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lunes, 29 de agosto de 2011

La noria



Regino Boti



Y mañana, como un asno de noria,
el retorno canalla y sombrío,
doblar la cabeza y escribir:
Al Juzgado,
con los ojos aún llenos de lumbres,
sobre un mar de amatista encantados.


El Duque de los Abruzos





  Manuel Márquez Sterling


 De seguro el lector, que me tiene por republicano y anarquista, se figura que he despreciado, durante su visita a la Habana, al príncipe Luis Amadeo de Saboya, personaje interesante de la familia Real de Italia. Pues se ha equivocado el lector, como frecuentemente se equivoca al meterse en la vida privada de los obreros de tinta y pluma. Soy devoto de las hinchazones aristocráticas, me vuelvo loco por un duque y, si contara con fuerzas suficientes, dando un golpe de esos que llaman de Estado, me proclamaría Emperador de Cuba. Yo sería, desde luego, un Emperador muy digno de alabanzas; cubriría muy artísticamente las greñas de mi melena, con la corona siboneya, y procuraría, para mi gobierno, una docena de hombres de pro de los que no prosperan en la República. Mi Palacio Real seria la redacción de El Fígaro; el presidente de mi Consejo de Ministros uno de los redactores de este magnifico semanario; y proporcionaría al Conde Kostia, único individuo de sangre Real que vive en Cuba, los recursos necesarios para una expedición al Polo Norte.

 No era posible que quien piensa de esta suerte, despreciara al Duque de los Abruzos; su llegada, lejos de eso, me produjo una emoción que a poco me llevan a Mazorra; consumí largas horas contemplando, desde los muelles, la corbeta Liguria; y se apoderaba de todo mi ser la necesidad imperiosa de ir a darle un abrazo al hijo ilustre de don Amadeo, tímido rey, que fue, de España y Cuba, su colonia. Al fin, una tarde, El Fígaro me facilito los medios de situarme en la corbeta; fui saludado con una salva de cañonazos, y el Príncipe, sonriendo, me echó los abruzos, digo, los brazos al cuello: «Le esperaba, querido amigo, y le felicito por su Imperio. Es una verdadera fragua de oro y brillantes. Sus duquesas y marquesas no pueden ser más guapas. Veo con sorpresa que la civilización ha llegado hasta estas regiones en donde la humanidad hace el papel de leña.»

 El Duque de los Abruzos —y va en serio— es un apuesto y gallardo mozo. Sus ojos son vivos, sus rizos rubios, sus mejillas pálidas. Habla y ríe simultáneamente. Es benévolo con los humildes, cariñoso con los plebeyos: más demócrata, y dicho sea sin alusiones, que muchos empingorotados republicanos que se jactan de dominar, por el amor, a las masas populares. Puedo decir que es un príncipe que merecía no serlo: un personaje de novela fantástica de los que se imponen al corazón de las damas. «Mi querido señor —exclamó adivinando mi pensamiento— domino la leyenda, mi leyenda domina al mundo, mi mundo es el amor y la ciencia.» Con el sano deseo, por mi parte, de que le hagan buen provecho la leyenda, el mundo, el amor y la ciencia, le pregunto por mi buen amigo Víctor Manuel, y por mis ilustres corresponsales los osos del Polo.

 —Están todos buenos.

 —¿Y no piensa usted volver al mar Ártico?

 Su Alteza sonrió nerviosamente.

 —Mi sueño es establecer en el mismo Polo una oficina del cable, para ponerme desde allí en comunicación directa con mi grande y buen amigo Menelick. Un hombre que ha ido una vez al Polo, no puede decir que no volverá. Es un vicio como otros muchos... Mi primer viaje me costó dos dedos de la mano, el del corazón y el anular... ¿No cree usted que ese es un recuerdo que me hará volver al Polo tal vez a dejar toda la mano derecha?

 —Quisiera tener el gusto de acompañarle en su próxima excursión...

 —Tendré mucho placer en invitarle, aunque me servirá usted de estorbo. Para ir al Polo, no hay mejor compañía que la de unos cuantos perros de Groenlandia. Amo primero a los perros y después a los hombres. Yo soy el primer jefe de mi barco: mi perro es el segundo, aunque a veces me figuro que mi perro sabe más que yo. Un hombre, para ser grande, necesita tener el instinto y el corazón de un perro. Cuando yo leo a Goethe, que es mi poeta favorito, suelo exclamar: «¡Qué buen perro era este ilustre alemán!» y, no lo tome usted a broma! de las novelas de Julio Verne, he formulado el siguiente juicio: «Qué hermosas serían, si las hubiese corregido un perro de la Siberia Oriental!» 



 «A usted no le gustaría el Polo —prosiguió— porque el hielo no tiene poesía; los osos, no son nada artísticos; el terror de los témpanos le enmudecería; las noches prolongadas del invierno concluirían por volverle loco. El barco en que hice mi excursión, tenía la figura estrambótica de un gran zapato holandés, y tan feo, que los poetas más notables de Roma no han podido dedicarle unas simples quintillas. Un viaje al Polo es una conmoción demasiado fuerte: el que puede resistirla es capaz de luchar con los más poderosos ejércitos. Un oso, al mando de una tropa de témpanos, habría convertido en aguachirle la gloria inmortal de Napoleón. Todos los hombres no pueden resistir los dolores, las tristezas de tan extraordinario viaje. Salir del mundo que habla y ríe, a la superficie muda, a la soledad eterna; ir del arte y del pensamiento, a la nada congelada, al muelle del planeta que acaso no tiene fin aunque la ciencia diga otra cosa... ¡No podría resistirlo usted, de seguro! Se envejece, sobre la nieve; el corazón palpita con lentitud; un escepticismo absoluto se adueña del pensamiento; llega uno a figurarse que Dios no es otra cosa que un témpano inmenso que vemos, desde el planeta, azul y transparente...»

                        ***

 Créame el lector que he ido al Polo; que he escrito mi nombre sobre la piel de un oso blanco; que me he visto Emperador de los hielos; que he temblado entre montanas de nieve...

 ¿Soñé? ¡No! El dulce y ameno Príncipe con quien charlé una tarde, sudando la gota gorda, ha sido una persona real y no una visión fantástica de mi pobre cerebro: me llevó sobre los rayos de su brillante imaginación al fin del planeta, y al restituirme a la vida normal, me dijo amablemente:

 —No sirve usted para calaveradas árticas. Es usted, por desgracia, una humanidad tropical, sin pizca de instinto canino.

