martes, 31 de mayo de 2011

Sagradas obligaciones



 
  Esta mañana ha sufrido la pena ordinaria de garrote, la desventurada Da. Josefa Alfonso, vecina de Mariel, a consecuencia del asesinao de su legítimo consorte D. Anselmo Muñoz, cometido en aquella jurisdicción en eel mes de octubre del año pasado de 1828, cuya causa ha seguido sus trámites legales conforme a nuestras leyes. 

 La vindicta pública cruelmente ofendida ya está satisfecha, la espada vengadora de la justicia, haciendo su deber, ha quitado la vida a esta desgraciada mujer, que olvidada de las sagradas obligaciones conyugales y sociales, escandalizó con su hecho toda la población, y permita Dios que el ejemplar castigo que acabamos de presenciar, sirva de escarmiento a los perversos que se nutren con el crimen y la maldad. 

  ¡Malhadada mujer! Nosotros te compadecemos, y no podemos menos que llenarnos de espanto al recordar la historia de tu horrendo homicidio. ¿Cómo pudo la natural debilidad hacer tanto? Consta por declaración de la misma Alfonso que fue al lecho [conyugal] en compañía de su esposo, a cuyas caricias hubo de negarse, resentida de cierta injuria que le hizo aquel propio día, que éste tiró de un puñal para herirla, que ella asustada dio voces pidiendo socorro y que en este conflicto se introdujo un hombre por el postigo de una ventana, a quien ella no conoció, que este hombre arrancó el puñal de las manos de Muñoz y le dio muerte, que seguidamente…!Nos estremecemos! Que ayudó a descuartizarlo, a recoger la sangre en una cazuela y lavar el suelo… No podemos continuar, nuestra sensibilidad se resiente. La ciencia del magistrado ha sabido graduar este relato, y las leyes se han cumplido para bien de la sociedad ultrajada.

 Olvidemos el delito de esa madre infortunada, y derramando nuestra compasión sobre sus infelices hijos que deja en la orfandad, lloremos con ello la debilidad materna… Este es el destino. 




 Diario de La Habana, jueves 30 de septiembre de 1830, p. 1.


sábado, 28 de mayo de 2011

Marianne Moore, primer lanzamiento







A un ave de rapiña


Me convienes, pues me puedes hacer reír
y no te ciega la paja
  que los vientos mandan –en remolino- desde el almiar.


Sabes pensar, lo que piensas lo dices
con mucho del orgullo de Sansón y de su desolado
    remedio, por lo que nadie se atreve a mandarte a callar.


El orgullo te sienta bien, pájaro colosal que tanto
                                         [te pavoneas.
Ningún corral te hace parecer absurdo;
   tus garras de bronce son firmes ante la derrota.

Los pinares y las auras






 Felipe Poey


El célebre Audubon, ornitólogo esclarecido de los Estados Unidos del Norte de América, ha demostrado que las Auras son guiadas por la vista, no por el olfato, en el reconocimiento de los cadáveres que les sirven de alimento. Una piel seca de venado llena de paja fue echada en medio de un campo; y el naturalista se puso a la expectativa. No tardó en bajar un Aura, que se posó sobre el fingido cadáver, y engañada por la apariencia se propuso llenar bien el estómago; para lo cual empezó por vaciar los intestinos, como acostumbran las aves de rapiña. Atacó la piel por las aberturas que tenía, y por las costuras del vientre; sacando siempre paja y mas paja: para abreviar, diré que abandonó la presa.
 Otro día ocultó Audubon un cochinito muerto bajo de unas malezas: el animal se corrompió, derramó su pestilencia por los aires; de noche los lobos, descubrieron el bulto y se hartaron. Las Auras no acudieron.
 Para variar el experimento, el naturalista americano degolló un lechón en la pradera, llevó el rastro de la sangre hasta el depósito anterior donde ocultó el cadáver. Las Auras descubrieron el rastro, lo siguieron hasta el sitio apartado, y se regalaron a su sabor.
 Remito a la obra de Audubon para estos experimentos repetidos, variados y ampliados conforme a los preceptos de la Escuela: todos vinieron a confirmar lo asentado anteriormente.
Con este motivo me parece oportuno trasladar aquí un trozo de mis Memorias sobre la Historia Natural de la Isla de Cuba, en que describo los Pinares de la Vuelta-Abajo; entrando las Auras en la escena. Pero antes diré algo acerca de los Pinares de la Isla de Pinos, que he encontrado siempre en terrenos ondeados, a veces en las llanuras, bien que a una altura bastante elevada sobre el nivel del mar. En mi viaje a Santa Fe, doy cuenta como sigue de la primera impresión que en mí causaron esas comarcas.
  “Apenas desembarcados entramos en los carruajes; y partimos para Santa Fe con los primeros albores del día, por un terreno llano, bien que subiendo insensiblemente, y bajando a ratos colinas suaves. El aspecto general era de sabanas pobladas de Pinos de todas edades; la superficie cubierta de finas yerbas y menudas flores; el camino trillado color de ocre o tierra mulata, ferruginosa, sembrada de perdigones; de trecho en trecho un arroyuelo en cuyas orillas la vegetación era variada: en medio de los Pinares lo que más abunda es el Peralejo y el Vaca-Buey, algunos Guanos y la Palma-Manaca. La multitud de Pinos y los diversos grupos en que se presentaban, recrearon grandemente nuestra vista, no acostumbrada a este espectáculo. A cada paso nos parecía ver salir de aquellos barrancos y por sus arboladas colinas, a un cacique acompañado de sus indios armados de flechas inocentes; y esperábamos ver entre ellos a las indias adornadas de sus atractivos naturales, no menos bellas que la reina Guanatabemequena; célebre en los fastos de Haití”.
Pongo ahora a continuación el trozo anunciado sobre los terrenos serpentinosos de la Vuelta-Abajo, cual es el de Cajalba o Cajálbana; advirtiendo que no hay Pinos en el Pan de Guajaibon, que está en frente, y le toca por el pié.
 “Al norte de San Diego no hay Pinos en la llanura: de esto puedo dar testimonio como testigo ocular. He recorrido un terreno llano, cubierto de aquellos vegetales que más se complacen en tierras feraces, donde los Jagüeyes estrechan con sus temibles abrazos las corpulentas Ceibas y las Palmas elevadas; y al llegar al pié de la Sierra, he visto la última Palma Real a orillas de un foso, frente al primer Pino del gigante Cajalbana: ambos se resentían de su posición, como hijos de un terreno intermedio que empezaba anegarles el sustento predilecto. Parecían dos centinelas guardando los confines de sus dominios respectivos. Mas apenas hubo pasado aquella línea de demarcación, que desaparecieron los vegetales que me habían cubierto con su dilatada cabellera, prestándome su sombra hospitalaria. Subí la falda de la loma sobre áridos pedruscos, bajo los ardores del sol, pero entretenido con el distinto carácter de la vegetación que a mis ojos se ofrecía; principalmente los Guanos o pequeñas especies de la familia de las Palmas, el Granadillo, el Peralejo, la Espuela de Caballero y otros arbustos de cuabales, la mayor parte raquíticos y espinosos. Según iba subiendo los tres escalones de la alta montaña, se descubría el mar del Norte, salían de tierra los helechos de tres á cuatro pies de altura, que daban al aire un olor alpestre, alfombrando los Pinares al pié de árboles que escondían su frente entre las nubes; y cuyas ramas gemían suavemente al toque de los vientos, mientras que la Chicharra ensordecía con su chillido agudo. Las Auras, de vista perspicaz, se cernían más allá de sus cimas; y bajaron á reconocer al viajero, cuando fatigado de andar descansaba en la maleza: bajaron con la esperanza de encontrar un cadáver; pero se desengañaron a una ligera inclinación de las cejas, a un simple bajar de las pestañas, o al movimiento alternativo del pecho que aspira la vida favorecida por la atmósfera. Lo cierto es que no tardaron en retirarse con vuelo circular; lo que prueba que estos animales no van dirigidos por el olfato, sino por la vista”.

 Ofrenda al Bazar de la Real Casa de Beneficencia, La Habana, 1864, Imprenta del Tiempo, pp. 83-88.

jueves, 26 de mayo de 2011

Las auras tiñosas y los sabios





  En el American Naturalist se plantea de nuevo la tan debatida cuestión de la manera en que las auras tiñosas perciben su presa desde larga distancia; M. Samuel N. Khoads pretende probar que el ave es advertida por el sentido del olfato. Los experimentos que refiere para apoyar su aserción no nos parecen, sin embargo, tan decisivos como los que hace mucho tiempo ya verificó nuestro venerable naturalista don Felipe Poey.

 He aquí, pues, una cuestión que parece difícil de resolver. Los datos que las distintas autoridades presentan son contradictorios: Mr. Rhoads afirma, como Gosse, de Jamaica, que las auras huelen su presa; don Felipe, que la ven. En uno u otro caso, el ave debe tener un sentido extraordinariamente evolucionado.

