Pedro Marqués de Armas
Entre los muchos escritores
franceses que introdujo en Cuba, bien portándolo en su célebre baúl, citándolo o
traduciéndolo para El Fígaro o La Habana Elegante, e incluso “recitándolo”
en el Círculo Habanero, el Conde Kostia tuvo siempre especial predilección por
Catulle Mendès.
Es a través suyo que llega a
manos de Julián del Casal, que lo lee con voracidad, pero sólo lo traduce años
más tarde, cuando ya siente que domina el francés.
Es probable, por las fechas, así
como por los textos que el propio Kostia tradujo, que entre los libros llegados
a La Habana en abril de 1885 viniese, de Mendès, Le Rose et le noir, que
acababa de salir en París, y Les boudoirs de verre, publicado un año
antes.
Hay una anécdota, muy bien
contada por Amado Nervo en un artículo sobre el París de los escritores
latinoamericanos y, en especial, sobre la pasión por los libros de uso y su
búsqueda en los estantes del Sena, donde el Conde Kostia aparece como avezado
en “el arte de buquinear”, a la vez que como emblema de esa pasión.
Dice Nervo: “No sé quién me contó
(ni si será cierto) que el Conde Kostia, nuestro viejo conocido, llegó en una
ocasión a París; entró al hotel, dejó su saco de mano, fuese a los muelles a
buquinear todo el día, y al siguiente se volvió a la Habana... Yo comprendo al Conde
Kostia...”.
Ciertamente, poco antes de regresar a Cuba después de su larguísima estancia en España, Valdivia viajó a París a toda carrera. París, ese lugar al que Casal no llega y al que el afanoso literato todavía sin título -“loco sultán de nuestras letras”, según Sanguily-, asoma solo para unas compras a destajo aunque, eso sí, selectas, haciendo un uso en definitiva fictivo, literario, de la ciudad.
En las antípodas de aquel baúl
cargado de parnasianos y decadentes, está el de otro conde, el futuro Conde
Coveo, al que su creador, Ramón Meza, dibuja a su llegada a esa misma ciudad como
pobrísimo inmigrante, sin más credenciales que una boleta a nombre de Vicente
Cuevas y una carta para el tío, arrastrando un baúl no menos inmenso pero, en
su caso, absolutamente vacío.
Meza señala que Cuevas llevaba “cogido
el mundo por sus dos agarraderas”, pues es así como hacía llamar a su baúl, el mundo, intuición que no pasa inadvertida para José Lezama Lima, quien en su ensayo sobre el autor de Mi tío el empleado asegura que la fuerza del personaje radica “en el nadismo de su
baúl”. Sin embargo, esa nada en negativo, como la reducción de Cuevas a la
categoría de “personajillo”, hablan más de lo que oculta el “lezámico modo” que
de una aprehensión filosófica, incluso kafkiana, del asunto.
De acuerdo con Lezama, de ese baúl -de ese mundo vacío- no pueden salir “reminiscencias, ni recuerdos de la madre, ni pequeños objetos mágicos de la infancia”. Ese mundo solo puede "verificarse" como teatro -implícitamente como República-, sin que surja de él más que "errancia de muerte". Se trata, a juicio suyo, de la vida simple (por no decir, nuda), de momias, de ciertos inmigrantes españoles, cuya imaginación equipara despectivamente (lo que podría estar bien en Meza) a la obesidad y calvicie de los capitanes generales y a sus ampulosos discursos.
Pero no solo eso, sino que, subiendo siempre la nota, en desmesurado paralelo con Tersites y Flaubert, tilda al personaje de "hombre-mujer-hombre" para calificar de "simiesco" (como en las primeras páginas de Megara, barrio de Cartago, en estas portuarias de la novela de Meza) el encuentro del personaje con las divinidades del entorno, cuando es "arrebatado por las turbas en un día de reyes".
Todo esto, en una maniobra de vaciado opuesta a la inflación que reserva para los suyos y para su modo de construir el pasado cubensis, con su arcón de maravillas, donde las garduñas se transforman en liebres y los suicidas trágicos de la familia en risueños tarambanas.
Por su parte Casal, que en su proyectado viaje a París cruza el Atlántico haciéndose acompañar de autores franceses (un ejemplar Les boudoirs de verre, muy probablemente) regresará, en cambio, sin pertenencias, persuadido como nunca de que todo es ilusorio, presentándose ante su amigo Miyares “casi en andrajos, como un obrero y arrastrando una maleta vacía”.
