jueves, 30 de abril de 2015

Malcriadez y descortesía






 Emilio Roig de Leuchsenring


 Lo mismo que políticos y gobernantes tienen a orgullo el haber robado y seguir robando al tesoro público, los malcriados y descorteses, de todas las edades y de uno y otro sexo, se vanaglorian de su malcriadez y descortesía. La afirmación con que terminaba uno de mis anteriores trabajos —«el héroe nacional por antonomasia es Manuel García, rey de los campos de Cuba»— no es ni exagerada ni falsa, sino dolorosamente cierta, resultado de la enseñanza perniciosa del radio y el cine en los niños cubanos, sin que sea contrarrestada por una adecuada orientación educativa de la escuela y el hogar.
 El radio y el cine, como apunté en mi anterior artículo, vienen consagrándose desde hace años a la exaltación diaria de bandidos, gangsters, pandilleros, ladrones, asesinos, sin que anule o debilite su nociva propaganda la muerte final del villano, pie forzado de las películas norteamericanas, pues aun sufriendo ese castigo, no se debilita o anula la calidad de héroe, sino que al contrario se glorifica a éste, envolviéndolo en una aureola de martirio y sacrificio. Y en el caso de Manuel García, el radio ha cuidado de encumbrar su figura, como una víctima del despotismo español y un defensor y mártir de la independencia cubana.
 Tan agudamente nefanda es la influencia ejercida en nuestros niños por esa contumaz exaltación del bandido-héroe, que cuando, por mi organizada, se celebró en enero del Pasado año, una exposición histórica en el Palacio Municipal, con el propósito de mostrar gráficamente la contribución de Cuba a la causa de la democracia durante dos siglos de lucha por la libertad, pude comprobar dolorosamente que para los alumnos de escuelas públicas y privadas, visitantes de la exposición, Manuel García era la figura histórica más popular, pues fueron numerosos los niños que preguntaban a los empleados que cuidaban los salones si no había algún objeto de este personaje, que ellos no calificaban de bandido, y descubrí que de él tenían el más elevado concepto. Hubo un muchacho, que ante unas reliquias de Calixto García, inquirió si era pariente de Manuel García.
 No mejores son las lecturas de la juventud actual: aventuras de gangsters y otras clases de bandidos, antiguos y modernos, y los muñequitos, gráfica historia, generalmente, de «héroes» de tal calaña.
 Los padres se despreocupan por completo de encauzar debidamente la educación moral de sus hijos y son los primeros en llevarlos al cine o permitirles que vayan y que utilicen libremente el radio y escojan sus lecturas. No tienen tiempo ni gusto para estas tareas engorrosas, ni tampoco para educarlo mediante el buen ejemplo, la persuasión, la demostración de lo bueno y lo malo, lo perjudicial y lo provechoso; amenazas y golpes, por la menor desobediencia, contra cuyos métodos reaccionan los niños, como es natural, insistiendo en la desobediencia o en el acto censurado, contestando con igual dureza que los padres, con malas palabras si estos las usaron, que las usan corrientemente, o pegando a los padres para repeler asó los golpes que recibieron. Consecuencias inevitables de este negativo sistemas de educación paternal son la malcriadez y la grosería.
 Como afirma Mario Guiral Moreno en el interesantísimo estudio costumbrista Malcriados y Descorteses, «la descortesía y la malcriadez han sido siempre muy generalizadas entre nosotros, en todas las épocas», aunque advierte que su máxima agudización actual se inicia a partir de la anterior guerra mundial, subvertidora «de casi todas las costumbres públicas y privadas», y, agrego yo, también como consecuencia de la tiranía machadista y la lucha estudiantil contra la misma. Toda revolución produce el desbordamiento de pasiones, vicios y defectos, aparentemente ocultos y contenidos en las épocas normales. En ese período de nuestra historia republicana, fue la juventud la que abrió la brecha contra la dictadura imperante y dio el ejemplo de civismo a padres y maestros. Los muchachos se independizaron de la tutela paterna y profesoral, se lanzaron a la calle, a la huelga y la algarada; fueron presos, torturados, muertos. Padres y maestros tuvieron que sumarse a la oposición, ponerse al lado de la muchachada, seguirla. Y los políticos la utilizaron como fuerza de choque, y también los hombres de negocios, los comerciantes, industriales, profesionales, dañados económicamente por la dictadura. El terrorismo, ya lo he dicho en más de una ocasión, no fue iniciativa de la juventud, sino de los mayores. El 30 de septiembre de 1930, en el encuentro entre la Policía y los estudiantes, en que resulta herido Pablo de la Torriente Brau y muerto Rafael Trejo, los muchachos universitarios no llevaban armas: pelearon con sus puños y con el civismo de sus corazones y sus mentes juveniles, limpias de todo interés personal. Pero después que los políticos y las fuerzas vivas del país integraron la oposición, comienza el terrorismo como reacción contra el asesinato oficial. Los mayores ponen en manos de los muchachos bombas, petardos, recortadas, pistolas. Y los mayores se encargaron de escamotear la revolución estudiantil en beneficio de sus intereses personales y partidaristas. Desde el Poder, los oposicionistas, en contubernio con los mismos políticos y gobernantes machadistas, de los que ocasionalmente fueron enemigos, han incurrido en idénticos vicios, latrocinios y crímenes que los cometidos por el régimen derrocado.
 Corno es lógico, dada la clara inteligencia de los jóvenes cubanos y su rápida percepción de defectos y males ajenos, de todo este proceso político social salieron padres y maestros muy malparados moralmente ante sus hijos y discípulos que, forzosamente, les perdieron el respeto y aquéllos perdieron a su vez toda autoridad sobre estos.
