Páginas

domingo, 31 de julio de 2011

Como un xilófono gigante




  por Carlos Díaz Versón.

 Lenta, desangrándose en un temblor de silencio, La Habana alegre y bulliciosa muere en su centro, en el vórtice de toda su estridencia de urbe moderna, para resucitar allá, junto al cementerio, al lado de los que no trasnochan porque tienen entre hueso y hueso la noche eternizada.
 Primero, entre estertores desesperantes, cayó el café “La Diana”, que fue durante varias décadas, centro de alegría y reunión de la juventud elegante. Allí, Antonio Maria Romeu, “el bizco de La Diana”, hacía prodigios de ejecución, arrancándole al piano el ritmo maravilloso de los danzones de la época.
 Este café se escurrió de la urbe, disecándose de indiferencia, sin el grito policromado del lumínico, y sin la rebeldía tabularia de una lámpara de luz fría. Murió de una muerte muda de progreso.
 Unos años antes, había iniciado el éxodo hacia la noche oscura del cierre definitivo, el “Centro Alemán”, receptáculo trepidante que recogía la inquietud de los políticos del momento, y el coruscante júbilo de policías y trovadores.
 Y así, en fuga tajante, con un sueño de murciélagos acariciando sus columnatas, cerró también un buen día el café “Los Industriales”, acurrucado en la Plaza del Polvorín hasta hace una década.
 Cuando el taladro terrífico de la primera bomba japonesa, abrió un surco de sangre en Pearl Harbor, los cantineros del “Sloppy Joes” se estremecieron de pavor, sintiendo una frialdad en el corazón, como si la luna se les hubiera colado en el pecho. Y en la curva del brillante mostrador, patinó un presagio y se quedó bocarriba con su panza negra, tal si fuera un cucarachón repulsivo. Y el presagio tuvo su confirmación. Barcos y aviones absorbieron la población turística y una mañana los pliegues de las puertas metálicas cayeron al suelo, vibrando como un xilófono gigante.


  Luego tocó el turno al café al aire libre de Prado y Dragones, que una noche quedó entre sombras, y al siguiente día una cuadrilla de obreros demolió cubriendo de andamios todo su frente.
 Pero más allá, junto al cementerio, resucitaba una Habana Nueva, alegre y bulliciosa. En 12 y 23, comienzan a instalarse cafés al aire libre, modernizados y atractivos, que fueron capturando a los trasnochadores. Todas las familias de las zonas residenciales, que se abren más allá del puente Almendares, se sitúan en estos lugares, después de abandonar los cinematógrafos y teatros habaneros. La plática criolla, alta y sincronizada de gestos, se desata allí con diversidad de tópicos, que va desde la eminente familia hasta la polémica política. Es ya, esta esquina del cementerio, un refugio indispensable de los que gustan beberse la noche con un trago de ron.
 Y mientras las carcajadas resuenan con estridencia y los chistes se suceden, los pinos funerarios se alzan del suelo, con su escueta tristeza, dejando oir su llanto.
 Así La Habana alegre, jacarandosa, ha resucitado junto al cementerio, al lado de los que no trasnochan porque tienen entre hueso y hueso a la noche eternizada. 

 "Desaparecen del centro de la ciudad los lugares de diversión y resucitan bulliciosos junto al cementerio", El País, 1950.  