 (Noviembre, 1903)



 Psicología profana, La Habana, 1905, Imprenta El Avisador Comercial, pp. 119-204.



sábado, 27 de agosto de 2011

Miguel Collazo: Historia de Oriana y Eloísa




 (Del espíritu y la carne)

 De acuerdo con nuestra humana condición, y puesto que por algo fuimos reunidos en cuerpo y alma, Oriana y Eloísa deberían haber venido al mundo en un solo parto, constituyendo una sola entidad. Pero en lo primero que nos vemos obligados a pensar al comenzar esta historia es en lo inextricables que suelen ser a veces los «designios de la Providencia».
 Oriana nació, pues, un veintinueve de octubre, de noche, y dos años más tarde, en una soleada mañana de abril, nació la linda Eloísa. Desde que dio los primeros pasos, Eloísa fue la seducción, el arrebato de todos. No quiere esto decir que Oriana no fuera bella y tuviera sus encantos. No se trata de eso. Creemos simplemente que cada una de ellas tenía su reino, pues se nos mostraban como dos naturalezas diferentes, maravillosas a su modo, sólo que opuestas e inconciliables entre sí.
 Las dos hermanas vivían con sus padres en los altos de una casa de empeños de la calle Compostela. La casa de empeños era oscura y antigua, con paredes entabladas de cedro y caoba, de bellas molduras, llenas de anaqueles y vitrinas. Afuera, los dos pequeños escaparates mal alumbrados tenían algo de museo, de muestrario de reliquias. Desde muy pequeñas, las hermanas conocieron los rostros terribles de quienes iban allí a empeñar todavía más su pobreza, y con ello su alma, ya que este negocio era el de sus padres y de él vivían. Pero en realidad, para las niñas, estas criaturas eran ajenas, puras fantasías, gente que no tenía una existencia auténtica. En cambio, tanto la madre como el padre eran afectados a su manera por sus propios clientes. Pertenecían a esa clase de gente que aun haciendo de cada cosa un sagrado ceremonial, no lograba sentirse a gusto con los ritos y los azares de la vida; y no es que se sintieran excluidos o faltos de fe: eran sencillamente, y por así resumirlo, insustanciales. Por otra parte, nunca pudieron tomar, al modo que les correspondía, la desgracia ajena, no por piedad hacia los demás, sino por miedo al espejo que eran esos demás. En otras palabras, no podían vivir del prójimo, ni de sí mismos.
 En consecuencia, el negocio y el hogar iban mal. La madre, en ocasiones, lloraba tras el biombo por las desgracias de sus clientes, y también los odiaba. El padre, con las manos abiertas sobre el mostrador, se quedaba tenso, como cuerda a punto de romperse; luego sus ojos, invariablemente, recorrían aquella suerte de cárcel que los alimentaba con un pan tan amargo. A veces, durante las noches de insomnio del padre, las niñas lo oían renegar y maldecir de aquella herencia, y escuchaban después los sosiegos tristes de la madre, su suave y tierna voz que hablaba de una posible venta, de cerrar y comenzar una nueva vida, de proyectos irreales, y sobre todo de resignación. Siempre esta palabra era el final, que se repetía como un eco distorsionado en la voz del padre hasta hacerle perder todo sentido. Entonces, en la oscuridad del cuarto, Oriana y Eloísa se buscaban las manos. En el fondo, como a todos los niños, las ideas de mudanzas, los futuros proyectos, todo aquello que, por incierto que fuera, tendiera en fin a la ruptura del orden conocido, las unía momentáneamente con la excitación de una sana alegría. En verdad, no se querían ni tampoco se odiaban como dos hermanas de su edad; era como si la sangre no contara, y los juicios y sentimientos dependieran más bien de algo que las regía y estaba por encima de ellas, algo inalcanzable e inimaginable. Pero en esas espaciadas ocasiones, reunidas en las tinieblas del dormitorio, Oriana sentía vergüenza por las ideas de íntima deslealtad que se había forjado alrededor de la conducta de su hermana. Eloísa, en cambio, sólo veía en ello el predominio que ejercía sobre Oriana, pues de alguna manera no muy clara, se atribuía a sí misma la virtud de ser el motor de todas las cosas.
 Esos años eran los de crianza, los suaves años donde ni siquiera las tormentas familiares son auténticas tormentas, donde hasta la tristeza de los padres puede ser nuestra alegría, donde ni aun la muerte es la muerte que luego nos toca desnudar.
 Los ojos de Oriana eran grandes, muy negros. Los de Eloísa eran verdes y brillantes, exactamente como espejos. Mientras los de la mayor mostraban esa oscuridad poblada de misterios propia de los abismos, los dos espejos verdes sólo nos devolvían el reflejo de las cosas tangibles. El pelo de Oriana caía por su peso, y el de Eloísa se encrespaba rebelde. Ciertamente la boca de la mayor tenía labios carnosos, dientes regulares, blancos y bellos; pero la boca de su hermana era grande, de labios encendidos y dientes irregulares, anchos y poderosos. Ambas poseían un cuerpo esbelto, bien proporcionado; solamente las caderas de la menor parecían tener tendencia a ensanchar. En general, las diferencias físicas eran sutiles; la cuestión estaba más bien en lo que esos cuerpos expresaban.
 Las niñas pasaron sus trece, sus catorce y sus quince años moviéndose internamente en direcciones cada vez más acentuadamente opuestas. Hasta que un día, sentados todos al comedor, sostuvieron ambas una extraña conversación que dio bastante que pensar a sus padres. Por mucho que indagaron éstos, les fue completamente imposible penetrar en el significado de aquellas palabras. Podrían haber sido pequeños misterios de alcoba, tonterías y claves de niños... Pero lo cierto fue que a partir de ese momento notaron que las relaciones entre las hijas se habían enfriado hasta un punto que resultaba embarazoso para todos.
 Los padres cruzaban entre ellas como fantasmas asombrados, con tiento, tal si caminaran sobre un terreno cuya naturaleza real se desconoce; y ellas a su vez transitaban, perfectamente tranquilas, cándidas... Eran hermosas y daba gusto mirarlas, uno sentía el deseo de abrazarlas y mimarlas. Las sentían buenas, y aun cuando las sabían malas no podían decir con exactitud qué era lo verdaderamente malévolo en su conducta. Había distancia, silencio, encuentros, tropiezos, repentinas llamaradas que parecían salir de la nada para terminar en la nada. Y los padres, naturalmente no muy conscientes de aquello, estaban entre las fuerzas de su instinto y una muralla irracional. El negocio cruel los reclamaba día tras día. A pesar de ser los dueños o quizá precisamente por eso, veíanse más empeñados que sus clientes. Hablaban a menudo entre sí sin entenderse, pues el mismo tema era incomprensible para ellos. Estaban de acuerdo en que las niñas distanciadas necesitaban más atención. Alguien debía velar continuamente por ellas. Pensaron en una criada que reuniera ciertas condiciones especiales. En la noche, sentados a la mesa mientras las niñas dormían, y tal si tuvieran entre las manos un libro abierto, pasaron y repasaron las hojas de la vida de todos sus conocidos. En verdad, esa persona ideal no aparecía, justo por eso mismo. Pero en carne y hueso surgió una cuarentona recia y bondadosa llamada Mabilia, antigua conocida de la casa, y se decidieron por ella. Ciertamente, la mujer les resultó muy útil para todos los menesteres domésticos, pero desde luego, fracasó desde el primer momento como conciliadora. Haber esperado otra cosa era exigirle demasiado a esta pobre mujer. Sin embargo, Mabilia se hizo pronto una idea bastante clara respecto a la conducta de las jóvenes. Esto le resultaba difícil de explicar a ella misma; y lo poco que pudo decirle a los padres, lo muy poco que ellos lograron entender, fue lo suficiente como para que la despidieran con los pretextos al uso. Pero las niñas, por su parte —y por separado— se habían encariñado con la señora. De manera que, contra la voluntad de los padres, la mujer regresó, y había en la expresión de su rostro algo de ese irremediable desaliento que produce la estupidez humana.
 Oriana y Eloísa continuaron sin hablarse más allá de lo estrictamente necesario de acuerdo con el orden de la casa.
 Lo desconcertante para los padres era que nada parecía haber ocurrido entre ellas. El absurdo hería a estos pobres espíritus más hondamente que la tragedia, pues en ningún momento pudieron notar la menor señal de rencores ni envidias, ni ningún otro sentimiento producto del desamor. Y por otro lado, tampoco podría decirse que había indiferencia. Nada de lo que a los seres humanos normales y corrientes pueda ocurrirles, parecía ser la causa de la conducta de sus hijas. A veces, al regresar de un corto paseo con ellas, el padre y la madre se miraban largamente, como tratando de comunicarse una sensación angustiosa que no podía ser expresada con palabras; era como si las niñas, una a cada lado de ellos, fueran en realidad una sola criatura dividida a la mitad por la espada del arcángel caído. Por supuesto, esto jamás llegó a configurarse en sus mentes porque no había espacio para ello.