 Y así estamos, desde las alturas del Poder, hasta la ciudadela y el bohío, relajados, quebrados, rotos los vínculos naturales que deben existir en toda sociedad entre los que dirigen —gobernantes, padres, maestros— y los que son dirigidos —pueblo, hijos, discípulos— revueltos heterogéneamente, de tal modo que puede sostenerse que en Cuba no existe actualmente el principio de autoridad, ni en lo privado ni en lo público, por qué ni gobernantes, ni padres, ni maestros tienen el respaldo moral indispensable para ser obedecidos y respetados.
 Malcriados y descorteses, confianzudos y groseros, son los niños y el hombre de la calle o del club y la sociedad elegante, porque lo son también los que gobiernan y dirigen. Y además porque ya se ha ido formando una generación de mayores descorteses y malcriados que fueron muchachos malcriados y descorteses. Mario Guiral traza un cuadro en el que se ofrecen los resultados de esta evolución constante e ininterrumpida, que se ha ido registrando en la sociedad cubana, hasta los días presentes.
 «El muchacho que así se comporta, sin que se le reprenda ni corrija, y a quien más bien
estimula y alienta la impunidad de sus actos, cuando se convierte en hombre sigue siendo un malcriado, que no sabe portarse con finura en la mesa; en el juego da muestras de rusticidad, al proferir palabrotas y blasfemias, aun en presencia de las damas, cuando la suerte le es adversa; durante las representaciones teatrales, conversa en voz alta, molestando a los espectadores vecinos; mientras tienen efectos las audiciones musicales, habla o discute o produce toda clase de ruidos, que a veces opacan el armonioso sonido de los instrumentos; con violación de las ordenanzas que prohíben fumar en la salas de los espectáculos, arroja bocanadas de humo sobre el rostro de las damas que ocupan los asientos contiguos, saturando de un fuerte olor a nicotina los trajes que aquéllas perfumaron en sus casas con finas y costosas esencias; cuando viaja en ómnibus o tranvías escupe sin cesar por la ventanilla, sin importarle que el viento haga caer partículas de saliva en la cara o en las manos de los pasajeros que viajan en los asientos traseros; cuando conecta un aparato de radio, le da al receptor el mayor volumen, hasta producir un escándalo en el vecindario, sin darse cuenta —porque él no es capaz de comprenderlo— de la molestia y perturbación que puede causar en el hogar de un enfermo, en la mesa de trabajo de un escritor o en el gabinete de estudio de un matemático, un profesional o un artista; llegar a siempre tarde a todas partes y faltará habitualmente a todas las citas; será, en fin, el prototipo del hombre grosero e incivil, que constantemente molesta con sus incorrecciones e impertinencias, sin que quienes las sufren puedan echárselas en cara, porque la cortesía lo veda y la buena educación lo prohíbe».
 Lo mismo que políticos y gobernantes tienen a orgullo el haber robado y seguir robando al tesoro público, los malcriados y descorteses, de todas las edades y de uno y otro sexo, se vanaglorian de su malcriadez y descortesía.
 Entre la juventud, la malcriadez y la descortesía han contribuido a dar vida al pepillo, al
chuchero y al picúo. Y si no hay nadie más parejero y confianzudo que un chofer de máquina oficial; el más despótico y abusador que un agente de la autoridad, azul o amarillo; el prototipo actual de la malcriadez y la descortesía, es el guagüero, chofer y cobrador. Entre los muchos efectos perniciosos producidos por la malcriadez y la descortesía merece citarse el hábito de hurtar y de destruir, no por necesidad o venganza, sino por gusto, por capricho... por malcriadez. Guiral Moreno señala «a los que encubren su instinto de rapacidad bajo el pretexto de ser coleccionistas... de objetos ajenos». Y es sorprendente, agrega, «la ingenuidad con que muchas personas, de la mejor sociedad o de la clase media, relatan en público sus proezas a este respecto, alardeando de haberse llevado subrepticiamente numerosos platos y cubiertos, especialmente cucharitas, sustraídas de casas particulares, sociedades y buques surtos en puerto, donde se sirvió un buffet con motivo de fiestas o saraos».
 Infinitos ejemplos más pueden ofrecerse de estas modalidades de la malcriadez: la destrucción de plantas y flores en parques y paseos públicos y en jardines privados; la tala de árboles, para vender la madera como leña o fabricar carbón; el pintarrajear edificios y monumentos, ensuciarlos o dañarlos; el arrancar las hojas en libros y colecciones de periódicos de bibliotecas públicas; el hurtar bombillos o alambres de los portales o escaleras de las casas; en ponchar las gomas de los automóviles particulares estacionados en calles o plazas; el escandalizar y molestar a los vecinos y transeúntes, llamando a determinada persona, en el interior de una casa, a fotutazos...
 Consecuencias lamentables de todo esto es que en nuestros parques y paseos resulte imposible conservar árboles y plantas, y hasta los bancos, las estatuas y el pavimento, y la Policía se despreocupe de la acción dañina de estos vándalos malcriados; que nuestras carreteras ofrezcan un lamentable espectáculo con su arbolado convertido en palillero de troncos y muñones de ramas; que los dueños de casas gasten inútilmente su dinero en pintarlas, pues al día siguiente las paredes exteriores están cubiertas de carteles anunciadores, frases o dibujos groseros; que nuestras pobres, escasas y abandonadas bibliotecas se vean privadas de muchas de sus mejores obras y truncas sus colecciones de periódicos; y que, en general, siempre se encuentre malo, sucio, abandonado, destruido todo cuanto pertenece al procomún, sin que los gobernantes cuiden de enseñar respeto a lo que es de todos, del pueblo, ni de infundir en los ciudadanos la noción del bien público, y muy por el contrario, sean los primeros en dar el mal ejemplo y comportarse como maestros... en malcriadez y descortesía.


