualidades originales que formaron más tarde una rama de la literatura actual y ensombrecieron el limitado prado ameno del mismo autor de El crimen de Silvestre Bonnard, virtudes refinadas. Cualidades, virtudes. Para France, Marcel Proust era un virtuoso lo cual en arte -¿en música, quien lo ignora?- no es, en modo alguno, diverso de un vicioso.

 ¿Recordáis, en cambio, el prefacio de Marcel Proust a Tendres Stocks de Paul Morand?

 La respiración es otra: da tiempo para escribir y, en seguida, leer en voz alta una frase larga. Proust tuvo la conciencia clara de cómo el tiempo se impone a los escritores y de qué modo aparecen nuevos escritores que imponen, al tiempo, su tiempo. Hablando del minotauro Morand, supo afirmar que lo cierto es que, de cuando en cuando, surge un nuevo escritor y este escritor tiene que aparecer a los ojos egoístas de la generación precedente y a los ojos de vidrio que esta generación ha logrado mantener enfrente a modo de público, un escritor difícil. Como en una delicada venganza y dirigiéndose al mismo Anatole France, escribe Proust: «Podemos seguirlo hasta la mitad de la frase, pero allí desistimos».

  Nosotros imaginamos que Anatole France no pudo ir más allá de la mitad de una frase del Proust que hacía decir a Paul Morand: «vuestra voz, también blanca, traza una frase tan larga...»

 Frente a un espejo de dos lunas -Morand ha dibujado en La Europa galante uno delicioso, donde las lunas son tres- tenemos los perfiles diversos de un mismo rostro. ¿Quién no es asimétrico, aunque sea ligeramente? Uno de los perfiles de Morand parece hecho para mirar a las mujeres; otro, para mirar a las ciudades.

 En un principio, las mujeres de Morand -Clarisa, Delfina, Aurora- eran a un solo tiempo la figura y el ambiente. De este modo, el aire engendraba la figura sin pretender ahogarla, y la figura creaba el paisaje con sólo un movimiento, con una frase o, simplemente, con un silencio. En un principio también, al recordar estas tres figuras de Morand pensábamos en las muñecas grises y delgadas que aun de frente parecen enseñar sólo el perfil, de Marie Laurencin. Ahora, la asociación nos parece impropia, a favor de Morand.

 Clarisa es rubia, aficionada a las antigüedades, pero, «más que el objeto, le seduce la imitación». Delfina tiene unos negros ojos líquidos. Aurora, de aficiones salvajes, danza desnuda, «dejando en nuestras retinas una imagen hindú con brazos y piernas múltiples».

 Más tarde, las cosas que forman la tela de Morand pueden verse y palparse por separado, al punto que casi podríamos decir que el segundo término habitual de un cuadro cualquiera pasa a ser aquí, victoriosamente, el primero. Sus breves novelas ya no se titulan, no podrían titularse, con nombres de mujeres. El tiempo y el espacio intervienen como un convidado cuya presencia no nos asombra sino en vista de nuestra falta de previsión. Aparecen la «noche» y la «tierra». La noche catalana, la noche turca, la noche nórdica no se llaman ya, simplemente: Remedios, Ana, Aino.

 Las mujeres y las ciudades. El plano de una mujer, el sexo de una ciudad. Los perfiles de Morand desaparecen. Ahora, compuesto su rostro de frente, mira, indistintamente, a las mujeres y a las ciudades. Para conocer a las mujeres es necesario recorrerlas. Para conocer las ciudades es preciso palparlas. Y las ciudades y las mujeres de Paul Morand no pueden ser una sola. Viajero obligado, su vida es la vida cosmopolita. Tiene ya, detenido en libros, su Occidente, su Pre-Oriente, su Oriente. Parece conocer una parte de Norteamérica; y, además, de los Estados Unidos ha sabido decir que los viejos automóviles Ford son sus únicas ruinas.