 Nosotros creemos que si las partes se pusieran al habla podría haber un acuerdo. Pero desde luego afirmamos nuestra creencia de que los experimentos de nuestro sabio Poey son los más decisivos hasta ahora, por todos conceptos.


  “Misceláneas, Revista de Cuba, vol. 15, 1884, p. 93.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Del olfato en las auras






 Por D. Francisco A. Sauvalle



 En sesión de esta Academia del día 11 de Abril de 1869 se dio cuenta de haberse hallado en los uveros de la Chorrera un cadáver en estado, se decía, de completa momificación; y lo que entonces se oyó con extrañeza fue que había sido respetado por las auras, que abundan en esa playa, depósito de las inmundicias de la ciudad. Descansando en la autoridad del Sr. Audubon, el gran historiador de las aves de América, atribuyó la Comisión este hecho a la imperfección del órgano olfatorio en estas aves de rapiña.
 Muy respetable sin duda es el parecer de este distinguido naturalista; pero me atrevo a asegurar que está en este caso evidentemente equivocado. El Sr. Audubon se apoya en varios experimentos hechos por él. Dice haber colocado en una selva el cuero de un animal empajado, y que en cuanto lo divisaron las auras se acercaron sin que su olfato las hiciera conocer el engaño, ni sospechar que esa piel no encubría carne. Este ensayo probaría en mi concepto que la vista de las auras es excelente, lo que nadie ha negado, y que en el caso citado se guiaron sólo por ella, así como a veces se guían sólo por el olfato; pues, en mi opinión, tres cosas poseen las auras por excelencia: la vista, el olfato y el vuelo.
 Para explicar el hecho de que el cadáver no hubiera sido tocado por aquellas aves carnívoras, referí en la misma sesión varios casos que habían llamado mi atención y que merecerían ocupar la de V.SS. para promover nuevas investigaciones.
Un negro cimarrón, perseguido y herido por una ronda, se encontró muerto después de algunos días en un monte de las lomas del Cuzco; se hallaba sentado en el suelo en un terreno pedregoso, la cabeza reclinada contra el tronco de un árbol; llevaba casi todo el cuerpo desnudo, y en la sumaria que se formó consta que el cadáver estaba intacto, no apareciendo más herida que la de un balazo, ni otra mancha sobre la piel que la de los excrementos de las auras posadas en el mismo árbol y en sus alrededores. Habiéndose dado parte a la policía, no se presentó ésta hasta el tercer día y sin embargo poca alteración se notó en el cadáver.
En las mismas lomas se halló en otra ocasión un negro ahorcado en un árbol; aunque muerto hacía días no exhalaba mal olor su cadáver y parecía estarse secando; se observaron auras velando como centinelas en los árboles más cercanos y otras revoloteando al rededor en el aire: pero ninguna había atacado el cadáver.
 Después del combate de la Candelaria en las lomas del Cuzco, quedaron varios días sin sepultura los cadáveres de los compañeros de Narciso López. Un sobrino mío a quien obligaron a cruzar las lomas para llevar despachos del Gobierno, atravesó el campo de batalla y notó, como lo notaron otros, que ninguna aura se acercaba a los cadáveres que despedían ya una nauseabunda fetidez y habían sido profanados únicamente por los cochinos y perros jíbaros.
En esta Academia protesté verbalmente contra la afirmación de Audubon que pretendía privar a las auras del sentido del olfato; me propuse entonces hacer nuevos experimentos, cuyo resultado ha venido a corroborarme en mi opinión y a convencerme del error padecido por el sabio ornitólogo americano, a lo manos en cuanto a las auras de esta Isla. He hecho matar animales en corrales cercados y techados de tal modo que era imposible se viera de afuera lo que dentro pasaba, y aunque en el momento de la operación no hubiese aura alguna a la vista no había trascurrido una hora cuando cruzó una por aquel sitio; al llegar a la vertical del tinglado, se notó de repente un cambio en su vuelo que de recto que era se transformó en curvas circulares alrededor del techo. A esta no tardaron en reunirse otras y otras, demostrando, al parecer, por la vivacidad de sus movimientos su desagrado al verse privadas de lo que considerarían corresponderles de derecho.
 Últimamente una vaca de mi hacienda desapareció; al cabo de muchos días se vio lo que en el campo se llama un “aurero”; es decir, varias auras revoloteando en un mismo punto: al acercarse en esa dirección se percibió un olor fétido y se vino a conocer que la vaca extraviada había caído en una profunda furnia, cuya boca inclinada hacía imposible se descubriera el fondo, y mucho menos desde cierta elevación, no dejando duda alguna que las auras habían sido atraídas por el olor y no por la vista.
De esta opinión no soy el único. Nuestro distinguido compañero el Dr. D. Juan Gundlach, cuyo talento observador no es menor que el del justamente célebre Audubon, me ha referido que cazando un día en Zarabanda había matado una jutía que cayó en un hicacal tan espeso que no le fue posible sacarla por falta de machete. Las auras no podían verla, pues se hallaba completamente cubierta por los hicacos y éstos a su vez coronados por frondosos júcaros. Al tercer día vio en esa dirección numerosas auras, atraídas sin duda alguna por el mal olor.
En otras Antillas los mismos experimentos han dado los mismos resultados. En una obra que tiene por título Birds of Jamaica by Henry Gosse, a fojas 2 se lee: “Los que atribuyen la facultad que poseen las auras para descubrir su presa desde grandes distancias exclusivamente al órgano de la vista o al del olfato padecen, así los unos como los otros, de un error. Han sido esas aves dotadas por la naturaleza de estos dos sentidos para rastrear desde lejos la comida más adaptada a su gusto y necesidades y los usan separadamente a veces, pero con más frecuencia los ponen en ejercicio conjuntamente. Refiere en seguida el autor algunos hechos en apoyo de su aserción y entre ellos el siguiente.
Un pobre alemán, emigrado, vivía solo en una cabaña aislada de una ciudad en la isla de Jamaica: se le declaró una violenta calentura; pero a los pocos días, hallándose algo aliviado se levantó de su cama y se dirigió al mercado donde compró carne fresca para hacerse caldo. Antes de haber aderezado sus viandas y concluido su guiso le acometió un violento paroxismo y cayó postrado en la cama. Varios días pasó en este estado de desamparo y de inanición, durante los cuales se corrompió la carne a punto de llamar la atención del vecindario. Se notó entonces que cada aura que cruzaba por encima de la choza del alemán, se detenía un instante, se aproximaba al techo y su vuelo tranquilo y recto lo cambiaba en rápidos remolinos, como buscando el lugar en que se escondía la presa que su fetidez le denunciaba. A este hecho debió la vida el enfermo; pues sospechando los vecinos que el infeliz pudiera haber fallecido, forzaron la puerta y le hallaron sin movimiento ni habla en el último grado de extenuación.
 Además de lo que va expuesto se sabe que en nuestros jardines el olor cadavérico que despide la flor de pato (Aristolochia) con frecuencia atrae a las auras así como a las moscas: sin embargo esta hermosa flor no tiene semejanza alguna, ni puede en verdad confundirse con un pedazo de carne ni con el cadáver de un animal.
En la referida sesión del 11 de Abril presentó su informe a la Academia la Comisión nombrada por ella para examinar, a propuesta del médico-inspector del Cementerio General, el cadáver de la mujer que apareció ahorcada en el Vedado, cuyo cadáver presentaba fenómenos raros de conservación, aunque la muerte datara ya de tres meses. En este informe, para explicar cómo el cadáver se había librado de la voracidad de las auras, dijo la Comisión entre otras cosas “que se debía atribuir a haberse hallado oculto en un bosquecillo, puesto que las auras, muy al contrario de la preocupación vulgar, tienen, según la opinión del naturalista americano Audubon, el olfato muy obtuso y reconocen las materias de que se nutren por la vista y no por aquel sentido”. La Comisión creo ha dado a la suposición del escritor norte-americano una interpretación algo más absoluta que la que se infiere de las palabras del texto. Sea lo que fuere, la Academia así como los ilustrados Sres. que formaron la Comisión indicaron la importancia de nuevas investigaciones que pudieran servir de guía para la solución de otras cuestiones médico-legales de sumo interés. Esta indicación me ha impulsado a entregarme a algunos experimentos en la parte única en que podía yo dar mi voto, y aunque sea esta parte la de menos interés para V. SS. podrá tal vez ayudarles a explicar el fenómeno de la conservación de algunos cadáveres y especialmente del que nos ocupa, debiendo a mi juicio atribuirse aquella en gran parte a la impregnación en la atmósfera de las evaporaciones salinas del mar a cuya orilla se halló; así como a bordo de los buques de travesía y en algunos cayos se conserva con frecuencia la carne durante mucho tiempo con sólo colgarla al aire, sin más preparación.
En mi concepto las auras no suelen atacar el cadáver del hombre; y no puedo menos de abrigar esa convicción al recordar los repetidos casos que he presenciado y otros muchos que me han referido personas fidedignas, en que cadáveres humanos en diferentes grados de descomposición, expuestos a la intemperie en lugares solitarios, no pasaron inadvertidos, sino que fueron evidentemente respetados por esas aves rapaces que se veían en las inmediaciones.