 El buen padre sucumbió finalmente a su débil naturaleza y trató de escapar al conflicto y al absurdo, atribuyéndoselo todo al cambio de edad de las jóvenes. Pero la madre persistió y esto fue lo que marcó toda su existencia. A punto de la quiebra total, el negocio fue malvendido. Tal vez con ello pensaban que se librarían de algo ominoso, probablemente de la causa de aquella desgracia a la que no alcanzaban siquiera a darle forma concreta en sus pensamientos.
 Sobre el Arco de Belén, Oriana tenía bellos sueños podados de prodigiosos seres que confluían como las aguas diversas de los ríos, y se aunaban, ascendiendo hasta las regiones habitadas por los ángeles. Le gustaba levantarse temprano y cuidar de sus plantas, y ver las aves sedientas saciándose con el rocío de los capullos; entonces desmigajaba un trozo de pan y sentía que con ello ingresaba mágicamente en el mundo terrenal. A veces, estando allí un poco desatenta y como a punto de desfallecer, el aire de la mañana acariciaba sus cabellos como una mano buena y confortadora. Adentro el mundo no era bello ni feo, triste ni alegre...; adentro dormía Eloísa, y todo cuanto Oriana palpaba era pura ilusión. Abajo, la calle era un inmenso misterio fieramente cerrado en lo próspero y lo adverso, y ella no tenía brazos ni manos para alcanzarlo. A esas horas, la buena Mabilia se movía por la casa y colaba café. Qué placer este café traído al balcón, en ese instante en que todavía el mundo no ha despertado por completo y los seres y las cosas están como a la espera de un milagro. Porque el amanecer es siempre la promesa del milagro, el momento en que la vida parece tener toda su prístina pujanza. Pero, ¿qué podría ocurrir en un mundo dividido, guardado de una parte por el Maligno y de la otra por la impenetrable misericordia del Señor?
 Papá y mamá, qué distantes; nada parecía unirla a ellos. En realidad, ella estaba en vilo como un pájaro que no puede posarse jamás. Y sin embargo, ni siquiera había angustia; había contemplación, tal vez solamente eso, ya que el sosiego, el verdadero sosiego, era algo imposible de definir para quien nunca sintió la desesperación.
 Mabilia contaba historias de la vida. Era viuda; llevaba veinte años sirviendo en una casa y otra, siempre alrededor de este pequeño huerto donde nació. Las dos muchachas, sentadas en los extremos de la mesa, escuchaban, expresando en sus rostros cosas tan disímiles, que la señora Mabilia, en ocasiones, retenía sus palabras y estaba como a la espera de un conflicto. Pero las jóvenes violentaban su naturaleza y la miraban a los ojos. Estas miradas eran crueles. La pobre mujer, hecha a las cosas concretas y asibles, temblaba por dentro y sentía que de ella tiraban dos fuerzas opuestas. Era irresistible esta sensación casi física, como si dos poderosos caballos fueran los que tiraran de sus miembros y sus miembros crujieran dolorosamente. Por vía de esta señora entraron en la casa las hierbas exóticas y los extraños rituales; pero ni ella misma sabía lo que hacía; sólo experimentaba con ello esa bienhechora dulzura del que cumple con un deber. Amaba a estas dos muchachas embrujadas. En ocasiones, su inmensa ternura, y también la violencia de su carácter, la impulsaban a tomarles las manos y unírselas, abrazarlas y estrecharlas contra sí, desafiando con saña esas extrañas leyes que las desunían y contra las cuales nada parecía eficaz. Todo era inútil. Su desánimo la llevaba a alterar la mansedumbre de sus hábitos. Con el transcurso de los días tornóse exasperable; las cosas se le caían de las manos, mientras con más fuerzas las asía.
 Eloísa comenzaba a salir. El mundo, este mundo terrenal, era bueno para ella, pero no lo entendía. Disfrutaba a la manera de los perros y los gatos. Era bella y gustaba; el placer venía fácilmente a ella, y sin embargo era un placer sin sentido, que no dejaba huellas. Se amaba a sí misma, cuidaba de su cuerpo; y el baño era algo maravilloso cuando, desnuda y perpleja, sentía el agua besarla por todas partes. Mas, ¿qué hacer con todo aquello? Nada da esto trascendía, nada rebasaba sus límites y perduraba en sueños. Las caricias de mamá, los fuertes y temblorosos abrazos de papá eran agradables y le llegaban, pero, nada más. Por alguna región remota que ella ni siquiera podía imaginar, se movía Oriana. No podía pensar; no podía, al menos, sentarse y preguntarse: ¿Qué es esto, Dios mío? Dios era un nombre, y el Diablo era otro nombre... Sólo las cosas tangibles carecían de nombre para ella. Todo lo material ingresaba a ella por los sentidos y no hallaba luego ninguna resonancia.
 Los padres creían haber cumplido cada cual consigo mismo. Por una parte estaba la fe de la madre y el retorno a las disciplinas religiosas de la Iglesia; esta regresión, de alguna manera, la salvó. En definitiva, su condenación hubiera sido útil. En esencia, nadie puede ayudar a nadie; los hombres se hunden o se salvan solos... «Bendito sea el nombre del Señor», resumía la madre. El padre, por su parte, se aferró a la economía, a sus cuentas, a los diarios y al renacimiento de un antiguo pleito, perdido hacía años, sobre los bienes de su abuelo. Y todo ello para el futuro de las niñas, que pronto serían mujeres y asentarían casa. Pero en todo esto afloraba a ratos su natural endeblez, y había tensión, soterrada melancolía y los negros presagios, no siempre muy bien entendidos, de las parábolas de los sueños.
 Oriana amaba su Arco de Belén; la curva de sus piedras encerraba para ella algo simbólico; la curva de esas piedras bajo las cuales corría una calle y transitaban los seres desconocidos, los seres tal vez imposibles de conocer... El Arco se tragaba a las personas y las devolvía diferentes. También esto era un juego para un alma encerrada. Veía asimismo, junto a los pilares del Arco, a quienes la vida había marginado por un misterio indescifrable, y que se movían por los alrededores con las manos en los bolsillos, o estaban reunidos allí, de pie, de la noche a la mañana. Salir a la calle no era fácil para ella, al menos no lo era en la medida en que lo era para su hermana. Oriana se limitaba a verla partir y cruzar bajo el Arco hacia su vía, sabiendo que en las aventuras terrenales de Eloísa le iba posiblemente a ella la realización de su espíritu.
 Los padres, viejos y retirados, fueron generosos con ellas, pero esta generosidad a veces excesiva, por esquivez de Oriana, recaía justamente en quien más la necesitaba. De esta manera, Eloísa podía cumplir con casi todas las exigencias de su naturaleza. Oriana, en levitación, seguía desde arriba y sin azoro, el curso agitado y jubiloso que constituía la existencia de su hermana.
 Ya no eran niñas, o sólo lo seguían siendo para sus padres. La vida está llena de amenazas y peligros y asedios para los que abandonan el nido de la infancia, y más para quienes no lo hacen voluntariamente. A la muerte de la madre, Oriana fue arrojada del paraíso por un pecado que no había cometido. Sin embargo, ¿qué era Oriana en sí misma? ¿Qué era Eloísa? Entre el bien y el mal está el hombre, como está entre el espíritu y la carne; pero ellas, ¿dónde estaban?
 Por su parte, el padre, tenso, insomne, y ahora ajeno, obsesionado por el recuerdo y los fantasmas, terminó por no reconocer a ninguna de sus hijas. Es difícil decir que todo esto fue como un descanso; no el cese del conflicto, sino, más bien, la aceptación de él. Pero la agonía del padre fue larga en lo referente a su cuerpo, aunque para las jóvenes había muerto por anticipado. Mabilia estuvo allí, a la cabecera de su cama, en medio de un desorden que no le pertenecía y que sin embargo hacía suyo por desafío. Su lucha fue hasta el final, y fue conmovedora. A pesar de todo, cuando el padre dejó de existir, supo que había roto el último vínculo natural y que estaba de más en esa casa... y probablemente en este mundo también. Entonces, solas, a merced de sí mismas, Oriana y Eloísa se miraron a los ojos, y luego, arrebatadas por un impulso irracional, se abrazaron y se besaron con violencia. Pero había en todo aquello algo de ceremonial, de cosa que cumplir, de liquidación.