 Morand es el observador rapidísimo de gestos y lugares, que en dos minutos levanta en un interior toda una ciudad o una raza. Hombres y mujeres se mueven, gesticulan, callan, se frotan o se buscan. En Ouvert la nuit, en Ferme la nuit, pasan nombres, vocablos y sitios que son el universo internacional de este arquero que lanza tan certeras flechas sobre todo cuanto mira, que, si tuviera tiempo de detenerse un momento frente a un espejo, su imagen quedaría acribillada.

 Paul Morand tiene treinta y ocho años y un público internacional que lo busca por diversas razones, aun por aquellas que no son estrictamente literarias. Esto último nada tiene de extraño: Chesterton nos enseña que un impresor, leyendo la Biblia, no encuentra sino las erratas.

 Sus asuntos sexuales y su lenguaje han contribuido a imantarle lectores. Su más reciente libro se titula, significativamente, Rien que la terre. Como todos los suyos, es el libro de un sensual, de un hombre que pone en juego sus sentidos, alejándolos y acercándolos como el fotógrafo el silencioso acordeón de su cámara de fuelle, para conseguir la visión exacta.

 A la inversa de Valéry Larbaud -a quien recordamos por lo mucho que de Morand difiere-, más que el carácter le interesa la manía del sujeto. El tic nervioso, la zozobra de un instante, el ademán que descubre un vicio o un deseo, el laberinto psicológico cuya salida está en una mirada. Por todo esto, su estilo es agudo y rápido. Quebrado estilo de hombre que husmea, frota, espía... En pocas palabras, estilo de hombre sensual.

 ¿Pero no debe ser un lugar común, tan bello como el verso de Racine más veces citado:

 La fille de Minos et de Pasiphaé                         

que la sensualidad es una forma de la inteligencia?


                                                  1927


  Textos y pretextos: literatura, drama, pintura, La Casa de España en México, 1940; FCE, 2018.


viernes, 10 de abril de 2026

Rabelais y Quevedo



Cervantes (La Habana), núm. 10-12, Octubre-Diciembre, 1933, p. 8. 

jueves, 9 de abril de 2026

La despedida de Anatole France

 

    Pedro Henríquez Ureña

 Sabe el artista, el grande artista de madurez cuyo gradual desarrollo se cumple bajo la ley de “cultura” expresada por Goethe, cuál es el momento en que la obra de su vida alcanza su término. El Parsifal de Wagner, la Resurrección de Tolstoi, Cuando despertamos... de lbsen, son altas cimas crepusculares: el artista deja atrás los torbellinos de la pasión y abandona, como Próspero, los símbolos de su poder y su prestigio para encaminarse al reino del silencio.

  El gran maestro de la ironía y de la sagesse alcanzó la región espiritual en que la vida, sobre cuyas horas vigiló sin tregua el pensamiento, se torna clara y define su perspectiva moral, como valle que dejamos atrás cubierto de nieblas matinales y cuyas líneas puras contemplamos, en la tarde pacífica desde la cumbre. Es más: alcanzó ya, en vida, la reacción que sobreviene contra toda grande fama. Acatado como excepción (excepción entre los académicos, excepción entre los realistas, excepción entre todos los de ayer) por generaciones más jóvenes que la suya, Anatole France pareció poseer el secreto de la perpetua juventud literaria. Pero fue ilusión: la juventud es implacable; la juventud pide renovaciones, y no transige; cada generación trae nuevas interpretaciones de la vida, sentido nuevo del arte, y los que fueron de ayer rara vez aciertan a entrar íntimamente en el espíritu de la nueva hora. La reacción tardaba, pero llegó al fin. Anatole France no podía ser el ídolo de 1914.