 En una época no muy remota los negros recién llegados de África, tanto para sustraerse al banquete antropófago a que se creían destinados, cuanto por figurarse que después de su muerte regresaban a su país, se suicidaban con desgarradora frecuencia, ahorcándose ya en los montes de las fincas, ya en los cuadros de café, en matojos que en algunos casos no excedían de tres o cuatro pies de elevación del suelo. Más de una vez he sido testigo de tan lastimoso espectáculo y sin embargo (por casualidad quizá) jamás he notado que los cadáveres hubiesen sido mutilados o picados siquiera por las auras que volaban al rededor. Varios otros ejemplos pudiera citar, y el cadáver que se halló últimamente en el Vedado, y da asunto a esta memoria, es un nuevo caso que debe consignarse; pues si se encontró intacto, no se puede con fundamento atribuir el hecho a haber estado oculto en este ni en aquel paraje. Además los uveros de la Chorrera no son tan frondosos ni tan espesos que pudieran haber ocultado este cadáver a la vista tan perspicaz de las auras. ¿Hay acaso ejemplar de haber éstas despreciado y dejado inadvertido alguno de los muchos cadáveres de animales que en este mismo punto se han ido depositando? Que muera en nuestros campos un buey y un caballo, exceptuando los casos de cangrina, y se verá con que prontitud se reúnen las auras del vecindario. En su impaciencia acometen, sin tardanza, primero a los ojos y en seguida al orificio que despedazan hasta llegar a los intestinos, dejando al resto del cuerpo el tiempo necesario para que adquiera el “faisandé” algo subido que les agrada, y el para ellos apetitoso olor que estimula su sensualidad.
 ¿Cómo explicar este temor al parecer reverencial, o esa repulsión que se observa en el aura, si no invariablemente a lo menos con notable frecuencia, respecto del cadáver humano? No creo que se pueda atribuir al terror que inspire a los pájaros la vista del hombre, pues se sabe con cuanta facilidad, por medio de reclamo o silbato, se logra atraer ciertos pájaros, a tal punto que, conservando el cazador una inmovilidad completa, llegan con frecuencia a posarse sobre sus pies, sobre sus brazos, en sus hombros o su cabeza, huyendo con espanto al más leve movimiento de éste. Las mismas auras, cuando algún intruso las sorprende en medio de sus festines, siguen repletándose sin cuidarse mucho de la presencia del hombre, y ya hemos indicado que la proximidad de los cadáveres no las atemoriza ni las ahuyenta. Dirán algunos que procede este fenómeno de la veneración intuitiva que les infunde la vista de ese rostro que el hombre en su sacrílego orgullo pretende hacer semejante al de su Dios! Si así fuera, de este mismo instinto estarían dotados todos los animales de la Creación; lo que seguramente no sucede ni con las fieras del desierto, ni con las que se han llegado a domesticar, ni siquiera con los reptiles e insectos, ni las demás aves de rapiña. A nosotros mismos horror nos infunden, y no respeto, las innobles facciones de un ahorcado, aun antes de la descomposición, y los sentimientos que nos inspira su vista no son, por cierto, de los que hacen recordar los versos del poeta:


      Os homini sublime dedit, coelumque tueru
  Jussit et erectos ad sidera tollere vultus


 De las indicaciones que anteceden se deduce un problema interesante cuya solución someto así al estudio de los fisiólogos como a la observación del naturalista; de hechos insignificantes, al parecer, surgen a veces grandes enseñanzas.
 Volviendo para terminar a la supuesta ausencia de olfato en las auras, ruego a V.SS. se sirvan suspender su juicio en este punto hasta que subsecuentes experimentos por personas más competentes que yo vengan a esclarecer el hecho; siendo sin embargo conveniente que en las actas de la Academia conste que hubo en este particular divergencia de opiniones.

  
 Momificación aparente –Informe. 


 Leyó después el Dr. Rodríguez, a nombre de la Comisión (Poey, Hita y J. Fernández de Castro) encargada de examinar el cadáver de Doña Rafaela García, que se encontró en el Vedado, colgada por el cuello con un cordel del diámetro de 1,5 de pulgada, atado a un gajo de un arbusto de que pendía casi arrodillada la desgraciada víctima, muerta hace tres meses; opinando el médico inspector del Cementerio General, que se halla en estado de momificación en un lugar donde pudo haber sido devorada por animales carnívoros y por los diferentes insectos de que abundan los lugares despoblados. Estudia el informe primeramente la momificación, consignando lo que resulta de la inspección cadavérica; 2do las causas que detuvieron en el caso presente los fenómenos pútridos; y 3ro las que se opusieron a la destrucción completa del cadáver por otro motivo; proponiendo por último a la Academia las siguientes conclusiones: 1ro que el cadáver examinado no presenta los atributos de las momias; 2do que por el contrario la putrefacción se apoderó del cadáver, y siguió su marcha ordinaria hasta que se detuvo por efecto de las condiciones especiales en que debió encontrarse; 3ro que estas condiciones fueron probablemente la suspensión del cadáver al aire seco y cálido y su libre circulación; 4to que a consecuencia de la fermentación pútrida acudieron las moscas, cuyas larvas devoraron las vísceras y la mayor parte de los músculos; 5to que la posición del cuerpo y el movimiento del vestido pudo ser suficiente para alejar a los perros y otros animales; debiendo agregar que si el cadáver estaba oculto a los ojos de las auras, no es extraño que éstas no acudieran, porque no se dirigen por el olfato.
 Habiendo indicado la Comisión en el cuerpo del informe, que “según la opinión del ornitólogo americano Audubon, (las auras) carecen de olfato y reconocen las materias de que se nutren por la vista y no por aquel sentido”, objetó el Sr. Vilaró que Audubon no había demostrado que dichas aves careciesen de olfato, sino solamente que no se guían por éste, puesto que la naturaleza no había de dotarlas de órganos inútiles, y refirió los experimentos verificados por el citado naturalista para llegar a esa demostración.
El Sr. Fernández de Castro (D. José) observa que en el seno de la Comisión el Sr. Poey había citado otros experimentos que parecen probar la ausencia del olfato en las auras. Por otra parte, cree que puede aceptarse la modificación propuesta por el Sr. Vilaró, atendiendo a que las consecuencias deducidas por Audubon no deben ser otras.
El Dr. Lebredo opina que, para evitar que la cuestión se desvíe de su verdadero camino, conviene antes que todo consultar la obra de Audubon; porque en realidad hay dos puntos que deben resolverse: 1ro ¿es cierta la cita? 2do ¿tienen o no olfato las auras?
El Sr Fernández de Castro (D. Manuel) cree posible que si Audubon ha dicho que carecían de olfato, haya querido indicar que no les sirve de nada para buscar las materias de que se alimentan.
El Dr. Gutiérrez aboga porque se salga de la duda consultando al naturalista, y se enmiende la frase del informe si no está enteramente de acuerdo con lo que en sus obras se halla consignado.
En esta virtud, y para evitar dilaciones en el despacho del informe, el Sr. Vilaró desea retirar la modificación por él propuesta.
Mestre espera que esa dilación sea muy breve, y no cree que el Sr. Vilaró deba retirar su enmienda, que puede evitar un error, tanto más fácil de aceptar como verdad, cuanto que el Sr. Felipe Poey ha formado parte de la Comisión y ha discutido el informe sin que se le ocurriera aquella modificación: circunstancia que hace necesaria la consulta.
La Academia aprueba el informe leído por el Sr. Rodríguez, y acuerda que se envié una copia al Excmo. e Illmo. Sr. Obispo Diocesano, previas la modificación indicada por el Sr. Vilaró y consulta de Audubon con ese objeto.
Correspondencia. -Seguidamente presentó el Secretario la entrega de los Anales correspondiente al mes de Abril; excusó de parte del Dr. Bustamante la ausencia de éste en la Academia; participó que de acuerdo con los Sres. Felipe Poey y Rodríguez, en lo concerniente a la cita de Audubon que se encuentra en el informe sobre un cadáver en estado de aparente momificación, se había consignado en dicho informe, no que las auras carecen de olfato, sino que en ellas es muy obtuso este sentido; dio lectura a un oficio del Sr. Obispo Diocesano, manifestándose satisfecho de aquel informe, que había recibido (…)



 Conservación de los cadáveres. 