sábado, 30 de julio de 2011

La señorita SS




 Severo Sarduy, según sus propias declaraciones -nunca se encontró su acta de nacimiento, a pesar de la persistente investigación a que se entregaron sus estudiosos en las sacristías de su ciudad natal- nació en Camagüey, Cuba, el 25 de febrero de 1937. Su nombre de bautismo, parece ser, fue Eleonora, aunque para los suyos, siempre fue Nora, y luego, para Gustavo Guerrero, Juana Pérez. Para ella misma, fue sucesivamente María Antonieta Pons, Blanquita Amaro, Rosa Carmina, Tongolele o Ninón Sevilla, según fueron cambiando, con el tiempo, sus preferencias cinematográficas o rumberas.
 De su infancia se sabe muy poco, fuera de lo que cuenta en su autobiografía: una penosa letanía de anécdotas banales y de terribles injusticias en un contexto de pobreza y de discriminación racial característica de las pequeñas ciudades de la provincia insular. En este testimonio, sin duda apócrifo, se presenta como una Justina moderna, cuya virtud ultrajada no podía sino convertirlo en un ser desamparado, frustrado para siempre y por definición.
 A decir verdad, en su alegato contra la sociedad de consumo, hay detalles que sólo se repitieron unos años más tarde, en ese documento, orgullo de nuestras letras y modelo de sintaxis que es El derecho de Nacer: un padre que abandona el hogar, una madre embarazada y soltera que pierde, por ello, su puesto de sirvienta; malos tratos, tareas más que humildes, violaciones, y finalmente, la casa de corrección, esa perífrasis con que se designaba la cárcel de menores o el atenuado manicomio que padeció. En unas palabras, todos “los ingredientes de la tragedia humana”, para decirlo con una frase típica de Jacques Lacan...
 En pago por los mandados y limpiezas que hacía para la patrona de una equitable casa de citas del vecindario, frecuentada por el obispo y la policía local, la casa de Raquel Vega -lástima que en tanto orden quedaran colillas por el suelo y una luz que nadie apaga; se ve cómo ganaban de fácil el dinero...-, la madame la autorizaba a que pasara algunos discos en el fonógrafo que decoraba el salón. Allí conoció a sus grandes ídolos: Daniel Santos, Lucho Gatica, y sobre todo Mirta Silva, la Gorda de Oro, de la que admiraba sobre el repertorio y las letras tan bien escritas por los mayores poetas, el “inmenso volumen sonoro y el feeling particular”.
 Fuera de todas las especulaciones a que puede dar lugar una biografía con orígenes tan obscuros, hay algo seguro: si Severo Sarduy llegó a ser cantante fue por casualidad, o porque, para citar a Claude Lévi-Strauss, “todo está escrito en el destino y el ser humano no puede más que leer”, en el sentido, claro está, que da a esta palabra el célebre grafólogo francés.
 Todo sucedió en La Habana, cuando fue a encontrar a su madre, que entonces residía en esa megalópolis cubana. Acababa de abandonar el presidio de la Isla de Pinos, donde había pasado cuatro meses por posesión ilícita de mariguana y un agravante de prostitución.
 Tenían que pagar el cuarto -aunque nimio, escrupuloso- que arrendaban en un prestigioso solar de Guanabacoa. Una noche, pasando por Marte y Belona, dió con un cartelito discreto que, con impecable ortografía reclamaba bailarinas y meseras para el encumbrado local.
 Aquel familiar speak easy era particularmente célebre por los pianistas que lo amenizaban tarde en la noche y hasta el crepúsculo del alba. El más popular de ellos era Chapotín, que encantaba a los danzantes con un estilo estridente y que, con su sombero de gala, el “bombín”, su pajarita negra a toda hora y su tabaco en la boca, conversaba con los clientes sin dejar de tocar esos arpegios que, para fortuna de musicólogos y rumberos, La Voix de son Maître tuvo el tino de captar.
 Antes de terminar el primer ensayo, el propietario se levantó y con un gesto, aunque drástico, versallesco le dijo al joven candidato que era inútil que siguieran perdiendo tiempo ya que no tenía ni las menores dotes para el baile y no daba ni siquiera un paso que no estuviera al revés.
 El pianista se apiadó. Le preguntó, al verla humillada, postergada, fânée, descangayada, soslayada y llamada a desaparecer, si sabía cantar.
 Ella respondió que conocía sólo de memoria una canción: “Un chorizo na má queda, bombo camarú”. La entonó, logrando notas de una exquisita coloratura, arabescos vocales y un vibrato que no se escuchaba desde la Malibrán.
 Esa noche llegó, y para siempre, al cénit lírico y vocal.
 O, como escribiera años más tarde el Bárbaro del Ritmo: “Esa noche, el significante fonético/nómada tuvo su primera y/o última anagnórisis con la criolla epis temé.
 Pero volvamos a Severo. Por entonces, ganaba dieciocho pesos por semana, más las pródigas propinas que la ya naciente clase de sacarócratas comprometidos -dril cien, sombrero panamá, diamante en el meñique y tacón- le deslizaba en el atrevido escote o bajo la liga de las medias, cuando iba canturreando de mesa en mesa después del séptimo daiquirí.
 Pero ese modo de capturar la clientela masculina, cada vez más numerosa, le resulta humillante. Decide terminar de una vez y adopta esa actitud que los otros juzgarán arrogante y que le valdrá el apodo de la Duquesa o de Lady S.S.
 Graba su primer disco. Entra en un período fasto, ya que, después de las carestías del machadato, el país disfruta de una danza de millones tan inverosímil que los cabarets se multiplican; los hay en cada esquina. Tropicana deslumbra al mundo entero y los traganíqueles hacen los primeros discos por una pieza de un medio. Se convierte, de la noche a la mañana, en la gran rival de Rita Montaner. Hollywood le reclama.
 Viaja a California para participar en el cortometraje de la Paramount Symphony in Black donde interpreta uno de los raros blues de su carrera.

 Prefiero no consignar el resto de su vida.
 que es largo y tendido.
 Y que luego tornaré a contaros.

 Severo Sarduy

 Tomado de Vuelta, no 261, Agosto de 1998, pp. 62-63. 



viernes, 29 de julio de 2011

Ferreira Gullar: Gallo gallo



El gallo
quieto en el zaguán.

Gallo gallo
de cresta alarmante, guerrero,
medieval.

De córneo pico y
espolones, armado
contra la muerte,
pasea.

Mide los pasos. Se detiene.
Inclina la cabeza coronada
dentro del silencio.
-¿qué hago entre cosas?
-¿de qué me defiendo?

Anda
en el zaguán.
El cemento olvida
su último paso.

Gallo: las plumas
que florecen de la carne silenciosa
y el duro pico y las uñas y el ojo
sin amor. Grave
solidez.
¿En qué se apoya
tal arquitectura?

¿Sabrá que, en el centro
de su cuerpo, un grito
se elabora?

¿Cómo contener, sin embargo,
una vez concluido,
el canto obligatorio?

He ahí que bate las alas, va
a morir, tuerce el pescuezo vertiginoso
donde el canto escarlata fluye.

Pero la piedra, la tarde,
el propio gallo feroz
subsisten al grito.

Se ve: el canto es inútil.

El gallo permanece -pese
a todo y su porte marcial-
solo, desamparado,
en un zaguán del mundo.
¡Pobre ave guerrera!

Otro grito crece
ahora en el sigilo
de su cuerpo; grito
que, sin esas plumas
y espolones y cresta
y sobre todo sin esa mirada
de odio,
no sería tan ronco
y sangriento.

Grito: fruto oscuro
y extremo de ese árbol: gallo.
Pero que, fuera de él,
es mero complemento de auroras.

Traducción: Pedro Marqués de Armas

jueves, 28 de julio de 2011

Reglamento de honrados obreros y bomberos



 