viernes, 26 de agosto de 2011

Notas sobre el hermafrodita (II)

  


 Pedro Marqués de Armas


 El 17 de abril de 1813, a pocos días de llegar al puerto de La Habana procedente de Montevideo, un joven marinero mercante llamado Antonio Martínez se confesaba hermafrodita. Aunque ya había sido examinado por varios cirujanos durante sus viajes entre Cádiz y América de Sur, ahora tomaba él mismo la iniciativa de declarar su excepcional estado, pues había sido “aprehendido por una partida de la Marina” y temía ser enviado a la “armada nacional”. 

 Correspondió a Bernardo Cózar, médico del apostadero de La Habana, realizar su primera observación. Pero perturbado, evidentemente, por lo insólito del caso, solicitó de inmediato el concurso de sus profesores. Entran así en escena Tomás Romay y Chacón y Juan Pérez Carrillo, médicos de notable experiencia, quienes después de examinarlo en la comandancia del puerto, le someten a un nuevo examen en la imprenta de Arazosa y Soler, entonces punto de encuentro de los habaneros más ilustrados.

 El caso se traslada así, sin solución de continuidad en lo que toca a la mirada clínica, y en cuestión de días, del dominio de la marina al espacio de reunión y opinión del periódico. Y ya el 8 de mayo Romay lo publica en el Diario de La Habana bajo el título de “Descripción de un hermafrodita” (14).

 Se elaboraba de este modo un relato que incluye una pintura pormenorizada de los órganos sexuales (anómalos) del sujeto, y que gozará de una difusión del todo inédita; pues además de circular como texto, se lanza -desde el mismo artículo- la convocatoria a “reconocer a Antonio Martínez (…) en el propio lugar donde yo lo examiné” (15). Es así que el monstruo entra de lleno en el espacio publico habanero, en calidad de objeto de curiosidad científica y en tanto fenómeno de la naturaleza.

 Aunque aparentemente con menor resonancia, apenas tres años más tarde, en 1816, se publica una segunda “Descripción…” A cargo del doctor Marcos Sánchez Rubio, ahora el hermafrodita es un negro bozal de etnia Briquen, también recién llegado al puerto de La Habana y que, ubicado en uno de sus barracones (donde se le examina), responde al nombre más interesante de Hytek (16).

 Informes iniciales por tratarse de relatorios médicos, hablan sin embargo de procesos legales o administrativos cuya continuación se desconoce. Y es por ello que inquieta tanto más la pregunta por el destino de ambos sujetos: el joven marinero español que hasta ese momento había “navegado con suerte” y el adolescente africano que exhibe el doble estigma de esclavo y de monstruo. 

 Romay era, por su bagaje intelectual, así como por su desempeño práctico, el más autorizado entre los médicos cubanos de la época. Si bien en su “Descripción…” se apoya en fuentes muy diversas, se detendrá, sobre todo, en dos citas que le permiten ubicarse al centro de un debate que, aunque ya en cierta medida ventilado, seguía siendo novedoso. Así, serán los escritos de Valmont de Bomare y del Conde de Buffon los que, al resumir posiciones en apariencia extremas, le faciliten su exposición. Mientras el primero consideraba el hermafroditismo como “reunión imperfecta” de ambos sexos y, por ende, como anomalía; el segundo no aceptaba siquiera su existencia en humanos, considerando que en todo caso se trataba de mujeres.