 Terminada la correspondencia, y refiriéndose el Sr. Sauvalle a la no devoración de los cadáveres por las auras, manifestó que había tenido oportunidad de observar el hecho en tres cadáveres de negros huidos en el campo, sin que los hubiesen atacado aquellas aves; lo que a su entender merece estudiarse para indagar la causa de este fenómeno.
 Deseando el Sr. Rodríguez, saber las condiciones en que se hallaban dichos cadáveres, expresó el Sr. Sauvalle que se encontraron en lugares elevados, en lomas, donde la ventilación era franca; y preguntando el primero si estaban vestidos, contestó el segundo que llevaban simplemente taparrabos y que por lo tanto el movimiento de los vestidos no podía servir en estos casos para explicar el hecho en cuestión, aun cuando se lograra en parte por las corrientes de aire.



 “Del olfato en las auras. Investigaciones y experimentos”, Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, T-VI, 1870, pp. 342-348; “Momificación aparente”, ibídem, pp. 300 y 303.

martes, 24 de mayo de 2011

Piara de cerdos




 Marcos Sánchez Rubio


 XI. Como a consecuencia de caer el agua llovediza en la estancada, vemos que inmediatamente resultan infinidad de gusarapos, ranas, lombrices, mosquitos y otros insectos: y que sólo en esta época, por lo general, daña el agua a los que la beben: y particularmente la que no tiene corriente, a los cerdos, gallinas, perros y otros irracionales; atacándoles por su crudeza, a las pocas horas de haberla bebido, crueles enfermedades: a saber, verdadera pulmonía en los cerdos, mejor dicho inflamación de todas las partes del pecho, hígado, estómago y tripas: conocido el conjunto inflamatorio con el nombre vulgar de ahogo, que termina con la muerte de estos cuadrúpedos a los 3, 5 o 7 días irremediablemente: de aquí es que los hacendados de esta isla que tienen estas posesiones pobladas con cerdos, notan luego que principian los aguaceros, después de los grandes calores, una mortandad, con el ahogo, que suelen quedar despobladas y ellos con inmensas perdidas. Para hacer estas más tolerables, los matan al principio y sufriendo la carne y viendo millares de veces que a consecuencia de beber el hombre estas mismas aguas y aquella que tenemos por sana y del uso común, si se verifican iguales efectos, como por desgracia sucede, ya por no estar hecha la digestión, ya por beberla acalorado, ya por carácter débil del estómago... es consecuente que esencialmente debe ser la enfermedad de la misma índole, aun cuando se le de otro nombre o se haya considerado de diferente naturaleza: porque la anatomía de los cerdos ofrece cuantas luces necesitan las leyes del analogismo para mirar a aquellos efectos identificados con los de la calentura biliosa o llámase vómito negro, a saber: flictenas o ampollas en el estómago, tramo intestinal, hígado y otras partes, con ulceraciones, etc. Adherencias de los músculos intercostales con la pleura, bofe y el diafragma: tubérculos o tumores en el pulmón y otras partes, desde la magnitud de avellanas a la de grandes nueces: lombrices, o mejor dicho gelatina animal con nueva vida dentro de los tumores y tubérculos, en los vasos aéreos y sanguíneos: y que esta gelatina era la mucosidad de las partes que desnudas presentan ulceraciones...: la magnitud de las lombrices es igual a la de la cavidad y figura de los vasos glandulosos, aéreos, sanguíneos, etc.: el color de lo contenido en el estómago y tripas, de un verdoso-cetrino, semejante a aquel verdín de las aguas pútridas o a la bilis eruginosa de los racionales que adolecen de la calentura amarilla.

 XII. Teniendo detrás de los barracones, que hay extramuros de esta ciudad en el año de 1800, una piara de cerdos en ceba, advertí que habiendo hecho considerable calor de las 12 a las 3 de la tarde, que en una gran bañadera que tenían hecha en la piedra viva, se le acababa de echar más de una pipa de agua cristalina de la que la zanja conduce, habiendo limpiado a mi vista perfectamente la bañadera; llueve a las tres y minutos copiosamente por un poco tiempo y veo aparecer en el mismo instante del aguacero millones de insectos en agua tan limpia y recién traída de la que corre todo el año; que dos cerdos que estaban retozando la bebieron y antes de la oración de la misma tarde estaban ya afectos del ahogo y los veinte y dos restantes que sufrieron el aguacero nada padecieron: me ocurre el pensamiento que a todos les iba a suceder igual enfermedad por la putrefacción, que instantáneamente se había manifestado en la bañadera: le hago arrojar el agua, limpiarla de nuevo y ponerle otra cantidad de la misma zanja: y bebiéndola los 23 restantes aquella tarde y noche, nada tienen de quebranto en la salud: el día siguiente o mejor dicho antes de las 30 horas de haberla bebido, los hago matar a mi vista y les encuentro el estómago, los intestinos, el hígado y todas las partes del pecho como ya he referido: en términos que parecía imposible que en tan corto espacio de tiempo se hubiese propagado la putrefacción a tantas partes con tan enorme daño y que pudiesen aun existir: a los cinco o seis días sucede igual mutación atmosférica, igual acontecimiento y otros tres que la bebieron son atacados lo mismo que los dos primeros, sin que los 19 restantes tuviesen novedad: esta observación me hace que les mudase tres veces al día el agua de la bañadera y que ésta se limpiase muy bien: y no obstante esta precaución en todo lo restante del mes de junio que llovió en la misma forma que las dos anteriores y sobre un calor como el de aquellas, aconteció otras veces el mismo fenómeno: trato de seguir mis apreciaciones anatómicas y veo que a las cuatro, ocho, doce, diez y ocho, veinte y cuatro y cuarenta y ocho horas de principiar la enfermedad, la parte mucosa de lo interior del estómago, se iba desprendiendo y los vasos venosos, en el hígado y linfáticos del pulmón y partes contenidas del pecho, tenían más crasitud de la natural con esa parte mucosa, o sea con la gelatina: que en las glándulas del pulmón tomaba una figura como hebras de hilo de holán: que al paso que la enfermedad tomaba cuerpo, se animaban esos hilitos blancos y aun notando en ellos los movimientos de vida entre la espumosidad en que estaban envueltos en las mismas glándulas, venitas, pleura, músculos que a ella tocan, diafragma, hígado y en otras partes, y si se anatomizaban antes de las ocho horas de principiar la dolencia, aun no estaba animada la gelatina.

 XIII. Las aguas de cualquier modo que se hallen estancadas en lagunas, pozos, cisternas, charcos, playas, etc. necesariamente fermentan ya en estío o día caluroso, ya al sol, ya a la sombra, o en lugar donde no pueda emanar aquel gas carbónico, o azoótico o pútrido, si así debe llamarse, que pueden expeler las que corren por despeñaderos o lugares de que sean bien batidas. Tales aguas fermentadas, poco o mucho, producen dolores, son biliosas, hacen pravos humores, pervierten las digestiones, y finalmente son la fuente y origen de muchísimas enfermedades, que hasta ahora se han atribuido o al contagio, o al abuso de los espirituosos u otros agentes, que ni remotísimamente han tenido parte en semejantes dolencias.


Tratado sobre la fiebre biliosa y otras enfermedades. Imprenta del Comercio, La Habana, 1814, pp. 26-27.  

lunes, 23 de mayo de 2011

.... Diremos del caimán alguna cosa




 Es una especie de cocodrilo, que en esta isla se halla en número considerable, y entre ellos algunos de una corpulencia horrible: se han visto de 70 pies de longitud y 12 de latitud. Tales animales usan de una maravillosa sutilidad para buscar de comer; y es que se ponen en las entradas de algunas riberas, sin moverse más que si fuesen un árbol viejo caído en las aguas, nadando encima sin más movimiento propio que el que las olas causan; mas no se alejan de la tierra aguardando que algún jabalí o vaca salvaje vengan a beber y refrigerarse a las orillas, en cuyas ocasiones saben cogerlos inmediatamente con tal vivacidad, que atrayéndolos a la profundidad los hacen ahogar. Lo más que se debe notar y admirar es que tres o cuatro días antes que vayan los caimanes a tal caza, no comen cosa alguna, mas yendo para el agua se tragan 100 o 200 libras de piedras; por cuyo medio se hacen más pesantez y aumentan a sus fuerzas (que son grandes) esta carga para hacer más asegurado el asalto: anegada ya la presa, la dejan cuatro o cinco días intacta, pues no sabrían morderla a no estar medio podrida, pero llegando a tal putrefacción se la comen con buen apetito y sabor. Si pueden agarrar algunas pieles de bestias que ordinariamente ponen a secar los moradores de la Isla al sol en la campaña cerca de algunas riberas, las tiran y arrastran dentro del agua, donde las dejan algunos días bien cargadas de piedras hasta que se las cae el pelo, de cuya suerte las engullen no con menos presteza que los mismos animales si los cogieran. He visto yo mismo duplicadas veces tales acciones; y dejando mi experiencia particular a parte, diré que muchos historiadores han hecho tratados enteros de estos animales, tanto explicando su figura, cantidad y cualidades ordinarias, cuanto su vida y brutales inclinaciones, que como he referido son raras. Un hombre de reputación y crédito me contó haber estado cierto día cerca de una ribera lavando su barraca o tienda, y que al punto de su llegada a las aguas, que comenzó a lavar, vino un caimán que con furia intrépida le arrebató de las manos la tienda, y con celeridad la sumergió. Quería el hombre ver en que paraba el caso, y tiraba por el lado opuesto con toda su fuerza, teniendo un cuchillo entre los dientes para defenderse en urgente necesidad, mas echándose el caimán sobre él, le tiró al agua con grande ímpetu, cargándose encima para ahogarle: hallábase este hombre a toda extremidad, con que dio al caimán una puñalada en el vientre de la cual en poco tiempo murió. Sacóle después a la orilla al cual abrió y tiró fuera de su estómago cerca de 100 libras de piedra tan grande cada una como un puño.