 La experiencia tiene acreditada la utilidad y considerables ventajas que para los casos de incendio proporciona una fuerza organizada de vecinos honrados, que ejerzan oficios propios para poder ser empleados en contener y concluir una de las mayores calamidades que aflige a los pueblos, convirtiendo prontamente en cenizas y escombros los edificios que forman parte de su riqueza y ornato. La confusión y desorden que es tan común cuando acontece un fuego, lleva consigo innumerables males y perjuicios que no pueden ni deben tener lugar, si con oportunidad se aplican los medios de cortarlos. Persuadido de esta verdad y deseando proporcionar a esta ciudad y sus extramuros los goces de una institución tan necesaria y benéfica, que hasta cierto punto garantiza las propiedades de sus habitantes, he resuelto la creación de un cuerpo de obreros y bomberos destinado exclusivamente a apagar los incendios, el cual se organizará bajo las reglas siguientes:
 CAP. 1. — Formación, pié u fuerza del cuerpo de obreros y bomberos.
Art. 1. Será inspector de este cuerpo el Capitán General de la Isla.
2. El cuerpo de obreros y bomberos de la Habana se compondrá de seis tercios de sesenta plazas cada uno, correspondiendo tres de ellos a esta ciudad, y los otros tres a los barrios extramuros.
3.  El primero y segundo tercio se formará de personas blancas, el tercero y cuarto de pardos, y el quinto y sexto de morenos.
4. Cada tercio se dividirá en tres brigadas; primera de albañiles, segunda de carpinteros, tercera de herreros, cerraderos y fontaneros. Las brigadas se subdividirán en escuadras de diez hombres.
5. La plana mayor de este cuerpo se compondrá de un comandante principal, que precisamente ha de ser arquitecto, maestro mayor o persona facultativa en ese arte: un segundo comandante de la misma clase, que desempeñará las funciones del detalle, y ambos usarán la divisa de capitanes; dos ayudantes alarifes, con la graduación de tenientes, que corresponderá el uno a los tres tercios de intramuros, y el otro a los de extramuros.
6. Para el mando inmediato de cada tercio se nombrará un maestro de obras, con el distintivo de teniente, y con el de sargento primero un maestro de albañilería o carpintería, que desempeñará las funciones de subayudante o brigada.
7. Cada brigada será mandada inmediatamente por un maestro del oficio de que se componga, que usará de la divisa de subteniente, y tendrá a sus órdenes un sargento segundo y un cabo primero, oficiales del mismo oficio, con el distintivo de sus respectivas denominaciones.
8. Los sargentos segundos y cabos primeros correrán cada uno con una escuadra de su brigada.
9. En cada tercio habrá dos cornetas a sueldo.
 CAP. 2. Alistamiento en este cuerpo, y nombramiento de oficiales, sargentos y cabos.
10. Es un deber sagrado en toda sociedad bien constituida, que los individuos que la componen se protejan y socorran en las calamidades que los aflijan.
11. Partiendo de ese principio incontrovertible se hallan en el caso de inscribirse para servir en el cuerpo de obreros y bomberos de la Habana, todos los que por sus oficios puedan ser útiles en dicho cuerpo.
12. Se formarán listas en esta ciudad y en los barrios extramuros con distinción de blancos, pardos y morenos de todos los que ejerzan las artes de albañilería, carpintería, herrería, cerrajería y fontanería.
13. Se invitará por los periódicos o en otra forma a los que tengan dichos oficios, para que se presenten voluntariamente a servir en el cuerpo de obreros y bomberos, y en caso de no llenarse el número, se escogerá por el Capitán General, como gobernador político, el medio más legal y justo para completarlo.
14. Será del Capitán General, gobernador político, la elección de las personas que hayan de desempeñar los empleos de jefes y oficiales, y éstas recibirán nombramiento firmado por S.E.
15. Hecha la elección de comandantes pasarán éstos de acuerdo, una propuesta al Capitán General para la provisión de las demás clases de sargentos y cabos, a los que se les expedirá nombramiento firmado por ambos comandantes con la aprobación de aquel superior jefe.
 CAP. 3. —Útiles para el servicio de este cuerpo.
16. Cada tercio tendrá una bomba en completo estado de servicio con treinta cubos de cobre o suela. Las bombas estarán numeradas y lo mismo los cubos, para que no puedan confundirse.
17. En tres lugares los más a propósito de esta ciudad y de los barrios extramuros se depositarán las bombas que corresponden a los seis tercios.
18. Se repartirán los útiles que son necesarios para trabajar en los incendios, entre los obreros que no los tengan propios, debiendo los que los reciban cuidar de su conservación y aseo.
19. Todos los meses se pasará una revista por los jefes del cuerpo de las bombas y útiles para asegurarse de su existencia y buen estado de servicio.
20. El día después de concluido un fuego se hará igual examen para disponer se recorra lo deteriorado, y se reponga lo inutilizado.
21. Cuando el Capitán General lo tenga por conveniente, inspeccionará por si el personal y material de este cuerpo, o comisionará un jefe de graduación para que lo efectúe.
 CAP. 4. —Del servicio.
22. El acto del servicio principia desde el momento en que deba concurrirse al sitio del incendio y depósito donde se hallan las bombas, como igualmente desde que se reúnan los individuos en el paraje designado para las revistas, y concluye luego que cortado el fuego y acabados los otros actos, se despidan los obreros y se dejen las bombas en sus respectivos lugares.
23. Inmediatamente que el toque de campanas anuncie el incendio, saldrán los cornetas tocando llamada por las calles y barrios, que de antemano se les habrá señalado, y a este aviso acudirán puntualmente al paraje incendiado y al en que se hallan las bombas, los individuos nombrados para uno y otro trabajo.
24. Si el fuego es en la ciudad asistirán solamente los tercios que corresponden á ella; y los de extramuros se reunirán en los puntos donde se hallen sus bombas, y allí aguardarán orden para concurrir al incendio o retirarse. Lo mismo efectuarán los de intramuros si el fuego ocurriese en los barrios exteriores.
