miércoles, 15 de julio de 2020

Suicidas cubanos: Ramón Pérez Trujillo




 Político y abogado. Nació en La Habana. Discípulo de José de la Luz y Caballero, culminó estudios de derecho en Madrid. Se incorporó al Ejército Libertador con la primera expedición del Galvanic, que alcanzó las costas de Cuba por La Guanaja, el 27 de diciembre de 1868. Entre los expedicionarios se encontraban sus cercanos amigos, Luis Victoriano Betancourt, Rafael Morales, Antonio Zambrana y Julio Sanguily. Durante la contienda alcanzó el grado de Teniente Coronel. Miembro de la Cámara de Representantes por la región occidental, se opuso al presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, pidiendo su destitución, la cual se llevó a efecto en octubre de 1873. Luego se enfrentaron en célebre partida de ajedrez que concluyó en tablas. Una vez disuelta la Cámara, en 1878, Pérez Trujillo formó parte del denominado Comité del Centro, encargado de negociar la paz, reconocida en el Pacto de Zanjón. Fue líder del Partido Autonomista, destacando por su oratoria. Así lo retrata Manuel de la Cruz: “Verboso, de gran facundia, notable dialéctico, correcto, lógico, manejó con fortuna el sarcasmo y la ironía”. Tras el alzamiento de 1895 fue encarcelado por breve tiempo. En abril de ese año firma la declaración autonomista contra la guerra de independencia. En 1897 se exilia en Cayo Hueso, acercándose a la emigración. A propósito, escribió Valdés Domínguez: “… ya lo han perdonado los buenos del Cayo y creo que han obrado bien. Al fin el pobre Pérez Trujillo era de los que en la Junta del Partido están como ocupando un sillón, y como figuras decorativas; entre Montoro y Gálvez y Saladrigas y otros infames, sin olvidar a Don Ricardo del Monte, se redactan estos papeles”. Al acabar la guerra regresó a La Habana. El mayor general John R. Brooke lo nombró abogado consultor de finanzas; luego rechazó el puesto de juez de la audiencia de Pinar del Río. Se suicidó en 1900 lanzándose desde el balcón de su casa en la calle Concordia.
 Sobre su trágico final y el de Manuel Villanova Fernández, Diego Vicente Tejera dejó esta observación válida para otros muchos cubanos que transitaron los sinsabores del exilio, la guerra y el retorno: “Ha muerto por su propia mano, descontento, exacerbado, como no hace mucho Ramón Pérez Trujillo, otro antiguo luchador. La causa inmediata del acto de desesperación sería fútil, en uno y otro caso, considerada en sí misma: hay que ver la verdadera causa en el desequilibrio que producen, aun en los más sólidos cerebros, las emociones, las conmociones de los períodos revolucionarios. Nuestra generación madura está, en gran parte, mentalmente enferma, por las angustias, los sobresaltos, la incertidumbre inacabable y acaso, acaso por la horrenda decepción de los que soñaron con regeneraciones súbitas, con el reinado de la honradez y la justicia. En tal estado de depresión, la menor contrariedad nos enloquece, y es raro que en nuestra sociedad no abra mayor número de huecos el suicidio”.

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