 Vanse los caimanes de ordinario siguiendo las moscas para tragarlas, y tienen ciertas escamas entre la carne y pellejo que huelen a almizcle: donde alguna de ellas llegan a picar; con que son perseguidos, y persiguen a estos insectos con simpatía irreconciliable. El modo de fermentar y prolificar sus hijuelos, es éste: lléganse a las arenas de alguna ribera que esté expuesta a los rayos del sol meridiano, entre las cuales echan sus huevos cubriéndolos con su pata, que después hallan fermentado y con sus embriones por medio del calor de Febo, los cuales luego que se hallan fuera de la membrana oval, se van por curso natural al agua. Las madres en tiempo que pueden tener algún temor de avenidas de pájaros, que los suelen descubrir, escarbándolos en la arena y rompiéndolos se los tragan y guardan en su estómago de noche, y de tiempo en tiempo, mientras de día los vuelven a echar como dije, hasta que llega la sazón referida de salir de la membrana, que entonces si la madre está cerca, se van y juegan con ella, regocijándose juntos a su modo; entrando y saliendo en su cuerpo como conejos en la vivera (1): he visto estos torneos muchas veces hallándome de la otra parte a las orillas de una ribera, y tirando hacia ellos una piedra, los pequeñuelos se metieron todos dentro de la madre, huyendo de los peligros exteriores. El modo referido de procrear estos animales es siempre el mismo, que no tienen, ni hacen que sólo una vez al año y esta por el mes de mayo. Diéronles en este país por nombre cocodrilos, aunque en otros los llaman caimanes.

1) Este hecho no es creíble porque lo desmiente la anatomía y fisiología del animal.—LL.RR.


El Colibrí, tomo I, no 1, 1847, pp. 146-48.

domingo, 22 de mayo de 2011

Perros de guerra





  M. Elias Regnault
 

 No terminaremos la historia de Cuba, sin decir algo de estos famosos perros de guerra, que se adiestraban para la caza de los negros fugitivos, para sujetarlos y destrozarlos durante los combates o para despedazarlos cuando se hallaban prisioneros en los sangrientos juegos del circo.
 Algunos historiadores creen que estos perros son originarios del país; pero parece que los Españoles a su llegada a las Antillas no hallaron otra especie de perros, sino los llamados alcos por los indígenas, y estos eran de una raza muy diferente de las de Europa, porque no ladraban, y los indígenas de la Española los cebaban con esmero reputándoles como una excelente comida.
 Era evidente pues que los perros de guerra habían sido importados de Europa, por tener además la mayor semejanza con los perros de presa, pudiéndose asegurar que su ferocidad provenía menos de su índole particular que de la educación que se les daba apropiada a la tarea que debían desempeñar. Los hombres que se ocupaban de esta tarea no eran otros que los descendientes de los antiguos cazadores de toros, que permanecían adictos al mismo género de vida que habían llevado sus padres, distinguiéndose aun bajo la misma denominación. Sus costumbres y trajes en nada habían variado; solo habían añadido a su industria la cría de perros, los cuales vendían después de haberlos adiestrado.
 El medio de que se valían para acostumbrarlos a aquellas luchas sangrientas, era a la vez sencillo y cruel; desde el momento que el pequeñuelo podía separarse de su madre, lo ponían en una jaula, cuyos barrotes le dejaban precisamente el suficiente espacio para sacar la cabeza. A su alcance colocaban un plato con alguna sangre y entrañas de animales, de las cuales se le daban expresamente en pequeñas cantidades, a fin de que su apetito estuviese de continuo avivado por la abstinencia.
 Una vez ya acostumbrado a esta clase de alimento, y vuelto devorador tanto por instinto como por las privaciones de que había sido objeto, se sustituía en lugar del plato un maniquí imitando a un negro, en cuyo vientre se colocaban las entrañas y la sangre, lo colgaban del techo de la jaula al alcance del perro, al cual se había hecho experimentar de antemano una rigurosa dieta. Además se disponía de modo que chorrease a golas sangre del maniquí, de cuyo vientre salían algunos pequeños trozos de entrañas. Por el pronto contentábase el famélico animal con lamer las gotas de sangre que caían a su lado, pero bien pronto dirigía sus áridos ojos hacia la figura que tan escaso alimento le proporcionaba; arrojábase a ella y cogía la porción de entrañas que salían al estertor. Pero hostigado al fin por un hambre siempre creciente, y animado por sus guardas, cogía el maniquí por la cintura, le abría el vientre a dentelladas, y comía lo que contenía. Adviértase además que los que cuidaban de su alimento eran blancos que les halagaban de continuo, y a quienes se acostumbraban aquellos a contemplar como dueños y amigos.
 Acostumbrado el perro desde joven a esta nueva clase de alimento, apenas veía que el maniquí se balanceaba, se arrojaba a él y le destrozaba; dábase entonces mayor semejanza a aquellas figuras conforme a la raza que se intentaba designar; haciaselas mover a cierta distancia; imprimiaseles todos los movimientos de hombre, y se las aproximaba de los barrotes de la jaula en que estaba encerrado el hambriento animal. Precipitábase este entonces hacia él y procuraba coger la presa ladrando furiosamente, y cuando al fin su furor y su apetito habían llegado al mayor grado de exaltación, se le dejaba en libertad, de la que se aprovechaba para arrojarse al momento sobre su victima, a la cual los adiestradores imprimían fingidos esfuerzos de resistencia para librarse de sus terribles dentelladas.
 Cuando se había repetido a menudo este ejercicio se procedía a ensayarlo en el hombre vivo, a cuyo efecto se conducía al cachorro entre una jauría bien instruida, a la caza de los negros cimarrones. Allí es donde se desarrollaban con rapidez los instintos feroces que la educación había iniciado, y entonces no había abrigo seguro para los infelices negros.

 Acontecía bastante a menudo que los cazadores quedaban postergados a sus jaurías, en cuyo caso la muerte de la victima era infalible, pues desde el momento que era alcanzada por los perros quedaba destrozada y devorada. Pero si el cazador se hallaba al alcance de poder salvar la caza humana, se apresuraba á poner bozales a los perros, con lo cual lograba coger a la victima, de la que se aseguraba pasándole un collar de hierro, del que se desprendían varios cabos con los cuales se prendía infaliblemente a los bejucos y ramas que debía hallar a su paso en el caso que intentase la fuga. Acontecía no obstante que a pesar de todas estas precauciones emprendía la fuga echando a correr por en medio de los bosques; inmediatamente quitábanse entonces los bozales a todos los perros y no se daba cuartel a la victima. Apresada por los perros, era completamente destrozada por los mismos, reservándose el cazador la cabeza, con la cual podía optar a una recompensa pecuniaria por parte de las autoridades.
 Conforme ya queda dicho, los que se ocupaban en esta clase de industria de adiestrar perros hacían un comercio muy lucrativo. Con el fin de combatir a sus enemigos los negros, Rochambeau hizo llevar gran número de aquellos perros al Cabo, bien que aquellos crueles auxiliares ocasionaron terribles conflictos. Habiéndose fugado algunos de ellos, se esparcieron por los alrededores de la ciudad, y devoraron a varios niños por los caminos; en cierta ocasión penetraron en la choza de un pobre cultivador, a cuya mujer adormecida arrebataron un niño de pecho.
 Cuando la guerra con los marrones de la Jamaica en 1738, la autoridad de aquella isla dispuso se construyesen varios cuarteles cerca de las principales guaridas de los insurgentes, en cada uno de los cuales fue instalada una jauría de perros, los cuales eran también procedentes de la isla de Cuba. Durante otra guerra con los marrones en 1795, se expidió a toda prisa un mensajero a Cuba con el encargo de traer un centenar de aquellos perros con el objeto de acompañar en su expedición a las tropas británicas.