 tomado de Opus Habana


miércoles, 22 de abril de 2015

Muerte de Antonio Mayol







  Eduardo Varela Zequeria y Arturo Mora Varona: Los bandidos de Cuba (primera serie), La Habana, 1891. (Fragmento). 


sábado, 18 de abril de 2015

Manuel García. Rey de los Campos




  Álvaro de la Iglesia

 Si el crimen tiene su edad de oro el año 1889 fue la  edad de oro del bandolerismo cubano. Los secuestros se sucedían con una frecuencia maravillosa, un éxito magnífico y fina impunidad verdaderamente inexplicable. Salíamos a secuestro por mes y en muchos casos a secuestro por quincena, lo cual demuestra que la persecución sería activa, la inteligencia puesta en acción, pasmosa,  pero los resultados desconsoladores cual mudo testimonio de lo bien montado del organismo criminal y de lo  pésimamente organizado de la persecución. 
 Y sin embargo existía una vastísima oficina en el  Palacio de la Plaza de Armas, con jefes entendidos y bizarros al frente, con sumas cuantiosas a su disposición,  con un verdadero ejército en operaciones; todo contra un bandido calificado de vulgar, jefe de una banda de doce o trece hombres perdidos en el monte, con las cabezas pregonadas, con un enjambre de polizontes y de espías en su busca y la intranquilidad de la conciencia por pesadilla. 
 La partida era desigual y cualquiera podría suponer que  llevarían en ella la peor parte Manuel García y su gente.  No sucedió así, desgraciadamente. En ese duelo a muerte del crimen con la justicia, correspondió a aquel el triunfo, explicado constantemente por la vulgaridad de  que el terreno, la naturaleza del país favorecen al bandolero, como si éste pudiera subsistir ni siquiera meses, acorralado como una fiera en el interior de los montes.  Pero no pudo nunca acorralársele, por el contrario, encontró siempre franco el camino para sus depredaciones,  dándose el caso, en este mismo secuestro que vamos a referir, de que Manuel García y su gente hayan operado  con toda suerte a un cuarto de legua de las tropas mandadas por el general Lachambre, y hayan podido abrir impunemente, para acercarse a la vivienda del secuestrado Sr. Hoyo, nada menos que cuarenta portillos en las cercas que se oponían a su paso.
Cuando habían caído encima de la banda de Manuel  García todo un ejército y una nube de celadores especiales,  (cuya especialidad no cabe negar por los resultados obtenidos) merced al escándalo producido en la opinión con el secuestro ruidoso de D. Pedro Sardina, Manuel García  proyecta llevar a cabo el secuestro de D. Manuel Hoyo, allí mismo, en la jurisdicción de Nueva Paz, en el propio teatro de sus recientes fechorías, un mes escaso después de aquella que puso en su seguimiento las fuerzas del  Gobierno.
 A las diez y media de la noche del 4 de Septiembre de 1889 se presentó Manuel García acompañado de Domingo Montolongo, Sixto Valora, Gallo Sosa, Vicente Garda y el mulato Plasencia, en la finca Josejila de la propiedad de D. Antonio Rodríguez, en compañía del cual habitaba entonces su cuñado D. Manuel Hoyo, llegado  del pueblo de San Nicolás aquel mismo día a las ocho de  la mañana. Por lo visto los bandoleros, recibieron el aviso de su llegada en pocas horas, lo cual demuéstrala actividad de su espionaje.
 La finca Josefita está situada u media legua escasa de los Palos, marchando en dirección a Nueva Paz por el camino real. Se halla rodeada por una cerca de maya y se entra en la hacienda por una talanquera. A los pocos pasos se encuentra la casa de vivienda, pequeño edificio do tabla y tejas con dos ventanas reducidas o su frente. Un portal con baranda de hierro y madera, señala su entrada principal, con puerta amplia de dos hojas y ventana sin  rejas, con simples postigos. Cerca de la casa se ven varios bohíos de jornaleros, casi contra la cerca de pina ya descripta, que separa los terrenos de Josefita de otras fincas.
 Como ya hemos dicho, a las diez y media poco más o menos, do la noche, el Sr. Rodríguez que ya se encontraba acostado, al sentir pisadas de caballos dentro de la finca se levantó y abriendo la ventana del ala izquierda, preguntó enérgicamente quien era el que se permitía turbar el sosiego de su hacienda. El mulato Plasencia, a quien conocía el Sr. Rodríguez, se adelantó, sin echar pie a tierra, hasta cerca del portal y respondió:
 — Abre enseguida. Tenemos que hablarte.
 — Yo no abro a estas horas, — dijo el Sr. Rodríguez  disponiéndose a cerrar el postigo.
 — Abra Vd. — repuso Plasencia,— o haremos que abra  a tiros. Aquí está Manuel García.
 El Sr. Rodríguez comprendió que toda resistencia  había de ser por fuerza inútil. Así contestó al mulato  Plasencia:
 — Pues dile a Manuel García que se acerque él solo.  Aquí le espero en la ventana. Luego veremos si abro.
 Manuel García, que jamás sintió el menor recelo en  el desempeño de su criminal oficio, se acercó a la ventana  y después de dar las buenas noches al Sr. Rodríguez  agregó:
 — Dése Vd. por perdido, Sr. Rodríguez, si no abre  inmediatamente la puerta.
 En tal situación, no cabía la duda. Manuel García es hombre que cumple lo que promete y como los minutos son preciosos en tales instantes, de ofrecer resistencia el Sr. Rodríguez, hubiera entrado el bandolero con su gente a sangre y fuego.
 Se abrió la puerta del fondo, situáronse Gallo Sosa y  Sixto Valora en los puntos estratégicos y Manuel García, seguido de los tres bandidos restantes penetró en la casa.