Si mérito tuvo partir con el
dinero del solar, con lo cual liquidaba cualquier vestigio de heredad, más lo tendrá
el exponerse al punto de gastar esos estipendios sin pensarlo siquiera, con la misma urgencia adictiva con que leía o experimentaba las sensaciones corporales más diversas para alimentar, mejor aún, la estufa de la neurosis.
Para pagarse el regreso, después
de agotar su peculio en La Cervecería Inglesa y a saber en qué otras aventuras
madrileñas, Casal tiene que empeñar el gabán y la chistera, toda la ropa
interior y, por supuesto, los libros. A fin de paliar la penuria en que se encuentra
al cabo de dos semanas, traduce al menos cuatro prosas de Catulle Mendès, que
aparecerán en La Monarquía por mediación de Salvador Rueda.
De estas, algunas no habían
salido sino en revistas, por lo que, con seguridad, tuvo en manos alguna
publicación francesa. Es a poco de regresar a La Habana que los textos
traducidos en el viaje aparecen en Pour lire au bain (1890). Casal leyó,
por esos días, Les oiseaux bleus (1888). Y ya de vuelta, traduce para El
Fígaro y La Discusión otras cuatro piezas, estas de Le Confessional.
Contes chuchotés (1890).
De modo que todas las traducciones
de Mendès las realiza entre marzo de 1888 y abril de 1890, en su etapa,
digámoslo así, de despegue, y en la que, de paso, el traumático viaje resulta
esencial. A las de Mendès siguieron las traducciones de Baudelaire y, a
continuación, sus mejores crónicas, con resuelta asimilación de los
franceses.
Valdivia y Casal no intercambian
dones, sino roles. Uno importa la biblioteca, exagera su pasado y aquel único
día en París, para convertirse, pronto, en el personaje del que todos hablan
por su pasión libresca. El otro devora a los modernos con prodigiosa eficacia y,
a la vez, y como consecuencia, con incalculable poder de desasimiento.
El fin último de Casal no está en
los libros, sino en su entrega. Su aprendizaje es en todo momento espiritual. Cada
libro devorado produce en él “el efecto de una bocanada de éter”, como dice a
propósito de Maupassant. Sus sensaciones se intensifican al punto de traspasar
esos umbrales, esas intensidades de que hablaba Deleuze.
Según su amigo Francisco Chacón,
que lo conoció de adolescente, a su talento innato -que denotaba hasta en el
modo de caminar a pasos desiguales y en una como autística abstracción-, se
suman su simpatía y atrevimiento, su ironía y su condición marginal.
Capaz de separarse de los objetos, tan necesarios para Lezama, Casal no es acumulativo como se le supone, comenzando por el propio Lezama. Y no está nunca de más recordar que ningún escritor cubano necesitó menos para formarse -menos tiempo y mistificación.
Por su parte Valdivia, que en su
escritura apenas asimila a quienes traduce (quizás más a Gautier que a Hugo, al
que tradujo con decoro según Vitier) y que, como se ha dicho, padeció de “desordenada
gula literaria”, alcanza justamente con ese baúl y esa escapada a París, su
verdadero mítico lugar.
Bien visto, el suyo era un baúl
como otro cualquiera, pero a la vez una metáfora de sí mismo: un baúl
multipropósitos. Manuel de la Cruz lo descubre en su abigarrada alcoba,
definiéndolo como un mueble más, tan típico como emblemático: “enorme, forrado
en cuero carcomido y lleno de calvicies (...) desempeñaba funciones de armario,
de velador y de escritorio”.
Muerto Casal, es el Conde Kostia quien
promueve las visitas a su tumba, quien mantiene su memoria, quien da cuenta de
esos libros. No es necesario desplegar otra vez la lista. De modo más completo,
se la encuentra en sus escritos y cartas.
Esos nombres suponen más bien una
farmacopea, un catálogo de sustancias y sensaciones. A fin y al cabo los baúles
conservan más el olor de las cosas que las cosas mismas.
Como Darío, Valdivia sostuvo hasta
el final su admiración por Mendès. Al morir éste, lo califica de “primera
gloria literaria de la Francia contemporánea”. Ni el suntuoso Heredia, ni
Coppée, ni Lisle, ni Flaubert, dice refiriéndose a los ya muertos, pueden
opacarlo. Sólo Hugo y Gautier, cariátides de la poesía y la prosa.
Se refiere luego a su impecable
fecundidad y añade esta frase muy a lo Darío: “París, que se cansa de todo, no
se cansó nunca de Catulle Mendès”. Como en todo, exagera. Sucede que esta vez
la exageración es compartida.
gracias, d.l.
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