  Historia de las Antillas: Barcelona, Imprenta de Fomento, 1846.

sábado, 21 de mayo de 2011

Atracción Sarrá





 Pedro Marqués de Armas 


 Radioescucha en sus ratos libres, supo lo que era un capataz de cuello blanco; y nada pudo, minúsculo inquilino, ni tal vez le importó, cuando los jenízaros tomaron el negocio por asalto. Nada, salvo asentir como corresponde a un empleado apenas voluntarioso y adscrito sin remedio a la legión de los muertos. 


 Sin embargo, el día de la defenestración pudo ver desde aquel ángulo, a doctores y soldados brindar a solas entre fusiles y manojos de llaves, casi amigablemente como en una puesta en escena... Por supuesto, siguió pegando rótulos mientras lo que era Atracción Sarrá se convertía en “empresa consolidada”.

 Y para que lo viese con mis propios ojos, me llevó al callejón tapiado, en lo que había sido una antigua cochera donde dos o tres tortugas centenarias (iba a decir fundadoras) sobrevivían a un embalse. Para que aprendas el valor de cada época –me dijo– y el modo en que hay tratar con esta gente.




Edipo vence en Stalingrado





 
  Toda traducción es un desafío. La tragedia inherente a toda labor de traducción es que quien la realiza sabe desde un inicio que, en ese tamiz que es llevar una obra de una lengua a otra, de un ámbito cultural a otro, va a quedar siempre una arenilla que jamás conseguirá pasar al otro lado.
  En el caso de esta novela de Gregor von Rezzori (a juicio de este traductor su obra maestra), esas arenillas se vuelven grandes piedras, tan grandes como para construir todo un edificio crítico lleno de pesadas llamadas a pie de página y aclaraciones.
 En esta traducción se ha renunciado conscientemente desde el principio a abrumar al lector con demasiadas notas, por lo tanto ha sido necesario tomarse ciertas libertades a la hora de reproducir la infinitud de juegos de palabras, de dobles sentidos que colman toda la novela. Tengo la confianza de que a esta primera edición de Edipo vence en Stalingrado –que es el título original del libro, seguido de un subtítulo que reza: «Una novela de chismorreos», a los que hemos renunciado por criterios editoriales— le seguirán muchas otras, y tal vez en un futuro sea necesario hacer una edición crítica que incluya (como conocemos de algunas ediciones de Shakespeare, por ejemplo) todo ese corpus erudito que contribuiría sobremanera a la comprensión del estilo del autor y del contexto en el que escribió la obra. Como bien señala una nota del propio Rezzori añadida a la primera traducción al inglés, la novela "fue escrita (...) en una época en que la Alemania Occidental mostraba aún la viruela dejada en su rostro por los cráteres de las bombas, y descollaban los esqueletos de las ciudades reducidas a cenizas".
  A nuestro juicio, el mayor mérito artístico de Edipo... consiste en tratar un periodo oscuro de la historia de Alemania, los años 1938 y 1939, sin los habituales tonos de mea culpa de la época en que se publicó la novela (la década de 1950), sin las rabietas de una literatura comprometida que erupcionarían una década después y, sobre todo, sin aludir de manera directa a los hechos que ocurrían en el exterior. Todo gira alrededor de la vida frívola de un ridículo personaje, el barón Traugott von Yassilkovski, y del mundillo del bar de Charley en el Kurfürstendamm berlinés. Pero Rezzori, en la medida en que inserta en ese contexto frívolo el lenguaje manipulado por los nazis, devuelve a las palabras su pleno valor y consigue, en cierto modo, lo que Viktor Klemperer hizo desde un punto filológico con su grandioso ensayo LTI. La lengua del Tercer Reich. Rezzori nos ofrece en esta novela algunas de las claves estéticas, morales y filosóficas que propiciaron el triunfo del nacionalsocialismo. En ese sentido, esta novela puede leerse, también, como un desternillante ensayo sobre toda una generación y un mundo ya desaparecido, pero nunca impedido de tocar de nuevo a nuestras puertas.
  Dicho esto, este traductor sólo puede confiar y desear que, a pesar de su pálida e insuficiente labor, ese sentido profundo llegue a los lectores de habla española.
  Han sido algunas las instituciones y personas que colaboraron en que esta traducción sea ahora realidad: ante todo, la Sociedad de la Literatura Austriaca, que me permitió investigar en Viena algunos de los rastros de un siempre escurridizo Rezzori; la Casa de los Traductores de Looren, Suiza, donde pude trabajar con toda la concentración necesaria; los colegas de todas partes del mundo que aportaron sus sugerencias, su talento y su buen ojo a solucionar algunos de los enormes problemas de traducción presentes en esta novela. A todos ellos, mi más sincera gratitud. 

  Fráncfort del Meno, octubre de 2010. 
 
  Aníbal Campos



 
 

  Fragmentos de Edipo vence en Stalingrado

  Gregor von Rezzori


  Hemos tocado aquí un punto tan difícil que deberá usted permitirme que le dedique un par de ideas más a este asunto. Se trata, nada menos, que de la inutilidad última del lenguaje. A decir verdad, Locke debió haber escrito más de un capítulo sobre la inconveniencia de las palabras: las sublimes perogrulladas que se han dicho a lo largo de cinco mil años nos convencen de que, en cualquier caso, lo más profundo aún no ha sido expresado. Y suponiendo que Gautama Buda y Lao-Tsé se hubieran encontrado alguna vez, no cabe de duda de que hubieran callado.
 ¿Es que tengo que decirle lo desgarrador que resulta el esfuerzo de expresarse, el tormento de la incapacidad para hacerse entender...? El lenguaje… ¿Cómo lo definió el señor Wilhelm von Humboldt? Esa labor del intelecto humano, que se repite eternamente, de habilitar el sonido articulado para expresar el pensamiento. ¡El lenguaje, en verdad, es una labor de Sísifo! Inténtelo por una vez, ejercítelo ahora delante de mí: junte una manada de palabras como hace un perro pastor con su rebaño, rodeando en un círculo cada vez más y más estrecho a esas criaturas que intentan escapar constantemente: hay allí una que le atrae, y usted piensa que ésa sería la justa; ¡reténgala en medio de la muchedumbre de las otras! ¡Intente esquilarla, apartar a las que la rodean, una tras otra, de su preferida! ¡Trate de abarcarla en sus miles de significados, valores, matices y tonalidades! ¡Ah! La palabra… Su rebaño no es más que un silabario de figuras de leyenda, amigo mío, y aquí en mi platito caben todas juntas: el lobo y el león, el oso y el cordero… Pero en fin, yo estoy hablando de palabras. ¿Qué me dice de los poetas? ¡Ah! Los poetas… Ellos y sus arrobados circunloquios, esos cuencos de mendigo en los que pueden verterse los sentimientos de cualquiera, que luego serán bebidos por el propio bardo, ya tibios y empozados! ¡Sordomudos somos, se lo digo! ¡Neandertales, en todo caso, del lenguaje! Nuestro vocabulario es un fárrago de bifaces, sílices y pedernales que se hacen añicos a cada golpe. ¡Vamos, hable: ya sabe que siempre, detrás del velo de las palabras, se está consumando una conversación real e impronunciable! Y ahí, tras el lenguaje, las cosas —diríase— son mucho más maravillosas, inefablemente más maravillosas, tienen más color y trazas de aventura! Y no sólo eso: son incluso más justas y precisas. En el diálogo de los sensorios no existe la mentira. Ahí predominan las límpidas e inalterables categorías de una infancia divina, y todas las cosas devuelven una respuesta pura. Pero ante ellas cuelgan tupidos velos que distorsionan, diluyen, difuminan, como si todo se ocultase detrás de una cascada. Y sólo atravesando esa cascada, a través de ella y con ella, puede emerger lo que usted tuviera que decir, ¡lo que usted sea en ese instante! Hay un camino por recorrer, fatigoso e intrincado, torcido como un salto de caballo en el tablero, trocado por las tantas barricadas que erigen las convenciones, tergiversado por las llamadas experiencias, tabicado por esas imágenes obsesivas que se nos ofrecen sin cesar, e ilusorio cuando se desvanece el instante; y lo que pueda usted salvar de todo ello, se transforma y queda estampado luego en frágiles moldes de palabras, hasta que al final una catarata de bárbaros sonidos saca a la luz unos pocos residuos de lo sublime. He ahí el tormento simiesco del ojo humano, cuando éste inicia esa «labor de habilitar el sonido articulado para expresar el pensamiento».