 Entonces se desarrolló allí una escena por demás interesante. El Sr. Rodríguez, que creyó venían por él, quedóse absorto al tener conocimiento de que Manuel García venía a secuestrar a su cuñado el Sr. Hoyo, cuya llegada a la finca no podía comprender cómo había llegado a noticia de Manuel García con tanta rapidez. Propúsole entonces entregar enseguida mil pesos en oro si dejaban a su cuñado. A la mañana siguiente le entregaría dicha cantidad en el punto señalado. Manuel García no quiso aceptar, tal vez por desconfianza de que andando en su persecución tanta fuerza, pudiera tenderle una celada el Sr. Rodríguez. Las súplicas fueron en vano. El Sr. Hoyo, que dormía profundamente, fue despertado y penetró en la sala, bien ajeno do la desgracia que le esperaba. Tampoco podía presumir como su llegada a la finca Josefita había sido participada a Manuel García en tan poco tiempo. Demostró la mayor entereza al saber la pretensión de los bandidos y se dispuso a seguirlos, pidiendo le buscaran un caballo. Uno de los bandidos salió para el potrero y a los pocos instantes llegó con un caballo, propiedad del 8r. Rodríguez, lo enjaezó rápidamente y sin darle tiempo al secuestrado para despedirse de su cuñado, lo hizo montar, colocándole, ante la puerta de la vivienda, un pañuelo estrechamente ceñido sobre los ojos.
 El Sr. D. Manuel Hoyo es natural de Canarias, (dice un documento que tenemos a la vista) de cincuenta años de edad y reside habitualmente en San Nicolás, calle del Conde Moré esquina a Avellaneda. Cuenta cuatro hijos tres varones y una hembra y posee dos fincas en el término municipal de Nueva Paz, llamada la una Dolores de cinco caballerías y la otra La Luz de trece. La primera está situada en el camino de Pedroso y la segunda en el del Caimito. El Sr. Hoyo es poseedor además, de gran número de cabezas de ganado. Su cuerpo es alto y delgado, usa bigote canoso y viste el traje de los campesinos. Tiene un carácter serio y reservado y todos los informes que ha suministrado a la prensa respecto de su cautiverio, se reducen a declarar que los bandidos le han tratado perfectamente.
 El Sr. Hoyo puede considerarse como una verdadera víctima del bandolerismo, pues antes de su secuestro, le había secuestrado un hijo Manuel García, viéndose obligado a abonar por su rescate la suma de $3,000 en oro.
 Antes de continuar el relato de este secuestró, uno de los que más efecto hicieron en la opinión, por la circunstancia, ya apuntada, de hallarse en todo su vigor la persecución, debemos hacer una digresión corta con objeto de explicar el raro fenómeno de que Manuel García se atreva a realizar un golpe de mano, con tal seguridad y aplomo, a un cuarto de legua de distancia de las fuerzas.
 Explican algunos este hecho, por la existencia de un completo plan de señales establecido por el bandolerismo desde su aparición. Dícese que el semáforo por medio del cual se entiende el bandolero con los poblados, es la tendedera en que pone a secar el guajiro su ropa. Una sábana colocada de cierto modo, una camisa mangas abajo o mangas arriba, unos pantalones blancos u obscuros, significan dentro de la clave establecida, cerca hay tropas, se habla de una emboscada, no hay el menor cuidado, atraviesen el camino más abajo, más arriba, más tarde, a la noche, de prima noche, etc. etc. Este hecho que hemos oído referir como cierto a un excelente funcionario de policía, cesante (tal vez por ser demasiado excelente) somos los primeros en hacerlo público.
 Desde el mismo instante en que el Sr. Hoyo salió entre sus perseguidores, Manuel García dirigiéndose al señor Rodríguez dijo:
 — Puede Vd. dar parte a la autoridad inmediatamente.
 Así lo hizo el Sr. Rodríguez, enviando un mozo al puesto de la Guardia Civil de Nueva Paz. A los pocos momentos, puede asegurarse sin pecar de exageración, que dos o tres mil hombres recorrían una provincia en persecución de los secuestradores. Ello no fue obstáculo para que los bandoleros llegaran a su campamento y pusieran en juego los medios habituales para hacer efectivo el rescate que desde los primeros momentos fijó Manuel García en seis mil pesos en oro.
 El Sr. Hoyo anduvo tres días en varias jornadas, hasta llegar al cuartel general de los bandoleros, el cual no reseñaremos por haberlo hecho al ocuparnos en el secuestro del Sr. Sardina.
 Tampoco hemos de extendemos aquí en el relato de  las aventuras del Sr. Hoyo durante su cautiverio. El de todos los secuestrados es parecido. Dice una información de La Lucha que tenemos a la vista: "El Sr. Hoyo refiere que en los campamentos siempre anduvo suelto y que la hamaca donde descansaba y la manta con que se cubría eran nuevas. Los bandidos tuvieron constantemente una exquisita  vigilancia. No cocinaron en los campamentos: la comida la llevaban hecha desde otra parte a excepción del chocolate y del café que lo hacían donde quiera. Las comidas se componían de sopa de fideos, viandas de todas clases y carne de puerco muy abundante. También tenían cigarros y tabacos y hasta periódicos del día."
 Encontrándose enfermo el Sr. Hoyo, fue objeto de las mayores atenciones por parte de los bandidos. El día 9, temprano, sin haber escrito el Sr, Hoyo carta alguna recibió Manuel García la suma de dos mil setecientos pesos en oro, disponiéndose por lo tanto, a poner en libertad al secuestrado. El dinero fue entregado, sin inconveniente por una persona cuyo nombre se desconoce, en el río Mamposton, entre Catalina y Güines. Al obscurecer del mismo día, volvieron a vendar al Sr. Hoyo y emprendieron con él la marcha.
 Al despedirse de los bandidos, dícese que este les  manifestó que llevaba en el bolsillo un centén.
 — Guárdeselo para los gastos del camino — respondió Manuel García.