 Aunque ambos naturalistas, Bomare -autor de un Dictionnaire de moda (17)- era además un importante vulgarizador de las ideas más recientes de la medicina, en particular de la anatomía descriptiva, cuyo desarrollo permitiría anclar (desde finales del siglo XVIII) cuestiones como las del hermafroditismo en evidencias empíricas; en tanto Buffon, de obligada consulta, se regía más bien por criterios especulativos sobre la evolución de las especies y apenas había dedicado al monstruo nueve páginas en su monumental Historia.

 En realidad, ambos autores negaban la existencia de “verdaderos hermafroditas”, pero mientras esta negativa era, en Bomare, el resultado de una mirada médica que “descubre” tras la “engañosa anatomía” del sujeto un sexo en definitiva predominante; en Buffon se trata de una hipótesis evolutiva que recluye al hermafrodita en la escala más baja de los seres vivientes. 

 Al inclinarse por las ideas de Valmont de Bomare, Romay asumía en cierto grado una posición moderna, abierta en consecuencia a diferentes formas de intervención, desde la cirugía (que “repara los errores de la naturaleza”) (18) hasta la confrontación normativa y legal. Su reseña del caso Anne Grandjen, del que se informa en el citado Dictionnarie de Bomare, recoge sutilmente la impresión de quienes planteaban el problema en un orden a la vez médico y jurídico.




 En este sentido, su conclusión de que “nada es tan fácil ni tan convincente como reconocer” al hermafrodita, no debe verse sólo como la confirmación de un hecho, mediado por la clínica, sino también -y sobre todo- como una convocatoria más amplia del saber/poder. Pues al margen de las referencias eruditas y anatómicas están en juego apertrechamientos sociales que implican una toma de decisión. Cabe destacar aquí que no fue en la primera inspección clínica (en el Apostadero) sino en el segunda (en la redacción del Periódico), es decir delante de un grupo de patricios que asume función de tribunal, donde el sujeto confesó su preferencia por el sexo masculino. Es así que, realizado el examen físico y sancionada la esterilidad del sujeto (no puede engendrar en ellos ni fuera de ellos), se pasa -se debe pasar necesariamente- al problema más acuciante de definir un modelo de conducta.

 Se abren de este modo preguntas que no debieron escapar a los observadores de Antonio (o Antonia), entre ellos -además de los médicos mencionados- Valle Hernández, consultor de Humboldt y para algunos el hombre más informado de la época, y el Conde de O´Reilly: ¿Qué sexo adjudicar a quien ha sido bautizado como mujer pero lleva vida de “hombre”? ¿Supone el bautizo la tachadura del género civil? ¿Implica la “desexualización clínica” semejante consecuencia para la vida social? ¿Debe asimilársele al género de preferencia –!masculino?- “aún participando más del sexo femenino”, según indican los caracteres secundarios? O, a la inversa, ¿deben tomarse éstos como regla de conducta? Y por último, ¿qué hacer con quien se “proclama” hermafrodita para evitar que se le destine a la “armada nacional”?

 Algunas de estas cuestiones no proceden, claro está, en el hermafrodita bozal; pero aún así, y antes de ser vendido, se le debió tasar también genéricamente. Se trata, por supuesto, de interrogantes para las que no había respuesta en los códigos civil y penal vigentes; mucho menos en un reglamento de esclavos (19).

 La infracción natural supone, por tanto, un enigma jurídico que sólo se resolverá partiendo de cierta improvisación a tono con en el orden moral existente, el cual, por consiguiente, se formula a sí mismo a partir de este punto. 

 En una posible genealogía del anormal en Cuba ambos hermafroditas anuncian una primera emergencia. Más allá del “natural” desenlace de sus historias, no cabe dudas de que se movilizan normas para un contexto que no va a regirse ya, exclusivamente, según una moral tradicional.

 Cierta percepción pre-normativa esbozada desde 1790 en las páginas del Papel Periódico de la Havana (dispositivo crítico donde se satirizan diversos tipos de conducta desviada), se despliega e intensifica (20). El sujeto de Romay sienta las bases por las que se enmarcará al Hombre-Mujer de Caballero en su paso por los siglos XIX y XX (21). Y ya en la década de 1830 se acumulan evidencias que, en sentido amplio, permiten hablar de una sociedad de normalización. En 1823 se inicia, por ejemplo, un proceso judicial contra el III Conde de Casa Montalvo (tal vez el incorregible por excelencia), que concluye en 1841 luego de servir de marco a numerosas consideraciones normativas y disciplinarias que, al contrario de la disonante cuestión legal en el dominio esclavista, iban dirigidas a todo el cuerpo social (22). 


 NOTAS

 14) Tomás Romay y Chacón: “Historia Natural. Descripción de un hermafrodita”, Diario de La Habana, 8 de mayo de 1813.

 15) ibídem.

 16) Marcos Sánchez Rubio: “Descripción de un hermafrodita”, Diario de La Habana, 4 de diciembre de 1816.       

 17) Jacques Cristophe Valmont de Bomare (1731-1807): Dictionnarie raisonné universal d´historie naturale (1764).

 18) Si la naturaleza se aparta de su fuente habitual, si se olvida de ella, ella puede, con la ayuda de este arte (cirugía) ser reencaminada, colocándosele en el estado de perfección que ella debería tener; Georges Arnaud de Ronsil, Disertación sobre hermafroditas, 1750 -citado por Palmira Costa: O corpo insólito, Porto Editora, Portugal, 2005, p. 8.

 19) Me refiero a Nueva Recopilación, código penal español vigente a comienzos del siglo XIX; también a dos obras que se basan en la anterior e intentan actualizarla: Práctica criminal, de Marcos Gutiérrez (Madrid, 1809) y Instituta criminal teórica práctica, de Modesto Cacho Negrete  (Habana, 1833). En cuanto a Reglamentos de Esclavos, ver los de 1789, 1842 y 1844.

 20) Además del citado artículo de José A. Caballero ver, entre otros, “Carta sobre la educación de los hijos” y “Carta sobre la confusión de los trages” (Ob.cit, pp. 63-66 y 75-78, respectivamente).

 21) Autos acordados por la Real Audiencia de la Isla de Cuba, La Habana, 1840.     

 22) En este orden se halla también el proceso contra Enriqueta Faber, abierto en 1822 por hacerse pasar por hombre y contraer matrimonio con una persona del mismo sexo. Al decir de su inocente y engañada amante, Juana de León, la suya fue la perversa maquinación de un monstruo artificial”. Pero, desde luego, no es ella quien habla. El saber que hace circular términos como perversidad y simulación, anuncia ya de algún modo la influyente noción de instinto, sobre la cual se establecen más tarde categorías propiamente psiquiátricas como degeneración, perversión sexual, homosexualidad, etc. 