 La literatura francesa de hoy, idealista, sincera, ardiente, devota por igual de las ideas sutiles y de las emociones “directas”, inmediatas, representa la realización de una estética radicalmente distinta de la que imperaba hacia 1885, salvando excepciones como la inevitable de Verlaine. Más aún: representa la realización de una estética distinta de la que tradicionalmente se ha llamado francesa. Porque ésta, la novísima, es una literatura idealista, en el sentido filosófico de la palabra, no en el de espiritualismo más o menos religioso (aunque éste no falta) ni en el de “irrealismo” más o menos insulso. Literatura en que ideas y emociones, fundidas con íntimo enlace de que solo hallábamos ejemplo frecuente en Inglaterra y Alemania, producen un ritmo amplio que aspira a tocar por una parte los linderos de la música, por otra los del pensamiento filosófico. Literatura en que cada asunto busca su forma propia, en vez de adoptar perezosamente uno de los modelos acepta dos: el párrafo a la Bossuet, los pareados de la tragedia siglo XVII, la “incisiva” prosa volteriana, la “tirada” de Hugo, la descripción de los realistas.

  Anatole France representa, y de modo supremo, muchas tendencias contrarias; y si éstas son las realmente francesas, no se equivocan quienes la consideran arquetipo de su pueblo. No es ideólogo por temperamento, ni menos metafísico: conoce todas las filosofías, pero no le apasionan. Comparadlo con Camille Mauclair y sentiréis, por contraste, la revelación del temperamento metafísico, inquieto y hondo, en el arte contemporáneo. Escéptico, pues, filosóficamente, pero escéptico activo (hasta en la crítica), dueño de todos los recursos de sagesse que suele dar el escepticismo, vivió bajo el peligro de la medio cridad esencial que tantas veces apunta en el escritor francés, por debajo de las perfecciones del procedimiento: la mediocridad que nace de la ausencia del sentido ideal, del concepto trascendental de la vida, núcleo necesario del arte supremo, sin el cual no serían más que pintoresco simulacro y brillante apariencia los poemas homéricos y la tragedia ática, la obra de Dante y la de Shakespeare. Escéptico, irónico, sage, francés, en suma; hasta gaulois, como que sabe dar a la sensualidad su papel en la vida (por lo menos en la vida de Francia) y aun a las palabras fuertes su papel en los libros, Anatole France representaba una actitud distinta de la que asume la juventud de hoy, que abre ante el esplendor del mundo los grandes ojos impresionables del Jean Christophe, de Romain Rolland.

  Pero la ironía puede ser una forma de pensamiento filosófico, y la ironía que corre a través de la obra de France, como río cada vez más caudaloso hacia el cual fluyen todas las formas intelectuales, se convierte al cabo en una filosofía de la historia humana. La obra adquiere, así, unidad original y superior, y sabor que hace pensar en la literatura inglesa, como en otros autores centrales de la francesa: Balzac, por ejemplo, o Flaubert. El Gulliver, la Batalla de los libros, todo el Swift humorista ¿no anuncian aspectos de Bouvard y Pécuchet, aspectos de la obra de France?

  Además, a su modo, France es idealista; quiero decir, tiene su ideal. Ideal no filosófico, sino “social” -francés, por lo tanto-, pero ideal al fin. Ha combatido por el pueblo, sobre todo por la libertad espiritual de su pueblo. No todo fueron rosas y mirtos en su vida pública: sobre él ha lanzado piedras el populacho fanático. Y su fe en la redención moral e intelectual de los hombres, surgiendo de su filosofía irónica de la historia, es el motivo ideal que da a su obra sentido superior. Sobre esta filosofía irónica, pero generosa en su deseo del bien humano, acaba de tenderse melancólico manto de sombra. La rebelión de los ángeles, la última novela de France, tiene, a la luz de los acontecimientos actuales, el carácter de una despedida. Se piensa que el maestro, agobiado ya, no volverá a la labor literaria después que pase la crisis que agota a Francia. La perspectiva de la guerra inevitable, destructora e inútil, la seguridad de que los esfuerzos de liberación espiritual quedarían suspendidos, la tristeza de contemplar el trabajo de toda una vida amenazado de esterilidad, cuando no por conflictos exteriores, por las mezquindades de la política interna -tales son las notas finales del libro-. Y como quien renuncia al esfuerzo público; como si un escepticismo amargo hubiera sustituido al antiguo escepticismo irónico pero activo; como quien se refugia en un individualismo triste porque se marchita su fe en la humanidad, Anatole France cierra la visión del arcángel rebelde con el abandono de toda conquista de poder. “No conquistemos el cielo: bástenos el ser capaces de conquistarlo. La guerra engendra la guerra; la victoria engendra la derrota... Hemos destruido a laldabaoth, nuestro tirano, si hemos destruido en nosotros la ignorancia y el miedo... La victoria es espíritu. Es en nosotros, y solo en nosotros, donde hay que atacar y destruir a laldabaoth.”

