jueves, 21 de abril de 2016

Policías del mundo





   Pedro Marqués de Armas

   Hay algo en este trío de Cartier-Bresson que siempre me ha llamado la atención. Mostré la imagen a una amiga ajena al asunto y la llevó a la Barcelona de 1937. Brigadistas rusos, dijo, después de echar un vistazo.

 De las cerca de 1000 fotografías que Cartier-Bresson tomó en La Habana, es una de las 24 publicadas en el reportaje de la revista Life, de marzo de 1963.

 Qué pudo decirle al fotógrafo, es imposible saberlo, pero tiene esa impronta suya donde las expresiones parecen arrancadas por sorpresa. 

 Supongo que lo que más le atrajo a Cartier-Bresson de este trío fue su informalidad como policías –el pie les señala como miembros de la Policía Nacional Revolucionaria.

 No ordenan nada, parecen tomarse un descanso ante esa cola o gentío congregado en lo que podría ser una esquina de La Habana Vieja, pongamos por caso, el banco de Cuba y O’Reilly.

 Me cautivan dientes y ojos y las gafas enormes del primero, y qué duda cabe, hay cierto parecido entre ellos, como de hermanos; el de la derecha, quizás, primo. Aunque tal vez no sean sino guajiros malamente enfundados en sus uniformes.

 Clan o parentela, ahí quería llegar: al xenos.

 No tiene uno la menor idea de si el fotógrafo pudo entreverlo y quiso captarlo.

 Más que nada resultan extraños, como si asistieran de prestado al momento. Sumados al proceso, más que propiamente inmersos en él, tienen caras de ignorar lo que les viene encima.

 Las miradas denotan ansiedad y asombro de sí, e incluso, del rol que cumplen. Se comen la cámara, pero delatan lo poco integrado que están al paisaje.  

 El más alto se lleva las palmas. Sus dientes no dejan de temblequear y todo él trasmite una expectación temerosa. Hasta los escuditos de las gorras resultan raros. El rubio alto de los cristales enormes produce en mí una particular fruición, de la que prefiero pasar.

 Como muchas otras fotos cubanas de Cartier-Bresson, la imagen destaca por el modo en que refleja dos épocas que se despiden y separan entre sí.

 Lo extraño, aquí, sirve aún de puente.