 …El día 8 de Abril de 1890, recibió en un buzón el popular periódico habanero La Lucha la siguiente carta, que publicó en sus columnas y que reproducimos aquí con misma ortografía.
  «Sr. Director de La Lucha.
  Muy señor mío desearía que publicara estas líneas su diario periódico para que mañana no se me calumnie infame.
 Con esta fecha le escribo la tersera y última Carta señor Ximeno alministrador de la enpresa de Billa nueba pidiéndole a la empresa de Billa nueva 15000 pesos y que si de aqui al dia 15 de este no sé que la enpres tá dispuesta a darme dicha cantidad en piezo á des-carrilar trenes de carga y de pasajeros y para que no se quejen y ablen los periodistas lo pongo en su conocimiento
  Manuel García  el Reí de los campos y casi que de toda la Ysla de Cuba
 Abril 7 de 1895.»
 El Sr. Ximeno hizo entrega de las cartas a que alude la anterior, a la autoridad, pero es de colegir, que nadie dio asenso a las amenazas del Rey de los Campos, por creer que no sería capaz de poner en planta sus bárbaras promesas; de lo contrario, la vigilancia se hubiera redoblado en las líneas, como se hizo después del atentado, cosa perfectamente explicable y que encaja en el carácter de nuestra raza. Después que los ladrones nos han dejado en cueros, es cuando echamos de ver la necesidad de asegurar la puerta y de colocarle un par de cerrojos más.
 Pero si las autoridades no prestaron gran atención en adelante, el público, en cambio, empezó a impresionarse y los viajeros a viajar con temor, convencidos hasta la evidencia de que Manuel García era muy capaz de hacer lo que prometía, y lo que es aún peor, persuadidos de que después de hacerlo seguiría campando por sus respetos.
 La popularidad del Rey de los Campos era por entonces inmensa. Baste decir que se sacó un danzón con su nombre y que el pueblo cantaba, sin guardarse, antes por el contrario a grito pelado, versos de este tenor:
   Y dice Manuel García
   Que si no le dan centenes
   Que descarrila los trenes
   Y mata la policía. .
 La prensa de la capital y de provincias dedicó sendos artículos al audaz bandolero, los planes y proyectos para darle caza menudearon, el relato de sus fechorías formaba el plato más sabroso de la curiosidad pública y los gastos la persecución subían que era una gloria.
 En este estado las cosas, cinco días después del secuestro de los Sres. Pérez y Campillo y cuando aún se encontraban estos en cautiverio, esto es, el día 25 de Junio 1890, ocurrió el hecho que vamos a relatar y que, no obstante su importancia, no era más que el inicio de lo había de realizarse más tarde con asombro y escándalo de todo un pueblo.
 Al amanecer de dicho día se hallaban internados en monte que colinda con la vía férrea de Villanueva, entre los kilómetros 98 y 100, los bandidos Domingo Sotolongo, Sixto Valera, Gallo Sosa, Víctor Cruz y Antonio Mayol. Esperaban emboscados, la hora oportuna para levantar un rail de la vía, según orden recibida de jefe.
 En tal situación, divisaron un leñador que trabajaba cerca de ellos. Esto sobresaltó a Montolongo, porque si abandonaba aquel lugar el jornalero, podría dar parte de la presencia de aquellos hombres armados en el monte. Así, se dirigió a él y después de preguntarle cuanto ganaba cada día, le dijo:
 — Bueno: pues hoy no das un golpe más ni te mueves  de aquí. Ahí tienes tres pesos.
 Y le alargó un billete del Banco, de dicho valor.
 El leñador soltó la herramienta de su oficio, pero sospechando algo de aquellos hombres o acordándose de que había pertenecido al ejército (pues era licenciado) al volver la cabeza el bandolero emprendió la fuga.
 Advirtiólo Montolongo y poniendo a escape su caballo le dio alcance, lo derribó al suelo mortalmente herido de un machetazo y cogiéndolo después en brazos lo arrojó al fondo de un pozo allí cercano. Su cadáver no fue descubierto hasta algunos meses después de hechas las averiguaciones para esclarecer su desaparición.  