25. Mensualmente se nombrará el servicio a que debe estar especialmente obligada cada escuadra, destinándose una para acudir con sus herramientas al paraje del fuego, y otras para conducir las bombas con las que siempre irán los fontaneros. Las acompañarán los oficiales, sargentos y cabos que igualmente deben nombrarse.
26. La dirección de los trabajos para cortar los fuegos, esta a cargo de los jefes del cuerpo de obreros y bomberos, por lo que cuidarán de acudir incontinente al paraje incendiado, y en ausencia de ellos se encargará de dicho gobierno el oficial blanco de más graduación del mismo cuerpo.
27. El jefe de plaza o de día que asista a los fuegos, en nada se mezclará en los trabajos, y únicamente será de su resorte disponer el cerco que debe formarse con la tropa veterana, para impedir que se acerque gente que sin ser necesaria pueda contribuir a estorbar las operaciones: e igualmente será de la incumbencia de los mismos jefes y tropa, la conservación del orden, y de dar los auxilios que se necesiten para la custodia de los efectos que se extraigan de las casas.
28. Todo vecino que quede dentro del espacio cercado tendrá obligación de alumbrar el frente de su casa, y de franquear los pozos, aljibes o pajas de agua que tengan, cuidándose por los señores alcaldes o comisarios de barrio que concurran al fuego, el cumplimiento de esta providencia.
29. Si el fuego ocurre después de cerradas las puertas de la plaza, no se abrirán aquellas, pero se situará en la de Montserrate el capitán de llaves, para que si fuese necesario abrirla, lo ejecute tan luego como reciba la orden del Capitán General.
30. Siempre que haya iluminaciones generales, y durante las horas de ellas, permanecerá de servicio uno de los tercios de la ciudad y otro de extramuros en el depósito que se les señale, para acudir pautadamente en caso de fuego.
CAP. 5 Obligaciones.
31. Este cuerpo no puede reunirse por ningún pretexto ni con ningún objeto sino en caso de incendio, y los días que se señalen para las revistas.
32. Todos los individuos de él están obligados a obedecer a sus respectivos superiores en cuanto concierne a gobierno y servicio, y ejecutar todo lo que ellos les manden relativo a entrambos objetos.
33. El primer comandante recibirá del capitán general las órdenes que tenga a bien dar a este cuerpo, cuyos individuos se impondrán de ellas por el órgano de aquel jefe.
34. El día primero de cada mes pasará el primer comandante al Capitán General dos estados; uno de la fuerza del cuerpo, con separación de tercios y especificación del alta y baja ocurrida en el mes anterior; y otro de las bombas y útiles, clasificando su estado. Ambos documentos irán firmados por el segundo comandante con el visto bueno del primero.
35. Concluido un fuego dará cuenta por escrito el comandante principal (en la parte que le incumbe) al Capitán General, de todo lo que se haya ejecutado y demás que merezca su atención; y si no hubiese asistido al incendio por enfermedad u otra causa justa que se lo impida, acompañará el parte que debe darle su segundo, u oficial que haya tenido el mando y dirección de los trabajos.
36. El segundo comandante como encargado del detalle, llevará el alta y baja de hombres y de útiles; conservará relaciones circunstanciadas de los que existan en poder de los individuos de cada tercio, con designación de nombres  para hacerles el debido cargo en caso de pérdida; tendrá lista general por abecedario de la calle, casa y número en que vivan todos los que componen el cuerpo, y con acuerdo del jefe principal y por escala nombrará mensualmente las escuadras, y demás individuos a que se refiere el artículo 24, capitulo 4.
37. Los ayudantes estarán encargados de comunicar las órdenes de los jefes, a cuya inmediación se hallarán siempre en los incendios, cuidando de que aquellas se ejecuten, y como facultativos harán las explicaciones necesarias para la mayor inteligencia de los obreros.
38. Los tenientes estimularán: con su ejemplo a los obreros, portándose con arrojo en los peligros para salvar la vida y propiedad de los vecinos que se hallen en riesgo, y cuidarán de que los trabajos se hagan con tino y esfuerzo, para que no propagándose los incendios, se terminen con la posible prontitud.
39. En iguales términos se conducirán los subtenientes de brigadas, sargentos y cabos que mandan escuadras, situándose cada uno a la inmediación de la suya respectiva.
40. El sargento primero subayudante se hallará siempre contiguo al teniente de su tercio, para trasmitir sus órdenes y demás que se ofrezca.
41. Tanto en los lugares donde ocurran los fuegos, como en los depósitos de las bombas reunirán los encargados de tercios, brigadas y escuadras las suyas, pasarán lista y darán parte a su inmediato jefe de los que falten, para que llegue a noticia del comandante principal, y lo mismo efectuarán con respecto a los útiles, de que deben responder los individuos.
42. Los mismos encargados de tercios, brigadas y escuadras, tendrán listas a nombre y clasificadas de los individuos que compongan las suyas, expresándose en ellas la calle y casa en que vivan, e igualmente de los útiles que tengan, celando su conservación y aseo.
CAP. 6. —Uniforme, fuero y exenciones.
43. Este cuerpo usará el uniforme del adjunto modelo.
44. Todos los que lo compone, gozarán del mismo fuero que está concedido a los que sirven en las milicias urbanas en esta Isla.
43. Los que sirvan en este cuerpo, durante su permanencia en él, quedan exceptuados de todo otro servicio público, y del de las milicias regladas.
CAP. 7. —Subordinacion y penas.
46. Los oficiales, sargentos y canos se conducirán con sus súbditos en los actos del servicio con aquella moderación que corresponde, y debe guardarse con unos artesanos honrados, dedicados voluntariamente al servicio público.
47. Todo individuo de este cuerpo en el momento que se acabe el acta del servicio, vuelve a entrar en la clase común de vecino, y por consiguiente solo en dichos actos estará sujeto a las leyes de la subordinación.
