martes, 23 de febrero de 2021

En memoria de Sigmund Freud

 

 

W. H. Auden

 

Cuando son tantos a quienes tenemos que llorar,

Cuando el dolor se ha hecho público, y está expuesto

       A la crítica de toda una época

       A la flaqueza de nuestra conciencia y nuestra angustia

 

¿De quiénes hablaremos? Pues cada día mueren

Entre nosotros los que nos hacían un bien,

         Y sabían que no era eso suficiente

         Mas confiaban en superarse en la vida.

 

Así era este doctor: todavía a los ochenta quería

Preocuparse de nuestras vidas, a cuyo desenfreno

          Tantos posibles futuros jóvenes

          Con amenazas y zalamería pedían obediencia.

 

Mas su deseo no se cumplió; sus ojos se cerraron

A ese último espectáculo de todos conocido,

          De problemas que como parientes perplejos

          Y celosos rodean la hora de nuestra muerte.

 

Porque hasta el fin estaban a su alrededor

Aquellos que había estudiado, los nerviosos y las noches,

        Y otras sombras que esperaban entrar

         En el círculo luminoso de su reconocimiento.

 

Fuéronse a otra parte con sus desengaños

Cuando lo arrancaron de su vieja preocupación

          Para devolverlo a la tierra en Londres

          Un judío distinguido que murió en el exilio.

 

Sólo el odio era dichoso, confiado en multiplicar

Ahora su práctica y su clientela desgarbada

           Que cree se puede curar matando

           Y cubriendo con cenizas los jardines.

 

Viven todavía pero en un mundo que él transformó

Con mirar el pasado simplemente, sin un falso pesar;

          Todo lo que hizo fue recordar

          Como los viejos y ser sincero como los niños.

 

No era ingenioso: simplemente relató

El Presente desdichado para recitar el Pasado

           Como una lección poética

           Que al fin vacila en la línea

 

Donde hace mucho tiempo las acusaciones comenzaron,

Y de pronto supo quién lo había juzgado,

           Cuán rica había sido la vida y qué tonta

           Y la perdonaba y era más humilde.

 

Podía acercarse al Porvenir como a un amigo

Sin un ropero de disculpas,

           Sin una máscara de rectitud

           O un gesto familiar, de vergüenza.

 

No es extraño que las antiguas culturas orgullosas

En su técnica de inestabilidad previeran

           La caída de príncipes, el derrumbe

           De sus esquemas lucrativos de frustración.

 

De haber tenido el éxito, la Vida Generalizada

Hubiera sido imposible, el monolito

          Del Estado se quebraría imposibilitando

          La cooperación de los vengadores.

 

Apelaron a Dios pero él siguió su ruta,

Entre la Gente Perdida como Dante,

         Entre los fosos hediondos donde los injuriados

         Llevan la vida oprobiosa de los rechazados.

 

Y nos enseñó lo que es el mal: no como creíamos

Actos que deben ser castigados, sino nuestra falta de fe.

         Nuestro deshonroso espíritu de negación

         La concupiscencia del opresor.

 

Y si algo del gesto autocrático,

De la severidad paternal de que desconfiaba,

         Todavía quedaba en su expresión y facciones,

         Era una imitación protectora

 

Para aquel que vivió tanto tiempo entre enemigos;

Si a veces se equivocaba y parecía absurdo,

         Para nosotros ya no es una persona

         Sino todo un estado de opinión.

 

A cuyo resguardo llevamos vidas diferentes:

Como el clima sólo puede estorbar o ayudar,

          El orgulloso puede seguir orgulloso

          Pero le es más difícil y el tirano intenta

 

Obligarlo pero no le es simpático.

Silenciosamente abarca todas nuestras costumbres;

         Nos ampara, hasta que los cansados

         En el más remoto y miserable ducado

 

Sienten el cambio en sus huesos y se consuelan,

Y el niño desgraciado en su pequeño Estado,

       En algún hogar de donde está excluida la libertad,

       Colmena cuya miel es el miedo y la preocupación,

 

Se siente más tranquilo y seguro de escapar;

Mientras que descansan en la hierba de nuestra negligencia,

          Muchos objetos hace tiempo olvidados

          Son revelados por su brillantez incansable

 

Nos son devueltos y recobran su valor;

Juegos que creíamos olvidados al crecer,

       Ruidos insignificantes que vedaban nuestra risa,

       Guiños que hacíamos cuando nadie nos miraba.

 

Pero él quería algo más para nosotros: que fuéramos libres

Aunque a menudo solitarios: uniría

          Las partículas desiguales rotas

          Por nuestro propio sentido de justicia,

 

Restauraría a los mayores el ingenio y la voluntad

Que los pequeños poseen pero que sólo usan

         En áridas disputas, devolvería

         Al hijo el cariño profundo de la madre,

 

Pero nos recordaría sobre todas las cosas

Que fuéramos entusiastas de la noche

         No sólo por el sentido de deslumbramiento

         Que ella puede ofrecernos, sino también

 

Porque solicita nuestro amor: pues con ojos tristes

Sus deleitables criaturas nos miran y nos imploran

        Humildemente a que las invitemos;

        Son exiladas que ansían el futuro

 

Que descansa en nuestra fuerza. También ellas se alegrarían

Si las dejaran servir a la ilustración como él;

        Hasta compartir el grito de "Judas"

        Como él lo hizo y todos haremos.

 

Nuestra voz racional está muda: sobre una tumba

La Casa de los impulsos llora un ser querido.

         Triste está Eros, constructor de ciudades

         Y llora la anárquica Afrodita.

 

 

 Traducción de José Rodríguez Feo, Ciclón, núm. 6, noviembre de 1956. 

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