 Véase aquí, por este hecho solamente, las razones que abonan nuestra afirmación de anteriores capítulos, respecto a que la complicidad del campesino, en el bandolerismo, obedece la mayor parte de las veces a un temor en muchos casos justificado. El infeliz jornalero, murió por no ser cómplice pasivo del crimen que iban a perpetrar los bandoleros.
 Cerca del medio día, los bandidos que permanecían en emboscada, vieron venir en la cigüeña de la reparación, al celador reparador del Aguacate que recorría el tramo encomendado a su vigilancia. Al llegar al kilómetro 99, salieron de su escondrijo Montolongo y su gente y sin tener necesidad de extremar las amenazas, obligaron al reparador a cargar con la máquina y trasladarse a la manigua, donde quedó bien guardado. Pronto comprendió el pobre empleado, D. José Pérez (que así se llamaba) lo que pretendían los bandoleros y el fin que esperaba a los empleados y pasajeros del tren mixto, próximo a llegar a aquel punto.
 Desde el interior del monte, oía distintamente los golpes de martillo que descargaban sobre tornillos y mordazas y más tarde vio que aquellos desalmados desenvolvían una larga soga, la amarraban sólidamente a la cabeza del rail desprendido y llevaban el extremo de ella al matorral en que estaban agazapados los demás forajidos.
 Según confesión del reparador cautivo, testigo forzoso de la catástrofe que iba a ocurrir, al dar el tren que hacía trepidar la vía, los primeros pitazos, se le saltaron las lágrimas y pensó: «Ahí viene el tren: van a morir.