 Remite a entradas del 29 de abril y del 2 de mayo de 2011. 


 Las fotografías que encabezan esta entrada y la anterior pertenecen al texto de Ignacio Ortiz Córdova "Un nuevo caso de seudo-hermafroditismo", presentado al Segundo Congreso Médico Panamericano, ver...
  

jueves, 25 de agosto de 2011

Notas sobre el hermafrodita (I)


 
  Pedro Marqués de Armas


 “Los gavinetes de historia natural son archivos de la naturaleza, en donde se registra la curiosidad humana: lo raro y admirable que se encuentra en las diversas partes del mundo. Con todo, no se halla sea suficiente esta especulación para dexar satisfechos los designios del entendimiento, cuyo empeño es el conocer la causa de la variedad.”
                            
 Francisco Barrera y Domingo, Reflexiones… (1)   
 


 Es posible rastrear la figura del monstruo humano, en un periplo que va de las dos últimas décadas del siglo XVIII hasta bien entrado el XIX. Su emergencia en Cuba dista poco de la europea y promueve las mismas o parecidas preguntas. Participa así de un discurso fascinante (y no menos fascinado) que sólo luego, al impregnarse de un saber propiamente normativo, se trivializa.

 Si el monstruo literario por excelencia es el “esqueleto a lo viviente” de Zequeira (“La Ronda”, 1808), ahora acecha desde textos de medicina y desde instancias como el Gabinete de Historia Natural. Es justo ahí adonde se le intenta recluir, mientras impone su incesante fuga esquizoide, su desvío. Militar-muerto-en-vida, el engendro zequeriano no sólo pone en crisis una identidad poética sino también política: subvierte un recurso de policía -las ordenanzas- que funciona a la vez como dispositivo ilustrado. “Volvimos al principal/Y aquel señor oficial/Que era un joven mata siete/Quiso mandarme al gabinete/de la historia natural” (2).

 No muy distinto sería el desquiciamiento que el monstruo supuso, a nivel taxonómico, para médicos y juristas. El ojo que clasifica procede todavía según un excedente de asombro, propio de narrativas que validan lo insólito apelando a estrategias literarias (3). Sin embargo, este plus de curiosidad, que acompaña desde mediados del siglo XVII al proceso de naturalización del monstruo, se abre hacia un terreno cada vez más diferenciador. Aunque ciertos especímenes aparecen como vistos por primera vez -fuera de foco- terminan por disponerse en un espacio regido por la palabra y su inscripción letrada.

 En 1787, por ejemplo, Antonio Parra incluye a un negro congo en su Descripción de diferentes piezas de historia natural. El ex-calesero Domingo Fernández se muestra en tres vistas, sentado sobre una hernia de “vara y media y seis pulgadas” (4). José Agustín Caballero, por su parte, percibe al Hombre-Mujer que circula en La Habana de 1791 como una especie de bestia, todavía cruce alegórico entre dos reinos, sin que eso le impida trazar una política claramente homofóbica (5). Y a José Antonio Saco le impacta el nacimiento de algún feto extraño, en lo que sospecha cierto origen fraudulento, el mismo que infiere más tarde entre las causas de la epidemia de cólera (6). No en balde en un periódico de la época se recoge esta noticia: “parda libre dio a luz trillizos, uno parecía español, la otra india y el otro negro…” Se anuncia así esa otra monstruosidad de las mezclas raciales (7).


   
 Cuando se instale en 1834 el Museo Anatómico y la Clase de Clínica, la curiosidad natural cederá ante un deslizamiento más objetivizador del saber, que apresará a la figura del monstruo en el terreno propicio de la Teratología. (8). Y ya en 1839, con el primer curso de Medicina Legal, el monstruo es materia para una intervención sistemática por parte de peritos que prestan su apoyo al derecho civil y penal (9).

 Ello no excluye una arista espectacular y rentable, simultánea a su vulgarización en revistas científicas o museos. En 1835 circula, por ejemplo, una breve Historia de los gemelos de Siam que incorpora una lámina con varios dibujos. En efecto, la llegada a La Habana ese año de los siameses Eng y Chang, entonces mundialmente famosos como “fenómenos de la naturaleza”, se acompañó al parecer de notable publicidad. De hecho, ya en 1829 se había publicado en La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo un artículo titulado “Los mellizos de Siam”, que se acompañaba de un grabado de Louis Caire, considerado la primera litografía artística realizada en Cuba (10).  
      

 Ahora bien, si Antonio Parra podía hacer coincidir entre peces, plantas y piedras a un negro deforme, es porque éste se comporta -por lisiado, aunque no menos por esclavo- como una deriva menor del monstruo, fácil de clasificar (11). Otro problema muy distinto implicaría el hermafrodita, al transgredir no sólo una ley natural sino también el derecho religioso y civil. No se trata ya del Hombre-Mujer de Caballero, calificado de “diptongo de la naturaleza” y a quien asiste un margen de apariencia (12), sino de alguien que porta una marca o signo abstruso capaz de dejar sin voz a quienes usurpan el cuerpo y hacen de él un patrón de inteligibilidad. Es así que, más que como hiato o alianza de opuestos -masculino/femenino, humano/bruto, etc.- el hermafrodita se presenta como inclasificable, por lo que remite a una gramática todavía inédita.

 Si en la Edad Media y aún en el renacimiento no eran considerados monstruos, y sólo pagaban con la cárcel o el suplicio en caso de incumplir con el sexo previamente establecido por tutores y eclesiásticos, no sucederá igual a partir de la época clásica, cuando se les retira todo atributo divino y se les naturaliza hasta recluirlos en el dominio de la medicina. A punto de sellarse el contrato social, la ley, desquiciada por tan extrema irregularidad, se vuelve a otro marco de referencia. Y es que como advierte Foucault, el monstruo sexual establece un dominio “jurídico biológico” del cual se desprende la intervención por la norma. Punto de partida del ladrón de poca monta del siglo XIX (y de todo anormal), viene a compartir, con el onanista y el libertino, la condición de pieza para un desarrollo de las técnicas de control. Con él se pasa de una instancia natural a otra moral, en la que alienta la cuestión de la “naturaleza monstruosa” de todo delincuente (13).

 Según Foucault, un caso crucial en este sentido fue el de Anne Grandjean, pues al abordarse el hermafroditismo ya no como unión de dos sexos, sino como engranaje de órganos imperfectos (incompletos), se derivaba un modelo de conducta. Se trata (alrededor de este caso y de otros muchos) de negar su existencia misma; no existe el hermafrodita verdadero, sino una engañosa conformación anatómica que, por supuesto, cederá bajo el examen médico o el escalpelo, hasta mostrarse sin más como una anomalía, y debiendo predominar, por otra parte, un sexo sobre el otro.