                              2 de diciembre de 1914.


 El Heraldo de Cuba, 7 de diciembre, 1914; como “Anatole France’s valedictory”, en The Forum, New York, October 1915, vol. 54, núm. 4, pp. 479-481. También en Renacimiento, núm. 22, Santo Domingo, febrero, 1916; La Nave, México, Núm. 1. mayo 1ro, 1916, pp. 49-52; Desde Washington (Minerva Salado), FCE, 2004; Obra Completas, T. 5, (Miguel D. Mena), Santo Domingo, 2013.


miércoles, 8 de abril de 2026

El ocaso de los semidioses

 

  El ocaso de los semidioses

  Alejo Carpentier

  La publicación de una reciente novela de Marcel Prevost, ha puesto una nota inesperada en la actualidad Iiteraria parisiense. "¿Cómo? ¿Todavía vive Marcel Prevost?", se preguntaron algunos, y ¿todavía escribe? ¡Cuántos habían olvidado la existencia del autor de Cartas de Mujeres, y de esas novelas con pretensiones de sutileza psicológica, que alcanzaron tiradas casi fantásticas en vísperas de la gran guerra! … Las obras de Marcel Prevost no resultaron éxitos de librería tan sólo en Francia; si bien recordamos, algunos de sus volúmenes traducidos, y publicados por Bouret, conocieron días gloriosos ante los lectores de habla castellana. En una época, todos los periódicos femeninos de Francia -Femina, entre otros- se arrancaban los originales de este empomadado analista de pasiones mundanas, que no vacilaba en dejar publicar sus cuentos en revistas para viejos verdes, con tal de que se los pagaran decentemente. En aquellos tiempos se le tenía por uno de los campeones del estudio psicológico, como un conocedor profundo del alma humana, y, sobre todo, del alma femenina. Se le elogiaba; se le compraba.

 Pero Marcel Prevost tuvo demasiada confianza en su público. No pensó que la masa es inconstante y tornadiza. Creyó que el éxito le sonreiría eternamente. Y llegó la guerra, con sus inversiones de valores, sus cocktails de nacionalidades, sus cambios profundos impuestos a las costumbres europeas. Y de pronto, el "estupendo analista", el "conocedor del alma humana", se encontró en un mundo que lo miraba como a un desconocido y que se negaba a hallar realidad de observación en sus libros. Las Cartas de mujeres no interesaban a nadie. Los niños se reían de quienes intentaban educarlos de acuerdo con los preceptos encerrados en las Cartas a Francisca. Y Marcel Prevost se encerró en una suerte de melancólico mutismo… Pasaron varios años; trató de aplicar sus métodos de estudio a la sociedad de post guerra. Y al fin publicó un librito que no causó la menor sensación, ni obtuvo otro éxito que el propiciado por la curiosidad de sus antiguos lectores… Se elogió amablemente su deseo de ponerse "al día", pero no se le negó que, de acuerdo con la opinión general, no comprendía cosa alguna en lo que ocurría a su alrededor... Y algunos preguntaron cruelmente: "¿pero todavía vive Marcel Prevost?"

  Sí; todavía vive Marcel Prevost. Y lo grave, para los de su generación, es que la guerra ha traído una revolución tan profunda en la manera de ver y de sentir, que otros, mucho más fuertes, mucho más estimables que el autor de Cartas de Mujeres, han muerto totalmente para los lectores modernos... ¿Quién lee en Francia, actualmente, a escritores como René Bazin, Paul Hervieu, Lavedan, y otros que disfrutaron de una envidiable aureola en vísperas de la gran contienda? ¿Qué influencia ejerce hoy un Paul Bourget, a pesar de su innegable valor?  ¿Han dejado alguna huella sensible en lo que constituye, por los años que corren, el pensamiento contemporáneo? Creo que sólo respuestas negativas implican estas preguntas.