 Mientras tanto, el tren mixto número 25, que había salido de Madruga para la estación de Empalme a la una y 26 minutos de la tarde, llegaba a menos de trescientos metros de los bandoleros. El maquinista D. Inocencio Marcos, que era uno de los mejores maquinistas de la Empresa, notó desde luego la ligera desviación de la línea, a pesar de no quebrar la recta en más de una pulgada. Llamó entonces al fogonero D. Manuel Franco para ver si era una falsa visión suya, pero éste confirmó su creencia de que estaba un rail partido, cosa que ocurre con frecuencia. Entonces aplicó la retranca de aire comprimido y pasó el tren a los pocos instantes, quedando la máquina, en sus ruedas delanteras, precisamente sobre el rail levantado.
 En aquel mismo instante se oyó gritar en el límite del monte, situado a la derecha del convoy:
 — ¡Viva Cuba libre! — ¡Viva Manuel García!
 — ¡Viva el Rey de los Campos de Cuba!
 Eran los bandidos a las órdenes de Montolongo, quién echándose el rifle a la cara gritó:
  — ¡Fuego!. . . .
 Una descarga de cinco rifles, vomitó su lluvia de plomo sobre los carros y el alijo, agujereando el lado izquierdo del tren, por varios puntos, en toda su extensión. Después siguió un fuego graneado durante siete u ocho minutos, todo el tiempo que estuvo detenido el convoy en la vía, hasta que el conductor Sr. Quiñones, jugando el todo por el todo dio la orden al maquinista Sr. Marcos, de partir a toda velocidad, lo cual se efectuó con la rarísima fortuna de no descarrilar, caso que parecerá milagroso teniendo en cuenta que el rail estaba levantado de cuajo sobre los polines. Tal vez háyase debido ese feliz desenlace á que pasando toda la máquina sobre el tercio medio de la línea, opuso completa resistencia a los esfuerzos de los bandidos que tiraban de la soga.
 Mientras duró el fuego, el personal del tren compuesto, como hemos dicho, del maquinista Sr. Marcos, del conductor Sr. F, Quiñones y del fogonero D. Manuel Franco Fernández, que no abandonó un solo momento su puesto al lado del maquinista, procuraba atrincherarse tras de los carros, el alijo y la máquina, y los retranqueros recorrían el tren sin darse cuenta, (dice el reportaje que tenemos a la vista) de lo que pasaba.
 El tren número 25, llevaba pocos pasajeros: un Guardia Civil sin armas, un reparador de telégrafos del Gobierno y el Contador de Correos Sr. Barceló.
 El peligro corrido por el personal y pasaje no es preciso evidenciarlo, pues además de haber podido ser atravesados por las balas, de ocurrir un descarrilamiento su fin era inevitable, pues los criminales levantaron la vía, precisamente sobre la gran alcantarilla de hierro que cubre una cañada seca, en la que se hubiera hundido todo el convoy irremisiblemente a no tener la fortuna de pasar impunemente sobre el rail levantado. Manuel García, por otra parte, eligió para su infame atentado el punto más solitario de la vía, frente a los montes conocidos por Cueva de Sanabria, en medio de un espeso monto, impenetrable a todas las miradas.
 Dícese que el Rey de los Campos se indignó cuando supo lo ocurrido con el tren 25, porque sus órdenes fueron de descarrilar un tren de carga y no de pasaje. Además, consideró el hecho un fracaso, porque su objeto era que el tren quedase completamente destrozado para vengarse de la Empresa que le había negado la suma de 15,000 pesos en oro, pedidos. Las averías se redujeron a cinco agujeros de bala en el coche mixto de lro y 2do. El personal del tren rivalizó en valor, presencia de ánimo y fidelidad a la Empresa por cuyo servicio estuvieron en inminente peligro de muerte.