 De este modo, y puesto que sólo hay una identidad posible, la anomalía se convierte en esa traza que persiste en cualquier desviación (física o moral), por pequeña que sea.

 Bautizada Anne como niña, ya joven se inclina hacia las mujeres y decide usar ropa de varón. Se casa con una mujer y tras ser denunciada se le condena a muerte. El perdón le llega más tarde, sin embargo, en forma de consejo médico y de observancia civil. No es sancionada por hermafrodita sino por desviada, y ahora tiene que asumir el sexo que los médicos consideran dominante, el femenino, y dejar de frecuentar a sus amigas.

 Establecida la norma, se retrae la monstruosidad; pero si ésta resulta violada, es decir, si se hiciera un uso “complementario del sexo anexo”, se agita de nuevo el sustrato salvaje y se juzga por perversión. 


 NOTAS

 1) Francisco Barrera y Domingo: Reflexiones histórico físicas naturales médico quirúrgicas, Ediciones C/R, La Habana, 1953. Tratado de enfermedades de esclavos escrito en Cuba a finales del siglo XVIII. Su autor colaboró con Martín Sessé, creador del Jardín Botánico de México y naturalista encomendado por el Rey para la descripción de las nuevas plantas de América. Al pasar éste por La Habana, Barrera y Domingo le mostró “una lombriz solitaria de 45 varas de larga, de las planas y de un vuen dedo de ancha”, que un esclavo había expulsado. Para Domingo y Barrera ciertos tumores, así como la masturbación y otros “vicios” frecuentes en los negros, constituían monstruosidades. El Gabinete de Historia Natural de Cuba data de 1780; precede a la Casa Botánica de Bogotá, a la Casa de Historia Natural de Río de Janeiro (ambas de 1784) y a los gabinetes de México y Guatemala (1790).

 2) Manuel de Zequeira y Arango: Poesías, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984, pp.126-34. “La Ronda” puede leerse como parodia de la Ilustración -de su lenguaje-, en particular en lo que apunta a sus dispositivos disciplinarios y normativos. El poema no anticipa, como se ha dicho, la locura del poeta sino que imagina, por el contrario, la locura de una sociedad que se observa a sí misma en términos de civilización. Un siglo más tarde, será José Manuel Poveda quien mejor represente al monstruo: ver su cuento “La tragedia de los hermanos siameses” (Orto, 1919).  

 3) Sobre las narrativas de lo insólito y lo curioso en los siglos XVII y XVII ver: Steven Shapin: A Social History of Truth: Civility and Science in Seventeenth-Century England, Chicago University Press, 1995; y, Palmira Costa da Fontes: “The Culture of Curiosity at The Royal Society during the first half of The Eighteenth Century”, Notes and Record of the Royal Society of London, 56, 1992, pp. 147-166. En este contexto lo extraño comienza a ser visto, por lo general, como una excepción que confirma la regla -patrón de inteligibilidad. Es por ello que estos discursos apelan a cierta profusión de detalles, a fin de suministrar suficientes pruebas que autentifiquen la veracidad del fenómeno. No sólo el monstruo humano cae en esta cuenta, también casos de longevidad, de sueño prolongado, rejuvenecimiento, superfetación o fecundidad extraordinarias. Ver, por ejemplo: "Noticia extraña de una mujer moza que envejeció pronto y volvió a rejuvenecer", Papel Periódico de la Havana, no 77, 25 de septiembre de 1791, pp. 307-308.  

 4)Antonio Parra: Descripción de diferentes piezas de historia natural (1787), Editorial Academia, La Habana, 1989. Ver las láminas 71, 72 y 73, pp. 194-195. “Esta enfermedad la adquirió -escribe Parra- el año 1777 habiendo empezado del tamaño de una bola de truco, con cuyo motivo pasó al Hospital de San Juan de Dios, en el que tomó las unciones; pero infructuosamente, pues lexos de disminuirse, ha tomado el mencionado incremento, con la singular particularidad de no serle incómoda más que para andar, pues lo executa con trabajo, sin embargo de hallarse robusto, sano y sin el menor achaque. Actualmente se mantiene de pedir limosnas, con cuyo motivo son raros, en esta Ciudad de la Havana, los que no sean testigos oculares de este fenómeno raro de la naturaleza, y los que no se muevan a admiración y compasión de ver una mole tan considerable”.

 5) José Agustín Caballero: “Carta crítica del hombre muger”, La literatura cubana en el Papel Periódico de la Havana, Editorial Letras Cubanas, 1990, pp. 75-78.

 6) José Antonio Saco: “Monstruo”, Papeles sobre Cuba, T-I, Dirección General de Cultura, La Habana, 1960, pp. 392-394. 

 7) Papel Periódico de la Havana, no 19, 5 de marzo de 1795, pp. 74-75. Desde finales del siglo XVIII, y a lo largo del XIX, el monstruo será invariablemente relacionado con la raza negra y sus cruzamientos. En 1882, se le dedica al asunto toda una sesión en la Sociedad de Antropología de La Habana. En la misma, Nicolás Gutiérrez interviene para asegurar que los “cícloples” existentes en los museos de la ciudad, “así como la mayor parte de las monstruosidades”, pertenecen a la “raza etiópica”; Antonio Mestre cree que podría establecerse una “ley analógica” entre la raza negra y sus producciones teratológicas; mientras el Dr. Torralba se refiere a las “condiciones en que se encuentran las razas inferiores” como causa de una “detención del desarrollo” que explicaría dichas “monstruosidades”. La sesión se cierra con un llamado a profundizar en el estudio de las relaciones entre la antropología y la teratología (Actas de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, La Habana, 1966, pp. 140-41.)      

 8) El Museo de Anatomía y la Clase de Clínica, establecidos en el Hospital Militar de San Ambrosio, datan de 1834. Si el hospital fue hasta entonces “refugio de la caridad”, ahora se convierte -de acuerdo con el modelo observacional que se va imponiendo- en instancia “curativa”. Por supuesto, estos cambios corren parejos a una progresiva normativización social.

