José Manuel Poveda
Esta mañana,
al despertarme, tuve una sensación de peso en el alma. Miré dentro de mí y vi
en el fondo de mi espíritu, pequeña, negra, trágica, la espiral de una
serpiente. Lleno de miedo y repugnancia sacudí todo mi ser convulsamente. El
sombrío gusano, despertado por mi espanto, levantó la cabeza soñolienta, y
clavó en mí sus ojitos malvados:
—¿Qué quieres? ¿Qué buscas? ¿Cómo has entrado
en mí?— dije con una voz en que gritaba toda mi sangre y todo mi pensamiento. La serpiente dio entonces a sus ojos un
insospechable poder de expresión, y yo leí en ellos estas terribles palabras:
—La potencia oculta de tu destino me ha
enviado hasta ti. Allá en lo profundo conocen tu secreto, tu predestinación, tu
bien y tu mal. Saben cómo podrás ser vencedor y cómo podrás ser vencido. Y el
Oculto, el Desconocido, el Sin Nombre, que te conoce y que te ama, me dijo: “Ve
y entra en él y guíale. Tiene los ojos alucinados ese pobre niño; tiene el alma
llena de Claridad; va a entrar en Getsemaní, como cualquier redentor, y le van
a clavar en la cruz como a cualquier imbécil. Es preciso que le des tus pupilas
canallas, tu alma mala, tu Prudencia y tu cinismo. Ese será tu papel,
animalucho. Cuando la lámpara de su entusiasmo arda con una luz demasiado viva,
sopla tu aliento helado y apágala. Cuando la generosidad arraigue en él
demasiado fuertemente y comiencen a florecer sus flores pueriles, vierte tu
tóxico y sécalo. Sálvale siempre de la bondad, de la abnegación del amor y de
la caridad. Tú sabes bien, serpiente, con qué moneda se paga allá abajo a los
buenos; y yo no estoy dispuesto a que él lo sea”.
Tales fueron las órdenes del Oculto, el Desconocido,
el Sin Nombre, que te conoce y que te ama. Y en virtud de estas órdenes he
venido hasta ti. Desde ahora, no he de abandonarte. Dormida, escondida en el fondo
de ti, seré como un sordo instinto que despertará ante los peligros y sabrá dar
órdenes feroces de dictador pero en algunos momentos te arrastrarás, en la
sombra como si fueras tú mismo una serpiente, y asfixiarás, estrangularás las
cosas y los sueños de los más amados, sin que tú mismo te expliques por qué los
estrangulas. Y si realmente eres de la madera de los mártires; si realmente prefieres
el ramo de olivo a la victoria sobre los hombres; si te esfuerzas en aplastarme
y en vencer los designios del Desconocido, del Sin Nombre, que te conoce y que
te ama, yo he de morderte en el alma, yo he de verter mi veneno en tu pecho y
he de abandonarte cuando seas una vaga sombra de la que no se sabrá latigar,
mártir sin cruz, víctima sin agua lustral, redentor al que ningún labio se
atreverá a besar, maldito divino, dulce romero de cuyo paso los buenos y los
malos se apartarán.
Orto, Año
XVI, no.21, noviembre de 1927; tomado de Órbita
de Orto (1912-1957), Ediciones Orto, Manzanillo, 2012.
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