48. Como el hecho mismo de hallarse sirviendo en este cuerpo es un signo de honradez, no es presumible se falte a los deberes que impone ese título: pero si desgraciadamente hubiese alguno y que contra esas fundadas esperanzas incurriese en faltas de respeto contra sus superiores en actos del servicio, no acudiese o se dilatase en concurrir a él en los casos en que le corresponde, o que de cualquier otro modo dejase de cumplir con sus obligaciones, y con las reglas de la disciplina militar, será amonestado o castigado con arresto o prisión, según la gravedad del caso.
49. En los casos en que hayan de sufrir arresto, por faltas leves, se les mandará ir a sus casas o al sitio destinado al efecto, bajo su palabra. Pero si el delito porque se destinase la prisión fuese de gravedad, se le conducirá a ella custodiado decorosamente.
50. La imposición de las penas correccionales corresponde al jefe que manda, si en el acto mismo del servicio debieran ser impuestas; y si hubiera de serlo posteriormente, al comandante principal, quien en los dos casos dará parte inmediatamente por escrito al Capitán General de la falta, y de la corrección determinada.
51. Todo individuo debe someterse a la pena que le imponga su jefe, y solo de este modo podrá usar del derecho que se le conserva de reclamar y obtener satisfacción y resarcimiento de la injusticia que haya sufrido.
52. Si lo que no es de esperarse, cualquier individuo sea de la clase que fuese, cometiese en acto del servicio delito vergonzoso, por el que incurriese en pena aflictiva corporal, o hiciese armas contra sus compañeros, u ofendiese de hecho a alguno de ellos, o cometiese otro crimen semejante, quedará separado del cuerpo, y será entregado al tribunal que le compete.
CAP. 8. —Recompensas.
53. Al individuo de este cuerpo que se inutilice en un incendio y no tuviere bienes suficientes para su mantenimiento, se le asignará una pensión vitalicia proporcionada a su clase, al daño sufrido y al valor e intrepidez que causó su desgracia por efecto de su celo en beneficio público.
54. A los obreros y bomberos que se lastimasen en algún fuego, de modo que les sea necesario ponerse en cura, se les costeará ésta, bien en el hospital o en su casa, en cuyo último extremo se les entregara diariamente el valor de una hospitalidad, hasta que consigan restablecerse.
55. Al individuo que se señale extraordinariamente en un incendio por su esfuerzo y valor, se le gratificará pecuniariamente si es pobre, publicándose además en los periódicos de esta capital su nombre y servicio, que le haga merecedor de esa distinción, siendo comprendidos solamente de esta última parte los que no necesiten de aquel socorro.
56. Si el fuego continuase por más tiempo de un día se abonará a los que vivan de su jornal, y estén en los trabajos, una gratificación que compense el salario que no han podido ganar.
57. Servirá de recomendación para alcanzar destino en esta Isla, de provisión del gobierno de ella, el estar sirviendo o haber servido con celo y honradez en el cuerpo de obreros y bomberos honrados de la Habana.
58. Se conserva el uso de uniforme y fuero a los que habiendo servido 20 años en este cuerpo se separen de él, por no estar hábiles para poder continuar.
59. Obtendrán los ascensos que ocurran en el cuerpo aquellos individuos, que por su aptitud, conducta y celo se hagan más acreedores a ellos.
CAP. 9. — Fondos de incendios.
(Art. 60 y 61. Que se excitaría a la equitativa contribución mensual de un real por casa; y un vecino de confianza sería el depositario, rindiendo su cuenta a fin de año).
 Habana 12 de diciembre de 1835.
 Miguel Tacón.
 Apéndice:
  “Para el sostenimiento de tan útil compañía, y hacer frente a sus indispensables gastos el síndico procurador don Romualdo de Zamora propuso en 7 de abril de 1837, y el ayuntamiento de conformidad acordó en acta del 14 la imposición del arbitrio de un real mensual que pagarían las casas de zaguán, almacenes y tiendas de víveres dentro de la demarcación fijada hasta la esquina de Teja; medio real las demás casas sin zaguán, de mampostería, tabla y embarrado; 2 rs. las pulperías, chocolaterías, carbonerías, casas de baños, confiterías, bodegones, boticas, almacenes de maderas, cererías, cafés, panaderías y ferreterías; y 4 las fundiciones y alambiques en cada mes: cuyo acuerdo aprobado por el superior gobierno se llevó a efecto desde 1.° de mayo de aquel año.—Y dada cuenta a S. M. produjo por la vía del ministerio de ultramar la real orden de 26 de octubre de 1837, insertando para su cumplimiento la resolución de las cortes del 5 que sigue: «Las cortes se han enterado del expediente instruido por el gobernador, capitán general de la isla de Cuba, sobre el establecimiento de un cuerpo de obreros y bomberos, con destino a contener y apagar los frecuentes incendios que ocurren en la Habana y sus barrios extramuros, el cual nos remitió el antecesor de V. E. con oficio de veinticinco de agosto próximo pasado; y de acuerdo con el parecer del gobierno de S. RL, se han servido aprobar el arbitrio de un real mensual sobre cada casa de mampostería, medio sobre las de tablas, y proporcionalmente sobre almacenes, tiendas, boticas y demás, impuesto a la población de aquella ciudad por el capitán general y ayuntamiento, para sostener el enunciado establecimiento de extinción de incendios, planteado con buen éxito desde el año de 1835, por suscripciones voluntarias y arbitrios propios. Asimismo han resuelto las cortes, se devuelva al gobierno el citado expediente original, como lo ejecutamos, para que organice el expresado cuerpo de honrados obreros y bomberos de la forma que crea más conveniente al servicio que han de hacer. De acuerdo de las cortes lo comunicamos a V. E. para que se sirva ponerlo en conocimiento de S. M. y demás efectos convenientes.» Organizado en consecuencia el cuerpo, se le dio, y fue aprobado por real orden de 10 de mayo de 1838, (de conformidad con el ministerio de guerra los artículos 44 y 45), el siguiente Reglamento de honrados obreros y bomberos”. 


