martes, 7 de febrero de 2017

Suicidas cubanos… Gonzalo Aldama Alfonso




  Miembro de una las más acaudaladas familias del siglo XIX, dueña de varios ingenios y con negocios en la banca, el ferrocarril y el transporte a vapor.

 Nació en 1822. Hijo de Domingo Aldama Arechaga y hermano del influyente Miguel Aldama. Estudió en el colegio habanero de San Cristóbal, donde fue alumno de José de la Luz y Caballero. 

 Según su cuñado Domingo del Monte, Gonzalo llevó una vida difícil debido a su carácter misantrópico e independiente. Durante su adolescencia estuvo recluido en un reformatorio en Europa, sometido a severa disciplina.

 A juicio de su hermano Miguel, fue víctima de una personalidad tan melancólica como indomable.

 Hay referencias a su vida licenciosa, de grandes gastos.

 Dejó Cuba en junio de 1844 con el propósito de marchar a Francia en la primavera siguiente, suicidándose en Nueva York el 17 de febrero de 1845, al precipitarse desde el tejado de su casa.

 Su muerte sumió a la familia, que atravesaba un momento complicado por las implicaciones de Miguel y del propio Gonzalo en el proceso de la Escalera, y por la muerte de Rosa Aldama al tiempo que se decretaba prisión contra Domingo del Monte, exiliado en París, en un penoso estado del que los padres ya no se recuperarían.

 Acá una carta de su hermano Miguel, recogida en el Centón Epistolario de Domingo del Monte. 
  


Carta CCLIX

  Habana 12 de Marzo de 1845.

 Mi queridísimo Domingo: no dudo que por medio de la prensa Americana habrá sabido Vd. la horrorosa catástrofe que llena hoy de llanto y luto nuestra familia. La triste suerte que nos persigue parece no haber quedado satisfecha con habernos arrebatado a la desgraciada Rosa pues aun no habíamos concluido de llorarla, aun permanecían abiertas nuestras heridas, cuando la muerte nos arrebata de un modo tan desastroso a nuestro infeliz Gonzalo. Pobre muchacho! Cuanto lo hemos compadecido durante su corta existencia y cuantas lagrimas nos ha hecho derramar después de su muerte: esclavo de su carácter tan melancólico como indomable sufrió su vida entera sus consecuencias, hasta que incapaz de dominarse por más tiempo sucumbió víctima de él.

 No puedo menos querido Domingo, que derramar cuantiosas lagrimas por él, él era mi único hermano, compañero de mi niñez y desgraciado hasta el momento de su muerte pues su carácter lo privó de cuantos goces estaban a su alcance hasta el grado de precipitarlo a suicidarse el 17 del pasado en un arrebato de locura.

 El habitaba entonces en N. York y esperaba la primavera para embarcarse para Europa. Nos escribía con frecuencia y sus cartas estaban en términos que lo creíamos feliz. Dios lo perdone pues su corazón era bueno y sus sentimientos eran nobles —así es que yo no puedo imaginarme que daría lugar a tan atroz catástrofe.

 Que podré decirle a Vd. de nuestros infelices padres que Vd. no se haya imaginado desde el momento en que fue sabedor de la noticia. Ellos lloran la muerte de un hijo a quien la naturaleza hizo desgraciado negándole por una parte los dones más preciosos de la vida, prodigándole por otra infinitos recursos de felicidad como para hacerle más dolorosa su existencia Gonzalo descansa al fin —y nuestro padres lo lloran sin consuelo ignorando aun la naturaleza de su muerte. Que sería de ellos si llegaran a penetrar en toda su verdad la horrorosa catástrofe que nos aflige.

 El día 23 del pasado dio Hilarita a luz un niño hermoso, sano y grandísimo este acontecimiento que me hubiera llenado del mayor placer por poco me priva de lo único que me hace llevadera mi existencia pues Hilarita sufrió tanto que por espacio de algunas horas temblé por su existencia, ella sufría con la resignación de un ángel y solo clamaba que la dejaran morir en paz pero, quiso la divina providencia ahorrarme este golpe y la gran pericia de Gutiérrez salvó a la vez a la madre y al hijo: el estado de ella continuo por algunos días tan delicado que no podía yo mirar al niño sin dolor y cuando pudiera haber empezado a experimentar la delicia de ser padre viéndola a ella que empezaba a restablecerse llegó la noticia de la deplorable muerte de Gonzalo que me ha despedazado el corazón llenando mi vida de amargura.

 Al niño había pensado ponerle Gonzalo en memoria de mi hermano pero pensando que es nombre que traería siempre recuerdos tristísimos a todos, he mudado de parecer y lo llamaré Domingo pues prescindo de nombres románticos y quiero que lleve el mismo de las dos personas a quienes más aprecio.

 (…) Nada puedo decirle a Vd. favorable acerca de la familia pues cada cual está agobiado por la pesadumbre de la muerte de Gonzalo Vd. Podrá fácilmente imaginarse nuestro estado y simpatizará con nuestras penas.

 (…) Miguel.


  Carta CCLIX, Centón Epistolario, vol III, p. 423.

  Pedro Marqués de Armas