  Y eso no es todo. Hay un escritor que llegó a ocupar un lugar difícilmente alcanzable para cualquier talento, un escritor que fue llamado de todos los extremos del planeta para dar conferencias, un escritor que llegó a fomentar una suerte de culto internacional, y que hoy ha caído en el olvido más absoluto ante el público nuevo del país que lo vio nacer. Me refiero a Anatole France… Es posible que esta verdad sea dolorosa para muchos, pero debe confesarse que nadie lee actualmente en Francia al autor de Thais, y que sus volúmenes han llegado a ser un estorbo para los libreros que los poseen... Además, recientemente, un gran diario parisiense organizó una encuesta entre los escritores franceses de la hora presente, para conocer sus opiniones acerca de la obra del viejo ironista. Todas las contestaciones hubieran podido resumirse con las palabras lacónicas y terribles empleadas por Blaise Cendrars: "Aburrimiento... aburrimiento … aburrimiento..."

 Hace poco, pregunté al dueño de una de las librerías más famosas de París, cuántos libros de Anatole France se vendían al mes.

 -Tres o cuatro -me respondió este librero privilegiado.

 Estamos, pues, asistiendo a un ocaso de semidioses. Frente a espectáculos de esta naturaleza, debemos dejar toda sensiblería a un lado y explicarnos las razones del fenómeno ... ¿Quiere decir este total derrumbe de valores, que el público es inconstante, y que acabará siempre por abandonar mañana lo que amaba ayer?  No precisamente. Los hechos parecen demostrar lo contrario. Marcel Proust, el extraordinario novelista, apenas conocido por el público durante su vida, no ha dejado de subir ante los ojos de los lectores, desde el momento de su muerte, conquistando una masa de adictos cada vez mayor. André Gide se mantiene, después de la guerra, más alto que antes. Charles Peguy no está olvidado... Henri Bataille sigue considerado como uno de los más auténticos va lores del teatro moderno... ¿Entonces?

 El problema tiene, a mi juicio, una explicación muy sencilla: el público europeo de post-guerra, es más exigente y apasionado que el público de antes de la gran contienda. Marcel Proust, Alain Fournier, André Gide, Henri Bataille, Peguy y otros, se mantienen intangibles en su devoción, porque fueron hombres que supieron resolver a fondo un problema, en sus distintos aspectos . . Proust ha llevado la novela psicológica a su punto de máxima tensión; Peguy ha planteado dramáticamente la cuestión de fe; Bataille ha escrito un teatro que vive por la fuerza de los sentimientos, sin pagar tributo a una época dada… La guerra ha demostrado a los hombres nuevos que era peligroso jugar con las ideas, y que vivíamos en una época que necesitaba afirmaciones profundas... Cuando se existe en una era implacable y recia como la nuestra, el hombre que pretende hacer mutis, con una son risa irónica a flor de labios, sin querer "meterse en líos", cobra categoría de malhechor público.

 Esto explica, desgraciadamente, la caída de un Anatole France. Fue un delicioso escritor, pero fue un literato –“en todo el horror de la palabra”, como diría André Bretón- y nada más. Coqueteó con la política, con la filosofía, con el amor, con la fe, con las ideas sociales, con las convicciones profundas del individuo, sin llegar al fondo de las cosas, y sin traer una sola solución aceptable. Esto es lo que no le perdonan los hombres de hoy. Después de su muerte, Joseph Delteil pudo decir, sin que nos atreviéramos a contradecirlo: Se afirmará que Anatole France fue el Voltaire de los tiempos modernos; pero hoy no necesitamos hombres como Voltaire; preferimos los Rousseau, los Robespierre, los Saint Just, hombres de afirmaciones trascendentales. 

 

 “El ocaso de los semidioses”, Carteles, octubre 19, 1930, pp. 16 y 67. Versión modificada en Palabras en el tiempo, Argos Vergara, 1984, pp. 187-88.