 Biblioteca de legislación ultramarina en forma de diccionario alfabético. Madrid, 1845. Tomo IV. Imprenta de Alegría y Charlaín, pp. 506-509.



Cuerpo de Bomberos del Comercio




 El Cuerpo de Bomberos del Comercio surgió el año de 1873 ante la necesidad de atender el servicio de extinción de incendios que se encontraba, si no abandonado por completo, a lo menos, en lamentable estado de deficiencia.
 Su organización, que se debe a la poderosa iniciativa de D. Aquilino Ordoñez, es como sigue: Consta en la actualidad de unos cuatrocientos hombres, formando dos agrupaciones, o sea el Comité Directivo y la Fuerza Activa.
 El primero se compone de un Presidente, un Vicepresidente, un Tesorero y un Secretario, teniendo a su cargo la alta gestión de todos los intereses morales y materiales de la institución, y su parte económica.
 La Fuerza Activa es la que tiene a su cargo el servicio voluntario de la extinción de incendios, sin remuneración alguna, salvo las clases asalariadas como son los maquinistas, conductores, telegrafista y corneta-furrieles.
 Se halla subdividido en cinco Secciones, una de Obreros y Salvamento, tres de bomba y una de Sanidad.
 Cada Sección la manda inmediatamente un primero y un segundo jefe de Sección.
 La de Obreros y Salvamento se compone de cuatro agrupaciones llamadas brigadas, tres de ellas son de carpinteros y albañiles y una de gimnastas. Cada brigada tiene veinticinco plazas al mando inmediato de un primero y un segundo brigada.
 Las tres secciones de bomba tienen cada una cinco brigadas de a veintidós hombres cada una. Dos de ellas son pitoneros, denominándose izquierda y derecha; dos de manguera con el mismo nombre de izquierda y derecha, y la quinta es la de la máquina.
 La sección Sanitaria no tiene más que veinticinco plazas, que la componen tres médicos, un ayudante y veintiún sanitarios.
 Las cinco secciones que forman la Fuerza Activa están bajo el mando de un primero y segundo Jefe del Cuerpo.
 Hay además un ayudante facultativo, arquitecto.
 La institución es completamente civil, pero tanto por recompensa de largos y buenos servicios, cuanto porque siendo el elemento militar el que domina en los incendios, no podía aquella moverse desembarazadamente y sin tropiezo con distintivos y carácter del orden civil, la Autoridad le concedió en 20 de Enero de 1880 a título de recompensa, que sus Jefes, Oficiales y clases tuvieron en los actos del servicio el mismo carácter y consideraciones de los de Cuerpos de Voluntarios cuando se encuentran prestando el suyo.
 Por virtud de esta concesión los Jefes y Oficiales del Cuerpo de Bomberos del Comercio, están asimilados a los Cuerpos de Voluntarios…
 Siendo de suprema necesidad que el ataque de los incendios se efectúe con gran actividad y mucho orden, lo cual es muy difícil en los primeros momentos por la gran confusión a que da lugar todo incendio, y la excitación que se apodera de todos los ánimos, necesitan los bomberos de ciertos distintivos para conocer a primer golpe de vista a sus Jefes y Oficiales y la brigada a que pertenecen, y esto se encuentra perfectamente resuelto en el Reglamento del Cuerpo, por medio de los colores de los cascos y las hombreras de las chaquetas de uniforme.
 Los cascos se diferencian del siguiente modo: 1ro y 2do Jefe: Casco blanco, fileteados, carátula plateada, letras negras.
 1ro, 2do y 3cer Jefes de Sección: Casco negro, filetes blancos, carátula plateada con letras negras.
 Brigadas: Casco negro, filetes blancos, carátula roja, letras negras.
 Brigadas: Casco negro, filetes y carátula rojos con letras negras.
  

 Las hombreras se usan de este modo: los bomberos de la 1ra sección no llevan ninguna, pero en su defecto los de la brigada de salvamento usan el cuello de la chaqueta y el cinturón de color rojo.
 Los bomberos de las secciones de bomba (…) usan las hombreras de los siguientes colores: la brigada del pitón izquierdo, rojas con vivos verdes; la del pitón derecho, verdes con vivos rojos; la de manguera izquierda, roja; la de manguera derecha, verdes; la de máquina, amarillas.
 Estas mismas hombreras por la posición indican también la sección. Las rectas indican la 2da sección; la terciada, la 3ra y la recta con un filete blanco al centro, la 5ta.
 El material es el siguiente: tres bombas de vapor; tres carreteles; 6000 pies de manguera de lona; dos carros de auxilio con herramientas, escaleras, botiquines, manga de salvamento; bombillos químicos, etc.
Para el tiro se cuenta con doce caballos.
 Las bombas, dos de ellas son de pistón, y una rotaría.
 Aquellas desalojan 400 galones de agua por minuto, y esta 700. Llevan los nombres de Colón, Cervantes y Rabana. Esta ofrece sobre las otras la ventaja de que no teniendo válvula y sólo cuatro piezas que funcionan, mientras que las otras tienen treinta, hay un gasto muy pequeño de fuerza para vencerla inercia del mecanismo, y por consiguiente consume menos combustible.
 Dos de estas bombas tienen constantemente agua caliente en las calderas, lo cual permite que puedan funcionar a los cuatro o cinco minutos de encendidas las fornallas.
 Los caballos hacen guardias de cuatro horas, y su enganche y la salida del material para los incendios se efectúa en el brevísimo espacio de quince a veinte segundos.
 El material y su tiro está repartido en dos estaciones, una en la calle del Sol y otra en la calzada de Galiano.
 Para el conocimiento rápido de los siniestros y difusión de las alarmas, dispone el Cuerpo de una extensa red de alambres por todo el perímetro de la ciudad, contando con ochenta y dos estaciones telefónicas, que se designan con una tablilla en la puerta de la casa que dice: "Estación oficial para alarmas de incendio." Se dice oficial porque es la única autorizada por el gobierno para dar las alarmas y retiradas. Los guardias de Orden Público y la Policía acuden a estas estaciones para llevar la noticia del incendio o para recibir la orden de difundir por medio de pitos las alarmas y retiradas.
 Se designa el lugar del incendio de este modo. Los puntos largos que se dan por medio de los pitos no significan nada, los breves considerados en línea como si fuesen números, denotan el número de la agrupación incendiada, por ejemplo: un punto largo, uno breve, uno largo y dos breves, uno largo y tres breves, dicen claramente 123, y mirando en la cartilla o plano trazado por el Cuerpo en sustitución del antiguo sistema de designación de distrito, se encuentran los nombres de las calles que rodean el sitio donde se supone el incendio. La retirada se denota por medio de un pitazo largo y otro breve. Las estaciones están a cargo de personas filantrópicas que prestan gratuitamente este servicio.
 La parte económica es de esta manera:
 Los bomberos se costean su equipo y el Cuerpo les ayuda, cuando los fondos lo permiten, con una parte de dicho equipo.
 Los gastos de conservación, reposición de material, sueldos, manutención del tiro animal, se cubren con una subvención de las Compañías de Seguros y por medio de suscripción pública.
 El Ayuntamiento solía consignar en su presupuesto algún auxilio para el Cuerpo, pero hace algunos años que lo suprimió, quedando a deberle una fuerte suma. Por esta razón no es buena la situación económica del Cuerpo, no pudiendo llenar sus atenciones y aumentando su deuda diariamente; de modo que si no se le proporcionan elementos, esta vigorosa y ya antigua institución está llamada a extinguirse y desaparecer.