                                                                                              (...)
                                                                                   
  No venga a impugnar usted ahora, mi estimado amigo, esa tranquilizadora y sólida fuerza que nos transmite la imagen de orden de las acciones forzosamente planificadas o de los procedimientos regulados con sentido, como los que ofrece una mañana en una gran urbe. Tome el ejemplo del barón: él salió al joven día, ya tan gris, y al igual que la pregunta antes mencionada sobre la correcta elección del abrigo incrementó el dilema de su estado de ánimo —afectado ya desde la noche anterior— y dio otros matices a su sombra, ahora también sopesó, con penosa agitación, la ruta que podría escoger y que le proporcionara el escenario adecuado a tan desesperado estado de ánimo. Se le ofrecía, por un lado, el viejo camino a través del Halensee hasta Grunewald, pero lo cohibió el encopetado y pedante silencio burgués de aquel suburbio de mansiones; la impertinente pretensión de nuevos logros arquitectónicos pintados de blanco, afanados en economizar espacio, junto a ingenuidades de disfraz wagneriano de finales del siglo anterior que orlaban aquellas calles; le dolía la idea de la estrechez de lata de conserva por la que discurrían esas calles, el mezquino almagre de los troncos de los abetos, que pese a la más inconmovible fe en Dios y en la patria no podía provocar más que la pregunta de quién los había puesto allí. Sentía horror a la quietud artificial que reinaba por esos lares, la quietud de un vacío en medio de ajetreados y fragorosos acontecimientos, perceptibles en las vibraciones del aire y de la tierra húmeda —actividades, sucesos afirmativos, sumados para formar el gran fragor lejano del esfuerzo colectivo de millones de hombres de buena fe—: cuán banal resonaría la preciosa sonoridad de una gota que cae desde las ramas mojadas de los árboles de un parque… ¡No! Lo que ahora lo atraía era el ajetreo, ese lado curativo de la acción arrolladora, la acción liberada de la obsesión por otorgarle un sentido a todo: el movimiento como un propósito en sí mismo, la nihilización del presente mediante la impugnación del futuro y el pasado, la pura dicha de alienarse de uno mismo en la acción, la acción misma como única meta a la vista, la meta obvia y consciente, la única reconocida. El barón miraba fijamente bajo el ala del sombrero a las personas que le salían al paso, y haciéndolo, cobró conciencia de la herejía que implicaba no querer creer crédulamente en lo que ellas creían: la innegable supremacía del AJETREO MECÁNICO, racionalmente ordenado hasta en sus detalles más nimios, pero, al mismo tiempo, tan absurdo; el ajetreo y el bullicio como Ley Suprema del cielo y de la tierra. Y como si quisiera reparar su pecaminoso proceder, deseó, en lo posible, superar la media en toda su medianía. Y por ello enfiló hacia las sendas de lo cotidiano y caminó en dirección al Kurfürstendamm, donde —sin otro apremio que su necesidad de alinearse con la masa— se unió al gentío que esperaba el autobús en la parada, se puso voluntariamente en la fila del ajetreo diario a fin de verse acogido por la gracia de Dios, absorbido hacia la dicha del olvido de sí mismo. No tenía rumbo. Sólo porque quería proporcionarle al tambaleante vehículo de su mentira el contrapeso de una verdad a medias (ya que también en casa había fingido tener asuntos que atender), se propuso pasarse a lo largo del día por la redacción de la Revista para Caballeros.
  En fin, sea como fuere, el autobús estaba lleno a reventar, y él, no sin cierto asomo de placer, se apretujó en aquel cálido círculo de vida de compatriotas, camaradas y contemporáneos, para, mientras lo empujaban y comprimían como si se tratase de las contracciones de un órgano digestivo, verse llevado hasta la parte delantera, hasta aquel caparazón de cristal que separaba el asiento del conductor, iluminado y espacioso, del corral con el rebaño de conversos. Allí estaba él, de pie, agarrado con un solo brazo a una de las correas de cuero, en un primitivo estado de contemplación absorta y a la vez desorbitada; tenía delante la espalda ancha y las extremidades del conductor, que ejecutaban sensatamente sus operaciones, una imagen serena y estable dentro de la película que se iba desenrollando ante sus ojos con las imágenes de la calle, movida por sacudidas y acelerones sobre la pared transparente del parabrisas. Algo infinitamente tranquilizador emanaba de aquella espalda campechana y uniformada con desaliño, una espalda maciza que, sin revelar un fragmento del ser humano al que pertenecía, entre un cuello de camisa demasiado ancho y la doméstica y basta tela del plato de la gorra, en una postura sofisticada y cómodamente ajustada a su labor, ahorradora de fuerzas, constituía el centro y el pesado núcleo de aquellos laboriosos brazos y piernas que liberaban palancas y pisoteaban pedales, que retrocedían y reculaban, empujaban, tiraban y daban giros; la ligereza y elegancia con que el torpe vehículo obedecía a esa agitada actividad, era la milagrosa —se me antoja decir, la artística— sublimación de una voluntad cuya existencia jamás hubiésemos podido sospechar tras aquella grosera apariencia física. Y de manera parecida a como, de niños, nos sorprendía una insospechada habilidad de nuestro padre, manifestada de repente con ligereza y superioridad, y nos llevaba erróneamente a sentir una cálida ternura, aunque supiéramos que era de naturaleza subalterna, también esta voluntad y esta habilidad nacidas de la obligación profesional de cumplir con el plan de viaje, suscitaba en el barón placer y gratitud y le servía de legitimación. Aquella ancha espalda de troglodita también constituía el centro y el pesado núcleo del panorama que entraba a raudales a través del parabrisas, el de las imágenes de las calles girando hacia un lado y hacia el otro. Y en cierto modo, como si su aura de olor a tabaco y a uniforme sudoroso y ácido se hubiese mezclado con ello, aquella profusa y sobria fuga de imágenes de la gran urbe cobraba algo de colorido popular, de la frescura y la variedad de colores, de la alegría de formas tumultuosas en las ferias. La enrevesada coreografía de los desquiciados trayectos individuales, sólo dominada por sus propios propósitos, se convertía ahora en vida, una vida que bullía, borboteaba y pujaba hacia delante, hacia delante… Una vida tan confusa en su profusión de imágenes y, al mismo tiempo, tan sencilla en su compás uniforme marcado por el nacimiento y la muerte, por la risa y el llanto, por el amor y el odio («¡Oh, la vida! ¡Curación gracias a la variopinta muchedumbre de hijos de Dios! ¡Misericordioso tiempo, siempre deprisa, que hace que la vida mane y se hunda! ¡Dulce consuelo!»).