 El reparador, secuestrado todo el día en poder de los bandoleros, aprovechó la confusión para huir a todo el correr de sus piernas, no parando hasta Xenes, donde participó la noticia, haciendo además entrega de las dos cartas que vamos a copiar a continuación y que le fueron entregadas por Domingo Montolongo.
 La primera estaba dirigida al Gobierno y al pueblo y decía así:
 «Como no se nos ha concedido el indulto, mi segundo, Domingo Montolongo empozó la campaña con lo del Sargento do la Guardia Civil y nosotros la continuaremos como vais viendo. A esos mamarrachos que salen a perseguirme con los Alcaldes y Guardia Civil, les pienso dar machete. Vicente mi hermano, ha ido a buscar a Arturo García y con alguna gente buena formará la partida de Vuelta Abajo donde hay que trabajar.
Ya me conocéis.
El Rey y dueño de los Campos de Cuba
 Manuel García.»
La segunda carta iba dirigida al Sr. Administrador del Ferrocarril y decía a la letra:
 «Le he escrito hará dos meses pidiéndole 15, 000 pesos en oro y en lugar de mandarlos llevó la carta al Capitán General.
 Ahora quiero 20,000 pesos en oro y sino descarrilaré  los trenes de carga y pasajeros. Ya empiezo hoy. Si quiere llevo esta carta también al General.
 El Rey de los Campos de Cuba
 Manuel García.”
 Las anteriores cartas, dada su relativa corrección no parecen escritas por Manuel García, sino por la mano que escribió la de Vicente García en la que nos ocupamos en el Capítulo V.
 Es de notar que en el asalto del tren número 25 tomaron parte Antonio Mayol y Víctor Cruz, bandidos que pertenecían al segundo grupo del Rey de los Campos, mandado por Santana. Tal vez Manuel García necesitando gente para guardar a los secuestrados Pérez y Campillo pidió a Santana esos dos individuos de refuerzo.
 Antonio Mayol, hemos de encontrarlo también más tarde en otros sucesos importantes.
 Con la llegada del reparador a Xenes y más tarde con lo del tren número 25 a Madruga, cundió la noticia del hecho con la velocidad de un reguero de pólvora, La Empresa del Ferrocarril envió al kilómetro 99 una cuadrilla de reparadores custodiada por Guardia Civil y caballería de Pizarro. Fuerzas de todas las armas e institutos al mando del valiente Capitán Sr. Jiménez a quien acompañaba el intrépido Alcalde Municipal Sr. Torrens, salieron en persecución de los bandidos, situándose numerosas emboscadas, batiendo todos aquellos montes, trabajando con un entusiasmo digno de buen éxito; pero sin resultado alguno. Por su parte, la Empresa de los Ferrocarriles Unidos, justamente alarmada, puesto que iba a recibir enorme lesión de sus intereses, ya por virtud de venideros atentados, ya porque el número de pasajeros por sus líneas iba de decrecer notablemente, pidió fuerza armada al gobierno para garantía de sus trenes, siendo complacida en esto sin reparo, al extremo de verse algunas veces de viaje tres veces más militares que pasajeros que hubieran pagado su billete.
 Desde la Habana a Matanzas, por las líneas de Bahía y Villanueva, no se veían más que patrullas, guerrillas, destacamentos, subidas y bajadas de jefes, partes, órdenes, y tutti cuanti; pero Manuel García no se dignó abandonar en aquellos días su cuartel general.
 La impresión causada en los pueblos fue de verdadero espanto. ¿Quién se atrevía a viajar?  La impresión en la capital de la isla fue de estupor. ¿Hasta cuándo iba a continuar aquello? — Ya es hora de que se tomen enérgicas medidas — clamaban algunos periódicos impresionados por tales hechos. ¡Medidas! ¡Si estaban tomándose desde el año 1879! Lo que se echaba de menos era un hombre por el estilo de Zugasti; pero… aún estamos esperándolo.



 Manuel García. El Rey de los Campos de Cuba. Su vida y sus hechos, La Habana, La Comercial, 1895. (fragmentos).