 R. Mora: 17 de mayo de 1890, La Habana, 1890.


 

miércoles, 27 de julio de 2011

Bombero de esta Isla sin ventura





 En la época actual, que desgraciadamente domina el descreimiento y la indiferencia, cuando no el egoísmo más desesperante, en que el hermoso tipo de esos filántropos, de que tantas leyendas deliciosas y conmovedoras han llegado hasta nosotros, va desapareciendo de la propia manera que se han ausentado de la superficie de nuestro planeta especies enteras por el trabajo constante de la evolución, que las había condenado a morir; el sentimiento público ya sólo sale de los estrechos límites en que se encuentra encerrado, cuando alguna causa, no prevista produce que las pasiones se agiten con violencia, haciéndolo todo el corazón sin dar tiempo a que nuestro espíritu medite fríamente. Entonces vuelven a renacer aquellos legendarios tipos que han sido el encanto y la admiración de nuestros padres. Tipo de redentor dignificado por todas las grandezas del cristianismo en la encarnación del Dios hecho hombre, en el Jesús que murió en afrentosa cruz, entre ladrones, por amor a sus semejantes.
 Difícil es romper con las tradiciones. El que vive en un medio los primeros años de su vida, necesita igual tiempo, si no el doble, para adquirir opuestas ideas y contrarios sentimientos a los que adquiriera en los juveniles años de su existencia. Esta causa nos hace pensar que son disculpables los actos que realizamos sin que guarden una completa armonía con cuanto hacemos en el presente, porque es el pasado que vuelve por sus antiguos derechos, al que obedecemos porque recordamos que fuimos sus esclavos de ayer.
 La humanidad protesta hoy contra lo que ayer era su ideal, y mañana protestará de nuevo contra lo que hoy constituye su más pura y legítima aspiración (…)
 Del tipo que nosotros sentimos profundo respeto y cariñosa simpatía, tenemos ejemplos en este país, tanto más hermoso cuanto más infortunado, en ese hombre apenas conocido por sus conciudadanos, sin grandes ni pomposos honores, sin paga del Estado, ni del Municipio, sin privilegios ni inmunidades, arrastrando, tal vez, una vida azarosa de trabajos y privaciones.
 Ese tipo es el del bombero en esta Isla, que nada le impide al primer toque de alarma, abandonar su lecho o su trabajo, su hogar y su familia, para correr impulsado por sus sentimientos filantrópicos a salvar la vida y la hacienda ajena, llegando en la realización de su ideal hasta el sacrificio de la propia vida.
 Tanta abnegación es digna de grandeza inmortal. Esta abnegación traspasa los límites de todo encomio, cuando observamos, en muchos casos, que las vidas y las haciendas que exigen tan grandes sacrificios a sus salvadores, pertenecen a los que los expolian, a la clase de los elegidos, a los que al siguiente día ridiculizan las manifestaciones de generosidad de aquellas almas nobles y grandes.
 El hombre de sentimientos humanitarios desprecia con supremo desdén las ingratitudes de sus semejantes; sólo escucha la voz de su conciencia que le grita las evangélicas palabras de: ama a tu prójimo como a ti mismo. Esas palabras constituyen su deber, que cumplen a despecho de todas las contrariedades e inconsecuencias.
 Tal es el bombero de esta Isla sin ventura.

 R. Mora: 17 de mayo de 1890, La Habana, 1890. 

Relatos de la catástrofe

 



  
 ¡Carbonizado!


 Entre los que amortajaban para la última ceremonia había un cadáver carbonizado; tendido allí parecía el tronco deforme de un árbol, negro, irregular, inhumano; despojo indiscernible de la catástrofe, ni tenía forma, ni tenía ya nombre; nadie lo reconocía.
 Embutido en su ataúd, recorrió su última jornada entre la multitud curiosa o indiferente, en la marcha solemne del entierro, y fue depositado en el nicho subterráneo que ignora el misterio de su vida y de su muerte infeliz.
  Al toque de alarma, corrió de los primeros, sonriente, afanoso, alegre, sin interés ninguno; llegó a la puerta ardiente, empuñó su lustrosa hacha de bombero, y enfrente de la llama retorcida que se empinaba y se partía en cien lenguas de dragón, como un árbol fantástico de resplandores y de estrellas, penetró resueltamente en aquel establecimiento de ferretería, semejante a una inmensa bomba cargada de proyectiles de caprichosas formas y dimensiones aterradoras.
 A los pocos pasos tembló bajo de él la tierra, oyó un gruñido gigantesco, la granada había estallado, las tenazas, los clavos, los barriles, las cadenas, un mar de hierro cayó sobre él escupiéndole encima torrentes ele metales, y cuando destrozado y sin vida, informe v adulterado, más bien un pedazo de carne que un hombre, caía contra el piso erizado de escombros, una llamarada rastrera se deslizó hasta él, envolviéndole rápidamente en mil espirales de oro relampagueante y luego, dividida en esparcidas y tembladoras solfataras, fue apagándose grado a grado, dejando ver en su postrer iluminación la negra pavesa de aquel hombre!
 Los demás ¡ay! numerosos compañeros de infortunio dejan tras sí su nombre compadecido en la ciudad; el dolor y las lágrimas en su casa. El no deja nada, ni lágrimas, ni recuerdo, ni dolor, ni nombradla.

 Manuel Sanguily


 
  Impresión

 Jamás se borrará de mi ánimo la impresión de aquel cuadro terrorífico. Una cara aplastada como máscara de cartón, otra carbonizada como el busto de un santo condenado a la hoguera por regocijados herejes, otra que parecía contraída por heroica carcajada, otra, en fin, que con sus ojos desmesurados, su color lívido, el cabello erizado y la horrible rigidez de los músculos, parecía reflejar, con su postrera espantosa angustia, todo el pavor de aquella inmolación. Había algunos cadáveres que el fuego, el agua y la cal habían envuelto en mortaja, semejante a la que cubre las momias de las ruinas de Herculano y Pompeya; otros parecían soldados de vencida legión, que después de caer fulminados por el plomo enemigo, habían sido pisoteados por los cascos de la caballería y aplastados por las ruedas de las cureñas arrastradas por desbocados corceles. El sombrío y tétrico Goya no se imaginó jamás escena más horripilante.
 Lejos, muy lejos de aquel montón de cadáveres, perdidos en la sombra, veían todos en visión magnífica de la realidad, niños cubiertos de harapos negros, sin pan, ateridos; madres sin sonrisas,    cumpliendo, abnegadas y medrosas, su misión incomparable; y en torno de tanto ataúd, en la penumbra de los desmayados cirios, algo así como la silueta de un arcángel, cabizbajo, torvo, envuelto en negro sudario de flotante gasa y crispado el puño que no sujetaba la espada flamígera de las cóleras celestes.

