sábado, 4 de febrero de 2017

Suicidas cubanos… José Ricardo Fresneda




 Nació el 9 de agosto de 1830 en el cafetal La Luisa, Guara, cerca de Güira de Melena. Estudió en el colegio habanero de San Cristóbal, donde fue alumno de Antonio Casas Remón. En 1848 matriculó Derecho en la Universidad de La Habana. 

 José Ricardo Fresneda Hernández fue amigo cercano de Rafael María de Mendive, Joaquín G. Lebredo, Juan Clemente Zenea, y Antonio Cartas, entre otros, y colaboró con poemas y artículos en El Faro Industrial, La Prensa, El Artista y Diario de La Habana. 

 Su soneto “A Lesbia”, publicado por mediación de Domingo del Monte en el periódico matancero La Aurora del Yurumí, le trajo fatídica notoriedad. De aparente contenido amoroso, se trataba de un acróstico donde se formaba la frase “¡Libertad nuestra Patria, hijos de Cuba!”

 A pocos días de publicado fue detenido y sometido a interrogatorio. No fue encausado por ser menor de edad, pero por decreto del Capitán General Federico Roncalli se le desterró a España. 

 Continuó la carrera de Derecho pero al cabo cayó en una profunda melancolía.  

 El 2 de septiembre de 1851 se quitó la vida de un pistoletazo, en Santiago de Compostela. Los amigos gallegos lo enterraron, y diez años más tarde, al erigirse el Panteón de los Poetas de esa ciudad, allí colocaron sus restos. 

 Zenea elogió su talento en la Revista Habanera (1862) y Morales Lemus dedicó a Fresneda algunas páginas en Iniciadores y primeros mártires.

 Acá dos poemas suyos. El primero, escrito al momento de su partida de la Isla; y el segundo, poco antes de quitarse la vida. Esta última composición llegó a manos de una de sus hermanas, retirada en el derruido cafetal de la familia, tras haberse conocido por la prensa su trágico final.


 “Despedida de Cuba”


 Cuando lejos de ti, suspirando, 
 yo recuerde mi vida dichosa 
 quién será, quién será, Cuba hermosa, 
 dulce alivio a mi negro pesar? 
 Separado de ti, sin amigos, 
 sin un alma ligada a la mía 
 Cuán intenso dolor, que agonía 
 Que me espera a través de la mar.


 [Despedida] 

 Adiós por siempre, cuando al tiempo vayas, 
 A rogar al Señor de las alturas 
 Pide por mí con tus palabras puras 
 Que si a la muerte me arrastró el sufrir 
 Tan lejos ¡ay! de mis nativas playas, 
 Dirás, hermana amante enternecida 
 Que si este mundo me llamó suicida 
 Tendrá este mundo compasión de mí.


 Pedro Marqués de Armas


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