 9) La Cátedra de Medina Legal fue inicialmente establecida en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. En 1842 se la traslada a la Universidad de la Habana. El curso impartido por su primer profesor, el médico gaditano José Lletor Castroverde, dedicaba un capítulo a la problemática del hermafroditismo. Ver, José de Lletor Castroverde: Discurso inaugural para la apertura solemne del Primer Curso de Medicina Legal y Jurisprudencia Médica, Imprenta de R. Oliva, La Habana, 1839, p. 24. Ver también, sobre fetos monstruosos: “Reglamento que deberá observarse en el Museo Nacional de Anatomía Descriptiva de La Habana cuyo estudio se halla en el ex convento de San Agustín”, Diario de la Habana, no 290, 17 de octubre de 1823; y "Clase de clínica. Oración inaugural que pronunció el Dr. Tomás Romay, catedrático de clínica, el 19 de noviembre de 1834, con motivo de la apertura de esa clase en la nueva sala del museo anatómico construido en el Hospital Militar de esta plaza", Diario de la Habana, no 331, 29 de noviembre de 1834. En la década de 1880 existían en La Habana por lo menos cuatros museos que conservaban monstruos, en particular "cíclopes" (ver: Actas de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, La Habana, 1966, p. 58 y 140).

 10) Antonio Bachiller y Morales menciona en su “Catálogo de libros y folletos...”, Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en Cuba, T-III, 1861, p. 172, una Historia de los gemelos de Siam publicada en 1835. Al parecer, los gemelos Eng y Chang llegan a La Habana a comienzos de ese año, por lo que el texto citado por Bachiller debió formar parte de la publicidad que ello despertó. Procedentes de Charleston y conducidos por su representante Santiago W. Halle, los siameses serían expuestos “a la pública curiosidad de este vecindario”. Se publica también “Historia de los gemelos de Siam. Unidos por una ligadura que empieza en la extremidad inferior del esternón de ambos y se extiende hasta el abdomen”, Diario de la Habana, no 31, 31 de enero de 1835, pp. 2-3. Y en 1929 ya había parecido, en referencia a los famosos siameses, en artículo “Los mellizos de Siam” acompañado de una litografía de Louis Caire (La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, 14 de noviembre).

 11) El feto deforme, el lisiado y los siameses son otras tantas derivas del monstruo, pero “menores” pues por lo general no implican conflictos legales -y normativos- de la misma magnitud. En la prensa de finales del XVIII y comienzos del XIX abundan las referencias en este sentido. Veamos algunas: “parda libre acaba de dar a luz una niña con un solo ojo grande en medio de la frente, sin narices y una sola oreja (…) dicen que antes de expirar resollaba por el ombligo” (Papel Periódico de la Havana, no 50, 23 de junio de 1973). Uno de los “monstruos” que más interés despierta, es el que nace del parto gemelar de una negra libre en la calzada de San Luis Gonzaga. Muerto a los pocos días, no tiene cabeza ni extremidades, y lleva en el costado derecho “una mata de pelos”. El Dr. José A. Bernal, que lo asiste hasta su fallecimiento, presenta un esquema del monstruo en la Sociedad Económica, luego de entregar su cadáver al conocido cirujano italiano José Chiappi, quien realiza su disección ante un grupo de galenos entre los que se encuentran Tomás Romay y Pérez Carrillo (Diario de La Habana, 8 de octubre de 1818). El propio Romay había descrito otro caso un año antes: “Expulsión de tres fetos, uno de ellos un monstruo”, Diario de la Habana, 27 de abril, 1817 (y Obras Completas, 1965, t-I, p. 32). Por su parte, la figura del lisiado merece varias recepciones: “Sobre la deformación del cuerpo humano en algunos individuos”, El Aviso, no 318, pp. 1-2; no 320, p. 1; y no 321, pp. 1-2. También en Repertorio Médico Habanero, en un artículo titulado “De la influencia de la imaginación de la madre en la producción de monstruos” (1844; 1; 12; 192) se narra la historia de una mujer que, por presenciar el degollamiento de un cerdo cuando estaba embarazada, le nace un hijo con “una especie de herida o hendidura en la garganta” (…). Ello se explica “pues estando en el tercer mes de su embarazo, época del embrión en que la hendidura subhyoide no está todavía formada, una impresión profunda pudo suspender toda la fuerza formadora”. Consejo: “que se le haga saber a la madre la parte de la acción que la imaginación puede ejercer sobre el hijo, a fin de que en el próximo embarazo se separe la vista de lo que pueda conmover e imprimir un sello indeleble en el débil ser que lleva en su seno”. En Repertorio Médico Habanero también se publicaron los artículos “Monstruosidad. Una mujer con cuatro pechos y cuatro pezones”, firmado por R. Lee (1842; 2(1):12) y “Biografía del hombre esqueleto” (1843; 3(7):241-242), donde se describe la vida de Claudio Ambrosio Seurat, famoso por su endeble constitución física, todo ello apoyado con imágenes visuales. Ver además “Sobre un hombre-esqueleto”, con lámina adjunta, Repertorio Médico Habanero, 1845, 1; 5; 100.   

 12) Caballero escribe (Ob. Cit. p. 76): “No sin gran fundamento los han llamado Diptongos o equivocación de la naturaleza, común de dos en el gesto, ambiguos en las facciones”. Es evidente que la diferencia admite, todavía aquí, un margen aparencial, y tanto más cuando en esta época es el travestismo la principal desviación normativa. A propósito del Hombre-Mujer, Ariès ha escrito que se trata, en la primera mitad del siglo XIX, de alguien que es visto aún como  “aberración de la creación”, y que esta mirada moral y religiosa determina que se le aprecie  “bajo el signo del afeminamiento”. Ariés añade que aunque la Iglesia estaba dispuesta a reconocer una “anomalía física”, predomina la idea de tratarse de un “sospechoso, expuesto por su naturaleza al pecado”, siendo por ello que se le asocia a la mujer, encerrándosele como a ella, o vigilándosele como a un niño (Philippe Ariés: “Reflexiones en torno a la historia de la homosexualidad”, en Sexualidades Occidentales, 1987, Editorial Paidós, Argentina, p. 108) El discurso positivista de finales del XIX se ocupará de estrechar este margen de apariencia, a partir de la descripción de signos físicos y mentales presentados como pruebas objetivas de homosexualidad. Para el caso cubano consultar “La pederastia en Cuba”, de Luis Montané, en Primer Congreso Médico Nacional, La Habana, 1890, pp. 117-25. 

 13) Michel Foucault, Los anormales, FCE, 2000. Ver Clase del 22 de enero de 1975, pp. 61-82. El caso de Ana Grandjean se desarrolla en pp. 79-81. 

El Hermafrodita de Velletri




Conde Kostia


Cuando el antiguo mundo se extinguía
enervado de arte y de cultura,
su prestigio más alto: la escultura,
selló gloriosamente esa agonía.

Afrodita sensual, vivir quería
modelo eterno de la edad futura;
y su propia viril regia hermosura
Cupido a los artistas imponía.

Un escultor corintio halló la norma.
En una ambigua, voluptuosa forma,
los dos sexos fundió, con diestra osada.

Y lascivo, el Andrógino imprudente,
mezcla de efebo y ninfa, sonriente
nos lo promete todo... y no da nada!...


La poesía lírica en Cuba, 1928, La Habana, El Siglo XX, p. 170.