 Manuel de la Cruz


  Los muchachos de la acera de EL LOUVRE


 Existe con este nombre en la Habana una agrupación de hombres que instintivamente se reúnen por la igualdad de ideas, de costumbres, de sentimientos, de caracteres; falange clorada que se encuentra diariamente en un mismo lugar, atraidos por la única razón de que allí había más luz, más movimiento, más aire para ensanchar sus pulmones juveniles. De ellos podría decirse con Alfredo de Musset, pues se les ve Comme des gais oiseaux qu'un coup de vent rassemble. Et qui pour vingt amours vi ont qu' un arbuste en fleurs! que es, en una palabra, la exuberante y alegre juventud tropical, que se manifiesta en ellos bajo su más bello y ruidoso aspecto.
 ¿Quién no conoce entre nosotros ese grupo alborotador y generoso de quien tanto se ha dicho y que tantas veces ha sido desconocido e injustamente juzgado.
 Injustamente juzgado, porque no falta quien crea que los muchachos son un conjunto de calaveras sin freno, incapaces de toda obra seria y elevada. Y nada más erróneo. 
 Ellos, por su nacimiento, pertenecen a las mejores, más antiguas y distinguidas familias cubanas, llevando siempre alta la frente y con nobleza el paterno apellido.
 Ellos son los que sobresalen en las fiestas del sport, donde los nombres de Centelles, Maciá, Lebredo, Hernández, Martínez Oliva y otros suelen ser el mayor atractivo de los programas.
 Ellos los que ocupan -entre los jóvenes-  los primeros puestos en la literatura, como Benjamín Céspedes, Pichardo, Hernández Miyares, Casal, Varona, Giralt y cien más.
 Ellos, los que no admiten lecciones de honra ni caballerosidad, porque tienen demostrado, en veces repetidas, que saben lo que la dignidad del caballero vale.
 Ellos, los que forman el principal, el más preciado ornato de nuestros aristocráticos soirces, donde rivalizan, junto a las damas, como galantes cortesanos.
 Ellos, los que ostentan en su inmensa mayoría títulos académicos que son irrefutable prueba de conocimientos profesionales y honroso origen del dinero que alegremente gastan después de adquirirlo con trabajosa labor.
 Con ellos, en fin, tropezaremos en todas las esferas de la vida social, en las artes, en las letras, en las ciencias, en los placeres, en cuantas manifestaciones presenta la actividad humana, pues en todas, sin excepción, ocupan relevante y merecido puesto.
 Nadie coordina mejor la improvisada fiesta en que resuena el alegre estallido de las botellas del champagne; y nadie con mayor entusiasmo responde al llamamiento del desgraciado, obedeciendo a los impulsos de la caridad con más abnegado interés que los muchachos de la acera.
 No bien hienden los aires los primeros sonidos que anuncian alguna desgracia, alguna pública calamidad, los primeros que llegan a ofrecer sus brazos, el esfuerzo de sus almas juveniles, son los muchachos, dando sin vacilaciones sus vidas, si es necesario, para realizar el bien.
 Y en el incendio, objeto de estas páginas, ofreció como siempre -el alegre grupo-, triste prueba de la verdad de estas palabras.
 Silva, Rodríguez Alegre y Coloma; estos tres de entre ellos perecieron aplastados por los escombros en la terrible catástrofe.
 Y si nos fijamos, los vemos asimismo imprimiendo en todas partes el sello de su personalidad; fueron de los primeros en intentar los salvamentos;  yo mismo; entre los rostros que me fue dado contemplar al ver de nuevo la luz -cosa que no esperaba- fueron, entre otros, los de Agustín Cervantes, Panchito Giralt, Gonzalo de Cárdenas, Morán y Pedro Pablo Guilló.
 Ellos fueron los que luego solícitos y cariñosos velaron mi enfermedad y me alentaban con sus palabras consoladoras.
 En las ambulancias, como médicos, en el incendio como periodistas o bomberos, después como hombres caritativos y generosos, siempre, en todas partes, vemos surgir la silueta de los muchachos de la acera.
 Prueba evidente y que patentiza cuanto llevamos dicho referente a los muchachos, es la muerte de los mencionados Silva, Rodríguez Alegre y Coloma; las heridas o contusiones que recibieron, entre otros, Pablo Mazorra, Eugenio Santa Cruz y Pedro Pablo Guilló; este último fue atacado de espasmo; la actitud de los compañeros como Alberto Ponce, Agustín Laguardia, Antonino Méndez y Miguel Arango, que al saber que algunos ele sus amigos habían sido víctimas de la terrible explosión, se dirigieron al lugar de la desgracia en busca de sus compañeros, solicitando de los familiares de Coloma que les permitieran hacer el entierro para tributarle la última prueba del cariño que todos le profesaban. Así lo hicieron.
 Estos rasgos son los que demuestran los verdaderos sentimientos y manera de ser de ese grupo que canta y ríe, de esos jóvenes de alma creyente, denodada y generosa, para quienes es familiar todo lo que es noble y levantado; y que en medio ele sus ruidosos placeres demuestran -con centelleos de relámpago- que son los genuinos hijos de Cuba, que acaso estudiarán como modelos de hidalguía y patriotismo las generaciones que nos sucedan en el transcurso incesante de los tiempos.
 Esos son los muchachos de la acera del Louvre.

 R. Mora: 17 de mayo de 1890, La Habana, 1890.