viernes, 20 de mayo de 2011

El amante de las torturas





 Julián del Casal


 –¿Está el dueño? –pregunté al dependiente de la librería, que, con el rostro vuelto hacia la espalda, desde los últimos peldaños de una escalera, clavaba en mi sus pupilas asombradas.
 –Tome asiento –me contestó– que ahora viene.
Mientras lo aguardaba, yo me puse a hojear, con mano distraída, las páginas de un volumen de versos, forrado de seda malva, con rótulo violeta, que descansaba encima de otros varios, hasta que un perfume sutil, mitad de iglesia, mitad de alcoba, me hizo levantar la cabeza, obligándome a tender la vista por mi alrededor.
 Apenas hice un movimiento, mis ojos encontraron, frente por frente, un joven de alta estatura, vestido con extremada elegancia, que se paseaba indiferentemente por entre los estantes de libros, como un príncipe hastiado por los bazares de esclavas sin fijar su atención en ninguno de ellos. Parecía ser uno de los familiares de la casa, porque le bastaba echar una simple ojeada a los anaqueles para cerciorarse de que allí se encontraban siempre las mismas obras. Cuando veía en el suelo algún libro desconocido, se inclinaba a cogerlo, pero luego lo arrojaba con visible repugnancia, sin ocuparse del sitio en que iba a caer. Al mirar el pliegue desdeñoso de sus labios, creeríase que había abierto un fruto lleno de gusanos o que había palpado la piel viscosa de un vientre de reptil. Así anduvo algunos instantes, de un extremo a otro de la librería, dejando a su paso la estela de un perfume singular, de un perfume que parecía combinado con granos de incienso y con flores de resedá, cuando lo vi detenerse ante una pila de volúmenes amarillos, dilatar las fosas nasales, ponerse lívido de emoción, abrir sus pupilas fosforescentes y, estirando su mano, como una garra de marfil, apoderase de uno de los libros que, horizontalmente superpuestos, se escalonaban a sus pies.
 Como el dueño no había regresado, vino a sentarse, con su presa en la mano, cerca de mi asiento, brindándome ocasión para observarlo mejor. A pesar de su juventud, porque representaba a lo sumo unos treinta años, había en su persona tales huellas de cansancio, de agotamiento y hasta de decrepitud, que su figura producía cierto vago malestar. Daba la impresión de un convaleciente que salía del lecho después de una larga y dolorosa enfermedad. Bastaba fijarse en las partes laterales de su cabeza, donde la calvicie abría ya surcos irregulares, en el color vidrioso de sus pupilas, donde las miradas parecían emigrar por algunos instantes, en el afilamiento de la nariz, donde la respiración se deslizaba con dificultad, en la palidez casi diáfana de su rostro, donde la piel se adhería estrechamente a los huesos, en el arco violáceo de los labios, donde el púrpura de la sangre no brillaba jamás, y en los sacudimientos nerviosos de su persona, donde se advertía el paso del dolor físico que lo obligaba a cambiar frecuentemente de postura, para comprender que en su organismo se superaba, desde hacía algún tiempo, la absoluta descomposición, sin que fuesen poderosas para detenerla ni la fuerza de sus pocos años ni la estricta observancia de los más sabios preceptos facultativos.
 Inclinada la cabeza sobre el pecho, como el cáliz de una flor sobre su tallo, examinaba las páginas lustrosas del volumen que sostenía encima de sus rodillas, extasiándose en unas, doblando rápidamente otras, hasta que al llegar el librero se acercó a hablarle y, con el libro bajo el brazo, desapareció sin saludar.
 –¿Quién es ese joven? –preguntó al dueño de la tienda, que, acariciándose la barba, sonrió con cierta malignidad.
 –Es un antiguo marchante mío, que usted debe haber visto aquí algunas veces. Yo no lo conozco bien, ni creo que nadie se pueda preciar de conocerlo, pero lo tengo por uno de los hombres más raros, más sombríos y más originales que se pueden encontrar. Todas las mañanas, si el día no se presenta nublado, porque entonces se queda en su casa, temeroso del aire húmedo, que le produce no sé qué enfermedad, lo encontrará recorriendo las librerías. Es un hombre que anda siempre a caza de libros, pero no de los libros que le agradan a todo el mundo, sino de ciertos libros que sólo le he visto comprar a él. Cada semana me trae una lista de obras que pide al extranjero, por conducto de la casa, los cuales me dejan siempre lleno de estupefacción. Todas tienen unos títulos muy raros, como Campanas en la noche, de un tal Retté, o la Imitación de Nuestra Señora la Luna, de cierto Jules Laforgue, que, según me dijo, había sido lector de la Emperatriz Augusta. No siempre viene lo que encarga porque el corresponsal me escribe que casi todo está agotado, pero entonces, sin que sepa yo de qué medios se vale él, las llega a conseguir.
 –¿Y qué libro ha comprado hoy?
 –Una especie de historia de los martirios que se imponen a los misioneros católicos en las comarcas salvajes. En su biblioteca hay muchas obras de esa índole. Todo cuanto se publica sobre esas materias lo manda de seguida a hacer. Yo le aseguro que no hay otro ente, en el mundo entero que se le parezca. Le gusta todo lo deforme, lo monstruoso, lo sangriento, lo torturado, lo que le hace sufrir. Es un hombre que se martiriza para conjurar el spleen. ¿No ha notado usted que muchas veces se introduce la mano por lo alto del pantalón y que a los pocos momentos empieza a hacer contorsiones al andar? Pues es porque lleva un cilicio a la cintura y cada vez que se le afloja se lo ciñe a la piel. Además usa siempre un perfume muy extraño, un perfume de templo, a la vez que de lupanar, un perfume que se respira en su casa por todas partes.
 –¿Ha estado usted en ella alguna vez?
 –Sí, una vez estuve, pero no pienso volver más. 
 –¿Le pasó a usted algo malo?
 –No me pasó nada, pero me quedé más de una semana sin dormir. Imagínese que ese hombre vive en un barrio lejano, casi fuera de le población, por el que no se encuentran más que tipos enfermos, siniestros y espectrales. Vista por fuera, su casa no tiene nada de extraño, como no sea su estado ruinoso, capaz de amedrentar al que se pasee por debajo de sus balcones. Pero desde que traspasa el umbral, donde se encuentra un viejo paralítico, con unos espejuelos verdes y una barba blanca, que le cubre todo el pecho, se experimenta cierta opresión, cierto temor a algo inexplicable, cierto malestar análogo al que nos produciría la entrada en un panteón. Uno siente el deseo de alejarse, de echar a correr, como al abrir los ojos después de una noche de pesadilla, pero al mismo tiempo se encuentra uno dominado por una fuerza misteriosa que le paraliza la acción. Hay mañanas que al verlo llegar me ataca el deseo de interrogarle acerca de su modo de vivir, pero es tan frío, tan silencioso, tan despreciativo, que nunca me atrevo a satisfacer mi curiosidad.
 –Pero, por fin, ¿qué vio usted en aquella casa?
 –Después que el portero, por medio de un niño, rubio como un ángel y hermoso como un efebo, anunció mi visita, se me ordenó subir al piso superior. Yo fui introducido en un gabinete severamente amueblado, pero donde nada me hería por su extrañeza. Empezaba a atribuir mi sensación de malestar a aquel perfume de que le he hablado a usted al principio. Lo único que me inquietaba era que el hombre tardaba en salir. Libre ya por completo de preocupaciones, comencé a escuchar, en el silencio de la pieza, una especie de chasquido acompañado de sollozos, como si se azotase a alguno en la casa, pero alguno que se encontraba imposibilitado para exhalar su dolor. Al mismo tiempo, el perfume se hacía más intenso, como también me parecía que una bocanada de humo se escapaba por la cerradura de la puerta inmediata. Ya me disponía a bajar cuando vi deslizarse por una galería contigua a une hermana de la Caridad ajustándose la toca, que llevaba en la mano derecha un nimbo de oro y bajo el mismo brazo un manto de Dolorosa, todo de terciopelo negro, cuajado de estrellas. Detrás de ésta apareció otra hermana, pálida y sofocada, que doblaba una túnica de merino azul, de esas que envuelven los cuerpos de las Magdalenas en las antiguas pinturas italianas. Y por último, después de las dos, surgió a mi vista la parte superior de una cruz de madera negra de tamaño colosal que un mestizo lívido con traje de sayón cargaba sobre sus hombros agobiados.
 –¿Estarían representando alguna escena de la Pasión?
 –No lo sé; pero ya tenía el sombrero en la mano cuando ví que aquel hombre, pálido hasta la transparencia y delgado hasta lo cadavérico, me hacía señas, a través de una nube de humo, desde la pieza inmediata, de que podía pasar.
 Yo había ido a llevarle unos libros que me había encargado y que llagaron en uno de esos períodos en que se solía eclipsar. Mientras se entretenía en examinarlos, me puse a observar con bastante detenimiento todo lo que se encontraba a mi alrededor. Estábamos en una pieza vasta, casi cuadrada, cubierta por una alfombra roja, de un rojo quemado, floreada de mandrágoras, de euforbios, de eléboros y todo género de plantas letales. Una red inmensa, tramada de hilos de seda, cubría las vigas del lecho, mostrando en el centro, a manera de roseta, un quitasol japonés, de fondo plateado, donde se abrían flores monstruosas, quiméricas, extravagantes y amenazadoras. En cada uno de los ángulos del techo se destacaba la silueta de un animal bordada en relieve sobre los hilos de la red, pero trabajada con arte, que yo sentía acrecentarse mi malestar. En el uno se veía un murciélago, abiertas las alas de terciopelo gris, próxima ya a agitarse sobre nuestras cabezas; en el otro un cocodrilo estiraba su cuerpo de un verde metálico, como dispuesto a abalanzarse sobre a presa olfateada; en éste, una serpiente desenroscaba sus anillos, erectando su lengua húmeda de baba; en aquél un dragón de fauces abiertas deshacía con su garra el cuerpo de un faisán. Entre los intersticios se destacaban otros animales pequeños, como lagartos, erizos y escorpiones, que parecían disecados, más bien que construidos por medios artificiales. La mesa en que escribía, toda de ébano, con incrustaciones de marfil, estaba cubierta de objetos adecuados, pero todos representaban desde el tintero hasta la espátula, instrumentos de tortura. Junto a un lapicero, se veía un brazalete de oro, cubierto de esmalte negro, ensangrentado de rubíes, que parecía haberse desceñido de un brazo en aquellos momentos. Arañas velludas trepaban por las cortinas de encajes que ondeaban detrás de los balcones, por cuya vidriera de color de topacio se filtraba una luz de cirio, una luz fúnebre que melancolizaba la atmósfera de la habitación.
 Los cuadros quo colgaban de la pared entapizada de un papel verde oscuro, rameado de hojas de otoño, también representaban escenas de tortura, escenas de sangre, escenas de crueldad, escenas de desolación.
 Terminada su narración, el viejo librero, enjugándose la frente, emperlada de sudor, se fue a colocar detrás de la carpeta, atestada de libros, periódicos y cartas.
 Y sin decir una palabra estreché su mano, cogí mi sombrero y me refugié en mi soledad, donde he pensado mucho y dónde pienso todavía en aquel extraño joven que, para conjurar su spleen, ha hecho del sufrimiento una voluptuosidad.



 La Habana Elegante, 26 de febrero de 1893.